Por Henry Rueda

El trabajo de Esmelyn Miranda (Valencia, Venezuela, 1977) lo podemos entender desde dos ángulos temáticos, el primero basado en la mirada atenta y persistente al paisaje que habita, en este caso la ciudad. Una mirada que trasciende cualquier localismo, temporalidad o referente histórico, obviamente innecesarios. Luego nos encontramos el trabajo de taller, el ensayo constante con material encontrado y su calidad pictórica lograda a base de procesos artesanales que terminan desplazando el significado original del objeto hacia una representación del mismo, que encontramos familiar y desconocida a la vez.

De una manera casi tradicional, Miranda observa el mundo que lo rodea para incorporarlo a su investigación sobre la ciudad y sus procesos. Esta mirada, asertiva y crítica, narra un recorrido por el objeto cotidiano sin valor aparente, aquel que simplemente funciona para una temporalidad determinada y caduca al ser consumido o vencido por otro de similar valor. Es así como el uso del cartel político, el patrón tipográfico, el afiche publicitario, el saco cosido, la bolsa de plástico y cualquier otro documento urbano se convierten en el imaginario de la ciudad que vemos en su exposición en la Sala Mendoza de Caracas.

El reconocimiento de objetos invisibles al paseante, encontrados en un recorrido cualquiera por cualquier ciudad, es el pretexto para desarrollar una obra que los transforma en cómplices de una narración que el artista muestra e insinúa, mas no revela en su totalidad.

Este paisaje urbano contemporáneo cargado de transformaciones sociales y políticas es el escenario apropiado para entender el comienzo de la obra, su estado primitivo y fundamental. La ciudad es mirada en su transversalidad, sin prejuicios ni posturas estéticas predeterminadas, se ve como es, con sus triunfos y fracasos, en un proceso orgánico que no muestra signos de agotamiento. Su condición plástica es asumida con firmeza en una propuesta estética sin concesiones, quizás perturbadora al observador desprevenido.

Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza
Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza

La casa-taller de Miranda, el vecindario, sus rutas cotidianas, son el comienzo de un proceso de recolección de objetos banales, algunos dispuestos para ser tomados, otros negociados, otros simplemente apropiados, que son fuente de experimentación y ejercicio de archivo. En el taller conviven materiales de distinta procedencia, lugar y tiempo, que pueden transformarse en obra en cualquier momento determinado, incluso las obras archivadas van a ser víctimas de este proceso. La experimentación no termina, simplemente comienza en un momento cualquiera, que generalmente coincide con el compromiso profesional y se va transformando en apuntes o diagramas de futuros desarrollos en las obras.

Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza
Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza
Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza

El proceso se da continuamente; es así como en esta muestra encontramos obras anteriores revisitadas y presentadas de manera casi oculta, veladas al observador, expuestas al curioso, obras recientes y materiales de archivo, como los libros de artista que los construye de manera artesanal, con apilaciones de material encontrado. Lo que queda en el taller de Esmelyn no está a salvo de ser reutilizado en nuevas interpretaciones y formatos: todo es parte de una misma obra que va encontrando nuevas salidas.

Los libros de artista comienzan con material encontrado, en algunos casos patrones tipográficos, en otros con material de imprenta, otros se construyen fundiendo bolsas de plástico y otros se convierten en objetos tridimensionales, bien sea apoyados sobre una mesa o dispuestos en una pared; todos narran una historia sin textos aparentes, solo color y composición.

La obra de Miranda se desarrolla absolutamente en su espacio-habitat, que es su casa-taller, en la que rodeado de un equipamiento mínimo encuentra todo lo necesario para ejecutar el trabajo. En esta exposición, un espacio tridimensional recrea las condiciones, en dimensiones y escala del taller del artista. En este “espacio” se construye un andamiaje de madera como soporte para las obras de mayor formato. Este andamiaje, en sintonía con la mesa, los marcos y el material primario del trabajo, comparten la misma condición de precariedad en su concepción. La mirada propuesta a este espacio es casi oculta, un acto de curiosidad; de la misma manera es el detalle de la pintura: cuánto se muestra y cuánto se oculta tras el proceso de fundir los plásticos, coser los sacos, tejer las bolsas, todo eso queda en la atención del observador.

Esta condición de precariedad, asumida como postura académica, muestra uno de los rasgos persistentes en la mirada de Esmelyn, ni complaciente ni vulnerable, más bien primitiva y terca dentro del discurso contemporáneo. El objeto encontrado, en algunos casos en la basura, constituye una de las fuentes del trabajo. No hay fallas en el detalle, ni en la construcción ni en la ejecución, hay la necesidad de contextualizar la pintura o el objeto en una realidad básica y desvestida. El soporte es imperfecto, no es de otra manera, la obra lo necesita solo para estar, no para transformarse y esto es todo lo que busca, no hay más que buscar. Pero sin ello, el discurso no se enseña al observador, se quedaría ensimismado en un acto hermético e innecesario.

Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza
Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza
Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza
Vista de la exposición "Otras formas indeterminadas", de Esmelyn Miranda, en la Sala Mendoza, Caracas, 2018. Foto cortesía Sala Mendoza

De igual manera que el soporte de la obra es precario y necesario, también lo es el límite de cada obra. No se conoce el final de la obra, puesto que siempre está en proceso de desarrollo; lo mismo sucede con los límites físicos del trabajo.

En el conjunto de obras propuestas para el espacio es imposible distinguir si estamos ante un conjunto de muchas obras pequeñas agrupadas, solapadas y sumadas, o si es una obra de gran formato que cubre todo el espacio. El trabajo de los libros es exactamente igual. ¿Cuántas páginas tiene cada libro? ¿Hay una primera página? ¿Hay un comienzo y un final? Cuando revisamos trabajos anteriores, nos encontramos con la misma condición: un borde impreciso, en algunos casos finito, y en otros casos obras que sugieren continuidad en la siguiente, y así en lo sucesivo.

El trabajo que aquí se presenta genera otras formas indeterminadas de ver nuestra realidad, de entenderla; es un trabajo de investigación de nuestro entorno, nuestros procesos, nuestras acciones diarias. Objetos cotidianos, residuales de nuestras ciudades son procesados de manera que lo familiar nos resulte desconocido. Un retrato del paisaje que habitamos y no somos capaces de ver, puesto que cada objeto ha sido manipulado desde la figura hasta el contraste extremo entre realidad y abstracción.

En la pintura de Esmelyn Miranda encontramos una propuesta estética en la que cada objeto conocido ha sido desplazado y anulado para componer una obra nueva; a veces inquieta, a veces incómoda, consistente en su planteamiento, firme en el retrato de nuestras ciudades latinoamericanas y madura en su desarrollo plástico.