“Vacíate entera”, le dijo la artista visual y poeta chilena Cecilia Vicuña a Catalina Bauer durante una fría tarde de febrero en su casa en Nueva York. Bauer, de cuarenta años, había llegado un mes y medio atrás a la megalópolis del arte contemporáneo para realizar una residencia de cuatro meses en el International Studio & Curatorial Program (ISCP), en Brooklyn, como parte de la cuarta edición de la Beca de Arte CCU de la que había sido ganadora.

La beca, cuyo jurado de selección estuvo integrado por mujeres profesionales del arte*, cubría gastos de alojamiento, alimentación y transporte, junto con la gestión y organización de dos muestras individuales: una a mediados de abril en la nueva galería de arte latinoamericano del Lower East Side de Manhattan, Proxyco -en colaboración con la neoyorquina Y Gallery-, y otra a fin de año en la Sala de Arte CCU, en Santiago. La primera, Two Lines Twining a Soul (Dos líneas tocando un cántaro), inauguró el pasado miércoles 11 de abril, exhibiendo trabajos de fotografía, dibujo, animación, grabado y escultura.

Vista de la exposición "Two Lines Twining a Soul (Dos líneas tocando un cántaro)", de Catalina Bauer, en Proxyco Gallery, Nueva York, 2018. Foto cortesía de Beca de Arte CCU, Santiago de Chile

La práctica de Bauer es multidisciplinaria; involucra dibujo y tejido, como también instalación, video y performance. Medulares a su trabajo son las observaciones a la vida cotidiana, que determinan la dirección del contenido y el uso de los materiales en su trabajo, convirtiendo el proceso creativo en un flujo orgánico en el que confluyen leyes físicas, respuestas intuitivas y reflexiones tanto formales como emocionales.

Su progresivo interés en lo performativo y la danza le han otorgado un elemento participativo en la obra, el que comenzó cuando sus trabajos -especialmente, los de tejido- crecieron en tamaño, requiriendo de otras personas -en su gran mayoría, mujeres- para manipular las piezas. Esto le ha entregado un aspecto ceremonial y ritualístico a sus trabajos, el que progresivamente ha decidido abordar en sus piezas, y que ha abierto la obra a un quehacer colectivo y a una naturaleza inmaterial.

Sus antecedentes interdisciplinarios en danza -los que comenzaron en su colaboración con la bailarina chilena Amelia Ibáñez– hicieron que Bauer proyectara su residencia en el ISCP como una oportunidad para investigar sobre el Judson Dance Theater, un grupo artístico en el que Yvonne Raider, Trisha Brown, Donald Judd y Robert Morris, junto a otros integrantes, se dedicaron a explorar los cruces entre las disciplinas de las que provenían, concentrándose específicamente en las artes visuales, la danza y la coreografía.

“Me fascinaba pensar en ese momento, uno súper explosivo en el que los límites de las disciplinas se traspasaron. Esos hitos de romper barreras ya no existen; ya se han roto todas. Es difícil tener una experiencia así tan intensa y apasionada por el arte hoy. Uno casi ya no la tiene”, comenta la artista.

Vista de la exposición "Two Lines Twining a Soul (Dos líneas tocando un cántaro)", de Catalina Bauer, en Proxyco Gallery, Nueva York, 2018. Foto cortesía de Beca de Arte CCU, Santiago de Chile
Vista de la exposición "Two Lines Twining a Soul (Dos líneas tocando un cántaro)", de Catalina Bauer, en Proxyco Gallery, Nueva York, 2018. Foto cortesía de Beca de Arte CCU, Santiago de Chile
Vista de la exposición "Two Lines Twining a Soul (Dos líneas tocando un cántaro)", de Catalina Bauer, en Proxyco Gallery, Nueva York, 2018. Foto cortesía de Beca de Arte CCU, Santiago de Chile

La primera prioridad que estableció, sin embargo, fue la de lograr un tránsito fluido y fructífero entre trabajo y vida. Para ello, Bauer trasladó a su familia completa -sus dos mellizas de diecisiete años, su hija de un año y su pareja- a Nueva York, como una oportunidad para repensar sus dinámicas profesionales, creativas y familiares y, en términos preliminarmente muy vagos, crear alguna pieza con sus hijas. “Siempre prefiero poner la atención en mis cosas personales. No vine con un proyecto específico; mi idea era que todos [en mi familia] estuviéramos contentos, que se generara una vida familiar interesante, y que el proceso de cambiar de lugar fuera una oportunidad para crecer todos juntos. Además, me parecía alienante dejarlos atrás”, dice.

Inscribió a las mellizas en clases de inglés, que atendían todas las mañanas. Pero tanto el frío como el mapa inabarcable las volvió temerosas, haciendo difícil para Bauer movilizarlas y lograr que se soltaran. Naturalmente, las adolescentes eran dependientes de su madre quien, involucrada en el trabajo de taller, disponía de poca energía y tiempo para pasearlas. Al mismo tiempo, en sus visitas a museos y galerías, la sobreabundancia de oferta de arte comenzaba a sobrepasarla. “Un día, fui al New Museum y leí una lista gigantesca de todas las exposiciones que había, y me di cuenta de que no conocía ningún nombre. Pensé, ‘no sé quiénes son todos estos artistas, y están un museo, en un museo de Nueva York’. Eso me tiró fuera del mapa. [Viniendo] de Chile, uno siente que maneja más o menos la escena del arte y que tiene un grado de participación en ella; eres parte. Aquí, en cambio, sentí una especie de expulsión, como artista y como espectadora”.

“Pasé a sentir que las cosas dejaban de ser especiales y que era muy difícil encontrar algo con lo que me pudiera relacionar. Entré en una especie de estado vacío y comencé a venir al taller y ocuparme haciendo cosas sin mucha claridad. Compré elásticos, que es algo que habitualmente uso, y empecé a hacer pruebas. Paralelo a ello, en mis recorridos entre el supermercado, la plaza y el departamento, noté que había una gran cantidad de cuponeras de promociones y un exceso de basura por todas partes, lo que me tenía afligida. Pensaba: ‘Hay tanto de tanto, es una saturación’”.

Intuitivamente, empezó a crear con los diarios recolectados una especie de canasto que era unido por elásticos, guiada por un interés textil y escultórico.

Fortuitamente, en ese momento llegó de visita a Nueva York la historiadora del arte Ana María Yaconi, con la que siempre ha mantenido un diálogo. “[María] me hizo ver que el canasto que estaba haciendo tenía que ver con el espiral; la forma de ir hacia el centro y hacia fuera. Y muchos de los trabajos que estaba pintando en el taller tenían laberintos y espirales. Ese elemento apareció de manera intuitiva -casi azarosa- y me sirvió como punto de partida. También me di cuenta de que la forma circular había estado presente hace tiempo en mi trabajo, que se repetía bastante. Pero cuando me lo señaló ella, me hizo sentido”.

Semanas antes, Bauer había presentado su trabajo en un evento organizado por el ISCP en la galería Hauser & Wirth que concluyó con un intercambio de libros. Al final, se le acercó una artista brasileña llamada Simone y le entregó Unravelling Words & the Weaving of Water, la primera colección de poesía en inglés de Cecilia Vicuña. “Lo tomé y lo estuve hojeando y apareció la idea de la conexión. Ese era un tema que a mí me interesaba mucho y me hizo pensar que el vacío que yo estaba sintiendo era una desconexión con el entorno”.

Tras recibir el libro, Catalina decidió contactar a Cecilia Vicuña, aprovechando que la conocía de antes. “La llamo y me dice que está muy enferma, que vaya a visitarla a su casa. Entonces, fui, y conversando le dije: ‘Cecilia, siento que Nueva York me ha dejado completamente vacía’. Ella me sugirió vaciarme por completo. Llegué donde alguien muy acogedor, que con su amor infinito me alineó de vuelta; me entregó fuerza. Pero no fuerza de batalla, sino una fuerza interior que me devolvió el espíritu de sentirme bien conmigo misma”. Antes de retirarse, Bauer le ofreció ayuda a Vicuña en lo que necesitara; una semana más tarde, sería llamada para pedirle asistencia en su taller terminando de pintar unos cuadros.

Las dos artistas pasaron cinco días trabajando juntas, dentro de los cuales surgieron múltiples conversaciones. En una de ellas, Vicuña le contó la historia que inspiró uno de sus poemas: dos mujeres de una cultura indígena del Amazonas trabajaban en una vasija tan grande que no podían verse; pero cuando dieron la vuelta cayeron en la realización de que los dibujos que habían realizado -los patrones- coincidían. “Fue uno de esos momentos en que se te paran los pelos. Una de las pocas ideas que había traído conmigo era trabajar con mis niñas y hacer una animación de ellas. Yo siempre las imaginé en una relación de espejo: que el baile de los dos cuerpos construyeran una geometría; algo súper formal. Entonces, esa noche, caí en cuenta de que la historia que me había contado Cecilia venía a llenar todo de sentido, y no era que cambiara tanto las cosas, sino que le entregaba una magia a la idea formal y simple que yo tenía”. También se vinculaba con la cesta que estaba haciendo: continuando con la idea de la espiral, el laberinto, lo circular.

“El camino interior conduce misteriosamente primero muy cerca del centro y después más y más lejos antes de volver con lentitud a la meta que es ese centro”, me leyó Catalina de una sección del libro Espíritu y Arte: Imágenes de Transformación de la Conciencia, que Yaconi le recomendó en su segundo encuentro en Nueva York. Descrito como un elemento de orden o caos, el laberinto era planteado como “un lugar de prueba y transformación donde el coraje, la atención continua y el cuidado son cruciales. (…) Una forma que simboliza la iniciación, pues el objetivo es encontrar la cámara más secreta del laberinto, lo Sagrado de lo Sagrado, el Yo, y volver, transformado, al mundo exterior. (…) Todo el proceso de crear el laberinto, y después entrar en él, representa la búsqueda humana del autoconocimiento y el camino a la iluminación espiritual”.

Vista de la exposición "Two Lines Twining a Soul (Dos líneas tocando un cántaro)", de Catalina Bauer, en Proxyco Gallery, Nueva York, 2018. Foto cortesía de Beca de Arte CCU, Santiago de Chile

La reacción a su desconexión con el entorno había sido la de crear un espacio en el que entrar y protegerse, volver a construirse. Pero desde el refugio, Bauer no se podía ver, por lo que necesitó que se lo hicieran notar desde afuera. “Cuando visualicé eso, empecé de nuevo a salir de esa sensación de angustia y ya más ejecutiva; me apliqué al trabajo”. Cuatro semanas antes de la muestra, desarrolló la animación, las cestas, las cunitas, definió la serie de fotografías. También decidió recrear un trabajo anterior: Lapso, una obra del 2008 que había expuesto en reiteradas ocasiones en México, Santiago y São Paulo. La idea brotó del diálogo con otra compañera mujer, la tutora que la beca le asignó, Johanna Unzueta, artista chilena que reside en Nueva York hace casi veinte años.

“La relación con Johanna fue entretenida porque nos ubicábamos, pero no teníamos relación. Pero nos llevamos muy bien y, finalmente, nos hicimos amigas. Había muchas afinidades de intereses”. Unzueta la visitaba una vez al mes para revisar el estado de producción de Bauer, lo cual le entregó un ritmo a su práctica. Y su tutoría no fue solo profesional, sino que también la guió en materias prácticas, emocionales y sociales, entregando desde datos de impresión a avisos de inauguraciones. “Fue un montón de cosas en las que me ayudó y alivianó. También pudimos compartir el cuestionamiento de ser artista en este contexto”. Con ella, exploró la posibilidad de rehacer el trabajo anterior, que le daba cierta tranquilidad.

Finalmente, las obras presentes en su muestra Two lines twining a soul son una animación de monocopias de fotografías en las que sus hijas mellizas bailan y se mueven en secuencia y en imágenes intervenidas -trabajo que le daría el título a la muestra-, acompañada por una melodía tocada en ukelele por su hija; y Lapse (Abundance/Saturation) (2018), un dibujo de más de mil círculos en torno a un solo centro en la esquina de la sala, del que cuelgan -a través de un tejido de crochet- los más de mil lápices de colores que Bauer usó para hacerlo. También, To offer resistance (2018), una serie de siete fotografías digitales en las que las manos de Bauer toman diferentes posiciones estirando un elástico de color rojo; y Baskets (2018), los dos canastos de cuponeras de supermercados y elásticos de goma con los que comenzó su producción.

Manteniendo su conducta casi estricta, aunque paradójicamente fluida de dejarse sorprender y guiar por lo fortuito, fue la apertura a las casualidades lo que llenó de sentido la obra de Bauer (podría pensarse que fueron las personas rodeándola las que llenaron ese vacío existencial, o tal vez ellas la ayudaron a observar y entender el sentido que yacía en su obra). De cualquier modo, dobló la mano al individualismo norteamericano y creó una red de apoyo, como las que históricamente han formado (y/o han tenido que formar) las mujeres. Lo inesperado se infiltró silenciosa pero definitivamente en el proceso y resultado de su residencia en el ISCP y, claro, en su experiencia general en Nueva York. En lugar de estudiar el colectivo norteamericano, la investigación la sorprendió en que rotó en torno a su condición de mujer, una característica que nos parece redundante cuando la observamos la historia en retrospectiva. “Siempre ha estado en mi trabajo el hecho de ser mujer artista, pero no la he abordado como una misión personal, ni me he camiseteado. Pero en este momento, siento que la exposición que salió de esta experiencia está íntimamente relacionada con que soy mujer”.

La temática del género femenino fue tratada de manera distinta en cada trabajo. En la animación, el movimiento de las mellizas forma patrones geométricos que, en su conjunto, construyen una imaginería mágica y espiritual: una materia única se divide en dos figuras femeninas que giran en torno a un espiral, forma que, luego, vuelve a cerrarse como en un acto continuo. Esta obra sería, en parte, el resultado de una reflexión en torno a los ciclos de la vida y la relación metafísica que se desarrolla entre hermanas, madre e hija, y madre e hijas. En el caso de Lapse, es el cuerpo de Bauer el que es utilizado como instrumento, articulando sus brazos como compás y llegando a develar, en la obra final, prácticamente todos los recursos involucrados: se exhibe la materia prima (lápices), el residuo (el grafito multicolor acumulado en el piso) y el resultado de la acción: los círculos. Pero la máquina de ejecución, ella misma, queda oculto.

En To offer resistance emplea su cuerpo nuevamente y hace una clara alusión visual a la vagina. Sin embargo, la connotación que hace no es sexual, sino de género, proyectando los esfuerzos de Bauer como madre; esfuerzos que, bajo el techo del departamento, dentro del vagón del metro y sobre las sucias calles de Nueva York, pertenecen a una determinada escala: trasladar a su familia en metro, cargar el coche para subir las escaleras, caminar con las compras del supermercado para cinco personas, en cortos y ventosos días de menos diez grados. Esfuerzos que fueron traducidos a y representados por sus manos, perteneciendo a otra escala. Las siete imágenes referencian los siete días de la semana, el horario a tiempo completo que se cumple como madre (de lunes a domingo, no de lunes a viernes).

A la red textil en torno a la que había rotado su carrera, se sumó la red cósmica de los encuentros fortuitos y la red fraternal que forjó -o fortaleció- con sus mujeres cercanas. Fueron cruciales las conexiones con Cecilia Vicuña y Johanna Unzueta, las conversaciones con Ana María Yaconi, la colaboración con Cecilia Jurado, Alexandra Morris y Laura Sáenz, organizadoras de la muestra, y el corto pero importante intercambio con la brasileña Simone. A ellas se suman sus hijas adolescentes, Lucía y Delia, a quienes Bauer observaba en un momento de explosión en que sus vidas como mujeres comenzaban. También, las exposiciones que visitó y que hoy piensa que fueron importantes en el proceso fueron de compañeras -aunque no contemporáneas- femeninas: Louise Bourgeois: An Unfolding Portrait en el MoMA, Carolee Schneemann: Kinetic Painting en el MoMA PS1, la pieza permanente Dinner Party en el Centro Elizabeth A. Sackler de Arte Feminista en el Brooklyn Museum, y la exposición centrada en la preparación de la obra anterior, que es de Judy Chicago.

“Cuando pasa el tiempo, ves que reflotan cosas y que las experiencias que has tenido han dejado buenas enseñanzas. Son procesos de adaptación súper duros, pero que te fortalecen para la vida y hacen crecer,” dice. “Es loco tener que venir a Nueva York para encontrar tus raíces; aquí, he vuelto a valorar el entorno al que pertenezco. Y me quedo con la idea de que, tal vez en el futuro, ciertas conexiones que se establecieron van a generar nuevas oportunidades. Ojalá suceda; es algo que queda tirado al viento. Ahora, me parece que lo más astuto es volver y generar una relación con donde uno pertenece y enriquecer eso. Aproveché el momento, la presión y la exigencia que se me puso en la residencia y la beca me sirvieron para pasar por todo un proceso difícil, pero hoy, siento que salí aireosa”.

 


* El jurado de la Beca de Arte CCU estuvo compuesto por Daniela Aravena, representante de la Dirac (Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores); Varinia Brodsky, representante del entonces Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (hoy Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio); Cecilia Jurado, representante de Y Gallery; Cecilia Valdés, crítica de arte del diario El Mercurio; Ximena Zomosa, representante de la comunidad de artistas; y Claudia Verdejo, de CCU. Medió la jura Alejandra Villasmil, directora de Artishock Revista.

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Paula Solimano

Nace en Estados Unidos, en 1991. Es artista visual y curadora. Licenciada en Arte por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Forma parte de De Facto Colectivo desde 2015. Actualmente vive en Nueva York.