Por Ángels Miralda

Cuando un objeto es desplazado, adquiere un peso, un añadido sentimental. El lugar de origen de un objeto se integra a su historia, formándose una rica y distintiva genealogía a partir de sus anteriores poseedores y las circunstancias que lo rodearon. Para ser desplazado, sin embargo, el objeto debe ser portátil: una “propiedad portable”, según lo describe Mr. Wemmick en la novela de Dickens Grandes Esperanzas (1861).[1]

Fue durante los siglos XVII y XVIII que se impuso la moda del grand tour entre los hombres europeos de clase alta. Recorriendo el continente por alrededor de un año, conocían nuevas culturas, encargaban pinturas y conocían a las otras familias notables de Europa. Este rito de paso dio origen a un nuevo género literario—la novela sentimental: la historia de un viajero, donde situaciones cotidianas son agitadas por la pasión de los sentimientos, lo banal es dramatizado y la emoción se impone por sobre el mecanismo racional de las cosas.[2]

París, Dresden, la laguna veneciana; no es extraño que el nacimiento de la novela sentimental coincida con la invención del souvenir moderno. A finales del siglo XVIII era fácil encontrar porcelanas chinas o costureros inscritos con el nombre de algún lugar. Un recordatorio sentimental para llevarse a casa. Estos recuerdos tienen su antecedente en los objetos sinecdóticos que se llevaban de vuelta consigo los peregrinos después de visitar un lugar sagrado. Se creía que las piedras, la arena y unas ramitas transportarían las cualidades mágicas de sus sitios sagrados de origen al hogar del peregrino: de ahí que fueran veneradas como auténticas reliquias (un ejemplo es el agua de Lourdes).

Vista de la muestra Semiprecioso de Miguel Soto en Galería Patricia Ready, Santiago de Chile. Foto: cortesía de la galería.

El souvenir suele ser un monumento de bolsillo: un llavero, un imán o un tazón coleccionable con una imagen. Una representación kitsch de un arte kitsch, pues los monumentos se ajustan al gusto popular antes que a los paladares sofisticados del arte culto. Greenberg se refirió en Vanguardia y Kitsch al kitsch político que resulta atractivo al gusto y los sentimientos de la gente común, que admira los sobredimensionados monumentos públicos que glorifican al Estado.[3]

De lo anterior podemos extraer un conjunto de cualidades para la percepción de la escultura: un intermedio entre la falsedad y la verdad material, entre la movilidad y lo situado, entre la autenticidad y la réplica, entre el concepto para ser pensado y el objeto para ser contemplado. Un palo encebado, juego típico y popular, es derrumbado y se transforma en una serpiente de juguete con proporciones monumentales. Un quitasol (otra “función vertical” como el palo) es agrandado y desviado—añadiendo a esta estructura erecta el drama de un árbol torcido. Muestras del suelo de la costa de Dalmacia que fueron despachadas a Chile por razones afectivas se encuentran retenidas en una aduana—lo que nos remite al divertido incidente de Brancusi cuando ingresa su obra Bird in Space (1923) a los Estados Unidos.[4]

Este es un rasgo fundamental en el trabajo de Miguel Soto (Santiago de Chile, 1990): la magnificación de objetos particulares que poseen una historia fascinante, generalmente conectada a la propia vida de su autor. La huella de una narración donde se conforma un portmanteau a partir de una colección de objetos significativos. Es el tratamiento de las cosas lo que les da su relevancia en tanto forma, decisión y contexto. Su combinación recuerda a otra novela sentimental: The Man of Feeling (1771) de Henry Mackenzie. Organizadas en viñetas, o capítulos, cada historia se vale por sí misma—es la expresión de una sensibilidad que solo se revela en momentos únicos.[5]

Una serie de unidades fragmentadas.

Una especie de souvenir monumental.

Vista de la muestra Semiprecioso de Miguel Soto en Galería Patricia Ready, Santiago de Chile. Foto: cortesía de la galería.
Vista de la muestra Semiprecioso de Miguel Soto en Galería Patricia Ready, Santiago de Chile. Foto: cortesía de la galería.

 

[1] Mr. Wemmick tiene la costumbre de visitar a los reclusos del corredor de la muerte, los que, sin necesidad de sus propiedades portables, se la entregan. Wemmick describe la propiedad portable como aquella que me puede ser desplazada e intercambiada fácilmente por dinero. La propiedad no portable, en el caso de Wemmick, está representada por su casa, una especie de castillo rodeado por un foso, que puede entenderse como una línea divisoria que opone ideológicamente ambas propiedades. Por un lado, la propiedad moderna, fungible, fácilmente liquidable; por el otro, la propiedad antigua y anticuada, con una genealogía heredada.

[2] El Viaje sentimental por Francia e Italia (1768) de Laurence Sterne es una de las primeras obras del género. Basada en los propios viajes del autor, esta novela se convirtió en un modelo de la literatura de viajes de la época.

[3] Clement Greenberg, The Avant-Garde and Kitsch, The Partisan Review, 1939.

[4] En el caso Brancusi v. The United States, el servicio de aduana de los Estados Unidos exigía el pago de un arancel de importación ascendía a un 40% del valor de la escultura Bird in Space, la que fue catalogada dentro de los “artículos de cocina y hospital”. Las obras de arte podían ingresar al país sin pagar impuestos. Sin embargo, este no era el caso del trabajo de Brancusi, pues el reglamento vigente definía esculturas como “reproducciones esculpidas o fundidas, imitaciones de objetos naturales, principalmente figuras humanas”.

[5] The Man of Feeling es una novela ficcionalmente fragmentada. Mackenzie organiza su libro en viñetas, donde algunos capítulos faltan. Destaca estos “capítulos faltantes” alterando la enumeración de las páginas y describiendo personajes nuevos de la historia como si hubiesen sido mencionados anteriormente.