A partir del momento en el cual el hombre consiguió estampar su huella impregnando su mano en tierras húmedas que daban color, o trató de imitar las formas de los animales, inició su función de hablarle a los otros. En aquel entonces, los hombres observaron su entorno y veían a los animales corriendo, miraban sus manos y reconocían las formas, pero ¿cómo podían saber si los demás lograban ver lo mismo que ellos? Los hombres van, observan el dibujo, la silueta, y la huella de los otros. Sienten que hay una similitud, que son parte de algo; un hombre con el trazo de sus siluetas y el otro, a través de su mirada, derribaron los muros que separaban uno del otro, abriendo el camino que los llevaría a ser una sociedad integrada. Desde aquel momento, esto que hemos nombrado arte y la manera en la cual a través de ella nos comunicamos, no ha cambiado.

En el arte, el uso específico del lenguaje traza un camino retador en la carrera de muchos artistas que asumen indagar su universo; algunos, a través de estrategias estrictamente semánticas como las proposiciones tautológicas de Joseph Kosuth, las frases-ideas de Lawrence Weiner o las obras situacionistas de Isidoro Valcárcel Medina. No obstante, al trabajar con el lenguaje, no solo las obras que se desarrollan a través de los signos lingüísticos infieren en el tema a profundidad. Si bien entendemos que el lenguaje deviene comunicación, también entendemos que aquello de comunicarnos se logra a través de diversos medios, como lo hicieron aquellos hombres de las primeras épocas en las que comenzaban a conformarse las sociedades.

Carlos Amorales (1970), artista mexicano reconocido internacionalmente, ha desarrollado su trabajo a partir de esas indagaciones acerca de los alcances del lenguaje tanto como de sus propias imposibilidades, o incluso, sus nuevas posibilidades de comprensión. Su obra, tan prolífica como su pensamiento, está cargada de lúcidas indagaciones acerca de lo que creemos entender de los sistemas de comunicación, en tanto que sistemas de signos y por tal, decodificables, así como otros modos de acercarnos al mundo a través de los sonidos, gestos, formas, colores, y no solo palabras. En realidad, cuando observamos sus obras entendemos que su proyecto no es tan básico como sugiere; la obra de Amorales es compleja, porque se encuentra relacionada con las expresiones de los artistas conceptuales para quienes las obras van más allá de sus componentes formales, cuestionando los significados convencionales de las imágenes y las cosas, en tanto que, sus obras, constituyen una totalidad que integra sujeto creador, idea, materia, forma, espacio de creación, espacio de recepción o emplazamiento, y público consecuentemente; donde el precepto de aquella creación es la maleabilidad de posibilidades de interpretación por parte de los públicos. Sí, las obras de Amorales están plagadas de lucidez intelectual, pero también de una sensibilidad creativa que nos lleva a comprender que el arte, propiamente dicho, aún desde una noción especular, es llevado por algunos artistas a otro nivel y no consigue ser tan “fácil” como la desatención de otros pretende.

¿Por qué puede ser tan significativa una obra que indaga acerca del lenguaje, de la comunicación a través de formas cifradas, la traducción o traslado de significados, pero que no está aventurada en transmitir un mensaje particular? Por una parte, porque justamente y quizás, paradójico a lo que Brea propone, el modo de producción de la imagen pictorializada que produce el mundo como cuadro, en algunas de las piezas de Amorales no pretenden una forma de educar o de organizar nuestra visión de las cosas; no pretende tampoco a través de pretensiones añadidas una veracidad del relato, es decir, un modo de ver, de mirar y de relacionarnos con lo que ocurre en las salas donde se encuentren emplazadas, insertándolas en una estructura sensorial o fenoménica de recepción, incipiente a lo que llamamos una episteme visual de un modelo abstracto que articula el valor expandido del propio acto de ver y re-conocer sus siluetas, estructuras, colores,  formas; y, por otra parte, su trabajo tiene un gran mérito porque no todos los artistas logran hacer este tipo de obras con verdadero acierto. “Lo que ocurre [con mis obras] es que se genera una cosa como paradójica, porque la gente no entiende y se empieza a preguntar, y es esa pregunta la que en realidad abre un campo de comunicación. Esa es la diferencia entre el arte y propaganda: la propaganda o publicidad te da un mensaje claro que debe llegar a la mayoría y convencerlos de algo; en tanto, el arte genera preguntas”, dijo el artista para la revista Arcadia a días de inaugurar su muestra en la ciudad.

Herramientas de trabajo es el título de la exposición que se acoge del artista en el Museo de Arte Moderno de Medellín, en las Salas A, B y la Sala de Fundiciones. La exposición se encuentra dividida en tres componentes: por una parte, encontramos la imagen en movimiento, donde se muestra sus incursiones con piezas cinematográficas donde destacan Herramientas de trabajo (2010), obra que “resume el proceso derivativo que caracteriza su trabajo”, pues de las fotografías personales del artista surge Archivo líquido (1998-2010), y de éste, herramientas para dibujar con las cuales realizó la película, y así sucesivamente. Su manera de trabajar es por lo tanto orgánica, móvil, y procesual en todo el sentido de la palabra. “El archivo se ha convertido en un vocabulario visual pensado para el uso colaborativo y su reinterpretación, con el artista posicionado como un filtro crítico y una unidad entre las formas y su significado potencial”.  Asimismo, dentro del componente cinematográfico encontramos el filme No me mires (2015), una sugestiva película que reflexiona sobre asuntos espinosos como el racismo y las divisiones sociales, integrada a su vez por aspectos de la vida del artista.

En otra de las salas, el componente de la imagen fija lo vemos integrado por la puesta de dibujos, grabados y pinturas sobre un sutil fondo de color lila que armoniza a cabalidad, y donde se encuentran obras como El esplendor geométrico (2015), La vida de los pliegues 01 (2016), Cromofobias negras 11 (2010) o Solo para tus ojos 14 (2016), una pequeña pieza de serigrafía que fue utilizada en una simpática performance realizada por una chica que bailaba vestida de blanco con zapatillas de tap, y fue presentada durante la inauguración de la muestra.

Finalmente, en el hall del museo en la Sala de Fundiciones, se encuentra una de sus grandes pasiones: la música. Allí nos recibe la obra Veremos cómo todo reverbera, realizada inicialmente en el año 2012, que consiste en una instalación interactiva compuesta por diferentes tipos de platillos de batería, suspendidos a partir de un sistema móvil que nos recuerda inmediatamente las obras del artista Alexander Calder, y vale decir además, que Amorales tuvo la oportunidad de trabajar justamente en su taller por aproximadamente tres meses, que le permitieron reflexionar sobre sus métodos y la conformación de su obras. Con la instalación Veremos como todo reverbera, el público puede tener la libertad de jugar y tocar los platillos allí dispuestos, volviéndola una pieza dialógica tanto con el espectador como con el espacio. La única regla es que el espectador sea libre de influir con su estado de ánimo, para que así la pieza puede ser tanto pasiva como violenta, sonora, musical, o incluso simplemente ruidosa.  “Es una pieza que va cambiando mucho, eso afecta a la gente que está alrededor”.

Sin ser una muestra retrospectiva, como lo aclara justamente el curador Jefe del MAMM, Emiliano Valdés, la exposición quiere dar cuenta de la variada y prolífica carrera del artista, así como de los elementos que le dan unidad a su obra. “Su práctica se basa en distintas formas de traslación o derivación, un procedimiento de formación de palabras que permite a las lenguas designar conceptos relacionados semánticamente con otros, y al artista producir obras que están relacionadas conceptual y formalmente con otras”. De ahí que nos sea oportuno mencionar que las piezas de Carlos Amorales no remiten a unos significados cerrados o son creaciones intransitivas, más bien, esto quiere decir que la alteridad forma parte de la propia composición de las obras.

En todo caso, lo que encontramos en Herramientas de trabajo en el Museo de Arte Moderno de Medellín va mucho más allá de ser una selección de piezas de pintura, dibujo, serigrafía, performance, instalación o cine; lo que advertimos allí es doblemente más: por un lado, una puesta en desvelamiento de toda una mecánica compleja de creación que propone también teatralización, en tanto que muchas de las obras se encuentran permeadas por la vida personal; y, por otro lado, vemos un montaje de ese entrecruce que el artista lúcidamente fabrica desde la figuración a modo de representación como en las obras Mujer-pájaro, que transitivamente desemboca en obras mucho más abstractas; pero vislumbramos también el comentario crítico y agudo acerca de la imposición de cierto orden escópico y, consecuentemente, de un particular orden social que siempre debe ser cuestionado.

The following two tabs change content below.
Nace en Medellín, Colombia. Es maestra en Artes Plásticas y Visuales. Realizó estudios en Filosofía en la Universidad de Antioquia y tiene una acreditación en Evaluación de Procesos Educativos. Posee un diplomado en Periodismo Cultural y Crítica de Arte y se desempeña como docente de cátedra universitaria. Es parte del equipo de columnistas de la revista La Artillería, revista de arte de la ciudad de Medellín, y escribe para la sección "Palabra y Obra" del periódico El Mundo.

Latest posts by Ursula Ochoa (see all)

UA-20141746-1 Cartelera