La finalidad del arte no es registrar. Hay creación (por tanto, arte) esencialmente a nivel de los procedimientos y los medios utilizados por los artistas, como señaló Pierre Francastel. Quizás, a lo que apuntaba el historiador es que el arte debe asumir el riesgo de transponer el gesto creativo a las condiciones históricas, es decir, el fundamento primigenio del arte que es cabalmente “ser creación”, se eleva a la intención de revelar el mundo, y esto, básicamente porque el arte no es una sociología ingenua: hay arte, más bien, en aquello que da a sentir justamente una forma particular de este mundo.

En este sentido, cada artista pertenece a un tiempo y a un contexto que se manifiesta en su obra; por lo tanto, reflexionar sobre las crisis que afronta como habitante de una sociedad fragmentada y monopolizada, así como asumir una posición ética como sujeto político, puede ser natural en un momento como el que estamos viviendo ahora. Términos como identidad, territorio, contexto, migración, origen, destierro, temporalidad, tránsito entre otros, constituyen la base del léxico que deriva de estos fenómenos en el acontecer de una obra. No obstante, el arte aún se debate entre una noción esteticista que privilegia la habilidad técnica por el “tema”, y la idea de que el arte es un dispositivo social positivista en tanto que medio de comunicación para transformar la cultura, privilegiando las intenciones del artista sobre la técnica de su obra, que se traduce (algunas veces) en un elocuente discurso. Como consecuencia, las galerías parecen ser lugares que mutaron, si consideramos que hasta hace unos años solo fueron vitrinas donde la banalidad ornamental y la dinámica mercantil ocupaban la cúspide de la pirámide. Ahora, un número importante de galerías están más interesadas en el acontecer de una realidad crecidamente susceptible que en comercializar artefactos que complazcan el gusto estético de un grupo de compradores y de esnobs desinformados.

Andrés Orjuela, “Marineros”. Cortesía: Santiago Rueda

El investigador y curador Santiago Rueda presenta en Casa Hoffmann (Bogotá) la exposición Infranómadas, una muestra que, en sus palabras, explora condiciones de vida nómada -por espíritu, convicción, destierro, dependencia-, señalando a la vez las dinámicas que las (re) producen y enfrentan: depredación transnacional, racismo, migraciones económicas, persecución política y aniquilación cultural.

En la muestra, el arte como tópico antropológico que requiere de cierta forma de abordase a partir de una conciencia del contexto, participa, si recordamos El artista como etnógrafo de Hal Foster, de dos modelos epistemológicos: por un lado, se cuestiona la vieja ideología del texto y se reconoce el giro lingüístico que en los años sesenta configuró lo social como orden simbólico y/o sistema cultural que también planteó “la muerte del autor”; nociones que se pueden avistar en las propuestas de Barbarita Cardoso, Luis Hernández Mellizo, Andrés Moreno, Harold Ortiz y Alan Santamaría; y, por otro lado, en el anhelo del referente, es decir, el interés que mostró el arte hacia el contexto y la identidad que opone los viejos paradigmas del arte hacia las críticas del sujeto como creador, referidas en las propuestas de Francilins Castilho, Camila Echeverría, Mariana Saldarriaga, Gabriel Zea, Nadia Granados, Iván Herrera, Cristina Ochoa, Andrés Orjuela y Edison Quiñones, entre otros.

Sector Reforma, “Pensar la praxis” (arriba), y “Ser puente” (abajo). Cortesía: Casa Hoffmann
Andrés Moreno, “Miguelito sin papeles”. Cortesía: Casa Hoffmann
Santiago Vélez, “La gran Ola” (Serie 1/50), y “Refugiado es refugiado”. Cortesía: Casa Hoffmann.

Infranómadas destaca que los artistas pertenecen a diferentes lugares del mundo, como Brasil, Colombia, Francia, México, Perú y Uruguay, los cuales se han visto enfrentados a vivenciar los efectos adversos de los sistemas que imponen las fronteras culturales con relación a la experiencia de migrar a otros territorios, compilando experiencias de vida al mismo tiempo que seleccionan información relevante para la configuración de sus obras. Desde luego, lejos de pretender una respuesta a estos asuntos, las propuestas suscitan reflexiones que hablan del presente.

El arte como imagen no traduce pues una experiencia temporal objetivamente exacta de ese mundo exterior al que alude; la imagen solo refleja la experiencia, pero, como todo reflejo, depende por completo de la superficie hacia la que es reflejada; es decir, depende del artista, de la elección y el uso de los medios, del contexto en el cual se hace aquella reflexión y hacia qué público van dirigidas todas estas realidades.  De ahí que se discuta sobre las galerías como antiguas vitrinas y su actual necesidad de mostrar un arte “consciente” de la realidad social, y de ahí, también, que resulte de esa necesidad una multiplicación de las relaciones posibles entre percepciones individuales con juicios temporales con relación a los lugares de circulación, donde las obras expuestas le dan valor a esa cualidad del arte. ¿Cuál? La de ser un catalizador entre las diferentes realidades sociales.

Vista de la exposición e intervención de Alan Santamaría. Cortesía: Casa Hoffmann
Barbarita Cardoso, Fast Fashion “Made in #7 (magenta)”; “Made in #8 (Verde oliva)”; “Made in #12 (Dorado)”. Cortesía: Casa Hoffmann.

Es entonces en este sentido que las reflexiones desde el arte son igualmente un hecho social y no solo un registro; de ahí que inicié este texto puntualizando que “la finalidad del arte no es registrar”, en tanto que establece conexiones particulares entre los hechos reales y las intenciones del artista, del curador y del mismo espacio de exhibición. En efecto, el arte configura el testimonio de una de las principales facultades del hombre, que no es otra que la capacidad de proponer una relación entre la realidad y el pensamiento a través de creaciones que no constituyen simplemente objetos o imágenes más o menos complacientes, sino que las convierte en sistemas de signos en los que se transcribe el pensamiento individual que se vuelve colectivo.

“Los infranómadas constituyen la gran mayoría de la población del mundo y conforman lo esencial de su movimiento”. Es pues una frase de Jacques Attali y engloba el precepto general de la muestra, la cual también nos advierte que, aunque las historias y las vivencias allí presentadas parezcan pertenecer a situaciones geográficas muy específicas, resuenan en experiencias y vivencias comunes a todos nosotros, según su curador.

Cristina Ochoa, “Nido de aguilucho”. Cortesía: Casa Hoffmann

Artistas participantes:

Barbarita Cardoso, Francilins Castilho, Camila Echeverría, Nadia Granados, Luis Hernández Mellizo, Iván Herrera, Andrés Moreno, Cristina Ochoa, Andrés Orjuela, Julio Orozco, Harold Ortiz, Édison Quiñones, Ignacio Rodríguez, Luz María Sánchez, Mariana Saldarriaga, Alan Santamaría, Sector Reforma, Pierre Valls, Santiago Vélez, Eduardo Villanes, Gabriel Zea.

 


Imagen destacada: Eduardo Villanes, Equipaje, primer avistamiento, Serie 1/10. Cortesía: Santiago Rueda

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Nace en Medellín, Colombia. Es maestra en Artes Plásticas y Visuales. Realizó estudios en Filosofía en la Universidad de Antioquia y tiene una acreditación en Evaluación de Procesos Educativos. Posee un diplomado en Periodismo Cultural y Crítica de Arte y se desempeña como docente de cátedra universitaria. Es parte del equipo de columnistas de la revista La Artillería, revista de arte de la ciudad de Medellín, y escribe para la sección "Palabra y Obra" del periódico El Mundo.

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