El Museo de Artes Visuales (MAVI), en Santiago de Chile, presenta hasta el 20 de agosto la muestra El Fantasma de la Utopía, del artista Arturo Duclos (Santiago, 1959), en la que se explora el sentido político de la utopía en el continente americano, contrastando los ideales libertarios que provienen de los diferentes grupos revolucionarios que trataron de imponer sus convicciones a través de la conciencia ideológica, la lucha armada y el terrorismo, inspirados en los grandes discursos revolucionarios del siglo XX.

A través de El Fantasma de la Utopía –que abarca desde el dibujo y la pintura hasta la escultura, la instalación, el video, el performance y la fotografía–, Duclos busca hacer una metáfora del decaimiento de estos ideales a través de una mezcla con las narrativas locales latinoamericanas, especialmente representadas por sus fiestas populares religiosas y el kitsch. El artista se ha caracterizado por el uso de iconografías históricas y populares que le imprimen un sello inquieto e innovador a sus pinturas, obra gráfica, objetos e instalaciones.

Curada por Paco Barragán, la muestra se despliega a lo largo de cuatro salas del MAVI, en donde Duclos presenta cinco áreas temáticas —Banderas, Caporales, Escudos de armas, Memorabilia y Machina anemica—, además de Cuartel General, una tienda de campaña ubicada en la Plaza Mulato Gil de Castro, frente al museo, en la que se ha estado llevando a cabo un programa de mediación con el público.

El Fantasma de la Utopía ya tuvo una primera versión en una céntrica calle de la ciudad de Toronto, en el marco del festival internacional de arte Nuit Blanche, en octubre de 2016, consistente en una superficie de banderas dispuestas sobre el pavimento, a modo de intervención pública. Tras su presentación en el MAVI, la muestra se presentará en el Centro Cultural Alfonso Lagos de Chillán (Chile) y en la Sala Principal de la Pinacoteca de la Universidad de Concepción (Chile), para luego viajar a Sao Paulo y Buenos Aires, en una circulación que se prolongará hasta 2019.

Conversamos con el artista Arturo Duclos y con el curador de la exposición, Paco Barragán.

Nicolás Narváez: Paco, en el texto curatorial mencionas algo relativo a cómo el deseo por alcanzar la utopía puede acercarse demasiado al autoritarismo, y que la utopía es sinónimo de nostalgia. ¿Por qué han decidido nombrar la muestra como El Fantasma de la Utopía? ¿La utopía es algo que ha dejado de existir y que, sin embargo, aún ronda o merodea las sociedades latinoamericanas? ¿Desde cuándo? ¿Cómo se expresa esa presencia fantasmal en ellas?

Paco Barragán: La idea de la utopía como fantasma es como en la famosa cita de Oscar Wilde: es esa isla llamada Utopía, pero donde tan pronto como desembarcas te das cuenta de que no es ahí, que has de seguir buscando porque existe otro lugar mejor. Y ese también era un poco el sentido original de Tomás Moro: la idea de “ningún lugar”. Y tal vez por ese carácter de perfección o posibilidad en el futuro la idea siga fascinándonos y, sobre todo, al mundo del arte. Pero si descendemos del nivel de las grandes ideas o filosofías —las grandes narrativas—, constatamos perfectamente que el ser humano siempre ha perseguido su propia utopía: un mundo más justo y equitativo donde poder realizar su sueño o, si se quiere, su telos. Todas las sociedades necesitan utopías o ideologías que les hagan progresar y que den a sus ciudadanos un objetivo en sus vidas. Se pensó que el cientifismo modernista e ilustrado iba a traer ese estado de vida feliz: menos trabajo, y en todo caso más artístico, y más tiempo libre, pero el sistema capitalista usó el avance tecnológico precisamente en sentido opuesto: trabajar más y ganar menos y más competencia por los pocos buenos trabajos que existen en el mercado. En Latinoamérica se dieron diferentes intentos de utopía a través de estos movimientos revolucionarios que analizamos —desde las FARC, el MIR, el 26 de julio hasta el EZNL—, pero al final todos acabaron sucumbiendo al terrorismo y al autoritarismo y a la violencia de estado. Los intereses del binomio estado-corporaciones no permitirían de ninguna manera la más mínima desviación del sistema capitalista actual, y de hecho hemos podido ver cómo casi todos esos gobiernos populistas de izquierdas en Latinoamérica —de los cuales muchos llevaban consignas utópicas como educación, sanidad y pensiones gratuitas— fueron desapareciendo o perdieron fuelle. Evidentemente, el caso de Cuba es el ejemplo de lo que suele ocurrir cuando la utopía se convierte en realidad y deriva en una dictadura, como ocurrió anteriormente en la Unión Soviética. De hecho, pienso que lo más cercano que conozco a la utopía como sistema, y que viví muy de cerca, fue el denominado “estado del bienestar” de las social-democracias que se dio en los años ochenta en el norte de Europa, en países como Alemania, Países Bajos, Suiza, Suecia, Noruega, Dinamarca… Lo que era una suerte de “socialismo capitalista”: había salarios mínimos para los que no trabajaban, becas gratuitas para los estudiantes, sanidad gratuita…

N.N: En la muestra se percibe algo de nostalgia por los tiempos en que las guerrillas de izquierdas trataban de hacer reivindicaciones de justicia, y cierto grado de admiración o glorificación por tu parte, Arturo, como en la instalación Caporales, los escudos o en la maqueta de la pirámide. ¿Cómo has llegado a interesarte por estos grupos guerrilleros latinoamericanos y los ideales utópicos que siguen representando? ¿Por qué el deseo de rescatar aspectos de ideologías que parecieran estar truncas, como un fantasma que acecha?

Arturo Duclos: Mi interés por estos grupos revolucionarios surgió nuevamente hace unos años, cuando comencé a ver banderas en casas de amigos que viajaban por México y Cuba, y las exhibían como parte de un pasado político familiar. Me llamó profundamente la atención que todavía persistiera esa nostalgia mezclada con cierta admiración y cierta resignación. Personalmente, ya había estado en Cuba y tuve la impresión de un lugar que contrastaba entre la felicidad, la represión y la locura. También estaba investigando documentales y libros de la época, como Soy Cuba, un documental soviético de los años sesenta sobre la revolución cubana; así como, paralelamente, otras investigaciones que hice sobre el altiplano en unos cuantos viajes por Bolivia y el norte de Chile. Pero todo esto se amalgamó cuando tuve que hacer una réplica de mi obra Sin Título (bandera) de 1995, que consiste en el dibujo de una bandera chilena ejecutado con 72 fémures humanos, que realicé el año 2015. Fue entonces que comencé a realizar asociaciones entre esa bandera y las banderas que había visto. Como estaba planeando una muestra en el MAVI, y estaba muy influido por el material que estaba recogiendo de las fiestas altiplánicas, comencé a trabajar con la idea de construir emblemas basados en la iconografía de estos movimientos. Luego contacté a Paco Barragán, con quien llevábamos una discusión fluida sobre estas ideas, y comenzamos a refinar conceptos que decantaron en la muestra actual. Principalmente me interesaba el carácter mesiánico de muchas ideas que estaban tras las reivindicaciones sociales y políticas de estos grupos, pero, sobre todo, me interesaron más de poder hoy contrastarlas con la carencia ideológica de los movimientos sociales. Al hacer un análisis, muchas de las ideas que promovieron estos grupos tuvieron una sólida base política y respondieron a la época de la Guerra Fría, donde América Latina se convirtió en un campo de experimentación de las incursiones del comunismo y la Alianza para el Progreso. Hoy día, muchas de esas ideas aún tienen vigencia ante la falta de expectativas que nos plantea el sistema capitalista, y reviven cuando nos enfrentamos nuevamente al fantasma del vacío ideológico que trae consigo. La verdad es que ese es el verdadero fantasma que nos acecha. La utopía nos trae fuera de esa lógica cultural, que pertenece al capitalismo avanzado, a saber: la globalización y la postmodernidad. Es por eso que se hace presente hoy para recordarnos sobre ambiciones que sí existieron en un pasado no tan remoto.

N.N: ¿Cómo es que finalmente las banderas terminan siendo blancas, después de décadas de lucha, terrorismo y muerte, o sus símbolos representados como un panel de auspiciadores comerciales típicos de la sociedad occidental capitalista? ¿Cómo ocurre esa transmutación hacia el pop o el kitsch?

A.D: Las banderas blancas terminan vacías por el avance inexorable del modelo liberal. Son el vacío del decaimiento intelectual y la incapacidad de pensar en nuevos paradigmas. La clase política e intelectual ha sido incapaz de llenar ese vacío ante el exceso de positividad del narcisismo que hoy copa las agendas políticas. Por ello, sus símbolos consisten en una pasarela comercial, todo está hecho para las súper-carreteras de información donde todo se banaliza. Esa transmutación de la que hablas ocurre en mi obra al contrastar las capas carnavalescas cargadas del boato festivo de las tradiciones populares andinas con las capas heroicas que vienen a salvarnos del vacío comercial de las ideas. En sí, estas capas son también las capas de los súper héroes que quisiéramos ver venir a nuestro rescate del marasmo ideológico donde estamos inmersos. La presencia del kitsch y del pop es el contraste con la estética minimalista de los años sesenta que impera en la ideología de las oficinas de directorio de las corporaciones transnacionales que buscan la asepsia y la ausencia de significado, el vacío pleno de los negocios. Para retomar la pregunta inicial, las banderas fatigadas y vacías están para ser llenadas, no sé si por las revoluciones sesenteras, pero si por nuevas ideas que nos alejen de los populismos y las banalidades de izquierda y derecha. Si vivimos un gobierno socialista, sobrevivimos a una dictadura fascista y luego al experimento neoliberal, ¿cómo no seremos capaces de inventar algo que nos permita avanzar en desarrollo humano y social para nuestro país?

N.N: En la exposición se recurre a expresiones de lo popular, presentando piezas como los caporales bordados con lentejuelas, altares coloridos y abigarrados, además de símbolos e imaginería míticos y religiosos relacionados a la cultura andina. ¿Cómo puede el kitsch funcionar como lenguaje plástico para comunicar esta idea sobre la utopía como ficción?

P.B: Como bien sabes, todo lo que suena a kitsch o es calificado como tal se debe a la definición de Clement Greenberg extraída de su ensayo Vanguardia y kitsch del año 1939, donde Greenberg calificaba prácticamente toda la cultura popular como kitsch en oposición a la alta cultura. Pero evidentemente las cosas nunca son como tal y los límites se han difuminado, y así es como vemos a artistas como Koons, Murakami y Hirst que juegan con el kitsch y son considerados, sin embargo, alta cultura. Cuando apelo a la idea de la utopía como kitsch es por varios motivos. Tanto los movimientos revolucionarios como los grupos religiosos andinos comparten cierto gusto por el uso de colores llamativos y chillones, como el rojo y el amarillo, y también el uso de unas iconografías y unas formas saturadas y rebuscadas. Pero también desde un punto de vista conceptual, podemos pensar hoy día en la utopía como kitsch. Podemos definir el kitsch como aquello que es fácilmente asimilable, que simula ser mejor de lo que realmente es y que —y esto es lo importante— no cuestiona nuestro mundo de una manera significativa. Lo vemos como algo agradable, placentero, pero rápidamente se desvanece y no deja huella. Pensar hoy día la utopía desde los mismos preceptos filosóficos y políticos, como algo que se materializará en el futuro a través de la tecnología y el cientifismo, es un pensamiento naif y una suerte de impostura. Esta idea carece de toda originalidad y es una copia mala de algo que a lo largo del siglo XX se intentó materializar, pero acabó en terror. La utopía hoy adopta otras formas y otros nombres.

N.N: ¿Qué tipo de actividades piensas realizar en la carpa que se encuentra en la plaza del museo?

A.D: La carpa que se encuentra instalada en la plaza del museo es un proyecto llamado Cuartel General. Este consiste en una serie de 10 encuentros con diversos actores del mundo del arte, la política y la academia, que se realizan los días viernes a las 16 horas hasta el 18 de agosto, donde se discute a partir de un diseño editorial sobre las utopías en América Latina. Cada discusión genera insumos escritos que entregan las audiencias participantes y se van retomando como punto de conversación para el siguiente encuentro; así voy construyendo una polifonía estructurada que pretendo exhibir posteriormente como obra de flujo.

ARTURO DUCLOS: EL FANTASMA DE LA UTOPÍA

Museo de Artes Visuales, Santiago de Chile

Del 8 de junio al 20 de agosto de 2017

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Nicolás Narváez

Nace en La Serena (Chile) en 1987. Es publicista, editor y comentarista de arte. Licenciado en Comunicación Persuasiva por la Universidad del Desarrollo (Santiago, Chile). Actualmente es Editor en Artishock, y fundador y editor general del blog de arte ANTE Santiago.
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