[ENGLISH VERSION BELOW]

 

David Batchelor (1955) es un artista escocés radicado en Londres que se ha dedicado a trabajar en torno al color desde hace ya 25 años. En diciembre del año pasado, tuve la oportunidad de volver a Londres y, dado mi interés en el ámbito del color, le solicité un tiempo para conocerlo y conversar. Gentilmente, aceptó y me invitó a su taller, ubicado en la zona este de Londres, un área industrial caracterizada también por la presencia de muchos talleres de artistas.  Su espacio, de unos 150 m2 de extensión y un orden asombroso, está dividido en tres secciones: una para el trabajo de oficina, otra para la creación y despliegue de su obra, y otra para el corte de materiales y uso de sprays.

Así, observando y recorriendo su amplio estudio, Batchelor inicia esta conversación: “Durante los primeros veinte años de carrera me fue muy difícil conseguir un justo equilibrio entre tiempo, espacio de taller y dinero. La mayoría de los artistas pasamos la vida entera tratando de equilibrar esta ecuación. Y esto tiene que ver más con la suerte y la moda, que con la calidad del trabajo en sí… ¡siempre es frustrante!”.

Recorrimos principalmente la sección creativa, donde preparaba una muestra para Teherán que abrió en enero de este año. Así, frente a Talisman relató cómo en 1993 se encontró accidentalmente con el color: luego de una exposición, según él poco exitosa, y ante la insatisfacción de esa experiencia, de vuelta al trabajo de taller dispuso un trozo de acrílico rosado sobre una cornisa de madera, y algo funcionó. Sin saber bien qué estaba pasando, la unión de ese soporte con una superficie de color fue un punto de inflexión en su carrera.

Batchelor recordó entonces que se formó en una época donde el apogeo artístico lo dominaba el conceptualismo, movimiento para el cual el color simplemente no era significativo, por lo que su pequeño hallazgo (o talismán, como él lo apodó después del evento) le abrió caminos para explorar y desarrollar una línea de trabajo centrada en el color, la ciudad, y la abstracción, en dos y tres dimensiones. De este modo, sus materiales comenzaron a provenir principalmente de la industria, ligados al paisaje citadino.

Batchelor no se considera escultor, ni tampoco pintor. No usa pigmentos ni mezcla colores, sólo los yuxtapone. Nunca usa pintura -“a veces acrílicos, pero no mucho”- y suele comprar sus insumos más en ferreterías que en tiendas de arte. De paleta variada, la selección de los colores de Batchelor se relaciona con las ciudades. “Cada ciudad tiene su propia paleta y relaciones cromáticas; por ejemplo, Hong Kong es muy colorido”.

De esta forma, Magic hour, inspirada en la idea de un atardecer en la ciudad de Las Vegas, “invita a vivir la noche en la ciudad”. Así, la mayor parte de las veces los matices de Batchelor están ligados a la tecnología, a compuestos químicos, plásticos, resinas y sprays, optando por una paleta ácida, eléctrica y energizante. “En mi trabajo hay mucho negro y éste es particularmente interesante en relación con otros colores por cómo experimentamos el color en la ciudad, que aparece usualmente después de que oscurece. Esta es la razón por la cual el negro y la oscuridad son importantes para mí”.

Además de ser un reconocido artista y profesor -en el Royal College of Arts y, actualmente, en Goldsmiths-, David Batchelor también se ha dedicado a la escritura reflexionando acerca del color en términos culturales y semánticos. A la fecha ha publicado nueve libros sobre el tema, entre los que destaca Chromophobia (2000), donde plantea cómo en nuestra cultura occidental el color sólo ha tenido un rol decorativo y mimético y no ha sido tomado en cuenta seriamente en términos académicos ni intelectuales. En este ensayo, Batchelor señala que a través de la herencia griega y nuestra errada interpretación del blanco hemos asociado históricamente un estado de pulcritud y elegancia a lo que llamamos ausencia de color. Todo esto, producido por el paso del tiempo y la consecuente desaparición del color en las clásicas esculturas y estructuras arquitectónicas de Grecia. Con este legado, la estética occidental ha privilegiado un sentido de frialdad y asepsia, según él, una forma de inercia y muerte, es decir, una cromofobia. “Desde la antigüedad, el color ha sido sistemáticamente marginado, injuriado, disminuido y degradado”, siendo asociado a los sentidos, a lo placentero, y con ello a lo cosmético y superficial, negando de esta forma toda su complejidad y riqueza.

Uno de los referentes con que Batchelor ejemplifica esta marginación es Charles Blanc (1813-1882), teórico francés del siglo XIX, quien plantea que el diseño (vinculado al dibujo) se puede relacionar con lo masculino y el color con lo femenino, y que “el diseño debe mantener su preponderancia sobre el color”. Las palabras de Blanc son aún más polémicas por la asociación al tema de género, donde lo femenino y cromático han estado dominados por lo masculino, conectado al dibujo, la forma y la definición, en síntesis, la razón. Es aquí donde Batchelor pone el acento para manifestar la subordinación -o incluso invisibilidad- que ha tenido el color a lo largo de la historia del arte, relegándose casi exclusivamente al rol de acompañante. Sin embargo, la supremacía de la razón por sobre la sensorialidad -como sabemos- ha tenido implicancias en muchos ámbitos, no sólo artísticos.

En Chromophobia, Batchelor no menciona a Josef Albers, artista y teórico del color, ampliamente reconocido por su libro Interacción del Color (1963). Ante esta pregunta, Batchelor afirma que “Albers es más interesante -en cuanto a teorías del color- que Itten o Kandinsky”, pero que no le servía en este caso para su investigación. En ese sentido, Albers está ligado a una metodología más bien pragmática y funcional del color. “Seguramente, por eso fue tan reconocido e influyente en Estados Unidos”, afirma.

La percepción de Batchelor respecto a Albers es que éste último desarrolló una suerte de “manual para usar el color”, algo con lo que él no está de acuerdo desde sus bases. Según el artista escocés, “hay que probar cada color; es imposible hacer un sistema para trabajar con el color”, ya que también dependerá de los diferentes materiales escogidos. De hecho, Batchelor  expone constantemente en seminarios acerca del color pero nunca ha hecho talleres para enseñar a usar el color. “Yo diría, sólo prueba… los sistemas (en el arte) no funcionan. No tienes que preocuparte acerca de la gramática del color, de los primarios o complementarios, puedes olvidarte de todo eso. ¡Sólo usa el color! … Suena como publicidad de Nike, pero ¡‘just do it’!” (risas).

En su obra October (2012-2013), Batchelor ironiza esta relación entre lo intelectual-masculino y lo sensorial-femenino, coloreando formas abstractas sobre el primer número de la revista homónima, que ha sido tal vez la más influyente de la crítica de arte contemporáneo de las últimas décadas. Allí escriben teóricos de la talla de Hal Foster, Rosalind Krauss, Benjamin Buchloh, entre otros, por lo que esta publicación ha tenido fuerza especialmente en círculos académicos, los cuales, según Batchelor, “tienen una posición cromofóbica”. La ironía de su obra se basa en que desde su lanzamiento en 1976 la revista October no ha reproducido una sola imagen a color, ni tampoco ha abordado el tema cromático como tópico, por lo que la protesta de Batchelor es clara: interrumpir su limpieza visual con un juego de forma y color, interviniendo sus páginas con círculos, triángulos y rectángulos de colores. En sus propias palabras “esa obra actuó como venganza”.

Entre los artistas contemporáneos vivos que le interesan por su conexión con el color y la abstracción menciona a Jim Lambie (Escocia), Melanie Smith (Reino Unidos), Polly Apfelbaum (EEUU), Beatriz Milhazes (Brasil) y Jac Leirner (Brasil), la mayoría de ellas mujeres.

Más allá de todas las teorías del color existentes, muchas veces contradictorias entre sí, Batchelor -tanto en su obra como en su narrativa- diversifica y complejiza lo inclasificable del color porque la experiencia de éste dependerá del observador y su cultura, especialmente si contraponemos Oriente y Occidente. Como afirma, “el color está en todas partes pero realmente no entendemos qué es… es un lenguaje opaco (translúcido), algo muy familiar y al mismo tiempo extraño, que no tiene una definición posible”. Esencialmente, el color es irreductible al lenguaje porque nos exige experimentarlo.

 

DAVID BATCHELOR. COLOUR, CITY AND CULTURE

David Batchelor (1955) is a Scottish artist based in London who has been working on colour for 25 years. Last December, I had the chance to go back to London and, because of my interest in the colour field, I asked him for a meeting in order to have a talk. Kindly, he accepted it and invited me to his studio, located in east London, which is an industrial area also characterized by the presence of many artists’ studios. His amazing neat 150 m2 studio space is divided in three sections: one for office job, another one for creative purposes and the display of his artwork, and the third one for cutting materials and using sprays.

Thus, by looking and going around his wide studio, Batchelor started talking: “During the first 20 years of my career, it was very difficult to get a good balance among time, space and money. Most of the artists spend their whole lives trying to balance this equation. And this is more about luck and fashion, rather than the quality of the work itself. It is always frustrating”.

We went around the creative section mainly, where he was preparing a solo show for Tehran that would be opened this year in January. In this way, in front of Talisman, he told me how he was accidentally involved with the colour issue during 1993: after a show, in his opinion an unsuccessful one, and the dissatisfaction provoked by that experience, when he turned back to work in the studio he put a piece of pink acrylic over a wooden ledge, and something happened. Without understanding what was exactly going on, the connection between that support and a colour surface was a turning point in his trajectory.

Then, Batchelor remembered that he had grown up as an artist in a period when the artistic peak was dominated by the conceptualism, a movement that did not consider colour as a relevant topic. Because of this context, his small finding (or talisman, as he called it after the event) opened his paths to explore and develop a way of work centred on colour, the city and the abstraction, in two and three dimensions. Thus, his materials began to come mainly from the industry, and they were linked to the cityscape.

Batchelor does not consider himself as a sculptor nor a painter. He does not use pigments nor mixes colours; instead, he only juxtaposes them. He never uses oil -“sometimes acrylics, but not much”- and he usually buys his supplies at hardware stores more than at art stores. His palette is diverse; in fact, Batchelor’s selection of colours is linked to cities. “Every city has its own palette and chromatic relationships; for instance, Hong Kong is very colourful”.

Therefore, Magic hour is inspired by the idea of sunset in the city of Las Vegas: “it invites to live the city’s darkness”. Thus, most of times Batchelor’s hues are connected to technology, chemical compounds, plastics, resins and sprays, chosen by an acid, electric and energizing palette. “In my work there is a lot of black, and this is particularly interesting related to other colours because of how we experience colour in the city, which usually appears after the sunset. This is the reason why black and darkness are important for me”.

Besides being a recognized artist and professor at the Royal College of Arts and, currently, at Goldsmiths, David Batchelor has also been dedicated to writing, where he reflects about colour in cultural and meaningful aspects. As a result, he has already published nine books about this topic; among them Chromophobia (2000) is highlighted. Also, it explains how in our western culture colour has only had a decorative and mimetic role and it has not been seriously taken into account in academic nor intellectual terms. In this essay, Batchelor indicates that through the Greek legacy and our misinterpretation of white, we have historically associated a state of neatness and elegance to what we called absence of colour. The passing of time and the consequent disappearance of the colour in the classic Greek sculptures and architectonic structures produced this misconception. According to Batchelor, the western aesthetic has privileged a sense of coldness and asepsis due to this legacy, a manner of inertia and death; in other words, a chromophobia. “From the antiquity, colour has been systematically marginalized, injured, diminished and degraded”, being associated to the senses, to the pleasure, and with it, to the cosmetic and superficial concepts, denying in this way all its complexity and richness.

One of the references used by Batchelor to exemplify this marginalization is Charles Blanc (1813-1882), a French theorist from the XIX century, who stated that design (linked to drawing) can be related with masculine and colour with feminine, and that “design should keep its preponderance over colour”. Blanc’s words are even more polemic because of the association with the genre topic, where feminine and chromatic have been dominated by the masculine notion, connected to drawing, shape and definition; in summary, reasoning.  This is where Batchelor raises his voice to express the subordination –or even invisibility- that colour has had throughout the history of art, since it has been relegated almost exclusively to a secondary role. Nevertheless, as we already know, the supremacy of reasoning over sensitivity/sensoriality has had a great amount of implications in many other aspects, not only in the artistic ones.

In Chromophobia, Batchelor does not mention Josef Albers, artist and colour theorist, who has been widely recognized for his book Interaction of Colour (1963). Regarding this question, Batchelor affirms that “Albers is more interesting –in colour theories- than Itten or Kandinsky”, but he was not useful for this research case. In this sense, Albers is linked to a more pragmatic and functional methodology of colour. “Surely, for that, he was so knowledgeable and influential in the USA”, he said.

Batchelor’s perception about Albers is that he developed a kind of “practical manual for using colour”, something that he rejected from its bases. As the Scottish artist thinks, “it is necessary to try each colour, it is impossible to make a system for working with colour”, because it will also depend on the different chosen materials. In fact, Batchelor exposes constantly about colour in seminars but he has never carried out workshops to teach how to use colour. “I would say, just try it… systems (in art) do not work. You do not have to be worried about the grammar of colour, primary or complementary colours; you can forget about it. Just use colour! … It sounds like a Nike ad, but just do it” (laughs).

In his piece October (2012-2013), Batchelor is quite ironic about the relationship between intellectual-masculine and sensorial-feminine, adding colour and abstract shapes over the first issue of this homonym magazine, that has maybe been the most influential one regarding contemporary art criticism in the last decades.

Hal Foster, Rosalind Krauss and Benjamin Buchloh, among others, write for this magazine. For this reason, it has been very influential and strong, especially in the academic circles, which according to Batchelor  “have a chromophobic position”. The irony of his work is based on the fact that, since its first issue in 1976, the October magazine has not reproduced one single coloured image nor written any word about the chromatic topic. In this context, Batchelor’s protest is effective and clear: discontinuing its visual pulchritude with a game of shape and colour, doing an intervention of its pages with colourful circles, triangles y rectangles. In his own words, “this piece was an act of revenge”.

Among the contemporary alive artists that he is interested in, because of their connection with colour and abstraction, he mentions Jim Lambie (Scotland), Melanie Smith (UK), Polly Apfelbaum (USA), Beatriz Milhazes (Brazil) and Jac Leirner (Brazil), who are mainly females.

Beyond all the existent colour theories, being most of them contradictory to each other, Batchelor –both in his oeuvre and his writings- diversifies and makes what is unclassifiable about colour more complex, because experiencing colour will depend on the observer and their culture, especially if we contrast the West and the East. As he stated, “colour is everywhere but we do not understand what it really is… it is an opaque (translucent) language, it is something very familiar and bizarre at the same time, which does not have a possible definition”. Essentially, colour is irreducible to language because it requires experimentation from us.

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Alejandra Rojas Contreras

Nace en Santiago de Chile, en 1981. Es artista visual por la Universidad Católica de Chile y MA Fine Art Middlesex University Londres, donde estudió con Sonia Boyce y Keith Piper (British Black Arts movement). Su trabajo, vinculado a la investigación cromática, ha sido expuesto tanto en Chile como en el extranjero (www.alejandrarojascontreras.cl). Actualmente trabaja como consultora del Consejo Nacional de Educación en el área de artes visuales, enseña Interacción del Color y es profesora de arte de la Institución Teresiana.

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