Ranchos, planchas y gallinas es una intervención artística del artista dominicano Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, diseñado por Alejandro Pietri para la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre de 1955.

La selección del lugar tiene múltiples intenciones: una es interactuar con la arquitectura del edificio, uno de los más bellos ejemplos de arquitectura moderna tropical que existen en la República Dominicana; otra es activar y demostrar el potencial de un espacio que se encuentra en total abandono; y la última y más importante, llamar la atención a la comunidad local e internacional acerca de la urgencia de la recuperación y conservación de este edificio histórico.

Para tales fines, además de la intervención artística en la cual el artista utiliza estructuras de metal y papel pintado, ha realizado junto al curador de la muestra, Pablo León De la Barra, un pequeño museo dentro del edificio.

En esta conversación entre el artista y el curador conocemos este singular proyecto realizado en colaboración con la Davidoff Art Initiative, creada en el 2012 para apoyar el arte contemporáneo caribeño y a sus artistas y contribuir al desarrollo de las organizaciones artísticas de la República Dominicana.

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Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga)

Pablo León de la Barra: En mi primera visita a Dominicana en noviembre de 2013 visité la 27° Bienal de Artes Visuales de República Dominicana, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, diseñado por el arquitecto José Miniño en 1976. Más que una bienal, era una especie de salón nacional sin mucha curaduría, donde todo tipo de manifestación artística tenía cabida, y que era más que una exposición democrática un evento populista. Ahí, el trabajo que más me llamó la atención fue el que realizaste en colaboración con Laura Castro. Llamado Moderno Tropical, consistía en una serie de intervenciones arquitectónicas inspiradas en el lenguaje de la arquitectura vernácula moderna de la isla que tropicalizaban el museo brutalista. Me gustaría que hablaras más de ese trabajo y de la relación que tenía tanto con el lenguaje moderno tropical de la isla así como con la idea de intervenir las estructuras mismas del museo.

Engel Leonardo: Cuando Laura y yo acordamos trabajar juntos en una propuesta para la Bienal Nacional, decidimos enfrentarnos al museo a partir de intereses comunes, la observación del paisaje arquitectónico de Santo Domingo, la utilización de estos elementos en nuestros respectivos trabajos, y la admiración mutua por el edificio. Fuimos más allá de la apreciación de la arquitectura del espacio y nos planteamos un abordaje crítico hacia el mismo. Una obra que aunque muy bien lograda, no dejaba de ser una implantación literal del estilo moderno internacional al entorno caribeño, y que por lo tanto no resultaba coherente con el contexto y el clima de la isla. A partir de una investigación, que implicó visitas a zonas urbanas y rurales, documentación fotográfica y revisión de bibliografía especializada, identificamos y catalogamos los elementos arquitectónicos vernáculos, tradicionales y contemporáneos más representativos del lenguaje moderno tropical de la isla, como el uso del color, rejas ornamentales en hierro, bloques calados y tramas en madera. Relacionando estos elementos de forma armoniosa con la arquitectura interior y exterior del edificio, incluso con la naturaleza circundante, creamos una serie de trece esculturas que recorrían los cuatro niveles del edificio, incorporando a la construcción brutalista permeabilidad, transparencia, color y luz, a través de ejercicios de síntesis y abstracción. Lo que me resultó más satisfactorio del proyecto fue su capacidad para sugerir a través de esculturas y obra visual la necesidad de revisión de las ideas heredadas del pensamiento colonial y moderno en nuestra cultura, y la posibilidad de desarrollo de un nuevo pensamiento, pero esta vez propio.

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Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga)

P.L.B: Pienso que a partir de ahí se dio un cambio en tu trabajo. Pienso que dejaste de ser un artista de fin de semana y entendiste que existía la posibilidad de desarrollar una práctica artística. En aquella ocasión visitamos también (más bien nos metimos sin autorización, porque ya estaba cerrado) el Museo del Hombre Dominicano, inaugurado en 1973 y diseñado por quien también fue su primer director, el arquitecto José Antonio Caro Álvarez, quien junto con Marcio Veloz Maggiolo diseñó también la museográfica. Me llamó la atención que el museo parecía estar detenido en el tiempo, y adentro parece sigue siendo 1973. Me imagino que no recibe mucho público más allá de las visitas escolares y el turista errante, sin embargo y por suerte conserva aún la museografía original. Siempre he tenido una fascinación especial por este tipo de lenguajes museográficos originales donde hay una simplicidad y elegancia de presentación de los objetos arqueológicos y antropológicos, algo que en muchos museos en otros lados ya se ha perdido, sustituido por renovaciones más contemporáneas pero menos efectivas. De alguna manera el Museo del Hombre Dominicano se ha mantenido congelado en el tiempo y se ha convertido también en un museo de su propia museología. ¿Podrías hablar más de la exposición Rejas, Sillas, Vestidos, Muñecas y Plátano que hiciste ahí y la relación con nociones de folklore, antropología y la abstracción de lo vernáculo que realizaste en la exposición?

E.L: Creo que en los años previos a Moderno Tropical, una cosa fue llevando a la otra, pero definitivamente Moderno Tropical fue un quiebre y un gran impulso. El uso de nuevos lenguajes y elementos, como la abstracción y el color, la incorporación de lo lúdico y la observación del entorno, que habían sido parte de mis primeros trabajos, la interacción directa con la arquitectura, la dimensión y escala misma del proyecto, sumadas al interés generado por el mismo, provocaron que me decidiera a ser artista a tiempo completo. En esa visita a oscuras al Museo del Hombre te comenté sobre mi interés en hacer algo en el área de exhibiciones temporales, mientras tú me hablabas de la belleza y particularidad de la museografía original y de la urgencia de utilizar el espacio para una exhibición. Las obras vinieron primero, ya estaban en proceso antes de decidir el espacio. En ese momento estaba trabajando con reinterpretaciones de elementos y objetos vernáculos, sillas tradicionales de guano, arquitectura popular, artesanía tradicional, rejas, símbolos afrocaribeños y manchas de plátano. Así que la decisión se caía de la mata. Entendí que era el espacio perfecto para mostrar estas nuevas obras, ya que me permitía generar un diálogo con la colección del museo (vivienda, mobiliario, indumentaria, artesanía y gastronomía), nuevamente intervenir una obra arquitectónica que siempre aprecié mucho, y aún más motivado por tus comentarios sobre el valor de la museografía original y el parcial abandono del espacio, confrontar al público con todo esto como una invitación a revalorizarlo, como una acción en sí misma.

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Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga)

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Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga) Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga)

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Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga) Ranchos, Planchas y Gallinas, intervención de Engel Leonardo en el Pabellón de Venezuela en Santo Domingo, República Dominicana, 2016. Foto: Máximo Del Castillo y Lazy Bear (Arturo Dickson y Mariana Rubio Pittaluga)

P.L.B: El año pasado te ganaste la beca de Davidoff para ir a hacer una residencia artística en China ¿Cómo fue tu experiencia ahí y de qué manera afectó esta residencia tu trabajo? ¿Qué cambió?

E.L: Trabajar en Beijing fue muy estimulante, todo me resultaba atractivo: las costumbres, los objetos, la gente… me sentí muy cómodo, como en un Caribe gigante. La oportunidad de trabajar solo y en un gran estudio me permitió experimentar con mucha libertad y detalle con los objetos y materiales que formaron parte de mi investigación. Uno de los ejercicios con los que me sentí más a gusto en Beijing fue con las pinturas sobre planchas de aluminio y papel. Unos meses después de regresar a Santo Domingo continué con el proceso incorporando planchas de zinc acanalado. Así que los trabajos que presento en esta muestra son un resultado directo de mi experiencia en la residencia.

P.L.B: De alguna manera veo esta exposición en el Pabellón de Venezuela, junto con la del Museo de Arte Moderno y la del Museo del Hombre Dominicano, como parte de una trilogía de intervenciones en edificios públicos, que por un lado reactivan a través de intervenciones artísticas edificios en estado comatoso, pero que también hacen evidente la falta de instituciones y apoyo institucional a los artistas de la isla. En mi primera visita a Dominicana me sorprendió mucho, a diferencia de otros lugares en el Caribe, Centroamérica y Latinoamérica, la ausencia de lo que en inglés se llama artist-run spaces, espacios manejados por artistas (o curadores) que intentan subsanar las carencias institucionales y que crean un contexto artístico, intelectual y social para la existencia de propuestas artísticas. En este sentido, casi todos tus proyectos han sido auto gestionados. ¿A qué crees que se debe esta situación? ¿Podrías hablar un poco más de la situación en República Dominicana?

E.L: Me gusta como suena eso de trilogía; no sé si vendrán más edificios ahora, pero me sigue resultando atractiva la idea de generar nuevos espacios al margen de las instituciones tradicionales de arte locales, hacer dialogar el arte con nuestra realidad, con la vida. Creo que mi interés por la intervención y la autogestión va más allá de las carencias de nuestras instituciones: tiene que ver más con la libertad. Aunque pienso, al mismo tiempo, que si estas instituciones fueran más acorde con mi práctica probablemente desarrollaría una relación más cercana con éstas. En el país es evidente la necesidad de organizadores de exhibiciones, curadores, críticos, redactores, investigadores, nuevos coleccionistas, galeristas, publicaciones, espacios independientes e iniciativas que completen los elementos necesarios para el desarrollo de la escena de arte, pero creo que el extremo aislamiento al que nos hemos rendido nos ha provocado un estado crítico de ceguera y de negación que nos paraliza, porque claro, si todo está bien, no hay nada que cambiar.

P.L.B: El Pabellón de Venezuela fue diseñado por el arquitecto venezolano Alejandro Pietri en 1955 para la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, un evento internacional organizado por el dictador Rafael Leonidas Trujillo para celebrar el 25 aniversario de su mandato. El edificio con su singular forma de “sombrero”, su planta curva, sus muros abiertos, su ventilación cruzada y su estructura de concreto, lo hacen un ejemplo único de arquitectura moderna tropical. Aunque ahora pertenece a la Sociedad de Arquitectos Dominicanos, el edificio lamentablemente se encuentra en un estado de deterioro y semi abandono. Vi por primera vez imágenes del pabellón en la participación Dominicana en la Bienal de Arquitectura de Venecia, y en mi siguiente visita a Dominicana inmediatamente te pedí que me llevaras a verlo. Al trabajar dentro del pabellón, por más que se celebre su arquitectura, es imposible ignorar el contexto represivo en el que fue creado. ¿Qué haces dentro del pabellón y cómo te enfrentas a través de tu trabajo a esta doble disyuntiva, por un lado recuperar la historia arquitectónica de la modernidad en la isla y por otro lado enfrentar la traumática historia del régimen dictatorial?

E.L: Mi intención con Ranchos, Planchas y Gallinas tiene que ver con el espacio y la arquitectura, con la historia, con la ciudad, con el olvido y la memoria. Con el clima del Caribe y su incidencia en los cambios del aspecto urbano y la arquitectura de Santo Domingo, con planchas de zinc asesinas que sobrevolaban Santo Domingo mientras el huracán San Zenón destruía la ciudad en 1930 y se convertía en excusa perfecta para el proyecto moderno que transformó a Santo Domingo en Ciudad Trujillo. Me interesa confrontar las planchas de zinc y su discurso implícito y adquirido, trópico, Caribe, atraso, ruralidad, pobreza y marginalidad, con el proyecto urbanístico cumbre de la modernidad dominicana y de la dictadura de Trujillo, la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, instrumento de propaganda de un régimen decadente que proponía un discurso completamente opuesto, y a la vez con la arquitectura de uno de sus edificios más audaces y emblemáticos, el Pabellón de Venezuela de Pietri. El zinc como la otra cara de la modernidad caribeña, la que paralelamente tomaba forma en los barrios y asentamientos de los márgenes de la ciudad. Entiendo que el complejo completo de la Feria debe ser valorado en su justa dimensión urbanística y arquitectónica, como lo han hecho con las obras de otros gobernantes opresivos, criminales y dictatoriales como Nicolás de Ovando, responsable de la construcción de la Ciudad Colonial, y de Joaquín Balaguer, responsable de la construcción de múltiples obras realizadas durante su mandato, como la Plaza de la Cultura, en donde se encuentran dos edificios que mencionaste antes y en los que trabajé anteriormente, el Museo de Arte Moderno y el Museo del Hombre.

P.L.B: La exposición se llama Ranchos, Planchas y Gallinas. ¿Podrías explicar el título con relación al trabajo que has presentado?

E.L: El título guarda relación con mi exhibición de 2014 en el Museo del Hombre, Rejas, Sillas, Vestidos, Muñecas y Plátano, con esa idea de enumerar, de llamar las cosas por su nombre. Ranchos, Planchas y Gallinas hace referencia a Venezuela, al Pabellón de Venezuela, a la modernidad fallida que se revela en estos ranchos, favelas, cerros y barrios de Latinoamérica, a las planchas de zinc que sirven como soporte para las pinturas y como plantillas para los dibujos en papel y a las gallinas por la inclusión de estas aves como parte viva de la propuesta.

P.L.B: ¿Y las gallinas?

E.L: Las gallinas las encontramos ahí en nuestra primera visita al pabellón. Un año después cuándo nos reunimos para hablar sobre el proyecto me preguntaste por ellas y te comenté que las retiraron después del artículo que publicaste en tu blog. Me propones incluirlas en la muestra y me hace sentido, no sólo por el hecho de encontrarlas en aquella visita, sino también por la relación que siento que existe entre las planchas de zinc y éstas. Las gallinas como un elemento de resistencia al proyecto de modernización y progreso de las dictaduras, como la comprobación de la persistencia de lo rural frente al proyecto de la modernidad.