¿Por qué no hay grandes mujeres artistas?, se preguntó Linda Nochlin en 1971. ¿Por qué han estado escondidas bajo la mirada de “Occidente”? ¿Bajo la mirada de “la Historia del Arte”? ¿Bajo la mirada “masculina”?. ¿Cómo mostrar la trayectoria de una mujer artista sin tratar de insertarla en los cánones tradicionales? ¿Cómo hablar de su obra más que de su vida, cuando vida y obra están en constante diálogo?

La exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, muestra un buen acercamiento a la obra de la artista Ana Gallardo desde un debate planteado hace ya tres décadas por el feminismo.

En Argentina es común escuchar por las calles la frase sos una genia, que alude a la capacidad intelectual y creativa de las mujeres. Pero, para algunos, las mujeres genias no existen y cuando lo hacen son hombres ya que  “… la creatividad ha sido asumida como un componente ideológico de la masculinidad, mientras que la femineidad ha sido construida según los parámetros del hombre y, por lo tanto, como el negativo del artista” (Pollock, 2007:49).  Bajo esta dinámica no hay mujeres creativas, genias, ni mucho menos artistas.

Esta lógica excluyente responde a las ideas de la modernidad y al discurso Kantiano. Para Kant, la capacidad del genio es una capacidad a priori dada a los individuos por la naturaleza. El genio es aquél con el talento (don natural) que da la regla al arte, con una innata disposición del ánimo (ingenium) (Kant, 2001:46). Algunas muestras de retrospectivas de mujeres apelan a esta fórmula “genial” en su esfuerzo por “rescatarlas” del anonimato sin ver que lo único que generan es ocultar su obra. Estas fórmulas también ocultan los modos en los que su producción circula o circulaba, además de que, si la genialidad y la creatividad son trajes creados por los “hombres” y para los “hombres”, al ponerlos sobre una mujer es claro que el disfraz no les queda bien. Es importante señalar que al hablar de “hombres” no me refiero a cuestiones biológicas: las reflexiones feministas contemporáneas van más allá de ser “hombre” o “mujer” (Butler, 2015; Preciado, 2015). Me refiero a los modos en los que la historia funciona como una microfísica de relaciones de poder que jerarquiza y olvida dependiendo del poder de la época. La manera en la que los acontecimientos se difuminan es por el empoderamiento del más fuerte (Focault, 1979) (Benjamin, 1982). El discurso feminista de inicios de los 70 relacionaba el poder de la época con la masculinidad y por lo tanto con el “hombre”.

Entonces, ¿por qué no hay grandes mujeres artistas? Porque no hay mujeres genias. La historia del arte se ha encargado de seleccionar a sus obras y a sus genios desde su canon moderno y con una perspectiva eurocentrista. Las curadurías hoy tendrían que criticar estas ideas siempre, pues son planteamientos que ya se debatieron. Sin embargo, en muestras de artistas mujeres este error se continúa repitiendo. Exaltar a la mujer genial o con una creatividad desbordante casi cercana a la locura sigue siendo una herramienta usual en las muestras contemporáneas. No es el caso de Un lugar para vivir cuando seamos viejos.

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Vista de la exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos, de Ana Gallardo, en el MAMBA, Buenos Aires. Foto: Ixchel Ledesma

La muestra, curada por Victoria Noorthoorn, está centrada en los últimos diez años de producción de Ana Gallardo. En la primera sala encontramos obras como Casa rodante (2007), Currículum laboral (2009), Fragmentos para una chica triste (2008), Mi tío Eduardo (2006), Mi abuelo comía pájaros (2006), Mi padre (2007),  Mujeres de Juárez (2010), Estela (2012), Sicaria (2012), El pedimento (2009-2015) y La hiedra (2006), entre otras. En el segundo piso, tres videos correspondientes a la serie Prácticas primarias (2014) y la instalación de Bocetos para la construcción de un paisaje: La Laguna de Zempoala (1965-2010).

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Ana Gallardo, Casa Rodante, 2007, instalación, video, carromato, muebles y bicicleta. Foto: Josefina Tommasi/MAMBA

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Ana Gallardo, Casa Rodante, 2007, instalación, video, carromato, muebles y bicicleta. Foto: Ixchel Ledesma Ana Gallardo, Casa Rodante, 2007, instalación, video, carromato, muebles y bicicleta. Foto: Ixchel Ledesma

Tanto la curaduría como la obra de Ana Gallardo problematizan el discurso moderno y promueven la creación de otras historias y otras lecturas. En la curaduría, por ejemplo, el montaje de las piezas no es lineal sino aleatorio. Aunque la muestra selecciona los últimos diez años de producción de la artista, el montaje no responde a un proceso “evolutivo” ni de “avance” sino que promueve una crítica a las temporalidades establecidas por el discurso de la historia del arte. Las obras de Gallardo no están unidas por el “avance de su producción” sino por ejes conceptuales constantes en su trabajo: la migración, la problematización de la identidad, la disolución de la autoría, el trabajo en comunidades marginadas y la construcción de arquitecturas  imaginarias o futuros posibles.

Ejemplos claros de esto están en piezas como El pedimento (2009-2015), expuesta en la 56° Bienal de Venecia (2015), donde la artista se sirve de un ritual de una comunidad oaxaqueña ubicada a orillas de la carretera donde se encuentra un santuario. La gente peregrina a este santuario para pedir favores a la Virgen realizando estatuillas de barro con tierra y agua del lugar. Al finalizar, dejan las figuras a la intemperie y al deshacerse con la lluvia el barro vuelve a la tierra cumpliendo el deseo de las personas. Gallardo retoma este ritual e invita a comunidades de todo tipo, en su mayoría marginadas, a pensar en deseos para la propia vejez.

Otra pieza que destaca en esta exposición es Fragmentos para una chica triste (2008), donde la artista pegó muebles y objetos que la gente de la ciudad de Motbeliard, Francia, le fue prestando durante su residencia en el Centro de Arte Contemporáneo, con la idea de retener y de reconstruir una historia de vida.

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Vista de la exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos, de Ana Gallardo, en el MAMBA, Buenos Aires. Foto: Ixchel Ledesma

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Vista de la exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos, de Ana Gallardo, en el MAMBA, Buenos Aires. Foto: Ixchel Ledesma Vista de la exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos, de Ana Gallardo, en el MAMBA, Buenos Aires. Foto: Ixchel Ledesma

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Vista de la exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos, de Ana Gallardo, en el MAMBA, Buenos Aires. Foto: Ixchel Ledesma

Gallardo relaciona su vida y sus obras, pero éstas no responden a una locura romántica sino que demuestran que la genialidad no existe como tal, que se construye en base a trabajos, procesos y reflexiones. Un ejemplo claro es Currículum laboral (2009), una pieza sonora con audífonos colgados del techo en donde Gallardo da cuenta de que los artistas -como todos los seres humanos- viven, como lo menciona Pauls [1], “en un paisaje de la inseguridad típico del mundo del trabajo contemporáneo”. Gallardo fragiliza el discurso evidenciando el proceso para llegar a ser artista, debatiendo así con las características de inspiración o habilidad innata dadas por el concepto de genio e historia  modernos.

En Argentina seguiremos diciendo la frase vos sos una genia; sin embargo, tal vez la respuesta de la persona aludida pueda ser: “No, pero sí soy artista”.


  [1] Alan Pauls, “La precariedad laboral vuelta al arte”, El País,19-01-16

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Ixchel Ledesma Guadarrama

Estudió Arte y Cultura en la Universidad de Guanajuato, México. Realizó parte de sus estudios en la Universidad Pública de Navarra, en la Universidad Iberoamericana y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha colaborado en las revistas Ramona, Trama, Blog de Crítica SOMA y Alumnos 47. Actualmente trabaja en la Galería Walden de Buenos Aires y en la investigación y el asesoramiento de colecciones particulares. Estudia la maestría en Curaduría en UNTREF, Buenos Aires, con una beca del Ministerio de Educación. Sus temas de interés son la filosofía latinoamericana y feminismo.
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