Rodrigo Arteaga ha instalado el gabinete de un científico del siglo XIX en medio de una acelerada metrópolis del XXI. Bajo las sombras y la calma de las Torres Tajamar, en el sector más céntrico de la comuna de Providencia, el artista ha dispuesto la escenografía completa de una habitación de un naturalista, como en un cuadro de Vermeer. Dentro de la vitrina de la Galería Tajamar se pueden observar los muebles, aposentos, dispositivos, mapas y muestrarios de lo que en un minuto pudo ser el lugar placentero de estudio del peligroso universo desconocido. La transparencia con que nos llega ese pasado, intocable y simulado por el artista, contiene una serie de bemoles oscuros e insospechados. Una porción de los libros de estudio y del mobiliario interior ha sido sometida a la voluntad y a la ley de la glotonería floral.

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

En otra parte de la ciudad, como en una búsqueda del tesoro, el joven creador ha ocultado una maqueta de este teatral espacio post-apocalíptico. El modelo, mínimo y escuálido, pasa desapercibido a los pies de los apurados caminantes de la calle Santa Isabel, avenida de una sola vía que conduce a los santiaguinos hacia el sector oriente de la ciudad. El resultado final, construido y adaptado, se retira de la calle para entregarse a los pocos transeúntes de la plaza del conjunto habitacional. Toda la movilidad de la agitada urbe le es indiferente tanto a la maqueta como a la vitrina, sin embargo, de lejos se percibe, sin que el espectador haya olvidado el ritmo urbano al entrar en esas ventanas hacia lo pretérito.

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural” (maqueta), de Rodrigo Arteaga, en Micro Galería, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural” (maqueta), de Rodrigo Arteaga, en Micro Galería, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

Antes que una “arqueología del saber” (a la Foucault), Arteaga sigue la estela dejada por las torsiones de escala en la hermosa Alice de Svankmajer. Lo pequeño se confunde con lo grande producto de su naturalización y continuidad con la escala “real”; el maniquí o el muñeco pueden llegar a tener más vida que el cuerpo orgánico. De este modo, aunque de ciencia y conocimiento se esté hablando, creo que su anverso sigue estando presente: la locura, delirio y desborde de la razón (a la Bataille).

El trabajo de Rodrigo Arteaga De ideas una historia natural es intrigante. Desde hace algún tiempo que suele llevar a sus espectadores hacia terrenos repletos de libros de ciencia, botánica y astronomía, incluyendo mapas, fotografías antiguas y páginas deslavadas. Su pasión por el pasado cubre un espectro amplio de soportes materiales, sin embargo, como otros artistas de su generación, se explaya principalmente acerca del enorme cambio en el rango de la visión del ser humano producto de la ciencia moderna desde el siglo XVI en adelante.

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

Si de exploración del mundo se trata, ciencia y arte han estado juntos desde mucho antes. Como método de captación y comunicación (Gombrich), o bien como forma mística y mágica (Bataille y Herzog), el arte ha recorrido un camino en los terrenos de la visibilidad. Su tarea, para muchos, ha sido compartida con la de la ciencia en términos de traducción de lo incomprensible del mundo: de la materia conformada de Aristóteles a la composición de elementos con el Gabinete. En cualquier caso, el gabinete era mucho más que forma. Como lo señaló Bloom, era un aparato que conciliaba las curiosidades infinitas por el mundo exterior y extranjero (el dragón místico) con las necesidades de poder y control del mundo interior y local (el intercambio de mercancías). En definitiva, lo que el gabinete demuestra es que la imaginación puede perfectamente convivir en un mismo horizonte con lo racional; al método científico le pertenece de suyo la locura y la incomprensión.

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

La relación de los objetos dispuestos en De ideas una historia natural con la ciudad parte de la idea de lo macro y lo micro, del contraste entre lo pequeño (la maqueta, el proyecto y la simulación en Micro Galería) y lo grande (el 1:1 de la vitrina de la galería Tajamar). Esto ya había sido explorado en sus múltiples series: desde los finos cortes en los mapas geopolíticos hasta las plantas que emergen desde los libros. La relación entre lo próximo y lo lejano; el ser y el llegar a ser. Una preocupación como esta, tan propia de los primeros días de la modernidad, ¿qué sentido tiene en el acelerado siglo XXI? ¿Cuáles son los lentes de aproximación que se usan hoy para ver los terrenos desconocidos? El acelerador de partículas, el observatorio ALMA, la Estación Espacial Internacional, todos lugares donde la ciencia actual busca contemplar las respuestas para las mismas preguntas que han perseguido al ser humano desde hace siglos.

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

Si Francisca Montes, Enrique Ramírez o Ariel Bustamante conservan una sensibilidad cercana a la de Herzog respecto de lo indómito y lo desconocido, con sendas cuotas de aventura y peligro, Rodrigo Arteaga presenta una extraña mezcla entre la fascinación por lo extraterrestre del Spielberg de Encuentros cercanos del tercer tipo con la perspectiva antropológica e histórica del Patricio Guzmán de Nostalgia de la luz. La inexplicable persistencia del personaje interpretado por Richard Dreyfuss, irracional e infantil si se quiere, está en un mismo nivel que la incansable búsqueda por entender el pasado de los arqueólogos, astrónomos y familiares de detenidos desaparecidos.

La obsesión por lo desconocido, en Rodrigo Arteaga, no sigue las rutas predeterminadas por los canales de observación aérea (Francisca Montes o Carlos Avello) o marítima (Enrique Ramírez) ni por los sistemas de la movilidad terrestre (Lotty Rosenfeld), al contrario, se estanca y se detiene en el crecimiento incontrolable de lo que en apariencia debió quedarse inmóvil (como serán los proyectos de Sebastián Preece con las arquitecturas o los de Juan Castillo con los sueños): el desarrollo vital de la ruina es uno de los temas del jardín Little Sparta creado por Ian Hamilton Finlay.

A nivel de proyecto de arte, me pregunto si De ideas una historia natural manifiesta un verdadero interés por perderse en las redes de la ciencia y la observación (como sí lo fuera su proyecto para Spoilers el 2013), cuyo paso siguiente estaría mucho más cerca de las infiltraciones de Mark Dion, Mel Chin o Superflex que de los gabinetes en selectos espacios de arte. Hay algo de un humor autocomplaciente, de un respeto hacia la autonomía del arte, un miedo a la diseminación descontrolada que se aleja de lo que la propia obra parece solicitar. ¿No hubiera sido más interesante contar con ese mismo módulo de Micro Galería en un centro de investigación científica de los que pueblan nuestro terruño?

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Vista de la exposición “De ideas una historia natural”, de Rodrigo Arteaga, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

 

Rodrigo Arteaga es uno de los artistas más interesantes de su generación, posición que comparte con Matilde Benmayor, Matthew Neary, María Gabler, Carlos Rivera, Ignacio Gatica, u otros. Ejercita de una manera única el perdido arte de la conversación, la mayoría de las veces desde la orilla de la escucha. Su ambiente vital es acogedor; una hermosa vista del cerro San Cristóbal desde las Torres Tajamar inunda sus aposentos de la fuerte luz del valle central. Su taller es sencillo y su espíritu amable. No oculta nada, ni tampoco manifiesta ninguna agenda. En tiempos en que todo es estrategias, contactos o portafolios, resulta sorprendente encontrarse con un artista tan fiel a sí mismo y a su obra. Y es su obra la que más se encarga de hablar. Aunque contemplativa y bella, nada de ella es abstracta o cerrada (como la de Matilde Benmayor), ni menos barroca (como la de Matthew Neary), sino que es sobre todo expansiva y múltiple. Es como un torrente, un flujo al que el espectador ingresa y del que muchas veces le cuesta salir. Es arquitectónica en términos espaciales, en tanto parece un enorme edificio con múltiples pisos y habitaciones que funcionan como mundos dentro de un mundo (Koolhaas pensaba de esta manera el origen de los rascacielos en Nueva York).

La experiencia que propone el proyecto De ideas una historia natural de Rodrigo Arteaga atrae por igual a los amantes de las bibliotecas y museos, como a los Diógenes cuyos templos de veneración son las ferias de las pulgas. Todos conservan en su memoria sensorial, por alguna extraña razón, una pulsión incontenible hacia los olores del papel antiguo, el cuero añejo, las texturas de las piedras y los sonidos de los mapas arrugados. La certeza de que tras de esos papeles, cueros, piedras y mapas se aloja un enorme e invisible universo de fuerzas orgánicas que prosigue su marcha indiferente a los progresos del ser humano es uno de los más sublimes y poderosos momentos que puede entregar el arte del siglo XXI.

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Ignacio Szmulewicz

Nace en Chile, en 1986. Es historiador, curador y crítico de arte. Se ha especializado en las áreas de arte moderno y contemporáneo, y arte público chileno y latinoamericano. Ha publicado los libros "Arte, ciudad y esfera pública en Chile" (2015), "El acantilado de la libertad. Antología de crónicas valdivianas" (2015) y "Fuera del cubo blanco: lecturas sobre arte público contemporáneo" (2012). Ha sido curador de las muestras Matadero (2012-2013), Spoilers (2013) y Ciudad H (2014-2015). Actualmente se desempeña como crítico de arte para la revista La Panera.