Desde hace un buen tiempo hemos estado observando en Chile una serie de propuestas curatoriales enfocadas en trabajar con/desde la ciudad. El tema llama la atención de artistas y curadores por igual, pues permite pensar el territorio desde una perspectiva personal o subjetiva, donde el artista devenido transeúnte puede significar el paisaje y el recorrido. Es así como el metro, las calles, edificios patrimoniales e incluso barrios enteros ingresan al espacio expositivo, el cual en muchos casos da cuenta también de un cambio. En Santiago, muchas de las curadurías que dan cabida a este tipo de reflexión son, por así decirlo, independientes, es decir, lugares sin fines de lucro y de completa libertad editorial y, a su vez, algunos son también sitios de reciente existencia, sin las cargas que implican la tradición y la trayectoria.

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Vista de la exposición “Ciudad H”, en Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

Dos exposiciones que actualmente comparten cartelera en Santiago y se hacen cargo de lo anterior son Minga, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), y Ciudad H en Matucana 100 (M100). La primera es una exhibición curada por Ángela y Felipe Cura (creadores de Galería Temporal), que organiza en sala una serie de iniciativas independientes desarrolladas en todo Chile y que comparten entre sí la capacidad de auto generar propuestas artísticas desde fuera de la actual infraestructura cultural (paradójicamente, para ello cuentan con un híper consagrado lugar, la GGM). La segunda es una extensa curaduría de Ignacio Szmulewicz que ve su cierre como proyecto en M100 luego de un año de trabajo y exposiciones previas en diferentes lugares de Chile. En ella se pretende investigar directamente la ciudad para así generar propuestas visuales que den cuenta de la experiencia particular de cada artista o colectivo.

Si bien ambas curadurías parecen operar desde distintos ámbitos, pues formalmente apelan a contenidos diferentes, podríamos pensar en un cruce conceptual entre ambas, para así analizar a una desde lo que propone la otra. Por ejemplo, el proyecto Ciudad H fue concebido como una iniciativa independiente y auto gestionada en gran parte, incluyendo dentro del itinerario expositivo una serie de espacios de arte reconocidos por ser parte del “lado b” del circuito artístico chileno. Szmulewicz incluyó al colectivo arquitectónico República Portátil que trabaja también desde la auto gestión (y que, a su vez, se ha vinculado desde hace mucho con la ciudad y su desarrollo urbanístico), cuestión que podríamos pensar ya como un micro relato presente en el macro relato de toda la exposición.

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Vista de la exposición “Ciudad H”, en Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

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ista de la exposición “Ciudad H”, en Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

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Vista de la exposición “Ciudad H”, en Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

El proyecto también pasó por Galería Metropolitana con la exposición Vuelta de Rueda (Mono Lira y Claudia González), lugar que con su trayectoria se ha erguido como el ícono de los espacios independientes en Santiago. Es decir, Ciudad H, en tanto que complejo proyecto curatorial –que excede por mucho su última etapa localizada en la exposición de M100–, podría ser de por sí incluido dentro de la curaduría de Minga, dadas las especiales características tanto de la propuesta en general como de las que cada exposición específica contempló. Y, al mismo tiempo, algunas de las obras presentadas en esta última exposición investigan desde hace mucho el espacio de la ciudad a partir de la especificidad propia de las artes visuales. El caso del colectivo Móvil de la ciudad de Concepción es quizá el ejemplo más antiguo de la muestra; ellos se encargan de movilizar pequeñas exposiciones en una vitrina, entendiendo así a la exhibición como un acontecimiento que no tiene que ver necesariamente con los espacios establecidos, o por así decirlo, que la relación entre arte y espectadores es algo que no se limita únicamente a los espacios expositivos tradicionales (galerías, museos, centros culturales, etcétera).

Otro ejemplo es Pía Michelle, el grupo de Valparaíso que en la GGM expone el módulo portátil con el que generan situaciones similares al caso de Móvil. En la misma línea se ubica Worm, también de Valparaíso, que con El Hueco de Carlos Silva da cuenta de la particular manera que tienen los habitantes de relacionarse con la ciudad puerto y su irregular configuración geográfica y urbanística.

Piamorfosis, proyecto de Pía Michelle. Vista de la instalación en la Galería Gabriela Mistral, Santiago de Chile, 2015, como parte de la muestra “Minga”. Foto: Felipe Cura

A la izq.: Piamorfosis, proyecto de Pía Michelle. A la der.; Ivo Vidal, Lo que el Pueblo Sabe y lo que se Sabe de Él, Vista de la exposición “Minga”, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago de Chile, 2015. Foto: Felipe Cura

La interrelación entre ambas curadurías es tal que uno de los proyectos seleccionados por los hermanos Cura fue Galería Tajamar con Mirador, de María Gabler, trabajo producido para la curaduría Ciudad H. Si bien la selección se dio por motivos referentes a los métodos de trabajo desarrollados por Tajamar, la inclusión de Gabler no puede ser dejada de lado, ya que como mencionamos, proviene también de un proyecto independiente.

Al frente: Piamorfosis, proyecto de Pía Michelle. Al fondo: Mirador, de María Gabler. Vista de la exposición "Minga", en la Galería Gabriela Mistral, Santiago de Chile, 2015. Foto: Felipe Cura

Al frente: Piamorfosis, proyecto de Pía Michelle. Al fondo: Mirador, de María Gabler. Vista de la exposición “Minga”, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago de Chile, 2015. Foto: Felipe Cura

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Vista de la exposición Mirador, de María Gabler, en Galería Tajamar, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

De este modo, Minga y Ciudad H parecen ser curadurías que, sin querer hacerlo, dialogan de manera fructífera acerca del sostenido crecimiento de espacios independientes, no sólo en Santiago (que por motivos demográficos suele concentrar la producción artística nacional), sino que en todo Chile. Y, a la vez, en una cuestión sumamente interesante, las dos propuestas contemplaron la exhibición de trabajos que se desarrollan de una manera desarraigada con respecto a la –limitada- infraestructura cultural. Con respecto a esto, el hecho de buscar cruces entre la ciudad y las artes visuales ha permitido a artistas y colectivos trabajar pensando en la producción de objetos que escapen de la galería, pues algunos de ellos tienen –literalmente– ruedas con las que desplazarse por ese territorio a partir del cual han sido originados.

Históricamente, este deseo por el desplazamiento y su consiguiente significación encuentra referencias obvias con el concepto de deriva situacionista; sin embargo, en este caso el desplazamiento urbano no tiene lógicas claras y, de hecho, su valor radicaba en establecer recorridos sin mayor planificación. Por el contrario, las propuestas expuestas en Minga y Ciudad H han definido a la ciudad como un espacio ya significado, sea por las comunidades, el mismo artista o incluso las relaciones político-comerciales. De este modo, la nueva “deriva” se sitúa en un espacio conocido (no por conocer), es decir, un territorio determinado que es objeto de una apropiación de parte de los artistas, ya sea en su forma más tradicional, como la búsqueda de representaciones, o en métodos más sofisticados, donde el recorrido en sí pasa a ser la acción artística y a la sala sólo llega el residuo del proyecto, aquello que en sus manchas, desgaste o registro da cuenta –o más bien intenta hacerlo– de algo que la galería simplemente no puede soportar. Ejemplo de esto último, es Posada Franca,  de Mono Lira, que al estar en la sala de M100 sólo puede ser el testigo de su utilidad de refugio, vehículo y mobiliario urbano; sólo mediante el video que acompaña a la pieza podemos acercarnos a la experiencia que este dispositivo logra mediatizar. Sin embargo, esta es una experiencia empobrecida, pues como logramos ver en el registro, la única manera de comprender en su totalidad a Posada Franca es simplemente usándolo en las calles. Una anécdota que evidencia esta experiencia disminuida es que al momento de ingresar al habitáculo e intentar encender las luces que tiene en su interior, éstas no funcionan, pues las celdas solares que hay en el techo no reciben la luz natural necesaria para operar. Posada Franca es entonces un objeto urbano que pasa a ser depotenciado por la institucionalidad artística, misma cuestión que de acuerdo a las narrativas de la historia del arte es lo que hace ingresar este tipo de objetos/experiencia al mundo del arte.

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Mono Lira, Posada Franca. Vista de la obra en “Ciudad H”, Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

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Vista de la exposición “Ciudad H”, en Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

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Vista de la exposición “Ciudad H”, en Matucana 100, Santiago de Chile, 2015. Foto: Sebastián Mejía

Finalmente, queda un tema pendiente que no puede ser resuelto en un texto tan corto y sin la discusión abierta que debería implicar, y es la sintonía que se da entre los nuevos espacios independientes y las prácticas artísticas vinculadas a la ciudad. En estos lugares pequeños, autogestionados e insertos en barrios habitacionales se logra proyectar trabajos que en su desarrollo implican grandes espacios geográficos y una intensa investigación de parte de los artistas. Quizá podríamos especular con un motivo, por así decirlo, “materialista”, en el cual las propuestas nómades o portátiles, dada su limitada presencia física (por la oposición entre objeto y experiencia) no se llevan bien con los espacios expositivos tradicionales, pensados para materialidades también mucho más tradicionales. Y al mismo tiempo, los nuevos espacios independientes se han abierto desde una marcada perspectiva estética o incluso ideológica, pues han entendido que el éxito de sus propuestas radica no en la amplitud de manifestaciones artísticas que puedan albergar, sino que en el reconocimiento que podamos hacer como espectadores de un determinado tipo de “línea editorial”. Un ejemplo de esto, y que no tiene que ver ni con Minga ni con Ciudad H, es C.I.A. Santiago, que desde su vitrina (al igual que Galería Temporal) ha establecido una política expositiva clara, que si bien es amplia en cuanto a temáticas, busca dar espacio a manifestaciones marginales, que trabajan en el intersticio que queda entre la institucionalidad y todo lo demás. En definitiva, la buena vecindad entre ciudad, artes visuales y espacios independientes es un tema que claramente se debería convertir en asunto de discusiones y futuras investigaciones, cuestión para la cual es de vital importancia que dichos espacios den lugar también a la respectiva reflexión teórica que posibilitan sus exhibiciones.

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Diego Parra

Nace en Chile, en 1990. Es historiador y crítico de arte por la Universidad de Chile. Tiene estudios en Edición, y entre el 2011 y el 2014 formó parte del Comité Editorial de la Revista Punto de Fuga, desde el cual coprodujo su versión web. Escribe regularmente en diferentes plataformas web. Actualmente dicta clases de Arte Contemporáneo en la Universidad de Chile y forma parte de la Investigación FONDART "Arte y Política 2005-2015 (fragmentos)", dirigida por Nelly Richard.