GIMENA CASTELLÓN ARRIETA: TODOS LOS LUGARES DONDE YA NO ESTOY
Por Eduardo Stupía
Al ingresar en la sala principal de Acéfala Galería y en esta nueva muestra en Buenos Aires de Gimena Castellón Arrieta, en exhibición hasta el 9 de febrero de 2017 y titulada Todos los lugares donde ya no estoy, nos envuelve la sensación de estar en presencia de un orden misteriosamente narrativo. Esa (primera) persona —que es y, a la vez, no es la autora—, ha reconstruido —o inventado— su pequeña salita de museo, donde se exhiben lienzos totémicos que evocan episodios de una infancia propia o ajena, amuletos, fetiches, objetos mágicos y otros que parecen materializaciones de sueños.
Castellón Arrieta parece habernos invitado a vulnerar el hermetismo de una cámara privada, donde la artista revela su propio ‘frauenzimmer’: palabra que empezó designando el aposento o habitación “donde las mujeres se encuentran, se entretienen y trabajan”, para pasar —con el tiempo— a designar a las mismas mujeres que vivían en ese recinto. Especialmente a la servidumbre femenina o al séquito de una princesa, hasta concluir, singularmente, nombrando a una única persona femenina (1): “Del espacio al «colectivo», y de allí al individuo, transcurre la metamorfosis de esa palabra que reaparece a fines del siglo XVIII en el contexto de los viajes por la propia habitación —un subgénero literario de moda en ese momento— e interconecta las tres dimensiones del concepto. Cuando una Frauenzimmer emprendía un viaje por su habitación, también se trataba de sondear las condiciones de la individualidad femenina.”(2)
La ‘frauenzimmer’ Gimena Castellón Arrieta encara entonces una tríada experiencial que es, al mismo tiempo, examen de individuación, develación de un ámbito y viaje en el espacio y en el tiempo. Su estrategia para que ese transcurrir resulte revelador y a la vez suficientemente incógnito, es la de trazar una significativa convivencia —que también podría pensarse como un equilibrado intercambio— entre materiales, objetos (recogidos, encontrados, diseñados, manipulados y prefabricados), soportes y sustancias, para una peculiar puesta en escena de poesía física. Elementos que aportan la específica densidad de su propia evidencia, a veces casi intocados en la mecánica manual de la artista, y que al mismo tiempo funcionan como factores inductivos para la metáfora y la alegoría.
Todo está fijo, anclado en un neto concretismo objetual, y a la vez hay una certeza de permanente movilidad, donde el viaje alrededor del cuarto es el viaje alrededor del sentido. Nada hay aquí en el centro lógico, todo es periferia y equidistancia en una dirección u otra, al margen de los hitos aparentemente ordenadores y autorreferentes que la artista instala acá o allá, más como un simulacro de orientación que como un guiño que propenda a una identificación tranquilizadora.
A la vez, al invitarnos a descender al subsuelo de la galería, Castellón Arrieta hace más reconcentrada aún su propia “poética del espacio”, proponiendo un plano físico alternativo que intenta establecer un estadio diferente de reflexión. Allí, en esa fugaz reclusión subterránea, como frágiles mantras meditativos extraídos artificialmente de la marea del recuerdo, vuelven los títulos de esos libros de aventura y fantasía que implicaron, para todos, la concepción de una primera ‘imago mundi’. Imago mundi que habría de confrontar —tiempo después— con la crudeza y el desgaste de la realidad. Allí están, otra vez, esas páginas. Ahora en un imposible presente de arrugas y quemazón, verídicas aun en la restauración que impone la utilería anímica de la artista, quien así teatraliza su persistente noción de hecatombe privado, de paraíso perdido, esgrimiendo como un símbolo lo último que le queda de esas ficciones fastuosas, creando sus propias “versiones de una catástrofe”.
Un universo infinito de prodigios, de transfiguración funambulesca y de transgresión de los límites de lo posible nos esperaba detrás de esas portadas. Ahora, Castellón Arrieta las invoca, e invoca su módica mitología, con la certeza de su pregnancia, y a la vez de su amorosa inutilidad; así como se detiene en el roce melancólico con un aroma, en un rostro o una imagen que se evaden impalpables, en una gastada prenda de vestir, reconociendo que el fascinante e intangible efecto de esas persistentes señales también conlleva la mueca amarga del desencanto y la pérdida, la herida constante e ineluctable de la vida misma.
(1)(2) Bernd Stiegler, La quietud en movimiento, Ed. Paidós.
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