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CORAZÓN DE PIEDRA: EL HELICOIDE Y LA ROCA TARPEYA

Tiempo de lectura: 16 minutos


Pocos lugares ostentan una topografía urbana tan compleja y contradictoria como la Roca Tarpeya de Caracas. Bautizada en honor a su tocaya, la séptima colina de Roma (lugar de una traición legendaria), este cerro del sur caraqueño es también el séptimo en una cadena montañosa que comienza en el Jardín Botánico y carece de designación oficial. “Esa fila rocosa, esquitosa, jamás nombrada”, como señala el historiador Alfredo Armas Alfonso, “se centra en El Mamón, el Portachuelo y Roca Tarpeya y deriva hacia el este con referencias a Hornos de Cal y la Charneca o el tan recordado de la crónica periodística Cerro de Marín”.

Anónimo, Movimiento de tierra para la construcción de El Helicoide, 1958. Foto: AFU
Paolo Gasparini, El Helicoide (c. 1967-68)

Rupes Tarpeia, locus mortis

La mítica traición merece ser recontada. Ocurre en el siglo VII A.C. a partir del rapto de las Sabinas realizado por los Romanos, expertos en materia bélica y homosexual pero no en reproducción. Cuenta el historiador latino Tito Livio que las familias de las infortunadas montaron un contraataque a Roma, cuyas puertas fueron abiertas por la hija del General Spurius Tarpeius, quien estaba a cargo de la defensa de la ciudad. El trato hecho por Tarpeia consistía en recibir a cambio de su deslealtad todo el oro que los Sabinos llevaran en sus brazos izquierdos. Una vez dentro de la ciudad, éstos la sepultaron bajo el peso de sus escudos, arrojando luego su cuerpo al barranco. El sitio fue conocido desde entonces como Rupes Tarpeia, la roca de los traidores.

La Roca Tarpeya caraqueña es el lugar de cruce entre dos valles. En 1877, Guzmán Blanco ordenó que este cerro, ocupado para aquel entonces por caseríos y aserraderos, fuera perforado a pico y pala a fin de conectar los valles del Tuy con el valle de Caracas. El propósito era facilitar el paso de los entierros que iban del centro de la ciudad al recién inaugurado Cementerio del Sur. De no hacerse así, éstos habían de dar una larga vuelta por los siete cerros a partir de su comienzo en la Hacienda Ibarra, actual Universidad Central. La nueva vía seguía la ruta establecida por «El Portachuelo», un paso de burro. A partir de 1883 pasaría también por aquí el Ferrocarril del Valle o del Sur, transportando personas y mercancías.

Desde el comienzo, la división de la Roca Tarpeya en dos para permitir el tránsito de rituales mortuorios tuvo consecuencias funestas. La viajera Jenny de Tallenay narra en su libro Souvenirs du Vénézuéla: Notes du Voyage (1884) la historia de Pancho El Pájaro, un equilibrista que solía tender los domingos un alambre de un lado a otro de El Portachuelo, hoy avenida Fuerzas Armadas. Paso tras paso, esta ave humana reconectaba por las alturas aéreas las dos mitades de la roca. Hasta la aciaga tarde de carnaval cuando, en palabras de la periodista Graciela Schaël Martínez, «una mano enemiga [vertió] buena cantidad de ácido muriático en las amarras del alambre», terminando con este extraordinario paseo aéreo y dejando a Pancho El Pájaro estrellado sobre la vía.

Al este de la avenida Nueva Granada, la Roca Tarpeya alberga a las comunidades de San Agustín del Sur y San Pedro. Entre 1928 y 1929, San Agustín del Sur fue oficialmente inaugurada por el Banco Obrero con doscientas casas a lo largo de doce pasajes. La comunidad se ha enorgullecido siempre de sus tradiciones musicales que produjeron, entre otros, al famoso grupo Madera, el cual conoció también un trágico fin en el río Orinoco, muy lejos de su barrio Marín. A estas comunidades les tocó a fines de 1950 recibir a un verdadero convidado de piedra: El Helicoide, un novedoso «Centro Comercial y Exposición de Industrias» cuyos arquitectos aspiraban convertir en un lugar de consumo y diversión para las clases medias caraqueñas.

El Helicoide (circa 1989). Foto: AFU

Para muchos arquitectos y urbanistas venezolanos la empresa comercial de El Helicoide estaba condenada desde un principio al fracaso.


Centro Comercial y Exhibición de Industrias

Proyecto de vanguardia, tanto por su diseño futurista como por la audaz iniciativa empresarial de su arquitecto principal, Jorge Romero Gutiérrez, la ubicación de El Helicoide en esta área intriga hoy en día. Sin embargo, podía tener sentido a mediados del siglo pasado, cuando la expansión comercial de Caracas aún no se había terminado de perfilar hacia el este, y los barrios circundantes no habían alcanzado la densificación a la que llegarían precisamente a partir de esa época.

Aprovechando la conjunción de los dos valles, Romero Gutiérrez concibió El Helicoide en 1955, asumiéndolo como arquitecto y promotor junto a sus socios y colegas, Pedro Neuberger y Dirk Bornhorst. Miembro de la primera generación de arquitectos venezolanos egresados en 1948 de la UCV, Romero Gutiérrez (Premio Nacional de Arquitectura 1996) creó El Helicoide C.A. y acometió el doble desafío de construir sobre la Roca Tarpeya y a la vez apostar a la misma en tanto encrucijada comercial. Su audacia sufrió casi las mismas consecuencias que Pancho El Pájaro, pues terminó pagando con la quiebra el precio de esa descomunal empresa.

El Helicoide fue nombrado por su forma, la cual arranca figurativamente de una hélice que se alarga como una pera, con el frente más estrecho que su amplia parte posterior. La estructura se yergue en siete terraplenes que le asemejan a un zigurat o templo sagrado babilónico. Nave ancestral impulsada por una hélice moderna, el designio de este emprendimiento voluntarista estaba ya anunciado en ese doble movimiento simbólico: la propulsión hacia arriba, el lugar de los dioses, y hacia adelante, el tiempo del futuro. Su construcción en doble espiral, con una rampa vehicular ascendiente y otra descendiente, es similar a la hélice genética que constituye al ADN y establece un recorrido de cuatro kilómetros.

La parálisis final de este coloso en 1962 se debe en gran parte a la democracia. Concebido en plena dictadura perezjimenista, El Helicoide quedó implícitamente asociado a ésta. Si bien Pérez Jiménez contribuyó militarmente a la evacuación del área y le dio públicamente su visto bueno, no hay documentación que indique mayor participación de su parte. No obstante, el presidente que inicia la nueva época democrática, Rómulo Betancourt, habría declarado que no se colocaría “ni un solo ladrillo más” en El Helicoide. De hecho, la edificación es de concreto, el material de construcción favorecido por la modernidad industrial del siglo XX, y también por Pérez Jiménez y su “política de concreto armado”, la cual buscaba, precisamente, sustituir al ladrillo con el concreto. Las alternancias gubernamentales de las décadas siguientes se encargarían, por su parte, de impedir que cualquiera de los múltiples proyectos de recuperación pensados para El Helicoide fuera completado.

Para muchos arquitectos y urbanistas venezolanos la empresa comercial de El Helicoide estaba condenada desde un principio al fracaso. Albergar locales comerciales y expositivos, complejos de cines y deportes, clubes privados, y hasta un hotel con su helipuerto, en un área apenas desarrollada del centro-sur de la ciudad, era poco factible. Es posible que El Helicoide C.A. haya buscado sacar provecho de esta ubicación crucial, utilizando el bajo precio de los terrenos de Roca Tarpeya como palanca inicial para una costosa inversión cuyo precio sería compensado por su rentabilidad. El resultado fue una estructura fantasma, un peso muerto.

Julio César Mesa, El Helicoide, 2015

El Helicoide es uno de los pocos casos de arquitectura espiral en el planeta, acaso el único, cuya cavidad central no es hueca. Esto impide percibir la espiral desde su interior, como ocurre en el Museo Guggenheim de Nueva York o en las escaleras tipo caracol, cuyos efectos son vertiginosos.


Espiral Paralizada

La Roca Tarpeya fue literalmente tallada entre 1956 y 1957 para luego ser recubierta con 60 mil metros cuadrados de hormigón armado en los dos años siguientes a la caída de la dictadura. Este acto de escultura terrena causó gran asombro a nivel internacional. En 1964 Ludwig Glaeser, curador del departamento de Arquitectura y Diseño del MoMA (institución que había mostrado las maquetas de El Helicoide en la exposición Roads de 1961), visitó Caracas y comentó que esta “debía ser felicitada por ser la primera ciudad del mundo en tener una estructura arquitectónica basada en la integración topográfica”.

No obstante, mantener a la roca como fundamento de la edificación produjo varias limitaciones, en particular la falta de profundidad de las superficies techadas, las cuales oscilan entre apenas siete y quince metros según se esté en la hélice de la estructura o en su proyección ventral. Atrapado entre la roca y las rampas, el espacio utilizable de El Helicoide es sumamente estrecho en comparación al volumen masivo del mismo.

Esta limitación espacial lo es también visual: El Helicoide es uno de los pocos casos de arquitectura espiral en el planeta, acaso el único, cuya cavidad central no es hueca. Esto impide percibir la espiral desde su interior, como ocurre en el Museo Guggenheim de Nueva York o en las escaleras tipo caracol, cuyos efectos son vertiginosos. El estar anclada a la roca frena el movimiento fluido que caracteriza a la espiral como forma continua y ancestral, base material de toda la vida. Prometeo encadenado, el giro helicoidal pierde su vigor expansivo, volcándose melancólicamente hacia adentro.

Daniel Ceballos, Miranda en la Carraca, 2017
Betty Grossi, Huelga de hambre en El Helicoide, 2016

El Helicoide funcionó como un “dark site” (sitio oscuro para torturas), lugares fuera de los mapas institucionales donde ocurren las torturas que caracterizan al terrorismo de estado.


Dark Site

A este panorama desértico contribuye el uso intermitente y disparejo a que ha sido sometida la estructura desde su concepción en 1956, y sobretodo en sus últimos cuarenta años. En 1985 los dos niveles inferiores fueron destinados al cuerpo motorizado de la policia de inteligencia, entonces DISIP (Dirección Nacional de los Servicios de Inteligencia y Servicios de Previsión), rebautizada en 2009 por Hugo Chávez como SEBIN (Servicio Nacional de Inteligencia). Fundadada en 1969 por Rafael Caldera, la DISIP, conocida como la policía política, tuvo una larga y cruenta historia de violación a los derechos humanos. Estos incluyeron las masacres de Cantaura (1982), Tazón (1984) y Amparo (1988).

En 1983, la caída del bolívar en el llamado “Viernes negro” marcó la peor crisis económica en la historia de Venezuela. La revolución popular del Caracazo en 1989, la cual respondió al alza del precio de la gasolina al inicio del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, fue violentamente reprimida. Insurgentes militares, activistas y estudiantes fueron encarcelados y torturados en El Helicoide, comenzando una década de crímenes de estado que mostraban que el pacto democrático había sido mantenido por los partidos principales y la incorporación institucional de la guerrilla a principio de la década de los sesenta. En 1995, de nuevo por decisión de Caldera, el resto de la DISIP fue instalada en El Helicoide. Es por eso que este fue atacado durante la breve pero fructífera insurrección del teniente coronel Hugo Chávez en 1992.

Desde entonces y hasta las manifestaciones estudiantiles de 2012, el Helicoide funcionó como un “dark site” (sitio oscuro para torturas), lugares fuera de los mapas institucionales donde ocurren las torturas que caracterizan al terrorismo de estado. Esta invisibilización pública se mantuvo hasta febrero del 2014, cuando las violentas represiones a las manifestaciones estudiantiles del gobierno de Nicolás Maduro, que testimonié en persona, y el transporte y torturas a muchos de ellos en El Helicoide lo visibilizó por primera vez en décadas. Esta vez la estructura apareció como una prisión chavista a pesar de su larga trayectoria carcelaria anterior.

Gilberto Sojo, Plano del Helicoide, 2017

En ese momento, sesenta estudiantes fueron ejecutados con balas a la cabeza y cientos de ellos y ellas fueron trasladados a El Helicoide, donde permanecieron en condiciones infrahumanas, sufriendo violaciones y torturas sádicas por semanas y hasta el presente. Desde entonces la lista de prisioneros políticos ha ido en aumento. En cierto momento se estimó eran trescientos. El 16 de Mayo de 2018, hubo un motín entre los prisioneros políticos y los criminales comunes, siendo treinta y nueve de los prisioneros políticos trasladados a otras cárceles. Dos días después, dieciocho mujeres recluidas en El Helicoide se declararon en huelga de hambre para exigir el respeto a sus derechos humanos, entre ellas Geraldine Chacón, quien mantuvo la huelga por más tiempo. En 2022, un informe de la ONU (Organización de Naciones Unidas) y otro de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) destacaron el abuso de derechos humanos en Venezuela.

Poco después de la invasión de Estados Unidos en enero de 2026, probablemente concertada por la ahora presidenta interina Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, varios prisioneros y prisioneras fueron liberados, muchos más permanecen recluidos. El gobierno interino proclama que hará de El Helicoide un sitio de recreación para las comunidades aledañas y la “familia policial”, aunque esa convivencia es en sí un desconocimiento del lugar. La oposición ve esto como una invisibilización del sufrimiento allí vivido, clamando por un museo de la memoria o incluso una destrucción del lugar.

Desde 1992, el nivel superior es ocupado por las oficinas del SEBIN y la PNB (Policía Nacional Bolivariana), y en los inferiores por celdas. Sus niveles intermedios están vacíos o contienen los restos de módulos de clases de las universidades policiales y militares UNEFA (Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada) y UNEFA (Universidad Nacional Experimental de la Seguridad) que han pasado temporalmente por allí.

El Helicoide está así plasmado de emblemas, murales, cableados, mueblería y un sinfín de parapetos. Básicamente abandonados, estos niveles intermedios funcionan como espacios para prácticas de tiro, estacionamiento de vehículos represivos (incluyendo “ballenas” y “rinocerontes”), y lugares para lavar y secar ropa. A lo cual se añade la degradación que la construcción de concreto ha sufrido por el paso del tiempo, las lluvias y los desechos internos. A fin de cuentas, gran parte de El Helicoide está entre incompleto y arruinado, como si la edificación estuviera destinada a repetir su fracaso original, acumulando escombros sobre escombros.

Juan José Olavarría y Angela Bonadies, de la serie Kid Heli, 2018

El Helicoide y su entorno representan por separado, pero más aún en conjunto, una modernidad tremendamente irregular y parcial.


Döppelganger

En lugar de domesticar a la Roca Tarpeya, El Helicoide se convirtió en su extensión simbiótica, su doble de concreto. Versión artificial del cerro que recubre, El Helicoide lo replica en su material de consistencia pétrea, condición permanente de la obra gruesa. Por su parte, la masa mineral irrumpe continuamente en la estructura, despuntando por las escaleras, en los rellanos y en torno a las tuberías, creando un escarpado paisaje interior.

Este aspecto desigual de El Helicoide se extiende hacia su entorno, donde la arquitectura informal de los barrios contiguos se ha ido expandiendo hasta fusionarse con esta mole de estilo Brutalista. Tal como las viviendas de las urbes medievales, las cuales se adosaban a los castillos feudales, las construcciones que rodean a El Helicoide establecen con este una continuidad rugosa apenas interrumpida por las curvas de esta especie de platillo volador que les cayó en todo el medio. Así, el barrio y El Helicoide entran en una amalgama material y visual casi única en el paisaje global de las ruinas modernas, cuyas obras rara vez cohabitan tan estrechamente con su contracara urbana.

Este carácter provisional permanente es lo que más asemeja a El Helicoide y las comunidades vecinas, además del fracaso común de sus aspiraciones. En particular, aquéllas de cientos de miles de personas que vinieron a la capital a hacerse una mejor vida, logrando apenas colgarse de sus márgenes generación tras generación. El naufragio de El Helicoide se emparenta así con el de los barrios: ninguno de los dos llegó a puerto seguro, ambos se quedaron en el camino. La utopía helicoidal se convirtió en su contrario, el fin de las ilusiones, arrastrando todo consigo, cual voraz y cruel remolino. El Helicoide y su entorno representan por separado, pero más aún en conjunto, una modernidad tremendamente irregular y parcial.

Producto emblemático del boom económico que comenzó en Venezuela a mediados del siglo pasado, El Helicoide es un ejemplo cabal de esos entusiasmos modernos que intentan cambiar todo de la noche a la mañana. No ha habido manera de frenar su espiral en descenso, ni hay modo de deshacerse de él, pues es una fortaleza tan dura por fuera como por dentro. Quizá sea allí, en ese corazón de piedra, que radique el fracaso crónico de El Helicoide de la Roca Tarpeya.

Rayma, Génesis Tirado, presa política de El Helicoide, 2018

Referencias

Para conocer el sistema de tortura desde 2014, ver “OVC|295 heridos y 3 muertos deja represión del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela” PROVEA (Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos, fundado en 1988) https://provea.org/actualidad/ovcs-295-heridos-y-3-muertos-deja-represion-del-regimen-de-nicolas-maduro-en-venezuela/ Esta ONG (Organización No Gubernamental), realiza informes contínuos sobre los derechos humanos en Venezuela, incluyendo salud, vivienda, políticas y acciones de estado, prisioneros políticos, entre otros. Sus publicaciones, incluyendo los “Informes Anuales”, se encuentran en https://provea.org/.

La larga lista de presos políticos en distintos centros penitenciarios en Venezuela desde la dictadura de Juan Vicente Gómez en 1928 hasta el momento se encuentra en el «Anexo: Presos políticos de Venezuela”, publicado recientemente en Wikipedia

Una cronología fotográfica condensada de El Helicoide está documentada en el libro de Celeste Olalquiaga y Lisa Blackmore, editoras, Downward Spiral: El Helicoide’s Descent from Mall to Prison, NYC, Urban Research, 2018. Este fue parte de PROYECTO HELICOIDE y puede descargarse gratuitamente en www.proyectohelicoide.org, en donde se aparecen también las distintas aristas de este proyecto. Desafortunadamente, no ha sido traducido al castellano. Los dibujos de los prisioneros de El Helicoide figuran en Diana López y Carlos Arancibia, Arte Tras Las Rejas, 2018. Las acuarelas de la artista Rayma forman parte de la “Campaña por la Liberación de las Mujeres Presas Políticas” desarrollada por “Acción por la Libertad” presentada en Venezuela y varias ciudades en Latinoamérica y los Estados Unidos.

Esta es una versión revisada y ampliada de la publicación original de este texto en https://prodavinci.com/corazon-de-piedra-el-helicoide-y-roca-tarpeya/. Fue escrito utilizando en gran parte la información recabada por distintos/as especialistas para Downward Spiral: El Helicoide’s Descent from Mall to Prison (2018), coeditado por la autora y Lisa Blackmore.

Celeste Olalquiaga

Doctora en Estudios Culturales, Columbia University (1990). Autora de "Megalópolis" (1992), "El reino artificial" (1998) y editora de "Downward Spiral: El Helicoide's Descent from Mall to Prison" (2018). Escribe, enseña y realiza curadurías a nivel internacional.

http://celesteolalquiaga.com
IG: celeste_olalquiaga

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