OSY MILIAN: “PERTENEZCO AL COSMOS”
Le sobrevive a todo la frialdad.
Issa
I
Dos mujeres conversan en un apartamento del Vedado habanero, muy cercano al Hotel Nacional. Están sentadas a una barra de mármol recién pulida, que separa el salón de la cocina; las mujeres esperan a que la moka italiana que está al fuego deje salir el pitazo que anuncia el café. Sobre la barra hay un libro de tapa dura: Ninth Street Women, de Mary Gabriel.
En el apartamento apenas hay mobiliario, solo una nevera y la cocina, con todo lo que debe tener una cocina: ollas, sartenes, tazas, azúcar, sal, cucharas y copas. Todo demasiado reluciente, como acabado de sacar del empaque.
La luz del verano baña el salón; está filtrada por el vidrio de las ventanas altas y cae, avivando sus colores, sobre los rostros de otras diez mujeres que están ahí. Diez mujeres pintadas. En cuadros de dos y tres metros. Mujeres con sus cabellos rosados y cabezas de porcelana, con sus astas y ojos nostálgicos, rojizos, con rostros donde hay emociones contenidas que nos hacen pensar: “las conocemos de algún lado”. Un lado que puede ser una pesadilla, el amor que creíste olvidar o una película de Ari Aster… La cafetera deja salir el pitazo y una de las mujeres que conversa, la pintora cubana Osy Milian (La Habana, 1992), se interrumpe para servir el café. Acababa de decir:
“Estoy obsesionada con la figura de la mujer; muy pocas veces me sale un hombre. Esta obsesión viene de mí misma, de mi interés por descubrirme debajo de esos rostros…”.
Y me sirve una taza humeante, a mí, a la otra mujer que conversaba, y que escribió en su agenda mientras ella vertía el café:
Osy Milian tiene un tigre tatuado en el antebrazo izquierdo.
La media sonrisa de algunas mujeres de sus cuadros.
Viste una camiseta de Metallica, short de running y mocasines Prada.
Y Osy siguió diciendo:
“Estoy buscando algo en los cuadros que se vaya de la programación, y borro lo que pinto. Picasso borraba mucho sus cuadros, ¿sabes? En mi caso tapo y vuelvo, tapo y vuelvo… son esos los cuadros que más disfruto. Si un cuadro me sale de un tirón me queda un vacío. Por eso cambio las caras. Esa chica que ves ahí (Osy apunta a una de sus pinturas, donde una mujer con cabeza de porcelana, frac y tacones de aguja te ofrece su trofeo de caza: un ciervo muerto), ese rostro cambió como cuatro veces. Me interesa el hieratismo y la fragilidad. La frialdad”.

II
Lo primero que me vino a la mente cuando vi los cuadros que conforman su muestra Alunados, en Zapata Gallery, fue la visualidad de las fotografías sin revelar. Pensé en los viejos rollos de Kodak que había en una gaveta de la casa de mis padres, y que solía poner contra el sol cuando era niña. La luz descifraba rostros, escenas, objetos… Me llamaban la atención porque no tenían colores, solo la oscuridad y la luz de los negativos que no han sido revelados. Y aun así la imagen se podía ver, se podía sentir…
En la mayoría de estos cuadros predomina el gris, un gris azul que roza el plateado, y otros grises que evocan nieblas, apologías sobre el deslave y la desmemoria. Un alunado es aquel que recibe la luz de la luna y se enferma (dicho sobre todo de animales), y en efecto, estos cuadros poseen el brillo de los objetos o seres expuestos a la luz de la nostalgia. La luna es una gran bola de nostalgia. Exponerse a la nostalgia demasiado tiempo nos hace enfermar, descomponernos.
Sobre esta serie la artista escribió: “La imagen pictórica en Alunados es un lugar de tránsito, donde la presencia y la ausencia no son opuestos, sino manifestaciones de una misma condición: la de lo que existe en el límite entre lo tangible y lo invisible. Las figuras no están fijadas en una intensidad específica, sino que se presentan como presencias abiertas, cuerpos en disolución que habitan el espacio pictórico como espectros suspendidos en la incertidumbre. No hay un anclaje en lo concreto, sino una exploración de la imagen como umbral donde la materia se fragmenta y se reconfigura constantemente”.
Además de las mujeres bellísimas y fatales, a las que la Milian ya nos tiene acostumbrados, Alunados presenta otros personajes, miembros de su propia familia y pasajes de la niñez, juguetes…, como si la artista estuviera contándonos su propia historia.
En algunas de estas obras hay elementos distintivos de la cultura popular cubana: un juguete de plástico de los que vendían para los niños en el Día de Reyes, una pelota de playa o un caballo de madera. También hay atmósferas o locaciones que son propias de las familias y barrios cubanos: calles, esquinas donde la gente conversa, porcelanas… Estas pinturas revelan una intimidad, un entorno filial. Y la artista les ha conferido a algunos de estos elementos (una pelota de playa, un juguete, un collar de flores) el protagonismo, la distinción que dan los colores vívidos sobre el resto de las figuras que quieren ser transparencias, fantasmagorías que parecen llegarnos de un tiempo remoto.
Esta serie de pinturas quisiera asumirla como esos recuerdos que tenemos en la vigilia, antes de dormirnos. Como si antes de sumirnos en el sueño volviéramos a estar en la esquina de la casa de los abuelos, escuchando las canciones de la tarde, abrazados a una muñeca que fue nuestro juguete preferido alguna vez, hace ya tanto.
Y la tarde es gris.
Y la muñeca y la calle también son grises.
Solo quedan las líneas del pasado (des)dibujándose bajo la luna.

III
Con estas pinturas, algunas concebidas en Guttenberg Arts, donde Osy Milian fue residente en el último invierno, y las que habíamos visto en su anterior muestra personal Sueño cósmico, se pudiera decir que Milian ha entrado en una new age.
Cuando un pintor se va un color a otro, este “traspaso” marca su época, por poner los ejemplos clásicos: azul, rosa (Picasso), amarillo cromo (Van Gogh). Y Osy ha entrado en un periodo que pudiéramos denominar traslúcido. En este, sus personajes y objetos (porcelanas de animales y pájaros que son ya su leitmotiv) están expuestos a una luz que los atraviesa, revelándolos.
En este nuevo periodo Milian se desprende de los colores estridentes que definieron sus primeras pinturas y que se habían convertido en su sello y lleva su obra un peldaño más arriba, espigándola, sosteniéndola en la belleza de la levedad.
Quizá anunciando Alunados, como me decía en la conversación que sostuvimos en su apartamento del Vedado a finales del verano de 2024:
“Siento que con 32 años por primera soy libre, sin deber nada a nadie. Es el momento en que quizá a la gente le guste menos lo que estoy haciendo, pero lo que estoy haciendo ahora no es para todo el mundo. He comprendido mis complejidades y no todos tienen que entrar en mi universo. Estoy feliz de sentir esa libertad. Siempre mis cuadros se han caracterizado por un uso del color, y la gente al verlos dice ‘Es Osy’, pero pienso que a veces uno entra en una crisis de identidad. ¿Qué es Osy? Quería que fuera de otra manera, y es como tiene que ser hoy. Es un deber de todo artista ser sincero consigo mismo”.
Y cuando le preguntaba qué era para ella la pintura, seguía:
“La pintura es la evidencia de donde está uno. Lo mejor es ser sincero. Si tú conocimiento no es sincero, se descubre. La pintura te habla. La obra te dice cuando un artista es un pseudo artista. Y entre más el artista se conoce así mismo, más natural es su trabajo. La pintura me permite enfrentarme a mí misma. Considero que el arte viene de un lado cósmico. ¿Sabes que en algún momento intenté hacer fotos? Pero tenía algo en el medio: la cámara. Yo prefiero ver la escena. Y la cámara no me lo permitía. En mi caso tengo que tocar, tengo que ver. La pintura me ha permitido eso. Para pintar me dejo guiar por la intuición, por el feeling de lo que me pide la obra. Lo que intento es crear las condiciones creativas para ponerme en ese proceso más seguido. Considero que el artista debe crearse sus condiciones. Tener su estudio. En mi caso, tengo mi casa y mi estudio. Me gusta sentir que voy al estudio porque voy al trabajo, y ahí es donde tengo mis fotografías de Antonia Eiriz, Paula Rego y Matisse, y esa gente va conmigo a pintar. También tengo mis libros, recortes de poemas: Marina Tsvietáieva, Dulce María Loynaz. En este tiempo que he estado en Nueva York volví a reconectar con la poesía. También me gustan los poetas de habla inglesa, Blake y Frost… Esto de exiliarnos podemos verlo como que dejaste el hogar, y seguir con la nostalgia, pero he ido metabolizando eso de manera distinta. Yo pertenezco al cosmos. No considero que dejase algo atrás. El hogar no lo tengo concebido como un lugar físico, y eso me ha hecho feliz”.

IV
En la barra que divide la cocina del salón, Osy Milian me cuenta: “Comencé a estudiar música. Estudiaba para pianista. Me gustaba el solfeo, pero la práctica era muy tediosa, y como era muy niña, me aburría. Mi padre quería que no me aburriera y me llevó a 23 y C, a la escuela de pintura, donde pude aprender a dibujar y tenía libertad para desarrollar mis ideas. Ya no tenía la rigidez de la música y eso fue conocer el paraíso. Contaba las horas para ir”.
Le pregunto por la diferencia entre pintar en Nueva Jersey y en La Habana y me responde:
“En el hecho creativo es otro universo. Cuando te enfrentas a la obra te estás enfrentando a un contexto muy diferente. Frente a mi estudio tengo la ciudad, Jersey, que es muy cerca de Nueva York y hay una gran comunidad latina de artistas. Es distinto crear en Cuba. El tiempo en Cuba transcurre diferente; en Estados Unidos pasa muy rápido. Y tienes que organizarte muy bien para tener tu espacio creativo. En la Isla el tiempo se dilata. Yo voy al MoMA bastante. Soy una amante de Matisse, en la sala de La danza me pierdo… Me interesa buscar ese descuido, estudiar ese desenfado en su pintura. Un hombre como él, que tenía un conocimiento de la anatomía tan perfecto, ¿cómo es posible que dejara esos errores, esos colores sucios, sus malas composiciones que en conjunto lucen geniales?”.
Osy fue a ver muchísimas veces al MoMA a ver la exposición de la alemana Käthe Kollwitz, a quien considera un referente determinante. Afirma que la vida y obra de Kollwitz siempre le han interesado. Me mira y con el brazo donde está tatuado el tigre se apoya en la barra:
“Ella decía: trabajar con la sangre caliente. Era muy intensa, y eso me gusta, el artista tiene que ser intenso. Kollwitz sufrió dos guerras, la muerte de un hijo, y creo que en ocasiones el sufrimiento nos engrandece. Eso se siente en la obra. El grabado de Käthe Kollwitz es para mí algo muy protector y muy desgarrador, sientes su angustia, como en un poema. Y a pesar de tanto sufrimiento hay tanta belleza… es tan atrayente eso. ¿Cómo se puede hacer algo tan bello dentro de un pozo de sufrimiento?”
Y sigue, con una fuerza que le ha dado a su voz la frase trabajar con la sangre caliente:
“Tengo mi demonio, un invitado no deseado que está dentro de mi cabeza, y tiene que salir por algún lado. Y la mejor manera que he encontrado de sacar eso que está dentro de mí es mediante la pintura. Es una manera que tengo de que mi espíritu pueda soltarse. Es conocerme a mí misma. Cuando comienzo a hacer una pintura no sé cómo va a terminar. A pesar de tener el boceto, que nunca es garantía. Mis pinturas más aburridas son las que más fieles han sido al boceto. Las que más he disfrutado son las que me han puesto en contradicción conmigo misma y me hacen descubrir partes de mí que ignoraba. Veo la pintura y siento donde estoy. Pudiera decirte ideas muy complejas del arte y engañarte, pero mis cuadros no”.
Es cierto, sus cuadros no mienten: no mienten los pájaros que dentro de ellos vuelan, ni las mujeres que son por momentos bellísimas y por momentos fatales, y que están en habitaciones donde no hay límites. Donde el piso ajedrezado de un salón es perpendicular al cielo, a los abismos de la belleza y la oscuridad.
Al final de la conversación, Milian me contó bajando la voz como si fuera un secreto:
“Yo no puedo recordar los cuadros de Matisse, hay tanta información. Hay otros cuadros que sí recuerdo, de otros artistas, que los puedo recordar perfectamente, pero esos son los que menos me interesan”.
Alunados, de Osy Milian, se podrá ver del 29 de marzo al 10 de mayo de 2025 en Zapata Gallery, 1333 SW St, Miami.
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