BOLEROS PARA JUAN CASTILLO (1952-2025). VOLUMEN I
– Juan te cuento que la grandísima Eva Ayllón viene a Iquique – le dije a Juan en una noche calurosa en el afamado Wagón del Morro.
– ¿Cuándo? – Juan me preguntó con sorpresa.
– La próxima semana. Sería bueno que la conozcas en persona – Le aseguré con mi rostro trasnochado.
– Andaur, te aseguro que ya me bailé varios valses peruanos con ella – me contestó Juan entre carcajadas.
*
He convocado a varios amigues, amigas y amigos, además de algunos colegas y admiradores del artista visual Juan Castillo, para rendirle un homenaje tras su reciente fallecimiento en Suecia, después de lidiar con una agotadora enfermedad.
Todos estos relatos nacen de la vivencia perpetua que Juan ha dejado en cada unx de nosotrxs. A Juan lo recordaremos por ese carácter que lo llevaba a compartir certeros análisis sobre la acción poética y política del arte actual y, por cierto, también nos hizo reflexionar sobre las ironías y fracasos propios del crear, proponer y ejecutar proyectos de arte.
Después de revisar tantos correos electrónicos, textos y mensajes de voz suyos, no puedo dejar de evocarlo en el sitial melódico de aquellos boleros que lo hicieron suspirar tantas veces en cada viaje que realizó, en especial, a su pampa. Esa pampa que para él fue su patria, su cofradía y su signo zodiacal.
Sin duda, conocerlo fue reivindicar mi territorialidad pampina.
Juan, cada ritmo de la pampa te recordará, junto a todos esos otros símbolos que nos han unido para siempre, querido.
Rodolfo Andaur, curador de artes visuales, La Tirana, Chile.


Es difícil creer que mientras filmábamos en el Plinto de Baquedano (domingo 26 de enero 2025), Juan Castillo fallecía en Suecia. Este trabajo es suyo. Le pertenece a Juan como parte de su inmensa obra Te devuelvo tu imagen. Aquí se cumple con la expresión de los sueños de los chilenos y con el trabajo de reflexión que, en todos los sentidos de la devolución, pertenece al arte.
Fernando Balcells, sociólogo, Santiago, Chile
JUAN CASTILLO, 2019
Anoche, mientras nuestros cuerpos se iban tensionando a medida que unos votos subían y otro se mantenían, me encontré sentada al lado de Juan Castillo. Me contó que había conocido un chamán al norte de Noruega, cuando fue de camarógrafo a filmar la llegada de 400.000 renos.
Hicieron buenas migas con el chamán. Es más, el chamán aceptó ser filmado para el documental para el que trabajaba, sólo porque Juan estaba en el grupo. Lo leyó, lo señaló.
Se comunicaban a través de su hija que estudiaba etnografía en México. ¿No recuerdo el nombre del chamán? Quizás es mejor no invocar su nombre, dejarlo protegido.
Un día fue a buscar a Juan a las 6 de la mañana a su ruca. La ruca tenía un fuego al centro y hojas de abedules en el suelo. Era una representación del cosmos, me dijo Juan.
Caminaron todo el día. El chamán le habló del mundo. Le enseñó. Se entendían en un idioma más allá de las palabras. Juan entendió todo. Fue capaz de decodificar la información que el chamán le mandaba.
El chamán sabía por dónde iban a entrar los renos este año. Siempre es un lugar distinto. Le señaló el lugar específico y Juan le hizo caso. Le achuntaron, grabaron unas escenas magníficas de los renos unas horas más tarde con todo el equipo.
Juan nunca volvió a experimentar la telepatía, salvo en aquellas horas en que fue llevado por el hombro, guiado por la mano del chamán. Una persona con una vibración alta puede subir momentánea o para siempremente la vibración de otra persona. Al subir esa vibración, se activan nuevas facultades, como la capacidad de Juan para decodificar la información invisible que el chamán le transmitía.
Gracias Juan, chamán del arte hermoso, por compartirme esta historia.
Volvió a visitarlo en dos ocasiones más antes que el chamán muriera. La segunda vez, apareció frente a su cámara y cantó. Simplemente cantó. Cantó no una canción, sino una canción espiritual.
La tercera vez lo invitó a beber agua del río, y le cantó. Le cantó en la intimidad, con frecuencias que solo quedan ahora en la memoria de Juan, y en la memoria cósmica. Flotando completa a través de hilos desintegrados de información. Pedacitos de hilos que se pueden ir juntando uno a uno hasta completarlos todos, y algún día, recomponer esa canción. Como me decía Wolfgang, el físico teórico del CERN, nada se pierde, todo se transforma, pero también se puede volver a recomponer.
Patricia Domínguez, artista visual, Puchuncaví, Chile.

LA AFECTIVIDAD COMO UN PROBLEMA ARTÍSTICO
Francisca García: ¿Cuándo era que íbamos a conocer a Juan Castillo en el espacio de exposiciones que tenía en Uppsala cerca de Estocolmo, en Suecia?
Mario Navarro: Fue antes del 2002. Tuvimos la suerte de armar un proyecto con mi primo Patricio Aros y otro artista chileno que vive en Suecia, Héctor Z. Siluchi, amigos también de Juan Castillo. Y existía la posibilidad de desarrollar parte de este proyecto en el espacio de Juan Castillo en Suecia.
FG: Sí, tomamos un tren, llegamos a la estación en Uppsala y empezamos a llamar a Juan a un teléfono que nos habían dado, parece que no era el correcto y nadie contestó. Entonces, nunca supimos qué pasó realmente.
MN: Claro y tuvimos que volver a Estocolmo y conseguir un lugar para quedarnos. Finalmente nos quedamos con Héctor Siluchi y empezamos a armar desde ahí el proyecto. Estando en Estocolmo, había un asunto que era súper importante. Y es que, bueno, todo lo que conocíamos de Juan Castillo era a través de los libros de historia reciente del arte en Chile, y de lo que habíamos aprendido sobre su participación en el grupo CADA, además de ciertas cosas que aparecían en el libro de Nelly Richard, Márgenes e instituciones. Por la edad que teníamos, de alguna manera, éramos un poco fan de esos artistas.
FG: Claro, además lo que conocíamos eran casi siempre imágenes impresas de muy mala calidad, como si hubiesen sido fotocopiadas.
MN: También publicaciones que normalmente ellos como artistas hacían. Aprendiendo la historia del arte de Chile siempre a través de fotos o de impresiones, normalmente decíamos: bueno, es que en otros países donde la cultura es más desarrollada, los estudiantes aprenden de la obra ahí mismo, in situ, mirando directamente. Entonces, claro, yo por lo menos tenía la expectativa de conocer a Juan en Suecia, hablar con él, conocerlo, hacerle algunas preguntas sobre sus trabajos, etcétera. Y bueno, pasó esto, que en verdad no nos resultó llegar al lugar donde él estaba.
FG: Y, además, queríamos llenar un vacío intermedio de la información que uno tenía y saber qué había pasado entre esas fotos, esas imágenes como fotocopia y lo que había pasado entre medio con su obra. Saber qué le interesaba o en qué estaba en ese momento.
MN: Saber de primera fuente todo eso, además conocer el lugar donde él estaba trabajando. Entonces, si bien en el proyecto que teníamos allá, él no participaba como artista, a nosotros nos interesaba conocer su opinión, que nos contara sobre su experiencia para abordar este lugar en Suecia.
FG: Además, que desde ahí ya se notaba que había una conexión con Chile que no tenía que ver sólo con su obra, sino también con invitar a artistas a hacer residencia en Suecia, mostrando un lado que también nos llamó la atención. Después, cuando logramos conocerlo, nos llamó la atención su gran generosidad. También su simpleza como artista y como persona.
MN: Además hay un asunto relevante: como no pudimos encontrarlo en Uppsala, fue una gran desilusión. Tuvimos una expectativa que no se cumplió y, por lo tanto, seguíamos conociendo sus obras solo a través de imágenes. Lo bueno, es que por otras razones y en otros momentos tuvimos la oportunidad de conocerlo, conversar con él, conversar en términos más coloquiales, divertirnos… Y bueno, y ahí empezaron a aparecer cosas que tenían que ver con sus obras y con sus imágenes. Aprendí a entender que sus obras no sólo tenían un carácter crítico, sino que había cuestiones emotivas, sentimentales e incluso pasionales.
FG: Sí. Y además, darse cuenta de que no solamente había un discurso único para las obras, sino que todo lo que estaba ahí, desde las palabras, la letra manuscrita, los materiales y los objetos que utilizaba estaban haciendo resonancia de una sensibilidad y de esa poesía que existía también en sus trabajos.
MN: Claro, tal vez lo más importante es que cuando él habla de que no le interesaban los discursos, ni le interesaba la complejidad que normalmente la crítica o la teoría tiende a atribuirle a artistas como él, de alguna forma se lo sacaba de encima expresando que más bien le interesaba una «sencilla afectividad colectiva», que no es una cuestión hippie tampoco, sino que tiene que ver con establecer lazos concretos en momentos críticos con ciertas personas, en ciertas comunidades, en ciertos momentos históricos. Me parece que es una cuestión súper relevante y admirable también.
FG: Sí, yo creo que esa manera de involucrarse en cada uno de los proyectos que hizo, que tenían una conexión con un colectivo, a mí me llama la atención. Como, por ejemplo, cuando estaba haciendo unos proyectos con Galería Metropolitana y arrendó una casa verde por ahí cerca, donde estuvo viviendo un montón de tiempo; o cuando se iba al norte, también por largos períodos. No miraba los espacios desde lejos, sino que se involucraba completamente en los proyectos. Y siempre super entusiasta. Eso me cautivó, me llamaba la atención. Y como siempre, de una manera muy clara y afectiva en esas convocatorias, como si estuviera haciendo un documental.
MN: Entonces tal vez esa forma de hacer sus trabajos es la forma en que Juan Castillo devuelve la mano, “devuelve las imágenes”. Tal vez es ese el asunto poético del que hablaba todo el tiempo. Es decir, TE DEVUELVE TU IMAGEN. Es una imagen colectiva, afectiva, sentimental y, al mismo tiempo, desaparece super rápido. Lo efímero y leve de las cosas. Ese era el problema político en el cual él estaba metido.
FG: Sí, pero lo efímero no está solo en las imágenes. Los lazos y redes de amistades se entrelazan con sus obras y las de otros. Por ejemplo, en 2012 nos estuvimos escribiendo harto, me ayudó a hacer la obra Rötfarg/Pintura roja, que debía mostrar en el Museo de la Solidaridad, la cual incluía una locución en sueco con la voz de su hijo. Esos lazos no son efímeros, sino que son redes que diseñaba, como una gran estructura.
MN: Y tal vez es esa estructura de la que tú hablas la que va a ser permanente.
FG: Sí, eso es lo que llama la atención, tanta gente que sentimos en esta despedida, porque hay un eco en varios tipos de artistas de varias generaciones que comienzan a valorar la afectividad como un problema artístico. Es un asunto en desarrollo, por supuesto. Un desarrollo poéticamente invisible.
Francisca García y Mario Navarro, artistas visuales, Santiago, Chile.

LAS COSAS QUE SE EMPIEZAN SE TERMINAN
A Juan Castillo lo conocí gracias a Claudia Zaldívar, en el MSSA. Con mi pelo naranjo, le conté que vivía en Suecia, me dio el email de Juan y me dijo: ‘Escríbele’.
Juan fue a verme a mi estudio en el Real Instituto de Arte de Estocolmo. Creo que llegó con un catálogo de Dislocación (en alemán). Justo unas noches antes había estado viendo un panel de discusión de Ingrid Wildi sobre Dislocación. Era muy difícil encontrar referentes latinoamericanos por allá.
Cuando se fue, mis compañeros me preguntaron que quién era. Les dije que un artista chileno. Años más tarde, Juan me hacía bromas diciendo que, cuando nos conocimos, solo lo había invitado a un té, que tenía fondeados los tragos.
Coincidimos varios años en la ruta Chile-Suecia, siempre capeando el frío, trabajando, carreteando y conociendo gente. En 2013, junto a María Elena Guerra, organizamos AiR Remote en la casa de Juan, y así conectar artistas de Chile y Suecia para los 40 años del golpe de Estado.
Juan curó la muestra Majamama en el MAC de Quinta Normal, dedicada a artistas chileno-escandinavos, donde expusimos Paula Urbano, Valeria Montti Colque, Miguel Vega y yo.
Una Navidad en Estocolmo le pregunté a Juan qué hacía y pasé a verlo. Tenían la media fiesta con Marie (mamá de su hijo Patrik), Karin (su cuñada, viuda de Kjartan Slettemark) y Patrik. Me alegré de llegar a una familia, porque los suecos no te invitan a pasar la Navidad, aunque uno sea amigo.
Me encantó el ambiente familiar de Juan. Hablando sinceramente, como que me aguaché ahí. Mis amigas chilenas tenían a sus familias en Suecia porque eran segunda generación o habían llegado cuando eran niñas, pero yo no.
Dejando un poco la cebolla, Juan siempre me decía que siguiera adelante sin bajar los brazos, que ‘patá en el ojo’ y que ‘las cosas que se empiezan se terminan’, una frase que Patrik lleva tatuada en el brazo. Su papá le insistió en que tenía que terminar la escuela de cocina sí o sí, y ahora le va la raja.
En Estocolmo hablábamos en chileno en la calle, y a mí me daba risa ver cómo la gente nos miraba un poco asustada. Juan tenía un vozarrón y se hacía notar. Claro que cuando se ponía serio, se ponía serio. Una vez me retó porque le dije que tal vez pensaba hacer un curso de curaduría o un doctorado.
¡Los artistas tienen que hacer ARTE! ¡Esas son puras hueás!’, me dijo, cruzando los brazos, con el ceño fruncido y una especie de puchero. Yo, con el espanto, entré en razón. Y ojo que soy chúcara, pero a Juan siempre lo escuché.
Le cargaban los academicismos relamidos; le gustaban la filosofía, la literatura, la poesía, ‘el rock and roll del arte’. Me prestaba libros impresos o algún PDF, advirtiéndome: ‘No se lo vayas a mandar a nadie, que me mata la Andrea’.
Una vez me mostró una película ochentera filmada en París donde él actuaba. Era de súper bajo presupuesto, y mientras la veíamos me contaba los malabares que hicieron para la producción.
Me compartía anécdotas de todo tipo, algunas en las que andaba al tres y al cuatro, y otras en las que estaba a cuerpo de rey. Eso admiraba yo de Juan: su compromiso vital con el arte, su gusto por atender a sus comensales y el hecho de que nunca se la pasara solo dando clases o encerrado en una biblioteca. Siempre afuera de la academia.
Me marcó mucho Juan. En parte, por su rotundo desafío.
Carla Garlaschi, artista visual, escritora y compositora musical, Estocolmo/Londres/Santiago.
BAILA NO MÁS CON LA FASCISTA
Recuerdo esas semanas que conocí al artista chileno Juan Castillo en medio de las protestas en octubre del 2019, en Valparaíso.
Juan dejó en mí la mejor impresión de todos los artistas chilenos que he conocido, no solo por su obra y sabiduría, sino también por su generosidad, su excelente gusto gastronómico, sencillez y amistad.
Participamos en una exposición juntos en Valparaíso por invitación del curador iquiqueño Rodolfo Andaur, y la complicada situación del paro de instituciones, incendios y disturbios generalizados en la ciudad, un hecho que impidió montar la muestra en las fechas programadas, nos convirtió en compañeros de juerga durante tres semanas.
A Juan lo recuerdo sonriendo con su barba blanca, un abrigo negro y una botella de vino en mano desde el mirador de una casa en lo alto. Me llamó la atención cuando cantaba con cacerolas en medio de una noche de protestas. Algo muy típico en Chile desde la dictadura. A pesar de lo tenso de la situación, se vivía un ambiente festivo y esperanzador, como aquel que precede los cambios sociales.
También festejamos con otros artistas, curadores, gente involucrada en la exposición y otros amigos. Aquella vez yo bailaba con una mujer en vestido verde y tacones que no sabíamos de dónde había salido; ella estaba en contra de los manifestantes y a favor del gobierno criminal y opresor de Sebastián Piñera. Mientras tanto, Juan no paraba de sonreír cada vez que yo bailaba con la mujer. Entre pausas del baile, Juan me decía: “Baila no más con la fascista, quizá con eso cambie un poco sus posturas”.
Descansa en paz, camarada.
Alejandro Gómez-Arias, artista visual, Ciudad de México.
A JUAN
Me quedo con una imagen. Poético, profundamente individual y, al mismo tiempo, maestro del colectivo, del bosque y las callampas. A través de su arte entendí algo de lo que significa estar y ser en el extranjero, de tener distintos hogares dentro de mí misma.
Conocí a la Camila en su casa del norte sueco (gracias por algo tan profundamente importante para mí). Hemos trabajado juntos, compartido amistad y comida, la última vez en Chile, hace apenas un año.
Tal vez tenía cinco años (y tal vez el recuerdo del tiempo es solo una construcción), pero caminé por un pasillo oscuro, con luces encendidas en las casas que luego fueron demolidas para construir Grubbensringen, en Estocolmo. Allí vi pinturas de cera con retratos y poesía de Juan Castillo. Fue una de mis primeras experiencias con el arte contemporáneo.
Juan vivió aquí desde mediados de los años 80 y parte de su familia sigue en este lugar. El reconocimiento en estos rincones del norte no está ni cerca de la altura de su impacto. Sin embargo, ha estado presente en mi vida desde mi niñez, primero como amigo de la familia y luego como amigo y colaborador.
Te doy las gracias.
María Elena Guerra Aredal, curadora, Estocolmo, Suecia.
LAS COSAS QUE MERECEN SER DEFENDIDAS
Conocí a Juan Castillo en mayo de 2018 en el Centex de Valparaíso. Buscaba un espacio para una gran muestra que abordaba la memoria histórica del exilio, basada en su propia experiencia. En ese momento, la idea ya estaba proyectada y sirvió como base para recopilar las cartas necesarias para postular a un fondo público.
Desde el primer contacto con Juan, ya fuera por correo electrónico, teléfono o en persona, sentí esa sensación que acompaña al encuentro con un gran artista: la sencillez y la bondad que emanaba de su manera de vincularse con el mundo. Su presencia fue humilde y generosa, un reflejo de su visión del arte y la vida.
Aprovechamos la presencia de Juan en la región, en una de las tantas y frecuentes visitas que realizó, para coordinar la proyección de dos documentales que resumían su legado artístico: Te devuelvo tu imagen, una colaboración con Gabinete, proyecto audiovisual dirigido por Felipe Ríos, y Juan Castillo, Artista Visual, dirigido por Sergio Albornoz. Ambos trabajos ofrecían una ventana única a su visión y a la profundidad de su arte.
Tras la proyección de los documentales, organizamos un espacio de conversación con los/as asistentes. Este encuentro íntimo y honesto convocó principalmente a jóvenes creadores de Valparaíso. Juan Castillo, con su siempre genuino interés, se mostró dispuesto a conocer en profundidad las ideas de los/as artistas y autores/as de la ciudad, buscando comprender, desde su humildad, el pulso creativo que emergía en ese momento en la ciudad.
Durante sus estancias en Valparaíso, nos reunimos varias veces para abordar los aspectos administrativos y técnicos del montaje. Sin embargo, más allá de los detalles logísticos de la exhibición de su obra, Juan mostró un continuo interés por involucrarse en las actividades artísticas que sucedían en ese momento, vinculando el trabajo con espacios más informales, aquellos que albergaban propuestas sobre todo de jóvenes creadores/as.
Juan Castillo fue de esas personas cuya manera de trabajar otorga un sentido más profundo a todo lo demás. En un ámbito como la gestión cultural, donde lo urgente muchas veces opaca lo esencial, su presencia nos recordó que existen valores y formas de hacer las cosas que merecen ser defendidas. Y en eso radica, sin duda, su legado.
Rocío Douglas, gestora cultural, Viña del Mar, Chile.

A JUAN CASTILLO
trencé una piedra
con tus fantasmas
mi padre ha muerto
llegó la hora de disolverse
los dolores se repiten
ya nadie nos contiene
en su memoria
yo llegué a usted sin esperanza
algunos vieron silencio
donde había un cuerpo
pero tu espalda de cerca
fue hortalizas
frutos
flores
un jardín
tu sombra cruza río arriba
tu dios está dormido
no hay descanso
prometiste volver a prender fuego
para mirar juntos
el desierto
el desierto tuyo
así guardo la corteza
de tu letra
somos sólo fósforos
en tu desierto negro
Victoria Jolly, artista visual, Ciudad Abierta, Chile.
JUAN CASTILLO DEL DESIERTO DE ATACAMA
Conocimos a Juan a través de una colega, en los preparativos para el Tercer Laboratorio de Artes Gráficas del Desierto de Atacama. Juan iba a guiar mentorías sobre la creación en nuestro desierto. Nuestra primera impresión fue de estar frente a alguien que conocía muy bien el desierto, que sabía de sus pampas y de cómo vivimos aquí. Tenía el mapa de la región en la cabeza: las oficinas, Calama y Chuqui, los pueblos del alto Loa, las largas distancias y, por supuesto, al Licancabur.
Nos contó sobre la primera vez que viajo hasta San Pedro de Atacama, siendo muy joven aún, la impresión que le causó la cordillera de Los Andes y este mallku que nos mira cada dia.
Conocía muy bien nuestro trabajo, nuestros nombres y demostró mucho interés en lo que hacemos, cosa muy extraña en artistas visuales de este país. Estaba feliz de encontrarse con artistas jóvenes del norte, y así fue como Juan guío aquí dos mentorías sobre pensamiento de obra. En su relato, nos llevó a las salitreras, su infancia y sus recuerdos de la ebullición artística de Antofagasta. Nos contó de Pedro de la Barra y del maestro Bahamondes; parecía hablarnos de otro país, muy lejos de lo que es el arte hoy en día en esa misma ciudad. También nos invitó a soltar la mano, a pensar en los objetos que nos rodean y en lo que contienen, o cómo nosotros contenemos –como vasijas– las memorias y la vida de tantos que hicieron posible que hoy estemos aquí.
Es increíble pensar en la admiración que tenía Juan por los más jóvenes; parecía que, en cierta medida, se espejaba con cada unx de los que estuvimos ahí. Humildad a prueba de todo, claridad y aliento a cada desparpajo.
Una vez nos encontramos en nuestro taller, para comer lentejas y tomar vino. Fue un encuentro poderoso para nosotrxs. Nos alentó a seguir e insistir desde este lugar, defender nuestro trabajo como una trinchera. Nos agradeció mucho el abrir las puertas para él. Aún no podemos caer en cuenta, pero el honor fue enorme.
La última vez nos encontramos en Antofagasta, en el marco de una exposición en el Museo Regional. Juan fue parte del conversatorio inaugural de la muestra y, entre otras cosas, nos habló del fracaso, de poner nuestra atención en eso, de la ilusión del éxito y la pesadilla de la idealización. Cenamos y hablamos nuevamente del desierto, de Suecia, de amigxs en común, y nos despedimos como siempre, entre tallas que quedaron en la mesa de Avenida Angamos.
De Juan podemos imprimir que siempre hay que volver al Desierto, siempre ver la pampa y pensarse en ella, que es nuestra casa y nuestra madre.
Gracias Juan Castillo del Desierto de Atacama, ¡hasta siempre!
Laboratorio de Artes Gráficas del Desierto de Atacama (Carla Sobrino y Hernán Liras), Ayllu de Solor, Chile.
BUENAS NOCHES, JUAN
La última vez que Juan Castillo y yo hablamos fue el 9 de noviembre del 2023. Nos llamamos por teléfono y hablamos una hora y veinte minutos, según registra el hilo de WhatsApp. Recuerdo bien esa conversación Teníamos mucho que chismear y nos echábamos de menos (no nos veíamos desde el 2022).
Sentipensando tu partida, trato de alcanzar la memoria de cómo fue que llegaste a mi vida. Por unas largas horas no lo puedo recordar. De pronto, me inundo de nuestras aventuras. Viajo en mi memoria a Suecia, Noruega, a la IV y V región. De pronto, veo la figura de Kjartan Slettemark. Estábamos juntes cuando murió, el 13 de diciembre del 2008, en medio del montaje de la muestra retrospectiva que le curaste en M100, poco después de que yo llegara a trabajar ahí. ¡Con tanta devoción te dedicaste a la obra de otres!
Recuerdo cuando todavía fumabas. Nos sentábamos en el balconcito del segundo piso de tu casa en Sverje a ver caer la noche blanca en esos eternos días de verano nórdico. Bajo ese cielo, tú me instruías, quitándome velos de ignorancia asociada a mis destierros (y los tuyos). Juntes, hacíamos sentido de la experiencia de la diáspora, del exilio, del paisaje, de la (im)pertinencia. Clases maestras de historia del arte chileno recibí de tu boca, también, tallarinatas con setas que jamás podrán borrarse de mi paladar.
Durante mis largas residencias en tu casa de muchos pisos, descubrí tus colecciones y herramientas, que siempre soltabas con ese desapego material tuyo. Libros de botánica, alambiques y recolectores de frutos del bosque se empezaban a acumular en mi esquina dentro de tu taller. “Brujita Curandera”, me dijiste una vez.
Me alegré siempre de haber sido la persona que te presentó a Juan Pablo Langlois Vicuña. Ser testigo de dos hombres grandes haciéndose entrañables amigos fue uno de los muchos regalos que me dieron “mis viejitos”; así es cómo me gustaba decirles, por respeto (¿o falta de? no sé). Era para manifestarles la ternura que tanto afloraba en nuestros intercambios.
Sentades por horas interminables, conversando en tu casa o en la mía. Sonrío al pensar que ustedes dos me ayudaron a rediseñar esa casita papudana mía, dibujando fantásticos planos en servilletas que, tras nuestras visitas a la Cuidad Abierta, yo le presentaba a los maestros que me acompañaban en la reconstrucción. Nos sincerábamos los tres.
También lo hacíamos en esos viajes eternos nuestros, atravesando en auto los bosques suecos, donde siempre manejaba yo, mientras tú buscabas hongos, y Juan Pablo, cuando estaba con nosotres, iba sentado atrás, a la escucha, curioso, cuerpo blando. Ahora los dos me van a hacer falta. Mis viejitos.
Al escribir(te) tras tu muerte, brilla en mi percepción, como el fuego de tus propias obras, la más destacadas de tus cualidades:
la amistosidad
sin fin,
nuevas y viejas
sumándose
a tamaño corazón.
tu
transparencia
ahí te aprendí,
con la Lotty
con Marie.
tu
¡te abres!
como pocos
una
y otra vez.
tu
ahora que no te puedo oler
¿cómo será nuestra amistad?
Camila Marambio, curadora, Las Lunas, Borikén, Puerto Rico.

UN NUEVO HEXAGRAMA HA NACIDO
Suelo consultar el I Ching, el texto oráculo que habla de mutaciones regidas –aunque pueda sonar paradójico– por el constante cambio que experimenta el universo. Y, consecuentemente, cada una y uno de nosotras y nosotros. Cuando se nos revela su resultado, obtenemos un hexagrama que puede llevarnos a distintos conceptos en torno a acciones y recomendaciones seguidas por un dictamen. Reunir, resurgir, compartir, iluminar, oscurecer, alejarse, actuar, estimular, crecer y acometer son de las primeros que se me vienen a la mente en relación a los pronósticos. Tienden a guiar el camino hacia un lado o el otro.
Al pensar en Juan Castillo pienso en reunión, amistad, generosidad, irradiar o inspirar. En tantas otras cosas también. Lo que nos entregó para quedarse es tan inmenso que imagino que se ha creado un nuevo hexagrama, indescriptible.
Mi memoria ya está un tanto frágil y no puedo recordar bien cómo fue que coincidimos. Pero sí me acuerdo de lo que mi propia narrativa dice, en la que nos encontramos en un bar en Santiago para conversar acerca de su trabajo, pensando en una publicación final de un texto para Rotunda Magazine.
Su cuerpo de obra se desplazó a través de todo nuestro diálogo, pero a la vez fuimos recorriendo e intercambiando experiencias, pensamientos, sentimientos. Su espíritu se me revelaba, tal como él decía que lo hacían las imágenes con él. Escribir acerca de “Castillo” –al igual que ahora– me impidió quedarme sólo en la reflexión de la práctica artística que, a veces, se puede volver un ejercicio un tanto estático o aturdido, y fui guiada por palabras que trataban de dar cuenta de toda una vida.
Es por eso que ahora no intento analizar o describir sus creaciones. Eso puede venir más adelante con calma y “paños fríos”. Y es que, como con tantas otras personas (porque para Juan esto era esencial, atravesando su historia y obra), la amistad empezó a gestarse para continuar en otras e inesperadas maneras. Es desde ese lugar en el que intento hacer este relato.
En ese tiempo me encontraba en el desarrollo y filmación de Gabinete: Arte Contemporáneo en Chile, una serie documental sobre artistas visuales chilenas y chilenos dirigida por quien se convertiría en un querido colega y compañero de ruta, Felipe Ríos Fuentes. Conversamos acerca de invitar a Castillo a ser parte del proyecto y protagonista de uno de los capítulos, lo que implicaba más y más conversaciones y tiempo compartido. Obviamente, se hicieron grandes amigos. Esto marcó el comienzo con una especie de mística que no solamente impregnó a la serie, sino que también a las y los que fuimos parte.
Seguimos con cenas y encuentros en los que siempre se encargaba del menú. Era un gran chef que nos convocaba a conversar, pero también a discutir. En definitiva, todo lo que hiciera que nos relacionáramos. Otras amistades se iban desencadenando y así fuimos siendo atravesados por algo así como su premisa, en la que intercambiar visiones y compartir afectos era más importante que cualquier regla o fundamento artístico.
Seguimos compartiendo con Juan y Felipe a propósito de la serie, y de la amistad ciertamente. En el año 2019 tuvimos la oportunidad de encontrarnos en Europa, primero en Madrid gracias a la invitación y gestión de la curadora Andrea Pacheco, quien nos recibió en la Residencia de Investigación FelipaManuela, para luego tener el honor de estrenar el proyecto documental en el Centro de Creación Contemporánea Matadero Madrid.
Entremedio de un recorrido de presentaciones, pasamos por lo de Juan en Svedje, Suecia, para olvidarnos del tiempo, abandonar un poco quienes éramos, y así poder encontrar el rumbo otra vez gracias a conversaciones de horas, días. Sí, días porque no había noche. Pero esas historias me las guardaré y atesoraré en mi relicario imaginario.
Juan me reveló tantas cosas, tal cual hexagrama que me dice que el cambio no para ni un solo segundo, que todas y todos nos hacemos y rehacemos continuamente por las otras y los otros, y que nos modificamos, nutrimos y crecemos desde el intercambio, generosidad y cuidado con y desde todo lo que nos rodea.
Carolina Martínez Sánchez, gestora cultural e investigadora creativa, Santiago, Chile.
ANÉCDOTAS CON JUAN CASTILLO
Anécdotas con Juan tengo muchas, ya que nos conocimos en 1985 en Estocolmo. Trabajamos juntos, viajamos a Brasil durante semanas para realizar un documental. Nos fuimos de carrete juntos, nos peleamos, nos abrazamos otra vez, como es la vida, en fin.
Pero mi última anécdota con Juan fue el sábado 18 enero del 2025. Habíamos estado en contacto durante gran parte del proceso de su enfermedad, a veces no contestaba, pero hace 15 días me llamó para preguntarme si yo podía hacer unas fotografías de su estado de salud.
– “Las fotos se van a incluir en el catálogo de mi exposición en abril” – me dijo Juan.
Llegué allí donde él estaba, nos abrazamos y hablamos un rato. Rápidamente él saco su libreta de anotaciones y me mostró como él se había pensado en las fotos. Lo escuche atentamente. Aproveché el entusiasmo y energía, monté la cámara en el trípode y empecé a tomar las fotos.
En un principio él quería que se viera cómo la enfermedad había afectado su cuerpo, pero a medida que yo hacía las fotos y lo escuchaba me iba dando cuenta de que su cuerpo era una cosa, y que su mente era otra completamente diferente. Juan estaba completamente claro en su obra y en su mente, con una presencia total y decidida.
Después de hacerle las fotos, me pregunta:
– ¿Y esa cámara también puede filmar?
– Sí, claro – le respondí.
– Entonces aprieta el botón po’ weon – me dijo con efervescencia.
Cuando comencé la toma, Juan comenzó a entonar One more time, one more time, pero en sueco, en un enredo de idiomas, carcajadas y alegrías espontáneas. Al final, terminamos todos juntos, Juan, Patrik, Marie, Karin y yo cantando “una vez más, una vez más”. Era muy típico en Juan hacer algo irónico, incluso hasta el final.
– Si po’ amigo, el proyecto se fue para otro lado – me dijo. Ahora el proyecto se llama “el final no es el final”.
Estas fotos serán incluidas en su proyecto final.
Gracias Juan. Gracias amigo.
Felipe Maruri, fotógrafo, Estocolmo, Suecia.
QUERIDO JUAN
Es difícil encontrar palabras para escribirte ahora que has partido. En estas líneas intento sostener la inmensidad de tu arte, la calidez de tu espíritu y la profundidad de tu humanidad. La tristeza de tu ausencia es grande, pero más grande aún es el legado que dejaste en quienes tuvimos la fortuna de conocerte.
Fuimos hermanos del mismo desierto, ese vasto y silencioso territorio que tanto te inspiraba. Allí comprendí que eras un creador en el sentido más amplio y generoso de la palabra. No sólo transformabas los materiales y las imágenes, sino que también eras capaz de transformar a las personas. Hacías que cualquiera se sintiera bienvenido en tu mundo, con tu mirada atenta, tu curiosidad sincera y tu bondad que irradiaba en cada gesto.
Me recuerdo hablando contigo de la memoria y la imagen, de la fragilidad de lo que creemos sólido y la persistencia de lo efímero. Tu inteligencia era una chispa constante. Pero lo que más me conmovió de ti fue tu humildad. Nunca te colocaste por encima de nadie ni alardeaste de tus logros. Tu generosidad era tan natural como el aire, ofreciendo sin reservas tu tiempo, palabras y arte a quienes te rodeaban.
Eras un creador de imágenes, sí; pero también un tejedor de vínculos, un constructor de diálogos, un soñador de otros mundos posibles. Cada obra tuya era una invitación a mirar de nuevo, a pensar diferente, a descubrir lo oculto en lo cotidiano. Sabías encontrar significado en lo olvidado, poesía en lo simple.
Aquella vez en el desierto, hablaste de cómo la luz se filtraba entre los cerros, de cómo el tiempo deja su huella en las cosas. No querías explicarlo todo; querías que cada uno encontrara su propia manera de ver. Y esa fue una de las más grandes enseñanzas que nos dejaste: aprender a mirar con otros ojos, a encontrar en lo cotidiano lo inesperado.
Hoy, al escribir estas líneas, vuelvo a ese instante. Vuelvo a verte en el desierto, con el viento removiendo el polvo a tu alrededor, con tu sonrisa cálida y tu mirada inquieta, siempre buscando, siempre creando. Y aunque duele saber que ya no estás físicamente con nosotros, me consuela pensar que tu espíritu sigue vivo en cada imagen que creaste, en cada conversación que tuvimos, en cada semilla de arte y pensamiento que plantaste en tantas personas.
Gracias, Juan, por tu generosidad sin límites, por tu arte que nos desafió y nos conmovió, por tu humildad que nos enseñó que la grandeza verdadera reside en compartir, en escuchar, en construir juntos. Nos dejas un vacío enorme, pero también una herencia preciosa: la de seguir creando, la de seguir mirando el mundo con la curiosidad y la pasión que tú nos enseñaste.
Hasta siempre, querido amigo. Nos reencontraremos en algún otro paisaje, en alguna otra imagen, en alguna otra luz que atraviese el tiempo y el espacio.
Con amor,
Juana Guerrero, artista visual, Iquique, Chile

COMO LA VIDA DE UN ALQUIMISTA
Recolector, cachurero, curandero, cocinero. Pareciera ser que Juan Castillo fue una persona con muchos rostros, como su obra misma. No solo uno de los más grandes artistas chilenos de este último tiempo, sino que un incansable transformador de realidades.
Poniendo siempre en cuestión la manera en que nos relacionamos, nunca importó mucho si estaba aquí o allá, de viaje o en casa, su mirada única seguirá permitiendo que podamos modificarnos, salirnos del lugar en que estamos para mirar de costado, reubicar nuestras emociones (Ritos de paso), transformarnos de una cosa en otra (Frankenstein), volver a digerir, una y otra vez, nuestro propio contexto (Te devuelvo tu imagen), superponer miradas (Geometría emocional), desde un lugar inagotable de ideas (Otro día).
Juan nos mostró la posibilidad de que una persona pudiese habitar tanto desierto como bosque, tanto sur como norte, frío como calor, mar como montaña con el mismo ímpetu, con la misma insistencia sobre el paisaje.
Para mi, siempre será en la intersección de sabores y cuidados donde nos encontramos. En el gesto minucioso de recolectar hierbas para mezclarlas con otras y poder sanar una herida; en la recolección de setas, una de sus grandes pasiones, por días, semanas, para cortarlas, sacarles la piel, secarlas, transformarlas en alimento, en platos sabrosos que nuevamente podían transmutar hasta el mas triste de los ánimos.
Como la vida de un alquimista, recolectaba relatos, copas, trozos de tela y hierbas; las dejaba podrirse, cambiar de estado y convertirse en otra cosa. Transformaba el té en tinta, el muro en cuaderno, la piedra en señal, el rostro en identidades.
Jennifer Mc Coll Crozier, directora centro NAVE, Santiago, Chile.
EL ÚLTIMO PROYECTO
Pude compartir con Juan Castillo en su último viaje al desierto de Atacama en noviembre del 2024, a donde llegó para que realizáramos las instalaciones y registros de su último proyecto Fondart, Toponimia, en el que colaboramos con Rodolfo Muñoz.
Habíamos planeado hacer un recorrido por diferentes lugares de la región de Antofagasta que llevan en su nombre el vocablo Toco en lengua kunza, como Tocopilla, Pampa El Toco, Cerro Toco o Toconoao, por ser una toponimia que se encuentra transversalmente desde el mar hasta la cordillera.
También Toco (Tockol, Tockor o Tocknar) le atrajo por sus múltiples significados: quebrada, hondo, piedra y peña, todas estas características del desierto. A su desierto de piedras, él le agregaba su mejor hondura y profundidad.
Llegó a Antofagasta con un estado de salud muy delicado: le costaba caminar y respirar, se cansaba muy rápidamente. Su mente, sin embargo, era ágil, aguda y siempre curiosa, abierta siempre a incorporar nuevas ideas. Tenía una excelente memoria y era un gran conversador. Una mente e imaginación que parecían no tener límites, y que obligaban a su cansado cuerpo a hacer viajes no recomendables.
Entendí entonces que sólo su profundo amor por el desierto y por su vocación artística era lo que lo tenía en ese momento porfiando por terminar lo que hoy es su última obra. Me estremeció profundamente ver esa inmensa voluntad y fortaleza psicológica; ver lo que lograba hacer el arte, su arte, en él mismo, cómo se rejuvenecía, aunque su edad y su cuerpo delataran su tremendo cansancio físico.
Además, comprendí en ese momento que era la memoria de su vida y de su tiempo de lo que principalmente debíamos conversar y registrar en esos largos viajes en auto por el desierto. Una cuestión que le propuse el primer día que nos juntamos, y estuvo de acuerdo.
Así nos fue contando sus historias de infancia en el desierto, de cuando hizo excavaciones de momias en Hornitos en su juventud, de la influencia de los artistas antofagastinos en su decisión de dedicarse al arte, como lo fue el rector de su liceo, el escritor Mario Bahamonde. De la luminosa escena artística en los sesenta en Antofagasta en comparación con la actual, de los artistas en Chile, de sus amistades y de las no tanto, de su ida a Europa y su llegada a Suecia, a su bosque nórdico, entre otros muchos temas. Su memoria mostraba de paso su gran inteligencia, humildad, generosidad, humor y grandeza.
Me repitió varias veces que el desierto era lo único que consideraba su patria. Ahora logro ver que este, tu último viaje, fue para despedirte de aquello que llamaste patria. En resumen, como en tu vieja/nueva obra, Te devuelvo tu imagen, ahora eres tú quien finalmente nos devuelves tu imagen.
El arte nunca muere amigo, como bien lo sabías. Aquí seguirás viviendo…
¡Que en Arte Descanses (Q.E.A.D)!
Gonzalo Pimentel, arqueólogo, Fundación Desierto de Atacama, Ayllu de Solor, Chile.
¡UN HASTA SIEMPRE!
La primera vez que supe de Juan Castillo fue en un artículo escrito por Ximena Narea en Heterogenesis, la revista en la que ella era directora. La revista me la había regalado Juan Carlos Peirone, un artista visual de origen argentino. En aquel artículo, aparecía una fotografía en blanco y negro muy reticular. Castillo posaba relajado y sentado sobre un televisor en vertical. La mirada fijamente clavada a la cámara captaba su performática actitud.
– ¿Quién es? – Le pregunto a Peirone.
– Es un conceptualista shileno – me respondió.
Unas semanas después, Ximena Narea me invitaría a participar en un workshop de video y arte con Juan Castillo. Tres personas se inscribieron en el curso y desde aquel instante tuve la oportunidad de entablar una amistad que duró décadas con un artista que fue de una enorme generosidad conmigo.
Un par de meses después de ese primer encuentro con Juan, el verano se acercaba a Escandinavia. Fue en aquel instante en que Castillo me llamó por teléfono para invitarme a una exposición.
– Con muchísimo gusto asistiré – le respondí.
Luego, por curiosidad, le pregunté:
– ¿Cuál es el título de la exposición?
– Homenaje al Cuadrado – me respondió.
– Nos vemos pronto entonces! – le respondí con ánimo.
– Si – me respondió con su particular generosidad.
Patricio Aros, artista visual, Lund, Suecia
Miguel Vega, Copenhague, Dinamarca.
TE DEVUELVO TU IMAGEN, JUAN. NECROLÓGICA SOBRE UN SER VIVIENTE
Sobre nuestras cabezas sopla la muerte abominable
Miklos Radnoti, poeta húngaro, asesinado por los Nazis.
Juan ha muerto, pero sólo de manera temporal. Para aquellos de nosotros que tuvimos el privilegio de conocerlo, su esencia permanece viva, inquebrantable, grabada en nuestros corazones y mentes. Su partida no es más que un leve susurro en el río del tiempo, porque Juan renace constantemente en el eco de sus obras, en el recuerdo del arte y en el calor luminoso de la verdadera amistad.
Personas como Juan son raras, tan excepcionales como las estrellas que no sólo brillan, sino que nos guían. Y si no existieran, como bien dijo el poeta, estaríamos obligados a crearlas para no perder el sentido más puro de lo humano.
Hoy, Juan Castillo nos ha dejado tras un breve periodo de sufrimiento, pero su ausencia no es más que una ilusión. Mientras nuestros recuerdos lleven su huella —y estos recuerdos son imborrables—, Juan seguirá presente entre nosotros.
No fue solo un artista extraordinario, cuya obra por sí sola bastaría para inmortalizarlo, sino también una persona única. Su generosidad, su inteligencia y su profunda sensibilidad dejaron marcas indelebles en quienes tuvimos la dicha de caminar a su lado.
El recuerdo de Juan no es sólo un homenaje; es un faro en la historia del arte latinoamericano, un legado que trasciende la esfera creativa para tocar lo más esencial de lo humano. Encarnó lo mejor de una cultura que es al mismo tiempo ancestral y eternamente nueva. Su partida no es un adiós definitivo, sino una pausa en el diálogo perpetuo que nos ofreció con su talento, su bondad y su inagotable capacidad de dar.
Decir que Juan nos ha dejado sería limitarlo, reducir su infinitud.
«Me ausento un tiempo, pero regreso», podría ser la frase que mejor define su paso por nuestras vidas, porque su presencia nunca ha desaparecido ni lo hará jamás.
Estas palabras, que ahora escribo con emoción y temblor, no son sólo mías; parecen susurradas por él mismo. Son suyas, nuestras, dictadas desde un lugar donde el tiempo y el espacio carecen de límites.
Gracias, querido amigo, por tu arte, por tu humanidad, por el privilegio de haberte conocido. Volveremos a encontrarnos, si no en esta vida, en alguna otra, porque un alma como la tuya jamás se pierde en la eternidad.
Hasta siempre, querido Juan. På återseende.
Alfredo Castro, artista visual y curador, Umeá, Suecia.

CARTA A JUAN CASTILLO DÍAZ
Cuando pronunciamos este nombre, en general tan sencillo para la población, algo se nos remueve en el circuito del arte. Se nos viene a la imagen un rostro rudo, salvaje, casi porfiado. Una expresión de resistencia con facciones sensibles. Es como vislumbrar a un hombre lleno de historias, recuerdos por descubrir, ciertas e inventadas.
Juan decía que el arte estaba para generar más preguntas que respuestas… y eso era precisamente lo que contenía su figura. Un submundo intrigante, condensado en gestos seductores y graciosos. Un alma animada por la palabra, el concepto, en búsqueda de la experiencia, o bien en la interpretación de los hechos.
Qué raro sería escuchar a Juan sin cuestionar o hacer uso de la letra errante, de aquellas que solo exhiben los trotamundos a la hora de interponer, especular y vitalizar el espacio; y, desde luego, aprovecharse del tiempo.
Juan decía que cada palabra que se inventa es un poema, y justamente es lo que siempre encontramos en su conversación. La capacidad por ensayar el mensaje mediante la retórica, el verbo o simplemente la memoria.
Es ahí donde nos tropezamos con Juan. En aquellos apuntes fantasiosos del desierto. En esas descripciones inusuales que solamente un paisaje así podría hacerte alucinar. Y no necesariamente por medio de ilusiones bajo el sol, sino que a través de su propia historia que, de alguna u otra manera, está atravesada por ideales hipnotizantes, muchas veces para no creer.
Coincidimos con Juan a la hora de tomar el té. Encontrarse bajo el atardecer, a la mañana, por las noches. Pero al esperar el agua caliente al mismo tiempo estamos recalentando la (in)fusión. Esa mescolanza que nos invita a cocinar colectivamente una bebida única, a través del menjunje de hierbas, raíces, hojas y frutos, que nos llevan a encontrar la unión y la fuerza que necesitamos para animarnos, mediante sorbos calientes de diálogo sobre las injusticias y, al mismo tiempo, el goce permanente por sus aromas pampinos.
Pareciera que fuera una representación romántica o un cuento pretensioso, pero quien vive el desierto y sus tierras nortinas, sabe lo que realmente significa el rito del té.
Juan decía que cada vez que consumía té, donde estuviese, evocaba su vida en la pampa. Que el té estaba en todos lados, y eso hacía de este producto una bebida abrigadora. Un brebaje distinto, con historia, estrategias, contradicciones e integraciones. Algo así como un extracto de liberación y colonialismo al mismo tiempo. Una poción densa que intenta materializar sueños y deseos.
Entendemos que Juan nunca dejó su paisaje. Que, a pesar de haber salido de su rebaño, su infancia se quedó entre las piedras bajo el sol que lo crio. Que el nacimiento de toda poesía está aquí, entre quienes convivimos con el espectáculo del aislado y fértil desierto.
Es por eso que hoy estas más presente que nunca, querido Juan. Entre los vientos que siguen golpeando las calaminas, los remolinos arenosos al atardecer, los fríos de las noches estrelladas y, por supuesto, en el calor del té con hierbaluisa, o simplemente en el ardor de un té con té.
Gracias por tu trabajo Juan, admiramos tus interpretaciones, tu energía.
Tu pasión por hacer de la conversación una fiesta, por demostrarnos que el norte está vivo y que quien transforma la palabra en fuego, hace del vestigio una calidez.
Colectivo CAPUT (Loreto González Barra y Camilo Ortega), Caleta Río Seco, Chile.
UNA PICANTERÍA
Juan Castillo era consistente. Su trato sin jerarquías, esa forma de poner la misma atención a un curador internacional que a un estudiante de arte, será siempre un ejemplo de su profundo compromiso político con el arte y la vida.
Voy a echar de menos nuestras largas conversaciones en torno a un plato de comida que preparabas con tanto esmero y una botella de vino, mientras reías y decías que el mundo del arte era una ‘picantería’.
Alejandra Prieto, artista visual, Melipilla, Chile.
JUAN CASTILLO POR ANTOFA
Lo busca Juan Castillo. La primera impresión fue de un hombre que venía de la playa. Con chalas tipo condorito, polera, short y barba crecida. La escena fue en el segundo piso del diario El Mercurio de Antofagasta, en los primeros años del nuevo siglo. Juan Castillo asumía que en ese momento su obra era casi desconocida en Antofagasta, entonces, a modo de broma, me sugirió un par de títulos para encabezar la nota de prensa como “El retorno de un desconocido artista que vive en Europa”, y cosas así.
Fue grato dialogar ese mañana veraniega con uno de los artistas chilenos más trascedentes del último tiempo, un hombre sencillo, llano, conocedor de las picadas para comer cojinovas y dorados. Hablamos del basural de La Chimba, los vaivenes políticos de Antofagasta y el estado del arte en la ciudad. El terminó haciendo las preguntas.
Juan Castillo, en esos viajes a su ciudad natal, venía a reencontrarse con el desierto y el mar, y a la vez a curiosear y observar desde su mirada artística lo que estaba sucediendo. La nota impresa fue encabezada con: “Juan Castillo se reencuentra con Antofagasta”. No faltó el colega que preguntó quién era ese chango.
Rodrigo Ramos Bañados, escritor, Antofagasta, Chile.

LA MALETA
La maleta que dejaste aún conserva la etiqueta del vuelo que te llevó a aterrizar en nuestra casa aquel noviembre. Hoy, ese objeto se transforma en metáfora, igual que las tuyas, cargadas de esa potencia que refleja la inmensidad poética de tu trabajo. Esta partida tan veloz se nos vino encima llena de inconclusos: la visita en coche a Suecia, el comernos las setas del bosque alrededor de tu casa, los vinos, los proyectos vigentes y futuros, poner en común nuestros procesos actuales, y varios más.
¡Fantástico!, decías con esa sencillez y humor que nos atravesó y sobrevivirá, cuando planificábamos algo. La gata y la perra ya no podrán llamarte a escondidas para contarte sobre sus marchas reivindicativas por más comida, y tú ya no podrás transmitirnos las misivas de reclamo. Te vamos a extrañar mucho Castillo, sobre todo las llamadas y mensajes, siempre atento y siempre risas, a pesar de la salud que poco acompañaba en este último tiempo.
Nos quedamos con tu imagen escribiendo sobre las calles de Madrid, y con el último adiós en ese taxi cuando nos vimos en Chile. Pero, sobre todo, nos quedamos con esta maleta que cargamos de amistad, afectos y memoria sobre la gran persona que eras. Cercano y amigo de tanta gente que te quería.
Siempre con nosotres.
Hasta pronto compañero.
Colectivo Todo por la Praxis (Jo Muñoz y Diego Peris), Madrid, España.
JUAN MAESTRO
Juan: Tus noticias siempre llegan como sorpresas que se van desenvolviendo de a poco, como esta que aún no terminamos de decantar y que intuimos seguirá cantando en la voz de tu risa generosa y tu afán deseoso de compartir tus experiencias de vida y de artista. Tanto conocimiento compartido con quienes estábamos aproblemados y reflexivos en nuestros intentos relativos “al arte”.
Es normal ponerse triste ante la partida de un amigo, pero esta vez algo en nuestros corazones nos dice que mejor no estar cabizbajos. Mejor recordar la sonrisa amiga en la conversa eterna, el bufido largo, tierno y satisfecho luego de terminar los platos sabrosos, el tintinear de las copas en el encuentro al compartir buenos mostos, las reflexiones respecto al ser humano y esas operaciones visuales de hacer encuentros, relaciones, mapas o “gestos pequeños”, para que cada humano construya/sienta/resuene un mundo enorme: sus propios y bellos mundos. Nada tenemos que decir, sólo ofrecer. Toda esa memoria nos emociona, nos saca una sonrisa amorosa.
Dicen que todo llega a su tiempo. Nosotros te conocimos unos tres o cuatro años antes de venirnos a la punta del cerro. Fue una noche maravillosa, emotiva, potente, cariñosa e intensa. ¡Tanto hablamos de migraciones! Hoy migramos hacia adentro, hacia la montaña sureña, hacia nosotros mismos… Hoy migramos también hacia tu recuerdo.
Gracias por habernos confiado la restauración del anillo de tu padre. Nos honraste. No fue “un gesto pequeño” tuyo. O tal vez no fue tan pequeño para nosotros… Nos dio también una buena brújula a nuestro hacer.
Hemos recordado tanto estos dos últimos días esa calma sabia, humana, pampina tuya. Todo a su tiempo, cada día tiene su afán. La tranquilidad de la montaña será tal vez parecida a las temporadas de nieve en tu casa al norte del norte, de tu cabaña de retiro y haceres. Recordar verte despertar en nuestra casa, para un desayuno cariñoso y soleado nos conecta con esa memoria.
¡Que sigamos pues cultivando los “gestos pequeños”, los haceres mínimos, lo humilde y cariñoso, lo generoso! ¡Lo poco y mucho que somos, que compartido sea!
¡Que la pampa polvorienta reciba tus cenizas en tu descanso, que nuestras almas no olviden tu amistad y enseñanza!
¡Te quedamos debiendo el Nacional, una visita a la montaña y el descorche de los mejores mostos!
Seguirás desde allá/acá siendo un mentor amigo, seguirán resonando en nuestro corazón y en el de nuestros alumnos tus bendiciones de abuelo/amigo/colega que nos diste cuando la escuela cumplió 10 años con esta idea loca de entregar “lo aprendido/lo forjado” en la experiencia e investigación del oficio de la orfebrería. Sentimos que quisiste ser parte de ese enseñar/compartir amplificando tu mensaje para todo el que quisiera aprender a “saber hacer” con esa hermosa manera que nos hizo sentirnos acompañados en esta vida que elegimos andar/hacer.
¿Cómo recordar la memoria de un hombre humilde, grande y generoso? Con humildad y generosidad.
Vivirás entonces en nuestras mentes y manos, en los archivos y en nuestra obra, que esperamos sean cada vez más “gestos pequeños”.
¡Abrazo, salud y gracias, Juan Maestro!
Desde el bosque milenario de Los Andes del Sur, resonando tus queridos boleros,
Claudia, Nano, Pina, Chicho y Juanita (Walka), Bosque de Montaña de Liquiñe, Chile.

JUAN Y LAS COSAS DE VIVIR
Ahora que Juan Castillo no está entre nosotros, y a sus amigos como siempre él nos agarró desprevenidos, escribo estas líneas repensando lo vivido junto a un colega y amigo singular.
Tuve la suerte de que pudiéramos hacer algunos proyectos juntos en Suecia y en otros países. Con un incansable tesón, Juan conseguía, como pocos, materializar sus ideas poéticas tanto en los grandes espacios abiertos como en pequeños y casi insignificantes objetos. Poseía una concentración sin igual que lo anclaba en el torbellino de la vida.
Era lindo acompañarlo. Trabajando juntos en un proyecto artístico, y a la noche verlo a él tomar el mando de la cocina, porque era parte de lo mismo: una desbordante alegría de vivir. Aunque el día hubiera sido de intensa actividad, ese fuego que Juan tenía no se apagaba nunca: aun le sobraba energía para ofrecernos un suculento caldo de mariscos y pescados, generosos vinos y charlas interminables que nos agarraban despiertos en las madrugadas, aunque casi sin dormir tuviéramos que proseguir por las mañanas con lo que nos tenía ocupados.
Siempre me pareció que, para Juan, era el prójimo mismo quien le empujaba a emplearse entero en lo que hacía. Porque tanto en la soledad de su taller del campo sueco, como en una cancha de fútbol de una población santiaguina, lo acuciaba el poder devolverles a las gentes las más significantes imágenes de sus vidas. En sus obras recurría una y otra vez a textos, con palabras que lograba conjugar con la poética visualidad que distinguió siempre su obra. Creía y no hacía otra cosa que buscar para su arte el poder de incluir al otro.
Además, fue Juan Castillo un artista todoterreno en el sentido más pleno de la palabra. Sus proyectos artísticos e instalaciones siempre involucraban el lugar y sus pobladores, fueran estos la simple habitación de una casa, la calle, una población, un desierto, lo mismo que una galería o un museo. Cruzó Juan durante muchos años el Atlántico en diferentes direcciones para realizar decenas de proyectos artísticos “en el lugar”, con una maleta cargada de unas pocas mudas de ropa y algunos pequeños trabajos que preparaba de antemano en su taller. El resto lo incorporaba en el sitio sin esquivarle a complejos trabajos en gran escala ni al uso creativo de materiales pobres, a los que con sabiduría e imaginación conseguía darles nuevos nacimientos.
Ahora, en un pequeño pueblo de Suecia, el taller desolado ha quedado con sus cosas de vivir: pocas, porque Juan siempre anduvo ligero de equipaje, como diría Antonio Machado. Efímero en lo material, también lo fue mucho de lo que Juan creó a lo largo de su intensa vida. Dejándonos metido en el alma, como un circo que pliega su carpa y se va, el recuerdo encantado de sus tramoyas y artes.
Pepe Viñoles, artista visual, Malmö, Suecia.
JUAN CASTILLO: MATERIA OBLIGATORIA
Juan Castillo: materia obligatoria que te pasan en la universidad si estudias arte chileno. Pero las descripciones del trabajo del grupo C.A.D.A. son tan pulcras… Esas fotos en blanco y negro, esos textos cargados de contenido político y social no tienen aroma a cilantro, ni a los vapores de un pescado al horno, ni mucho menos al vino blanco, que son parte del mundo de Juan.
Juan es alguien que habla con total simpleza de las cosas más complejas y terribles.
En 2018 me invita Valentina Schultze a presentar mi trabajo en un encuentro de arte y poesía en Puerto Montt, donde el plato fuerte era Juan Castillo. Nos presentamos en un auditorio, y lo típico: proyecciones de obras, micrófonos, preguntas. Luego, en el patio exterior, hubo performances de alumnos estudiantes de pedagogía de la Universidad de Los Lagos, quienes en realidad eran seres que querían ser artistas y expresarse corporalmente. Lo más cercano a esa experiencia en este aislado sur la encontraban en esa facultad.
En la noche, como cierre informal, había un asado en Osorno. Al otro día nos llevaron a una cabaña, me parece que en Pullehue u otro pueblo enano en el borde de algún lago a la altura de Osorno. Pasamos ahí una noche dos estudiantes-artistas, más la Valentina, Juan y yo. No había pauta alguna, la pauta la daba Juan alrededor de su planificación de lo que iba a cocinar para que nosotros comiéramos. Su calidad humana nos ponía a todos en nuestro lugar.
Se habló de arte y artistas, pero sobre todo de comer y beber. Hablar de cocina, viajes, aventuras, de cómo se le hizo fácil hacerse de un lugar en Suecia. Fácil porque su parada anterior era París; y París es París.
Estaba impactada de su sencillez y capacidad de conocer y recordar a todo el mundo, que además de mostrarse era capaz de verte, leerte e interpretarte y de respirar el momento presente.
Al otro día nos timbró la cara y nos tomó la foto para su próximo proyecto, transformándonos en parte de su obra. Entre conversa y conversa estaba trabajando y nos estaba uniendo, con un ovillo de lana imaginaria, envolviéndonos.
Dos años después me pide colaboración para un proyecto que se realizaría en Santiago, donde me vincula con otras pintoras chilenas vivas. Para mí, que vivo tan lejos y que no me relaciono demasiado activamente en el mundo del arte chileno (Santiago), de verdad fue demasiado significativo: que me viera y me vincule y, de nuevo, con su lana imaginaria nos amarrara. No pude ver esa exposición, pero un par de visitantes que encontraron mi nombre y me conocían me mandaron unas fotos. Esta misma publicación que ustedes leen ahora y por la que estoy escribiendo sé que tendrá otros puntos de vista, quizás de esa exposición y de otras facetas de su vida.
En 2022 expuse en Valparaíso y aparece Juan con mascarilla (algunos las usábamos aún en espacios cerrados) en Judas Galería. ¡Qué alegria y qué honor que esté Juan Castillo con su sencillez y conciencia de su propio valor! Era, para mí, una corona de laureles.
Sentados en la escalera exterior de la entrada hablamos de lo lindo y duro que es ser padres. Luego, casi lo matamos: después de comer y beber en una picada del Cerro Alegre, bajamos y subimos cerros buscando la casa de Juvenal Barría para iniciar el término de la fiesta. Juan fue uno de los últimos en abandonar ese buque, aunque previamente tuvimos que hacer varias paradas para respirar. Hacíamos como que no, pero igual nos daba susto el jadeo y la transpiración helada. Pero, como por dentro todos éramos de 20, lo dimos todo hasta el final, aparentando no tener miedo a nada. Lo importante era estar vivos ahí y en ese momento.
Nos hicimos promesas de viajes a Ancud y a Suecia, y presiento que tus hilos van a seguir funcionando, y quizás sí lo podamos hacer.
Don Juan, usted sabe cómo lo quise.
Anelys Wolf, artista visual, Península de Lacuy, Chiloé.

JUAN CASTILLO: LOS INICIOS DE UN OJO AUDIOVISUAL
Juan Castillo tuvo su primer encuentro con el universo audiovisual junto al artista Guillermo Deisler, a quien ayudó a realizar una película mientras este era profesor en la Universidad de Chile, sede Antofagasta.[1] Era 1964 y Juan tenía solo 12 años. Resulta asombroso que, a tan temprana edad, estuviera vinculado en una película y a un artista como Deisler. El encuentro se produjo a través de un amigo en común, mayor que Juan, que también era amigo de Deisler. Así lo relató: «Yo, fascinado con la historia de que ellos dos estaban enrollados en hacer una película… En esa época no era video ni nada, era una película de 16 mm. (…) Me pareció una historia fantástica poder hacer algo audiovisual; en ese momento, era cine. Y, de hecho, lo primero que yo hice fue una película.»[2]
Tiempo después, Juan se encontró nuevamente con una cámara mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso. Allí apoyó la realización de algunas películas de los ya míticos torneos en dicha escuela. No eran performances, sino actos poéticos y lúdicos realizados por estudiantes; el germen de la interdisciplina comenzaba a calar en él. Tras el golpe, Juan continuó su camino de experimentación siendo parte del taller de grabado de Eduardo Vilches, para luego realizar trabajos de intervención pública en una muestra impulsada por la Vicaría de la Solidaridad junto a su amiga y colega Lotty Rosenfeld.
Al año siguiente, en 1979, junto a la misma Lotty, Diamela Eltit, Raúl Zurita y Fernando Balcells, conformó el Colectivo de Acciones de Arte (C.A.D.A.), y la cámara se volvió primordial. Según Juan, «la cámara entra con un rol. Creo que en eso coincidíamos con Lotty, que es con quien más me relacionaba. La cámara era la necesidad de tener un registro barato, por eso era video, de las acciones, porque nosotros montábamos acciones relámpago, no quedaba nada de eso…»[3] Y así lo hicieron. Realizaron sofisticados y arriesgados trabajos políticos nunca antes vistos en el espacio público.
Como es sabido, las acciones del C.A.D.A. han sido materia de estudio en todo el mundo y han dejado una huella profunda en la historia del arte reciente en Chile y Latinoamérica. Parte de esta construcción historiográfica se debe a la condición de archivo que el colectivo estableció en su momento, en la que el video tuvo un rol central. Así, la mirada audiovisual del C.A.D.A. unificó distintas perspectivas que coincidían en una actitud contestataria, social y crítica frente a la realidad.
En paralelo al C.A.D.A., durante los años ochenta, Juan también desarrolló interesantes piezas audiovisuales que, en mi opinión, han recibido poca atención crítica. Pienso, por ejemplo, en las colaboraciones que hizo con su amiga, la también poco estudiada artista Ximena Prieto. Juntos conformaron un colectivo llamado Al Margen, que operó en un momento paralelo al C.A.D.A. y con el que realizaron un trabajo pionero en la historia del videoarte local: Movimientos en falso (1982).
En esta pieza, ambos registraron escenas de un matadero colocando la cámara detrás de un acrílico, en el cual se reflejaba la portada de un diario que hablaba sobre la victoria del boxeador chileno Benedicto Villablanca por el título mundial. Una historia triste, pues a Villablanca le arrebataron el título tiempo después debido a una falta técnica. Esta pieza es clave en la trayectoria de Juan, ya que en ella, junto a Ximena, quemaron un cartel en el campo; un modelo visual que él trabajaría de manera sistemática en el futuro, como en la conocida serie de obras Te devuelvo tu imagen.
El fuego de la dictadura consumía el fracaso, los gritos y la muerte, metaforizados en el ring y el matadero. Los códigos de aquel gran muro acrílico incendiándose en el campo eran similares a los que Juan encontraba en las panderetas de los sitios eriazos, donde se clamaban consignas contra el régimen, pero también donde los niños, ajenos a todo, jugaban a la pelota. Eran lugares olvidados, despojados de todo control, al igual que las animitas que retrató con obsesión durante esos años. Aquellos eran los espacios que a Juan le interesaban y que derivaron en fotografías y películas, como Investigación sobre eriazo (1979-1980) y una película de ocho minutos —que se encuentra perdida— titulada Chile-Chile (1979-1980), en la que colaboraron Juan Forch y Carlos Baeza.
Para Juan, el eriazo era: «El lugar que me abría todo tipo de fantasías, porque era el lugar no consultado. Era el lugar de pasiones prohibidas, por supuesto, para la gente pobre; los otros van a moteles. Era el lugar del cogoteo, de la violencia, y también el lugar donde aparecían los muros escritos.»[4]
Ya en Suecia, Juan continuó explorando el videoarte con piezas que aún desconocemos, como Odissea (1984), Canto para su amor desaparecido (1987) y Cruz del sur (1987), entre otras. Algunas de ellas están perdidas y otras aún requieren ser estudiadas.
Si tuviera que quedarme con una imagen audiovisual suya de ese período inicial, escogería una en la que él mismo aparece. Se trata de su intervención —registrada por el lente de la cámara fija que Alfredo Jaar instaló en el Museo Nacional de Bellas Artes— para el proyecto Estudios para la felicidad (1981). Allí, vestido de blanco y frente a un fondo blanco, un joven Juan Castillo lee un texto que puede entenderse como una declaración de su arte. Mientras lo lee, cabizbajo, finaliza con una frase que lo resume todo.
«Nosotros sabemos desde siempre que nunca hubo nada que crear. El brillo siempre estuvo en la manera en que readecuamos nuestros actos para hacer de estos estímulos amorfos que se nos presentan como vida, algo necesario».
Sebastián Vidal Valenzuela, historiador del arte y curador, Santiago, Chile.
[1] No he tenido información de esa película, entiendo que está perdida.
[2] Entrevista inédita a Juan Castillo realizada el 2022 a propósito de la investigación Fondecyt sobre los Festivales Franco chilenos de videoarte.
[3] Juan Castillo, Entrevista a Juan Castillo, 2022.
[4] Juan Castillo, Entrevista a Juan Castillo, 2022.
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