NOUR BISHOUTY: POR UNA EMANCIPACIÓN COGNITIVA DEL RÉGIMEN MODERNO DE SEPARACIONES
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[lectura breve]
Entre el 31 de enero y el 24 de mayo se exhibió en el Museo del Chopo Madre improbable, la primera exposición individual de Nour Bishouty (Amán, 1986) en un museo y su primera presentación en México. Bajo la curaduría de Miguel A. López, la muestra contó con el estreno de su película Bagre Madre Charco de jugo (2025-2026), acompañada de una serie de esculturas y collages recientes.
En el ensayo audiovisual, una casita de madera en medio del bosque se convierte en escenario de un juego doméstico entre una niña y una madre, narrado por un bagre. Filmada entre la Ciudad de México y Toronto —ciudad donde reside la artista palestino-libanesa—, la película es una parábola onírica donde madre e hija se escurren y recomponen, mientras el monólogo del bagre oscila entre la alegoría y la precisión científica.
La obra responde a un oficial israelí que llamó «animales humanos» a los palestinos para justificar su exterminio. Nour toma ese insulto y lo empuja hasta su extremo lógico: resulta que la destrucción masiva, organizada y deliberada es algo que ningún animal —y mucho menos un bagre— sería capaz de hacer. La extinción y el genocidio no son «animalidad». Son, si acaso, lo más humano que existe.
Para entender cómo llegamos hasta aquí, Irmgard Emmelhainz hace un viaje filosófico breve pero certero: de un mundo que se leía por semejanzas y ecos a un mundo que se mira como imagen, separado y disponible para ser usado. Esa separación —entre mente y cuerpo, entre lo humano y lo animal, entre lo masculino y lo femenino— es, según la autora, la raíz del colonialismo, del heteropatriarcado y de la crisis ecológica que hoy nos tiene al borde del colapso.
Frente a los regímenes persistentes de vigilancia, regulación y violencia estatal contra cuerpos vulnerables, Madre improbable elabora desde la ambigüedad y la similitud: un dedo humano y un bigote de bagre, un vientre y una concha donde se ponen huevos, gestos de cuidado, abandono y juego que se repiten —con variaciones— a través de las especies. Emmelhainz sugiere que venimos de la misma «sopa primigenia», y que ahí, en ese parentesco profundo, está la clave para pensar la maternidad no como sacrificio o carga, sino como un acto de creación compartido entre cuerpos.
La exposición es, sobre todo, una invitación a soltar algo: la idea de que somos individuos separados, autosuficientes, por encima del resto de la vida. Bishouty propone, en cambio, hacernos cargo del daño sin buscar redención fácil, y empezar a imaginar un mundo donde la frontera entre nosotros, los demás seres vivos y la tierra misma deje de ser tan nítida.

Para Minú y su infinita ternura
Bagre Madre Charco de Jugo (2026) de Nour Bishouty es un experimento poético basado en la puesta en escena de momentos de la vida doméstica, actos de reproducción y del juego de dos personajas: “niña” y “madre”. Dentro de un entramado de madera que figura una casita en medio de un bosque, la niña y la madre intercambian gestos de relación, cuidado y abandono, de juego, imitación y enseñanza.
Narrado desde la perspectiva de un bagre, el video-ensayo parte de una concatenación de ideas, alegorías y datos científicos que cuestionan y plantean una alternativa a las maneras en las que entendemos y tenemos acceso al mundo desde las epistemologías de la cultura moderna occidental basadas en la separación y excepcionalidad humana.
En el video y en su exposición Madre improbable, Nour lanza una serie correspondencias entre el mundo humano y mundo animal, algo que es provocador, al parecer, porque socava la excepcionalidad humana sobre la cual está erigida la manera en la que accedemos y habitamos al mundo. De cara al genocidio en Medio Oriente, Bagre Madre Charco de Jugo interroga ¿cómo podríamos entender la reproducción de la vida y los cuidados en los humanos más allá de las lógicas antropocéntricas?
Teniendo en cuenta que el ex oficial israelí Yoav Gallant llamó “humanos animales” a los palestinos para justificar su borramiento, Nour lleva a este “insulto” al extremo lógico, planteando la destrucción total y la violencia organizada humana como algo que de hecho los animales en general, y los bagres en particular, son incapaces de hacer. La extinción masiva generada por los humanos y las acciones genocidas son lo opuesto a la reproducción, a la auto-preservación y a la evolución de la vida.
Nour yuxtapone imágenes cautivadoras de las acciones de la niña y de la madre con un sobrevoz en el que el bagre dibuja correspondencias y analogías con las formas de reproducción y maternar de su especie y las de los humanos, abordando las distintas formas que toman los ciclos de transmisión y reproducción en las especies. De cara a la amenaza de la destrucción total de la vida, Nour plantea una comprensión del mundo a partir de una epistemología alternativa a la moderna de la separabilidad y la separación.

Desde Platón hasta finales del siglo XVI, la similitud, no la diferencia o la representación, era el principio que organizaba el universo. Michel Focault escribe en El orden de las cosas: “La tierra le hacía eco al cielo, las caras se veían reflejadas en las estrellas, las plantas contenían en sus tallos secretos útiles para el hombre”. En el siglo XVI, las analogías cristianas subordinaban al mundo terrestre al mundo superior instituyendo una relación jerárquica. En esta teología, el logos se tuvo que hacer carne para salvar a los humanos y facilitar que trascendieran. En Platón la tierra también es una reflexión débil, una copia degradada del reino de las ideas (del cielo cristiano). En las Metamorfosis de Ovidio opera también la analogía, y presupone que cada forma fenomenológica rima con otras, y que estas rimas nos enseñan que debemos “adorar” a todas las creaturas, “mantenerlas a salvo”, porque todo surge de la misma “carne” y tiene el mismo peso ontológico.
Las Meditaciones de Descartes representa el fin del pensamiento analógico y el surgimiento de lo que Heidegger llama “representación”. En ese momento, el mundo deja de ser un libro que el hombre tiene que aprender a leer y se convierte en una imagen construida por y para la mirada humana. El ser humano deja de trazar semejanzas entre él mismo y los otros seres vivos, e inicia la búsqueda de ser único, libre, idéntico a sí mismo. Se empezó a preguntar ¿quién soy?[1]
Nour dibuja una epistemología alternativa basada en correspondencias tejidas a través de los actos de reproducción y de cuidado de la vida entre los humanos y el bagre, explorando las similitudes en lo gestual, la imitación, el lenguaje y la transmisión. Y lanza las preguntas: ¿Qué es un bagre? ¿Qué es una madre? ¿Qué es una cavidad? ¿Qué es un límite, qué es un parásito?
Y es que el charco en Nour no es otra cosa mas que el caldo primitivo o la sopa primigenia donde se origina la vida. La teoría del caldo primitivo supone un origen común a toda la vida en el planeta a partir de la evolución gradual de moléculas orgánicas que fueron formando estructuras más complejas (aminoácidos, proteínas, ARN) hasta formar las primeras células. Por eso, los bagres y los humanos estamos más cerca de lo que nos atreveríamos a pensar (y en contra de lo que plantea la ciencia): venimos de la misma carne.

Bagre Madre Charco de Jugo apunta hacia una teoría del origen alternativa a la etnocéntrica y representativa —también una estética—que considera que los humanos somos excepcionales, que existimos en una jerarquía por encima del resto de los organismos vivos no humanos del planeta. Basada en la creencia metafísica cristiana de la trascendencia de la condición humana, persiste la idea de que los humanos somos irreducibles a la naturaleza. Desde esta perspectiva, podríamos leer a la modernidad como intentos epistemológicos por afirmar que los humanos somos creaturas categóricamente distintas a todos los otros animales, y a la cultura como algo elaborado por encima del mundo natural.
Por eso pensamos que somos “más que animales”. Pero como dice Sara Torres, parte del problema es que entendemos a la naturaleza a través de la ideología heteropatriarcal y vemos a la trama de la vida como un drama. Desde el pensamiento binario, la vida es “lo salvaje”. Escindido y de corte épico, nuestro entendimiento del “mundo natural” parte de otra fantasía: que el animal tiene solo dos cosas en mente, comida y sexo, y eso se traduce a la historia del macho que busca a una hembra que, una vez encontrada, premiará el esfuerzo con la entrega de algo que él quiere.
Este relato está marcado por una gramática secreta: la lectura binaria de la naturaleza generada por la imaginación heterosexual, una forma de “edición” de lo real, basada en la búsqueda del control de lo vivo a través del discurso y la taxonomización de la naturaleza. Siguiendo a Sara Torres, esto es una estrategia colonial, ya que el colonialismo europeo racista y extractivista es corresponsable de la división y clasificación de lo natural como mercanía, así como de la imposición global del pensamiento racional colonial a través de la destruccón de la diversidad de saberes y relaciones afectivas con el mundo[2]. La excepcionalidad humana sirve de base para las jerarquías coloniales y para justificar los genocidios.
Es así como la herencia de la modernidad-colonialidad consiste en formas genocidas, injuriosas y depredadoras de interdependencia para sostener la vida humana en el planeta. La noción de “naturaleza” como separada de la humanidad y como maleable le ha permitido al hombre moderno ocupar la tierra de manera tal que cambió radicalmente al planeta, llevando a todos sus ecosistemas vivos al borde del colapso. Esto tiene un trasfondo epistemológico, como ya lo vimos, y tiene que ver con que la excepcionalidad humana también está constituida a partir de una serie de separaciones, como ya mencioné, entre lo masculino y lo femenino, la mente del cuerpo, de las emociones del cuerpo, la naturaleza de la cultura.
En cuanto a la diferencia sexual, la separación heteropatriarcal de género moderna se basa en la dicotomía cartesiana asumiendo que lo masculino, además de penetrar, piensa, duda, comprende, concibe, razona, niega, quiere, rechaza, imagina. En contraste, lo femenino reproduce, cuida, soporta, produce óvulos, detenta la fertilidad y el parentezco. Las mujeres, ya que no controlamos nuestros flujos, estamos ligadas a lo terrestre (dice el heteropatriarcado), y la función de la reproducción inherente a nuestros cuerpos, como lo articuló Simone de Beauvoir, nos impide acceder al razonamiento.

Otra forma de separación opera en el campo sensible a través de la lógica de la representación. La representación es la invención renacentista de hacer a las ausencias presentes. Puede ser un recuerdo, alguien o algo que se encuentra lejos. En ese sentido, la representación presupone que es posible separar o dislocar algo de su lugar de origen para reproducir o copiarlo en otro lugar distinto. Por ejemplo, las primeras imágenes en movimiento fueron los grabados de prototipos de santos —por lo tanto, imágenes ‘verdaderas’— que viajaron en galeones de Europa a México y a las Filipinas para ser copiadas por artistas religiosos. Por ejemplo, la Inmaculada Concepción del Convento Agustino en México, mural que copia un grabado del artista flamenco Hieronymus Wierix. Esta lógica aplica también a la ciencia moderna, que se basa en la premisa de la separabilidad de los elementos de un ecosistema para categorizarlos, catalogarlos, diseccionarlos y analizarlos de manera individual.
Cuando se inventó la fotografía en el siglo XIX y no estaba todavía disponible al público en general, la gente compraba libritos de “vistas” o tarjetas postales de ciudades europeas para traérselos de souvenires. A partir de la posibilidad de separar y dislocar imágenes de cosas y gente, pero también de la posibilidad de capturar, nombrar, mover y archivar imágenes de sitios, se masificó la experiencia del mundo mediada por las imágenes. La representación o la simulación, a su vez, como modos de acceder a lo ausente o a lo lejano, generó un orden sensible en el que lo que se produce como artificio gradualmente se convierte en la realidad de la experiencia. Es decir, el mundo comienza a revelársenos como imagen: su esencia reside en la representabilidad y, una vez que esta esencia ha sido extraída, el mundo puede ser desechado, porque la materia como objeto visible nos deja de ser útil.
Bagre Madre Charco de Jugo es un intento de contrarrestar la epistemología de la representación, de las separaciones y de la fantasía de lo humano como excepción a través de la lógica de las correspondencias y de las analogías. En el video, Nour lanza una serie de correspondencias entre el bagre y el humano. Si bien —nos dice— los humanos tenemos dedos que nos permiten contar, trazar, presionar, pellizcar, controlar, medir, indagar… analógicamente el pez sigue el rastro, afecta, elige, rechaza, descarga, encoge, presiona, agarra. Ambas especies somos capaces de producir gestos de relación, cuidado y abandono y de aprender a través de la imitación. Si el bagre tiene bigotes semejantes a un manojo de hilos —apéndices alargados y táctiles que le permiten impulsarse, barrer el entorno o revolotear—, en realidad estos no son tan distintos de los dedos humanos.

Nour señala las similitudes no-sensuales (analogías) que trascienden el lenguaje. Una forma de materializar esas similitudes es Rock Paper Scissors (2025), el par de guantes-tenazas diseñados para expandir las capacidades humanas hermanándolas con las de los peces. En ese sentido, la ectrodactilia que presenta la infancia en el video, y cuya mano se materializa en una escultura en la exposición, funciona como puente entre el bagre y los humanos, entre la pinza-aleta-bigote y los dedos. Ésta es la misma lógica detrás de las cucharas y utensilios de la exposición, de la tetera con cuatro vertedores. A través de las correspondencias, Nour expande las capacidades de nuestra cultura material, borrando la distinción entre las herramientas humanas y las animales en aras de desmontar la excepcionalidad humana.
La lógica detrás de los collages-retratos de Nour también es la de las correspondencias. Estos resaltan esa capacidad estética de las cosas del mundo que Kaja Silverman atribuye a la lógica de las correspondencias, que les permite a las cosas y a los cuerpos generar imágenes de sí mismos. También los podemos entender como un registro de la “existencia sensible”, en el sentido de Emanuele Coccia. Para el pensador francés, nuestras vidas están hechas de un proceso constante de mirar y sentir al mundo sensible, que es una esfera autónoma de imágenes y signos (hechos caos, diría Deleuze) que existen más allá de lo puramente físico, y que juegan un papel importante en nuestras vidas, por ejemplo, a través de los sueños, la moda, la biología, la comunicación.
Lo “sensible” no es lo pictórico en el sentido fenomenológico y tampoco es una ontología de la imagen, sino un mundo tal y como se nos da (bajo la condición mimética), que incluye los afectos y las subjetividades, la relación con el “afuera” que hace posible la existencia concreta. Lo sensible abarca lo sensorial, al cuerpo, sentidos, razón, lo visible y lo invisible, a los procesos de interrelacionalidad de estos elementos más allá de los materialismos culturales.
Es así como los collages de Nour son imágenes autogeneradas a partir de cuerpos que se auto-presentan a partir de analogías de sí mismas. El cuerpo se convierte en una superficie que recibe y que va dando reflejos expansivos en el tiempo y el espacio.

En Flesh of My Flesh, Kaja Silverman plantea que en realidad somos un nodo en una vasta constelación de analogías. La analogía no es lo mismo que la equivalencia simbólica, la adecuación lógica o la relación retórica (como la metáfora o el símil). Se trata de similitudes sin autoría y no-trascendentes que estructuran al ser, a lo que llamamos “mundo” y que le dan a todo el mismo peso ontológico —porque venimos de la sopa primaria. Por eso, la analogía —que contiene tanto similitud como diferencia— se mueve todo el tiempo buscando parentescos.
La similitud conecta, sostiene dos cosas juntas, y la diferencia permite que no se colapsen. En algunas analogías, la similitud y la diferencia aparecen equilibradas, pero en otras —como en el caso del bagre y los humanos—, la diferencia cobra mucho más peso que la similitud. Una de las características milagrosas de la analogía es su capacidad de operar frente a esos desequilibrios: el principio de “dos-en-uno”, aunque haya un amplio margen de diferencia.
Desde esta perspectiva, la analogía genera una “universalidad incompleta” orientada al futuro que se opone al mundo cartesiano, que es el de la separación, de la revelación del mundo como imagen (no como su símil).
El parentesco ontológico, la similitud que surge de ser carne de la misma carne, podría ser el punto de partida de otro tipo de relacionalidad humana: la conciencia —o, más precisamente, el sentimiento— de un destino compartido con otros seres y formas de existencia. La exigencia del humanismo moderno de constituirnos como “individuos” (self-fish) nos transforma en enemigos y rivales, y normaliza la depredación como condición de nuestra propia subsistencia, generando un punto ciego respecto de la destrucción necesaria para que la modernidad florezca. En esta forma distópica de la multiplicidad, nos rompemos en pedazos cuando no coincidimos con los espejos en los que nos buscamos.

Siguiendo la lógica de las correspondencias, la figura de la Moether —esa madre improbable producida por la escritura, tal como la formula Mirene Arsanios en su texto sobre el video de Nour— articula la propuesta contenida en Bagre Madre Charco de Jugo: pensar la alteridad como origen del yo. Desde esta perspectiva, el feto en el vientre de la madre, en vez de considerarse como un parásito de un cuerpo autónomo e individuado que se alimenta de la madre (lo self-fish), Nour nos invita a pensar al útero como un cuerpo con el conocimiento y la capacidad de crear a otro cuerpo. Esto también se refleja en los collages.
Y es que, bajo el heteropatriarcado, el hije se considera un parásito de la madre, que tiene un papel instrumental; su trabajo de criar y alimentar a lxs hijxs es denigrado, invisibilizado, explotado. Miles de hijas ven en sus madres ejemplos de un compromiso entre el odio propio y la lucha por liberarse de las cadenas de la maternidad ejercida en condiciones parecidas a vivir en un campo de concentración. La maternidad bajo el heteropatriarcado, de hecho, es el lugar donde se transmite la degradación de la vida femenina, porque las madres transmiten su culpa y odio propio a las experiencias de sus hijas.
En cambio, Moether recuerda al Je est un autre de Artur Rimbaud: una fuerzaque atraviesa al individuo disolviéndolo, como el sitio donde reside la creación. Y más allá de que lográramos entender a la maternidad como un acto creativo, la definición de Gilles Deleuze del je est un autre rimbaudiano, también podría ser entendido como el acto de maternar: generar un cuerpo con el cuerpo propio, como el acto en el que el sujeto se deshace para ser atravesado por el mundo y por el otro. Es un devenir multiplicidad en el que el “yo” se revela como una construcción artificial.
Para Deleuze-Rimbaud, la creación no es la expresión de un “yo” preestablecido, sino el florecimiento de lo desconocido en el que el creador se convierte en el receptáculo y matriz de fuerzas distintas, reflejando la relación entre el individuo y el mundo, la manera en la que todo se construye. Como dice Deleuze, la creatividad (y el maternaje, yo diría), es estar desgarrado por la forma que deviene otra forma a partir de su propio interior[3]. En ese sentido, je est un autre es un acto de creación poética y una ética de relacionalidad: el principio del cuidado y la ternura.

En Bagre Madre Charco de Jugo Nour dibuja una serie de correspondencias entre la reproducción de los bagres y los humanos. Señala el instinto arquitectónico de los peces, que hace que pongan sus huevos en la cavidad de una concha, y lo lee como una expresión de ternura, anatema a expresiones del self-fish humano: racismo, miedo, un muro de desconfianza. En el video, Nour plantea la maternidad y la reproducción como un instinto compartido entre las especies de espacio y temporalidad, como una ética de contención, protección y continuidad que puede realizar un cuerpo, un pez, el nido, la corriente. Es una similitud diferenciada y compartida entre las especies: “algunas especies construyen nidos, otras, mitos”.
La extinción masiva de la vida en el planeta generada por los humanos es el trasfondo del experimento que hace Nour para recuperar un entendimiento de la maternidad y la reproducción como fuerzas creativas y transformadoras (la transformación siendo inherente y necesaria para que la vida continúe). Habitando cuerpos que viven como el bagre: de forma entregada, atenta y abierta, de forma salvaje. De eso trata el “pensamiento erótico” de Sara Torres, de modularse en otro modo de conciencia desobediente con el pensamiento heteronormado capitalista.
Celebrando la inteligencia de lo corporal por su naturaleza erótica, que nos dispone en el mundo con una capacidad relacional plástica, abierta y de límites movibles, que es lo contrario a una vida modulada por la lógica fascista, que busca el crecimiento, la expansión y la colonización de lo idéntico (crecimiento a partir del racionalismo capitalista, que es de genocidio, desaparición, extinción y muerte).
Nour propone poner a operar esta nueva-vieja ontología del concepto de “vida” como carne de la misma carne como una respuesta a la barbarie, y entender a la modernidad como una serie de narrativas orientadas a controlar la realidad inseparable del poder colonial, que ya son caducas[4]. En conclusión, la urgente emancipación cognitiva de la modernidad, siguiendo a Vanessa Machado de Oliveira, tomaría la forma de un desencanto con la modernidad fértil, cambiando nuestros patrones de pensamiento a través del deseo y un rechazo a las promesas y placeres que nos ofrece la modernidad. Asumiendo que nuestros cuerpos son extensiones de la tierra y no al revés, imaginando a un mundo sin separabilidad entre nosotros y la tierra y entre nosotres mismes. Se trata de una rendición de cuentas intelectual y una rendición existencial. De sentarnos con nuestra complicidad con el daño, deshacernos de la arrogancia y aceptar la responsabilidad sin buscar redención, pureza o inocencia.

[1] Kaja Silverman, Flesh of My Flesh (Stanford: The University Press, 2009)
[2] Sara Torres, El pensamiento erótico (Madrid: Reservoir Books, 2026)
[3] Gilles Deleuze, «Sur Kant: Cours Vincennes-St Denis du 21/03/1978”.
[4] Vanessa Machado de Oliveria, Hospicing Modernity: Facing Humanity’s Wrongs and the Implications for Social Activism (Berkeley, California: North Atlantic Books, 2021)
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