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EXVOTOS DE LA DESOBEDIENCIA: DÉBORA ARANGO EN DIÁLOGO CON ALFONSO QUIJANO

Tiempo de lectura: 18 minutos


Débora Arango, Madona del silencio, ca. 1944. Óleo sobre lienzo, 136 x 92 cm. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Museo de Arte Moderno de Medellín

La cárcel aparece una y otra vez en la obra de Débora Arango.
No siempre como edificio.
A veces como cuerpo.
A veces como religión.
A veces como pobreza.
A veces como destino.

Hay cuerpos que nacen ya encerrados. No porque existan muros visibles, sino porque la vida que les fue dada nunca estuvo hecha para ser plenamente habitada. Cuerpos obligados a existir bajo la vergüenza, el hambre, el miedo o la obediencia. Cuerpos contenidos por estructuras que los exceden: la moral, la Iglesia, la familia, la miseria, la violencia política, el patriarcado. La obra de Débora Arango entendió esto con una lucidez feroz. Comprendió que la opresión no es una abstracción ideológica: se inscribe en la carne. Se acumula en la espalda. Se deposita en la respiración. Se vuelve gesto, agotamiento, deformación.

Por eso sus figuras parecen siempre al borde de algo: del derrumbe, del grito, de la enfermedad, de la exposición absoluta. Sus cuerpos están abiertos por la historia.

En ellos no hay heroísmo. Tampoco hay redención.

Hay cansancio.

Y, sin embargo, algo insiste.

Tal vez allí comienza la profundidad radical de Débora Arango: en haber comprendido que incluso en las vidas más relegadas persiste una forma irreductible de existencia. Una vibración mínima. Una dignidad que no desaparece, aunque el mundo entero haya sido construido para negarla.

Santa Teresa de Ávila escribió:

“¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!”

La cárcel, en Teresa, era el cuerpo. Pero en Débora Arango el cuerpo ya no es solamente prisión metafísica: es prisión histórica. Prisión social. Prisión material. La carne deja de ser el lugar abstracto del pecado para convertirse en el territorio concreto donde actúan la pobreza, la exclusión y la violencia.

Y, sin embargo, ambas comparten algo profundamente perturbador: la experiencia de habitar una vida que no coincide del todo consigo misma.

Las mujeres de Débora Arango parecen vivir precisamente allí. En ese desajuste. Sus cuerpos no encuentran reposo dentro del orden que los contiene. La maternidad pesa. La sexualidad duele. La religión oprime. La ciudad expulsa. El hambre deforma. El convento silencia.

Débora Arango, La mística, 1940. Acuarela sobre papel, 99 x 66 cm. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Museo de Arte Moderno de Medellín

El convento.

Quizás uno de los espacios más inquietantes dentro de esta exposición.

Porque el convento aparece como una arquitectura del encierro femenino. Un espacio construido para disciplinar el cuerpo, para administrar el deseo, para producir obediencia. Las monjas de Débora Arango no habitan la serenidad espiritual que la tradición religiosa prometía. Habitan una tensión. Una tristeza contenida. Una forma de asfixia silenciosa.

No es casual que muchas de sus figuras religiosas parezcan atravesadas por la misma angustia que sus prostitutas, sus mendigos o sus mujeres exhaustas. Cambian los escenarios; permanece el encierro.

En la obra de Débora Arango, la cárcel no distingue entre lo sagrado y lo marginal. Ambas dimensiones aparecen secretamente unidas.

El convento y la calle.
La pobreza y la culpa.
La obediencia y el hambre.

Todo forma parte de una misma economía del sometimiento.

Pero sería un error leer su obra únicamente desde la denuncia. Lo verdaderamente extraordinario en Débora Arango no es solo que haya mostrado aquello que su época quería ocultar. Es la inteligencia emocional y política con la que comprendió la complejidad de esas vidas.

Sus personajes nunca son simples víctimas. Incluso en la degradación conservan una densidad interior irreductible. Débora no pinta “tipos sociales”; pinta existencias atrapadas en conflicto consigo mismas y con el mundo. Por eso sus figuras nunca terminan de estabilizarse. Parecen suspendidas en un estado de exposición permanente, como si el cuerpo ya no pudiera contener la presión histórica que lo atraviesa.

Su pintura tiene el color del hambre.

No solamente por sus tonalidades terrosas, densas o turbias, sino porque toda su obra parece atravesada por una percepción material de la precariedad. El hambre está en las manos. En los rostros agotados. En las maternidades exhaustas. En los cuerpos inclinados hacia la tierra. En los ojos que parecen haber visto demasiado.

Y quizás también en la propia condición de Débora Arango como mujer.

Porque pintar de esa manera en Colombia, en la primera mitad del siglo XX, significaba colocarse fuera de lugar. Desobedecer no solamente las normas estéticas, sino el orden moral entero que regulaba lo que una mujer podía mirar, pensar o representar.

Ella misma habitó una forma de exilio.

No un exilio geográfico necesariamente, sino espiritual y cultural. La expulsión silenciosa que sufren quienes ven demasiado temprano aquello que una sociedad todavía no está preparada para reconocer.

Por eso su obra sigue siendo contemporánea.

Porque las cárceles que ella pintó no han desaparecido.

Solo han cambiado de forma.

Porque en la obra de Débora Arango esa imposibilidad de habitar plenamente la vida nunca desaparece. Permanece abierta. Vibra en cada cuerpo exhausto, en cada mujer contenida por la culpa, en cada figura que parece mirar desde un lugar donde el dolor y la lucidez ya no pueden separarse.

Sus personajes viven atrapados entre la asfixia y el deseo de expansión. Entre el encierro y una forma secreta de intensidad interior que no termina de extinguirse. Y es allí donde su pintura alcanza una dimensión profundamente humana: no en la representación de la derrota, sino en la obstinación silenciosa de la vida incluso dentro de aquello que intenta negarla.

Tal vez por eso Teresa de Ávila resuena aquí con tanta fuerza. Porque en ambas aparece la experiencia de una existencia que no cabe del todo en el mundo que la contiene. Una vida que siente los límites del cuerpo, de la moral, del sufrimiento y de la historia, es decir, la barbarie, que en ellos se encarna como una forma de prisión, pero que al mismo tiempo intuye algo más vasto, más profundo, imposible de clausurar por completo.

Y quizás esa sea la verdadera tensión que atraviesa toda esta exposición: la distancia entre la vida permitida y la vida deseada; o la vida digna de ser vivida.

La herida de existir dentro de estructuras que reducen hasta la precariedad la experiencia humana, pero también la persistencia irreductible de algo que insiste en abrirse paso.

Como escribió Teresa:

“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.

No como promesa de salvación, sino como expresión extrema de una conciencia que ya no puede conformarse con la cárcel que le ha sido dada.

Débora Arango, La huida del convento, 1950. Acuarela sobre papel, 100 x 67 cm. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Museo de Arte Moderno de Medellín

El convento y la calle.

Hay mujeres que desaparecen detrás de los muros.
Otras aprenden a respirar dentro de ellos.
Y algunas —muy pocas— logran comprender que la obediencia también puede ser una forma de violencia.

En la obra de Débora Arango el convento nunca aparece como refugio. Tampoco como lugar de paz espiritual. Sus monjas no habitan la serenidad. Habitan la contención.

Algo en ellas parece retenido.
El deseo.
La voz.
El cuerpo.
La respiración misma.

Los hábitos cubren la carne, pero no logran apagar la tensión interior que atraviesa sus figuras. Débora comprendió algo profundamente perturbador: el encierro femenino puede adoptar la forma de virtud.

Y quizás por eso sus conventos producen tanta incomodidad.

Porque en ellos la disciplina se vuelve visible.

Michel Foucault escribió que el poder más eficaz no es el que castiga desde afuera, sino el que logra instalarse dentro del cuerpo, organizando los gestos, los deseos, las conductas y hasta la percepción de uno mismo. En Débora Arango esa intuición aparece décadas antes, pero no como teoría: como imagen.

La obediencia pesa sobre sus personajes.

Se deposita en los hombros.
En la inclinación de la cabeza.
En las manos cerradas.
En los ojos bajos.

El cuerpo femenino aparece constantemente administrado.

Y, sin embargo, algo insiste en escapar.

Por eso sus monjas poseen una intensidad tan extraña. No parecen figuras religiosas; parecen mujeres atrapadas entre la culpa y el deseo de expansión. Como si el alma misma hubiera comenzado a asfixiarse dentro de la arquitectura moral que debía salvarla.

El convento aparece entonces como una prolongación de otra cárcel más antigua: la del cuerpo femenino dentro del orden patriarcal que nunca deja de ser violento.

Cambian los símbolos.
Permanece el encierro.

Débora Arango, Maternidad negra, 1944. Acuarela sobre papel, 99 x 66 cm. Foto: Ernesto Monsalve
Cortesía: Museo de Arte Moderno de Medellín.

La calle y el convento no están tan lejos uno del otro en la obra de Débora Arango. Ambos son territorios donde el cuerpo de la mujer es vigilado, regulado y expuesto a distintas formas de juicio. La prostituta y la monja terminan compartiendo algo esencial: ambas existen bajo la mirada disciplinaria de una sociedad que necesita controlar el deseo femenino para sostener su propio orden.

Una es condenada por exhibir el cuerpo.
La otra por ocultarlo.

Pero en ambas permanece la misma tensión.

Tal vez por eso sus mujeres nunca descansan verdaderamente. Incluso en la quietud parecen atravesadas por una presión interior. Débora pinta cuerpos cansados de contenerse.

Alejandra Pizarnik escribió:

“Hablo como en mí se habla”.

Y quizás allí aparece una clave profunda para entrar en esta exposición. Porque muchas de las figuras de Débora Arango parecen existir justamente en ese borde: el lugar donde algo intenta hablar desde adentro, aun cuando el mundo entero haya sido organizado para impedirlo.

Sus personajes no poseen la estabilidad de quienes habitan una identidad segura. Son cuerpos fracturados por fuerzas contradictorias. La religión y el deseo. La obediencia y la rabia. La culpa, la opresión, la violencia y el impulso de existir más allá de ella.

Y quizás allí radica una de las intuiciones más radicales de Débora Arango: haber comprendido que las estructuras religiosas podían convertirse también en estructuras de administración del sufrimiento femenino.

No es casual que muchas de sus mujeres religiosas parezcan más próximas a la tristeza que a la redención.Como si la santidad hubiera sido construida históricamente sobre una larga pedagogía de la renuncia.

Débora Arango, Paternidad, 1948. Acuarela sobre papel, 103 x 68 cm. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Museo de Arte Moderno de Medellín

Alfonsina Storni escribió:

“Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño”.

La frase resuena con fuerza en la vida misma de Débora Arango. Porque pintar prostitutas, mendigos, monjas inquietantes o maternidades exhaustas en la Colombia conservadora del siglo XX implicaba romper con el rebaño. Salir del lugar asignado para las mujeres. Negarse a producir imágenes tranquilizadoras.

Débora desobedeció incluso en la manera de mirar.

Y esa desobediencia tenía un precio.

La exclusión.
La sospecha.
La incomodidad que produce toda mujer que piensa por fuera de la obediencia esperada.

Tal vez por eso su obra sigue siendo tan contemporánea. Porque muchas de las cárceles que ella representó continúan existiendo bajo formas nuevas y más sofisticadas. El cuerpo femenino sigue encarnando la historia y su barbarie. La opresión, la hambruna y la miseria continúa operando como tecnología silenciosa del sometimiento o el exterminio.

Y, sin embargo, incluso dentro de esas estructuras, algo persiste.

No solamente el sufrimiento.
También la conciencia.

María Zambrano escribió que hay una forma de conocimiento que nace del padecimiento y de la intemperie. Un saber que no proviene del dominio del mundo, sino de atravesarlo vulnerablemente. Las mujeres de Débora Arango parecen habitar precisamente ese lugar. No poseen poder. No poseen prestigio. Pero poseen una lucidez dolorosa sobre la condición humana.

Una lucidez que nace de haber conocido el límite.

Y allí el convento vuelve a encontrarse con la calle.

Porque ambos son espacios donde la sociedad deposita aquello que necesita controlar o expulsar. La mujer devota. La mujer caída. La mujer pobre. La mujer sola.

En la obra de Débora Arango no existen mujeres completamente aceptadas por el orden social. Incluso las figuras religiosas parecen atravesadas por una incomodidad esencial, como si la obediencia nunca lograra borrar del todo la experiencia profunda del deseo, de la angustia o de la conciencia de sí.

Tal vez por eso sus personajes nos siguen mirando de una manera tan inquietante.

Porque no miran desde la tranquilidad.

Miran desde el encierro. Viven en un cuerpo que es un hierro que impide vivir la vida plena y humana.

Y, aun así, desde allí, conservan algo intacto:

la posibilidad interior de no rendirse completamente. De insistir en pervivir.

Alfonso Quijano, La cosecha de los violentos, 1968. Xilografía en color, 53 x 83 cm. Proyecto Bachué. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Dirección de Patrimonio Cultural UNAL

El campo herido: Alfonso Quijano dialoga con Débora Arango 

En la obra de Alfonso Quijano la violencia ya no aparece encerrada únicamente en el cuerpo. Se expande hacia la tierra. Hacia el paisaje. Hacia el aire mismo.

Los árboles recuerdan.
Las aguas recuerdan.
Las montañas recuerdan.

La noche también recuerda.

Sus imágenes parecen surgir desde una memoria más antigua que la historia visible. Una memoria sedimentada en la materia. Como si el dolor humano no hubiera atravesado solamente a las personas, sino también a los ríos, a las raíces, a las piedras, a las nubes.

En Quijano la naturaleza no funciona como escenario. Está viva.

Mira.
Acompaña.
Padece.

Y al mismo tiempo resguarda algo.

Tal vez por eso sus paisajes producen una sensación tan extraña: parecen habitados por presencias invisibles. No en un sentido sobrenatural, sino profundamente espiritual. Como si toda forma de vida participara de un mismo tejido sensible donde lo humano, lo vegetal, lo animal y lo cósmico permanecen unidos.

Los árboles aparecen como tribus silenciosas.
Las ramas se expanden como sistemas nerviosos.
La luna observa.
El sol irradia.
Las aguas guardan memoria.
Y debajo de todo, como una corriente subterránea, permanece la historia de la violencia rural colombiana.
Esa violencia larga.
Persistente.
Casi geológica.

Lo que los historiadores colombianos llamaron “La Violencia” no fue solamente un período histórico delimitado entre enfrentamientos partidistas. Fue el comienzo moderno de una arquitectura sistemática del despojo. Una maquinaria histórica de expulsión campesina, concentración de la tierra y destrucción progresiva de comunidades enteras.

Alfonso Quijano, La última cena, 1968. Xilografía en color, 76 x 107 cm. Colección de Arte del Museo de Arte UNAL. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Dirección de Patrimonio Cultural UNAL

Los cuerpos desplazados que luego aparecen en las ciudades, en las calles, en la pobreza urbana que pinta Débora Arango, vienen de allí.

Vienen del campo herido.
De las tierras arrebatadas.
De las casas abandonadas.
De las cosechas interrumpidas por el miedo.
De las noches atravesadas por el rumor de la muerte.

Y quizás ahí aparece uno de los diálogos más profundos entre Débora Arango y Alfonso Quijano.

Ella pinta los cuerpos donde la violencia termina inscribiéndose.

Él pinta el territorio donde esa violencia comienza.

Pero en ambos existe algo más que denuncia política. Existe una conciencia espiritual profundamente ligada a la vida.

Porque ni Débora ni Quijano observan el sufrimiento desde la distancia. Ambos parecen comprender que incluso las vidas más golpeadas conservan una dimensión sagrada.

No una sacralidad religiosa o moral.

Una sacralidad vital.

La vida como algo inviolable incluso cuando ha sido destruida.

Por eso los paisajes de Quijano nunca son completamente oscuros. Incluso en medio de la devastación aparece una vibración silenciosa que persiste: la respiración de los árboles, el movimiento de las aguas, la expansión de las raíces bajo la tierra.

Como si la naturaleza continuara sosteniendo aquello que la historia humana intenta arrasar.

Alfonso Quijano, Emboscada, 1970. Xilografía en color, 47 x 61,5 cm. Proyecto Bachué. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Dirección de Patrimonio Cultural UNAL

La filósofa brasileña Marilena Chaui escribió que el mundo no está compuesto de objetos separados, sino de una trama viva de relaciones donde todo afecta y es afectado por todo. Esa percepción atraviesa profundamente la obra de Quijano. En sus imágenes no hay jerarquías absolutas entre el cuerpo humano y el resto de lo viviente. Todo participa de una misma fragilidad.

Y quizás por eso su trabajo posee una dimensión tan profundamente telúrica.

La tierra no aparece como propiedad.

Aparece como cuerpo.

Un cuerpo herido por la explotación, el miedo y el despojo. Pero también un cuerpo capaz de guardar memoria.

Hay algo profundamente latinoamericano en esta percepción. Una conciencia de que la naturaleza no es exterior a la vida humana, sino su continuidad espiritual y material. El río no es paisaje: es presencia. El árbol no es decorado: es testigo. La montaña no es fondo: es tiempo acumulado.

En algunos momentos, las imágenes de Quijano parecen acercarse a una cosmología donde todo respira conjuntamente.

La luna.
El sol.
Las aguas.
Las raíces.
Las nubes.
Los cuerpos desplazados.
Los animales nocturnos.

Todo parece unido por una misma vibración secreta.

Y quizás allí vuelve a encontrarse con Débora Arango.

Porque también en ella los cuerpos marginales conservan algo sagrado. Incluso en el hambre. Incluso en la deformación. Incluso en la culpa o en el encierro. Sus personajes no han perdido completamente su dignidad porque la vida, aun devastada, conserva una profundidad irreductible.

Robada.
Humillada.
Expulsada.
Pero irreductible.

Alfonso Quijano, S/T, 1977. Xilografía en color, 44 x 31 cm. Proyecto Bachué. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Dirección de Patrimonio Cultural UNAL

La poeta colombiana Dora Castellanos escribió alguna vez sobre “la oscura raíz del cielo”. La frase parece atravesar secretamente esta exposición. Porque tanto en Débora como en Quijano existe la intuición de que la vida humana participa simultáneamente de la herida y de algo más vasto que ella.

Algo que insiste.

Algo que continúa creciendo incluso en medio de la devastación histórica.

Tal vez por eso sus obras producen una emoción tan difícil de nombrar. No hablan solamente del sufrimiento. Hablan también de la persistencia de lo viviente.

De aquello que no desaparece del todo.

De aquello que sigue respirando bajo la tierra, dentro de los cuerpos, en las aguas, en las raíces y en la noche.

Como si el mundo entero —incluso herido— continuara todavía intentando sostener la vida.           

Alfonso Quijano. Xilografía en color, 50 x 70 cm. Proyecto Bachué. Foto: Ernesto Monsalve. Cortesía: Dirección de Patrimonio Cultural UNAL.

La exposición cuenta con el apoyo, gestión y préstamos del Museo de Arte Moderno de Medellín, institución custodia del legado de Débora Arango, y el Proyecto Bachué, custodio de Alfonso Quijano. Permanecerá abierta al público en el Claustro de San Agustín (Bogotá) hasta finales de julio de 2026

María Belén Sáez de Ibarra

Curadora, investigadora y directora artística colombiana. Su trabajo transdisciplinar explora las relaciones entre arte, memoria, selva y escucha, articulando exposiciones, procesos de investigación-creación y ceremonias contemporáneas en diálogo con las artes visuales, la música, las escénicas y las comunidades. Actualmente dirige el Auditorio León de GreiG y el Claustro de San Agustín de la Universidad Nacional de Colombia, donde impulsa acciones de memoria desde una perspectiva ética, poética y política. Ha trabajado con artistas como Doris Salcedo, Ursula Biemann, Gabriela Ortiz y Beatriz González, desarrollando proyectos nuevos centrados en las memorias del conflicto, la persistencia de la vida y las espiritualidades del territorio latinoamericano.

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