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CUERPO, TERRITORIO Y SOBERANÍA ALIMENTARIA EN EL MAMM

El Museo de Arte Moderno de Medellín presenta tres exposiciones que proponen una lectura crítica sobre las formas en que habitamos, explotamos y protegemos nuestro entorno. Con el cuerpo en relación indisociable con el territorio como eje común, Nos habitan pájaros y montañas, La luz, el fuego y la ceniza y El susurro del barro abordan problemáticas urgentes como la seguridad alimentaria, la soberanía sobre la tierra y el cuidado del agua.

Las propuestas, que reúnen a artistas de distintas generaciones y geografías, invitan a pensar cómo las identidades se moldean en diálogo con los recursos que sostienen la vida —desde los alimentos hasta materias como el suelo o el barro— entendidos aquí como elementos atravesados por dimensiones sociales, culturales y políticas.

A través de estrategias que privilegian la materialidad y lo sonoro, las exposiciones convierten el agua, la tierra y sus transformaciones en lenguajes capaces de narrar historias territoriales y afectivas, al tiempo que ponen en evidencia la riqueza ecosistémica colombiana y la fragilidad de sus equilibrios.

Aunque comparten un gran marco conceptual, cada muestra habla desde un registro distinto. Nos habitan pájaros y montañas, curada por Marielsa Castro, plantea un diálogo intergeneracional a partir de la obra de Débora Arango, centrado en las relaciones entre cuerpo y paisaje; La luz, el fuego y la ceniza, con curaduría de Ana Ruiz Valencia, examina el alcance político y simbólico del alimento; y El susurro del barro, exposición individual de Gemma Luz Bosch bajo la curaduría de Jorge Barco, propone una experiencia de escucha que dirige la atención hacia las materialidades del territorio.

Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

NOS HABITAN PÁJAROS Y MONTAÑAS

Más que plantear una lectura armónica del vínculo entre cuerpo y paisaje, Nos habitan pájaros y montañas se sitúa en una zona de fricción. La exposición toma como punto de partida la obra de Débora Arango para desestabilizar los modos en que históricamente se ha representado el cuerpo —en particular el femenino— en relación con el territorio, abriendo un camino donde ambas categorías se tensionan mutuamente.

El concepto de cuerpo-territorio no es planteado aquí como una metáfora conciliadora, sino como una herramienta crítica desde la cual leer las violencias —extractivas, patriarcales y coloniales— inscritas tanto en la tierra como en las corporalidades. En este cruce, la muestra recoge resonancias de los feminismos latinoamericanos, que han insistido en entender el cuerpo como el primer espacio de defensa, pero también como un lugar donde convergen múltiples formas de control y opresión, entre ellas el racismo y el sexismo.

El diálogo entre la colección del MAMM y las obras contemporáneas propone al paisaje como entidad sintiente. En las piezas aquí reunidas, montañas, nubes, ríos y manglares se afirman como superficies cargadas de memoria, deseo y conflicto, desdibujando los límites entre lo humano y lo más-que-humano y cuestionando los binarismos que han sostenido jerarquías entre naturaleza y cultura.

Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

El recorrido se organiza alrededor de tres ejes conceptuales que toman sus nombres de obras de Débora Arango. El primero, Montañas, pone en evidencia la imbricación entre cuerpo y paisaje, donde las formas hegemónicas devienen otras maneras de existir. El segundo, Adolescencia, explora la sensualidad como acto de reexistencia y de resistencia frente a la censura. El tercero, Friné, señala las corporalidades feminizadas como un territorio en disputa.

¿Qué implica pensar el cuerpo como territorio en un contexto donde ambos continúan siendo explotados? ¿Qué imaginarios se activan al diluir esas fronteras? La presencia de la Escuela Feminista de Pintura de Ad Minoliti introduce una dimensión performativa que desborda el espacio expositivo y desplaza la pintura hacia un ejercicio colectivo y político.

Escuela Feminista de Pintura de Ad Minoliti. Vista de la exposición Nos habitan pájaros y montañas, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

Artistas: Ad Minoliti, Adriana Roldán, Álvaro Barrios, Ana Mendieta, Asicaz Monzón, Beatriz González, Carlos Motta, Carolina Caycedo, Débora Arango, Eblin Grueso, Emma Reyes, Ethel Gilmour, Germán Alonso García, Hernando Tejada, Jonathas da Andrade, Juliana Góngora, Julieth Morales, Libia Posada, Luz Ángela Lizarazo, María Cristina Cortés, María Roldán, Marta Elena Vélez, Nina Squires, Óscar Muñoz, Paloma Contreras Lomas, Pablo González, Lucy Tejada Saénz

Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

LA LUZ, EL FUEGO Y LA CENIZA

En La luz, el fuego y la ceniza, el alimento deja de inscribirse únicamente en lo doméstico o lo cultural para convertirse en una herramienta de lectura del presente. La exposición reúne a artistas que examinan cómo la producción, circulación y consumo de comida están franqueados por relaciones de poder, disputas territoriales y formas de resistencia colectiva.

“Comemos sol todos los días. El sol es el alimento original: luz que detona la vida, fuego que la sostiene y ceniza que la abona y redistribuye”, escribe la curadora Ana Ruiz Valencia. A partir de esta premisa, la muestra introduce una reflexión que vincula procesos biológicos con estructuras sociales más amplias. “La luz solar nutre las plantas, y ellas movilizan el inmenso proceso metabólico que es la vida”. Esa energía primaria se convierte en materia y, al mismo tiempo, en sistemas simbólicos que configuran identidades y afectos.

Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

La exposición insiste en las tensiones que sostienen estos procesos. Si el fuego aparece como el lugar donde se cocina y se teje comunidad —la olla común, el encuentro, el cuidado—, también remite a las condiciones desiguales que estructuran la producción alimentaria a escala global. Desde la semilla hasta el plato, los sistemas contemporáneos continúan dependiendo de lógicas extractivas que impactan tanto a los ecosistemas como a las comunidades que los habitan.

La ceniza, por su parte, permite pensar en los restos, los ciclos y las transformaciones. Como residuo que fertiliza y reintegra la materia a la tierra, señala las interdependencias entre lo humano y lo no humano, pero también los procesos de desgaste que sufren los territorios.

Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López
Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

El proyecto se despliega en dos niveles complementarios. Por un lado, una exposición en salas que reúne obras de distintos contextos; por otro, una agenda pública que extiende la investigación más allá del museo, incorporando a actores locales como mercados campesinos, guardianes de semillas, cocineros y huertas urbanas. Esta apertura amplía la discusión hacia prácticas concretas, donde el alimento se entiende no solo como recurso, sino como un ámbito de acción política.

Las propuestas provienen de territorios diversos —del valle de Aburrá a Palestina— y ponen en relación escalas locales y globales. En ese cruce, surgen preguntas que recorren toda la exposición: ¿quién controla los sistemas alimentarios?, ¿cómo inciden el cambio climático y la migración en su sostenibilidad?, ¿qué formas de soberanía son posibles hoy? Más que ofrecer respuestas cerradas, La luz, el fuego y la ceniza invita a comprender el comer como un acto en el que se juegan tanto la supervivencia como la posibilidad de imaginar otros modos de vida.

Vista de la exposición La luz, el fuego y la ceniza, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

Artistas: Alejandro Ramírez Restrepo, Anca Benera & Arnold Estefan, Carlos Alfonso, Carolina Caycedo, Christian Salablanca, Claudia Claremi, Ernesto Restrepo Morillo, Fabio Melecio Palacios, Jorge Julián Aristizábal, Las Nietas de Nonó, Manuel Correa y Marina Otero, María Buenaventura, Maritza Sánchez, Miguel Ángel Cárdenas, Sofía Olascoaga, Tatyana Zambrano, Vivien Sansour, Yuliana Bustamante Sosa.

Vista de la exposición El susurro del barro, de Gemma Luz Bosch, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

EL SUSURRO DEL BARRO

En El susurro del barro, la artista española Gemma Luz Bosch fija nuestro interés en algo poco habitual en el espacio expositivo: el sonido de la materia. Curada por Jorge Barco, la muestra se construye a partir de un gesto mínimo —el contacto entre barro seco y agua— para abrir una reflexión más amplia sobre el territorio, la memoria y las formas de percibir lo que suele quedar fuera de foco.

Cuando el agua activa el barro, el aire atrapado en su interior emerge en forma de burbujeos, respiraciones y chasquidos casi imperceptibles. Ese fenómeno, aparentemente simple, se convierte en un paisaje sonoro que remite a procesos geológicos e historias inscritas en la tierra. El sonido se convierte así en una vía de acceso a aspectos del territorio que no se dejan ver, pero que garantizan las condiciones de existencia.

Vista de la exposición El susurro del barro, de Gemma Luz Bosch, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

El proyecto se nutre de recorridos por distintas regiones de Colombia —Barichara, Mompox, Santa Rosa de Cabal y Medellín—, donde la artista trabajó junto a ceramistas y comunidades locales recolectando arcillas y registrando sus variaciones. Este trabajo de campo se traduce en la Pequeña Sonoteca de Barro Colombiano, un archivo en construcción que reúne registros sonoros y visuales sin aspirar a una clasificación científica, sino a una aproximación sensible a la diversidad del suelo.

Otra parte de la muestra consiste en una serie de tinajas y vasijas cerámicas que funcionan como dispositivos de escucha. Algunas permiten una experiencia directa; otras amplifican los sonidos mediante altavoces, haciendo audible un proceso que, en condiciones habituales, pasaría desapercibido. A esto se suma un video que documenta el desarrollo del proyecto y la posibilidad de interactuar con fragmentos de barro en visitas mediadas.

Desde una profunda sensibilidad, El susurro del barro propone una desaceleración perceptiva. En un contexto dominado por la imagen, la muestra insiste en la escucha como una forma de conocimiento y de percepción: qué somos capaces —o no— de oír.

Vista de la exposición El susurro del barro, de Gemma Luz Bosch, MAMM, 2026. Foto: Yohan López

Las exposiciones permanecen abiertas en el MAMM desde el 26 d marzo de 2026.

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