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ROCÍO SÁENZ: ORDEN SALVAJE

El choque entre el caos, el horror y la creación, impulsado por el ímpetu humano y la fuerza incontenible de la naturaleza, atraviesa la muestra Orden salvaje, de la artista mexicana Rocío Sáenz, presentada en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA). La exposición despliega estas tensiones mediante un amplio conjunto de obras desarrollado durante tres años con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores.

Con más de 60 piezas que incluyen pintura, cerámica, fotografía intervenida y dibujo, construye un universo visual donde conviven lo bello y lo perturbador, articulando una investigación sobre la muerte, el caos y la reconstrucción desde problemáticas actuales, como las desapariciones forzadas en México. Como ella misma explica, su obra “habla del caos de la muerte y de la construcción a partir de la destrucción”, invitando al espectador a adentrarse en un universo similar al que vivimos en la actualidad, donde lo visible y lo oculto conviven inexorablemente.

Rocío Sáenz, Búscame dentro. Foto: Carlos Díaz Corona. Cortesía de la artista.
Rocío Sáenz, Terreno Inestable. Foto: Carlos Díaz Corona. Cortesía de la artista.
Rocío Sáenz, Rizoma. Foto: Carlos Díaz Corona. Cortesía de la artista.

Las desapariciones forzadas, uno de los problemas más dolorosos del México contemporáneo, es el tema central de la primera sala. Las piezas abordan distintas perspectivas sobre aquello que se pierde: personas, cuerpos y, con ellos, las certezas, pero también construyen un espacio simbólico para la búsqueda. Obras como Búscame dentro funcionan como “un portal o un paisaje diferente, al que se puede acceder para buscar a las personas que nunca volvieron a ver”, conectando con esa “fuerza de lo oculto” que atraviesa toda la exposición.

Por su parte, Terreno inestable se inspira en el trabajo de las madres buscadoras, mostrando su proceso de profesionalización y el arduo camino que recorren para encontrar restos humanos. La artista señala que “esta pieza surge a partir de la lectura del libro Desaparecidos, de Víctor Hugo Ornelas, que documenta todos los elementos y lo que encuentran las madres buscadoras cuando están en el campo”.

Por otra parte, Rizoma es quizá la pieza más onírica en torno a la desaparición, y está vinculada con la inquietud de Sáenz por explorar la vida y la construcción a partir de la muerte y la destrucción. La obra evoca lo oculto, aquello que yace bajo la superficie de las cosas, y propone una reflexión sobre el “cerebro” del bosque. “En este caso, hablo de lo invisible, de aquello que continúa mutando y transformándose, de lo que inventamos como seres humanos y también de esa fuerza invencible de lo orgánico que sigue su curso a pesar de todo”, afirma Sáenz.

Rocío Sáenz, Serie Desviación del camino. Fotos: Karla Robles. Cortesía de la artista.

El montaje de la exposición está concebido como un estudio abierto, donde el proceso creativo adquiere tanta relevancia como la obra final. Mesas con archivos fotográficos intervenidos, experimentos matéricos y piezas en cerámica permiten al espectador asomarse al origen de las ideas. La artista destaca que le interesa “que el espectador pueda ver qué sucede antes del resultado final”, revelando así las asociaciones simbólicas y visuales que dan forma a su trabajo. En este sentido, la serie de cerámicas Desviación del camino aborda la inmovilidad y la impotencia social, utilizando la imagen de conos viales para expresar “esa sensación en la que no nos podemos mover. Sin embargo, incluso en ese estancamiento surge una posibilidad: si no hay una salida, se puede crear un lugar para poder estar”.

El humor negro y la sátira atraviesan toda la obra, incluso en los contextos más oscuros. Esta dualidad se manifiesta en la manera en que Sáez construye distintos niveles de lectura: desde una aparente armonía estética hasta interpretaciones íntimas que revelan claves ocultas. Su interés radica en la experiencia del espectador, quien completa el sentido de la obra más allá de las intenciones originales.

Dentro del recorrido, destaca también un homenaje al muralista José Clemente Orozco, cuya influencia resulta fundamental en su práctica pictórica. La pieza dedicada a él retoma la idea de “atrapar al fantasma” y alude a la pasión obsesiva por el oficio, representada a través del fuego y del gesto creador. En este diálogo, la artista reflexiona sobre la necesidad de sostener una continuidad en la creación: una entrega absoluta a aquello que da sentido a la existencia.

Vista de la exposición Orden salvaje, de Rocío Sáenz. Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA), México, 2026. Foto: Karla Robles. Cortesía de la artista.
Rocío Sáenz, Un jardín para Orozco. Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA), México, 2026. Foto: Karla Robles. Cortesía de la artista.

La pieza titulada Siempre fuimos ordinarios es una obra sui géneris, especialmente significativa para la artista, gestada durante la pandemia. En ella reflexiona sobre los elementos de la naturaleza y la idea de que todos formamos parte de una misma materia: tanto los seres humanos como los vegetales y los elementos inorgánicos participan en ciclos de destrucción y construcción.

La obra se plantea como una sátira atravesada por el humor negro sobre el inicio de un posible fin de los tiempos, tomando como referencia la catástrofe que supuso la pandemia. En este universo aparecen figuras como Godzilla destruyendo el mundo, criaturas como dragones o leones que emergen de la jungla, así como alusiones al murciélago o al pangolín, asociados al origen del virus. En una de las esquinas, la propia artista se representa a sí misma mirándose en un espejo de dragón, subrayando la idea de que “todos somos lo mismo” y cuestionando la supuesta superioridad humana frente a otras especies.

La pieza también dialoga con el pensamiento de Giorgio Agamben, particularmente a partir de la lectura de Sopa de Wuhan, donde se recogen diversas posturas filosóficas y sociológicas sobre la pandemia. Desde esta perspectiva, la artista representa al género humano mediante tres figuras del jet set tapatío, retomando la figura histórica del Untore, asociada en la peste negra con el “terrorista biológico” que propagaba la enfermedad y era castigado o despojado de sus bienes.

En esta reinterpretación, estos personajes encarnan nuevas formas de contagio y destrucción, planteando una reflexión sobre un tiempo en el que los individuos pueden convertirse simultáneamente en vigilantes y víctimas del otro. La obra, así, expone el absurdo de una realidad en la que la humanidad se vio reducida por un virus, mientras el poder del Estado se extendía incluso sobre el propio cuerpo.

En términos formales, su trabajo transita entre la abstracción y la figuración, una dualidad que se sintetiza en Diálogo filoso. Esta obra, donada a la colección del museo, explora las relaciones de poder a través de símbolos como el guante, que representa “la máscara o la postura que tiene el líder”. La tensión entre fuerzas opuestas se expresa tanto en la composición visual como en los elementos conceptuales, donde el diálogo puede “romper, cortar o explotar”, convirtiéndose en un acto de resistencia.

Rocío Sáenz, Siempre fuimos ordinarios. Foto: Carlos Díaz Corona. Cortesía de la artista.
Rocío Sáenz, Diálogo filoso. Foto: Carlos Díaz Corona. Cortesía de la artista.

En el tramo final de la exposición, las piezas de menor formato condensan la visión de Rocío Sáenz sobre un mundo atrapado en ciclos constantes de destrucción y renovación. A través de estos microcosmos, la artista retoma temas universales como la interconexión entre lo humano y lo natural, las dinámicas de poder y la tensión entre devastación y esperanza. Sus símbolos (guantes, criaturas, fuego) y sus referencias literarias articulan reflexiones sobre la condición humana en contextos de crisis, donde la resistencia y la transformación se vuelven inevitables. Como ella misma señala, “vivimos en un círculo infinito de paz y guerra, y aun en medio del horror pueden abrirse fisuras de sentido: las llamas se pueden convertir en seres y los seres se pueden transformar en humo”.

En este universo de orden irracional y desbordado, la interpretación queda abierta, incluso al borde de la insensatez, que apunta a la realidad misma y a la injusticia. El desorden adquiere así una narrativa que no busca resolverse, sino expandirse en múltiples direcciones, como un jardín sin principio ni fin, donde lo poético y lo grotesco coexisten. Una atmósfera que además nos podría recordar algunos versos de Álvaro Quijano en su poema Este jardín es una ruina: “La luz tiraba puñados de certidumbre sobre el jardín / contra la disciplina inútil de las cosas… Y la tendencia de las flores contra toda lógica… / El silencio predica cercanías / Y ya no importa acaso el jardín, sino el vestigio».


Orden salvaje, de la artista Rocío Sáenz, se presenta del 12 de diciembre de 2025 al 12 de abril de 2026 en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA), México.

Susana Cabrera

Es diseñadora y productora editorial desde hace más de 15 años, con especializaciones en producción editorial y creación literaria. Ha producido y diseñado más de 300 libros institucionales y de autores independientes. Correctora de estilo para Penguin Random House y Temblores Ediciones. Investiga de manera personal sobre comunicación, semiología e historia del arte. Susana es amante de la música, la retórica, la poesía y el diseño, y odia el silencio. Vive en Nueva York desde donde escribe, produce libros, ebooks y consume arte, música y ruido.

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