GRACIELA ITURBIDE: OJOS PARA VOLAR
“La lente me da vista de pájaro, gracias a ella, soy consciente de los distintos ángulos de la verdad”, se puede leer al inicio de la exposición Eyes to fly with (Ojos para volar), que presenta el C/O de Berlín del 7 de febrero al 10 de junio. Se trata de la primera gran retrospectiva de la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942), no solo en la capital alemana, sino en todo el país. La exposición ha sido comisariada por Sophia Greiff y Melissa Harris en estrecha colaboración con la propia artista.
La muestra no solo presenta sus fotografías más icónicas, como Nuestra Señora de las Iguanas, o la que da título a la exposición, sino también otras de su faceta menos conocida, como su incursión en la moda, su serie sobre la comunidad de cholos de Los Ángeles, California, o sus viajes por la India y Bangladesh. Todo ello guiado por el color naranja de las paredes, clara alusión al cempasúchil, la flor de los muertos que se puede ver en los altares y en los cementerios durante la fiesta celebrada el 2 de noviembre en todo México. Y es que la muerte es un tema que siempre ha estado presente en su trabajo.

Graciela Iturbide comenzó estudiando cinematografía en la Universidad Autónoma de México y fue ahí donde conoció a Manuel Álvarez Bravo, fotógrafo clave mexicano en el siglo XX, quien impartía clases de fotografía y a las que, según ella cuenta, casi nadie asistía porque todos querían ser cineastas y no fotógrafos. Un día le preguntó si podía acudir a sus clases y, rápidamente, Manuel vio en ella algo especial y la invitó a ser su asistente. Su visión poética de la vida y su amor por las artes populares marcaron por completo la trayectoria de Graciela. Con él comenzó a visitar pueblos y comunidades indígenas y su carrera no hizo más que empezar. De él siempre se ha referido como el maestro perfecto, pues nunca le dijo si algo estaba bien o mal, sino que la comunicación entre ellos fue más bien intuitiva.
Sus fotografías siempre han sido el resultado de las relaciones de complicidad que desarrolla con la gente. Dice que siempre pide permiso a las personas para ser fotografiadas y, si alguien no acepta, respeta su decisión: nunca ha robado una foto ni ha utilizado telefotos o trípodes; todo ha sido producto de su empatía con los otros.

Es así como podemos ser testigos de su serie sobre la comunidad nómada de los Seris, que se mueven por el estado de Sonora, en México, y llevan una vida muy austera: los hombres pescan y hacen esculturas, las mujeres elaboran collares con las conchas que recolectan para después venderlas. No les interesa el dinero: las intercambian por aparatos electrónicos como radios, pues consideran que el capitalismo solo promueve la inequidad y el individualismo.
Iturbide vivió un mes con ellos y creó relaciones muy estrechas. Fotografió a casi todas las familias con sus trajes tradicionales; de ahí surgió una de sus imágenes más icónicas, Mujer Ángel, la cual, en sus propias palabras, fue un regalo que le dio el desierto: ella no recuerda cuándo la tomó. Tan solo recuerda que fue durante una invitación que le hicieron los Seris para visitar unas pinturas en unas cuevas y, durante esa jornada, se dio “el regalo”.

Otra de sus series más conocidas es la de Juchitán, un pueblo ubicado en el Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, y en el que las mujeres tienen un papel preponderante, ya que son ellas las que manejan la economía del lugar. Esta serie surgió de la iniciativa del artista oaxaqueño Francisco Toledo, quien invitó a diversos creadores a visitar la zona para plasmar el pueblo y sus tradiciones. Pero ella, más que retratar, se dedicó a hablar con la gente y a crear relaciones de confianza, por ejemplo, yendo con las mujeres al mercado a vender tomates. Así fue construyendo su serie sobre Juchitán.
De ahí surgió otra de sus fotografías más conocidas, Nuestra Señora de las Iguanas, tomada espontáneamente un día en el mercado cuando vio a esta mujer, de nombre Zobeida, con las iguanas en la cabeza. La imagen le fascinó tanto que le pidió fotografiarla.
En la exposición se pueden ver las hojas de contacto de este retrato, el cual, en palabras de la propia Graciela, es una imagen que fue creada para volar por sí misma y que ha dado la vuelta al mundo. Además de convertirse en la imagen oficial del pueblo, ha sido pintada en murales de las calles de Los Ángeles e incluso utilizada en la etiqueta de una marca de mezcal. De hecho, colaboró con el historiador de fotografía y curador francés Clément Chéroux en su libro La voix du voir, en el que hablan de cómo una imagen, después de ser tomada, comienza a tener vida propia.



Juchitán atrajo la mirada de diversos artistas en los años 30. Algunas imágenes de la película ¡Qué viva México! de Serguei Eisenstein fueron rodadas aquí; Henri Cartier-Bresson también visitó el pueblo, además de Diego Rivera y Frida Kahlo, quienes siempre tuvieron fascinación por las culturas originarias mexicanas.
A lo largo de su vida, Graciela Iturbide ha visitado en distintas ocasiones Juchitán y de esas estancias también nació su serie sobre los muxes, un colectivo denominado como el tercer sexo en la comunidad zapoteca de Oaxaca que convive perfectamente con la población, además de tener un papel importante en la identidad etnosimbólica de esta sociedad matriarcal. Los muxes nacen biológicamente hombres, pero se visten como mujeres; son respetados y aceptados por sus familias, quienes incluso llegan a considerarlos una bendición, pues pueden hacerse cargo de sus padres cuando envejecen.
En el trabajo de Iturbide siempre han predominado los temas de la identidad, el ritual y la sociedad, con un especial enfoque en las mujeres. Ella misma define su obra como política y feminista, y difícilmente se le puede encasillar, pues su intención nunca ha sido documentar, pero tampoco crear poesía: tan sólo ha sido el resultado de su experiencia sensible con el mundo.


La exposición se divide en 13 temas, repartidos entre casi 250 obras, entre fotografías en blanco y negro, hojas de contacto y viejas impresiones, así como algunos trabajos en color que raramente han sido exhibidos, pues siempre le ha interesado más el blanco y negro. De hecho, confiesa que ya piensa en blanco y negro, pues este formato le ayuda a abstraer al sujeto de su realidad.
La muerte es otro eje temático importante, tal como lo dice en las reflexiones que acompañan sus fotografías en las paredes de las salas expositivas: los mexicanos ven la vida y la muerte como algo inseparable, están acostumbrados a convivir con la muerte y existen muchas tradiciones centradas en este tema.
Ella misma confiesa haber estado obsesionada con la muerte, sobre todo a raíz del fallecimiento de su hija Claudia, a los 6 años de edad. Esto la llevó a retratar “angelitos”, una tradición en el México de los años 70 en la que a los niños y niñas que morían se les vestía como ángeles y se les fotografiaba antes de ser sepultados. Durante años visitó cementerios pidiendo permiso para fotografiar a familias y a sus angelitos. Ella misma considera que fue una manera de verbalizar su dolor y lidiar con la muerte de su hija.
De estas situaciones personales complejas también surgen sus autorretratos, como el que da título a la exposición, en el que la propia fotógrafa se retrata con un pájaro muerto y otro vivo en el lugar donde tiene los ojos, y se pregunta: “¿Ojos para volar?”. O su Autorretrato con serpientes, que surgió de sus reflexiones durante las visitas al psicoanalista, a quien confesó que cada vez que hablaba sentía que le salían serpientes de la boca.





Esta exposición también es una gran oportunidad para adentrarnos en su faceta menos conocida: su colaboración con Vogue y Dior; sus viajes a la India y Bangladesh; o su participación en la serie de libros Day in the life, en la que, en mayo de 1986, durante 24 horas se adentró la vida de los miembros de la White Fence, una de las bandas criminales más antiguas del este de Los Ángeles, California, muy conocida por su historial de violencia en la zona.
A Graciela le interesó retratar a Cristina, Liza, Arturo, Rosario y su bebé, y a sus familias en el día a día, buscando la cara más humana de este colectivo marginado, más que hacer un reportaje documental. Los cholos y cholas, como son llamadas estas personas de raíces mexicanas pero nacidas en los Estados Unidos, suelen asociarse con el mundo de las drogas y su venta. Como es habitual en su práctica, la fotógrafa se ganó su confianza, lo que le permitió volver a fotografiarlos en 1989 y, a raíz de una exposición en el Museo J. Paul Getty de Los Ángeles en 2007, pudo reconectar con la mayoría de las personas que fotografió en los 80, y así extender la serie mostrando lo que fue de ellos años más tarde. Incluso, los retrató con sus nietos y nuevos miembros de sus familias.

El C/O de Berlín también revela el interés de Iturbide por los jardines botánicos, lugares que considera espacios de fantasía y sueños. El público puede visitar el Jardín Botánico de Berlín con un descuento en el precio de la entrada para adentrarse en el mundo de los cactus, los agaves y otras especies de suculentas, que remiten a los paisajes y simbologías presentes en el imaginario visual de la fotógrafa.
Paralelamente, se organiza un ciclo de cine durante el mes de abril en el que se proyectarán algunas películas de Alejandro González Iñárritu, con lo cual se pretende no sólo ampliar el contexto cultural de la exposición, sino también acercarse a una sensibilidad visual afín que dialoga con la obra de Iturbide. De este modo, la muestra se expande más allá de las salas expositivas para ofrecer una visión más amplia de lo que ha inspirado a la artista mexicana a lo largo de su carrera de más de 50 años.
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