ALBERTO GRECO: VIVA EL ARTE VIVO
Alberto Greco murió en el verano europeo de 1965 a los 34 años, después de tomar la decisión de quitarse la vida. Aquel argentino, que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los artistas más influyentes de su generación, dio sus primeros pasos en 1950, cuando a los 19 años publicó Fiesta, un libro de haikus que presentó en la librería porteña Juan Cristóbal con un evento que culminó con la llegada de la policía.
No sería la última vez que la autoridad intentara frenar su impulso. Desde entonces, desarrolló un recorrido artístico efímero, transgresor y potente, basado en visiones arriesgadas y de lenguaje contemporáneo que se anticiparon al arte urbano, la performance y el arte de acción, consolidándose como un referente no solo en su país, sino a nivel internacional, ya que desarrolló una buena parte de su obra fuera de Argentina.
Viva el arte vivo, recientemente inaugurada en el Reina Sofía de Madrid, es su retrospectiva más completa hasta la fecha, ideada bajo una minuciosa investigación que realizaron junto al curador Fernando Davis, que reúne más de 220 obras y documentos creados entre 1949 y 1965. Las piezas provienen de colecciones particulares e institucionales, entre las que se encuentran el IVAM de Valencia, el Museo Patio Herreriano de Valladolid, el Círculo de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, la Fundación Klemm, la Fundación Antonio Saura, Archivo Claudio Abate y el MoMA de Nueva York, que hace casi una década adquirió algunas de las piezas más relevantes de Greco, entre las que se encuentran su Manifiesto Vivo del Arte-Dito escrito en 1963 -considerada la génesis de su análisis- y Besos Brujos, la novela que escribió entre Ibiza y Barcelona antes de su muerte.


Resulta complejo sintetizar el derrotero de Greco, que, en palabras de Davis, fue precipitado e intenso, aunque haremos el intento. Si bien en un comienzo se consolidó como pintor informalista, adhiriéndose a uno de los movimientos de posguerra que buscaba romper con las corrientes establecidas y que atrajo a muchos jóvenes pintores de la época, su anhelo iba mucho más allá del arte como objeto, encontrando la respuesta en la vida cotidiana.
“La muestra propone diferentes claves para entender el contexto en el cual vivió Greco y su aporte, anticipando el arte de los medios, el pop y las estrategias del conceptualismo. Impresiona ver, a lo largo de las ocho salas que conforman la muestra, su trayectoria breve, vital y radical como no tuvieron otros artistas de la época”, resalta el curador al hablar de este agitador cultural.
Greco contribuyó a consolidar la escena de la vanguardia a nivel internacional, en especial con la obra que desarrolló durante la primera mitad de los años 60, rescatada en parte por el relato oral de sus amigos, las múltiples cartas que enviaba como una práctica cotidiana y los testigos que los acompañaron, registrando con sus cámaras diferentes manifestaciones que llevó a cabo.
Tal fue el caso de Sameer Makarius, quien en 1961 fotografió a pasos del Obelisco la primera acción que Greco realizó en la calle, y que antecede a muchas de las corrientes artísticas antes mencionadas en nuestro continente, al establecer nuevas formas de crear donde prima la idea y el gesto efímero. En esa ocasión mandó a hacer y pegar afiches que leían “Alberto Greco, ¡qué grande sos!” y “Alberto Greco, el pintor informalista más importante de América” como un gesto que se burlaba del rol del artista y dialogaba con gestos políticos y populares como el verso “Perón, Perón, qué grande sos”.

Con un espíritu nómada que había desarrollado durante la adolescencia, cuando abandonó su casa materna, Greco continuó sus aventuras por Río de Janeiro, Génova, Roma, Madrid, Piedralaves, Nueva York e inicialmente París, donde dibujaba en los baños la frase “Greco puto”, un grito discreto de un crack que fundía lo público con lo privado.
“La muestra está pensada en clave queer como metodología del desvío en figuras que tuercen la forma de pensar la vanguardia en línea recta. No se trata de canonizarlo, sino de abrir su sensibilidad bajo parámetros que en esa época no se planteaban para entenderlos desde otras perspectivas e imaginación política”, comparte Davis con relación a una mirada que no se había propuesto en exhibiciones anteriores.
En Francia también llevó a cabo su Primera Muestra de Arte Vivo. Después de establecer que la pintura había muerto, Greco comenzó a buscar alianzas con la vida real y la gente, las cosas, los ruidos, los olores y los gestos que lo rodeaban. Aquello que se encuentra tan cerca que no siempre percibimos. Fue entonces cuando comenzó a circular con una tiza y firmar a las personas. Las cosas no eran fáciles, ya que se movía mucho y nunca tenía plata.
Sin embargo, mientras hubiera tiza, lápiz y papel en sus manos, podía comunicarle sus ideas al mundo, algo que continuó haciendo en Italia. En Génova escribió un primer manifiesto y anunció sobre las paredes de Roma “La pittura è finita. Arte Vivo-Dito”, mientras posaba para el fotógrafo Claudio Abate. Este, al igual que Makarius, conservó estos registros que ponen en evidencia las acciones donde Greco reivindicaba “La aventura de lo real” y la urgencia por llevar el arte a un nuevo nivel.


Mientras que el mundo se obsesionaba con el Expresionismo Abstracto y el Pop Art y gozaba frente a lo tangible, Greco vivía una metamorfosis absoluta. Aun así, nunca abandonó el dibujo y tampoco la palabra, por medio de publicaciones y escritos, su lado más crudo y desgarrador.
Huyendo de las grandes capitales del mundo, en 1963 se instaló en Piedralaves, Ávila, un lugar que describió como la capital del grequismo, donde se sentía «feliz, feliz, feliz». Allí rodeó al pequeño pueblo con su Gran Rollo Manifiesto del Arte Vivo-Dito, hecho en papel higiénico e intervenido. Firmó a la gente e invitó a todos, en especial a los niños, a participar de su obra. Desde la periferia creó lo impensado.
“Greco es un artista que desentona porque sale de la figura heroica de la vanguardia”, aclara Davis. “No es un viajero tradicional, sino uno que tropieza, da el mal paso, callejea y, como dice en una carta a su amiga Lila Mora y Araujo, considera que el arte vivo es el arte del futuro, que no necesita de un programa estético, sino que es una aventura abierta a lo impredecible”.




Entre las muchas historias que se cuentan, hay una que siempre estuvo teñida de cierta incertidumbre. La leyenda narra que en 1965 Greco tuvo un encuentro con Marcel Duchamp mientras pasaba una temporada en Nueva York junto a Claudio Badal, el joven chileno con quien mantuvo una complicada e inestable relación, y que por entonces trabajaba en una tienda de discos y vivía en un destartalado departamento. Sobre esto existe un breve relato que aparece en el catálogo de la primera gran retrospectiva dedicada a su figura, gestada y curada por Quico Rivas en el IVAM, en 1991. Allí, Badal cuenta de una visita al MoMA, que recientemente había adquirido una réplica de la obra de Duchamp Why Not Sneeze Rose Sélavy? (1921), una jaula pequeña que contiene en su interior terrones de mármol y un termómetro.
Claudio quedó enganchado con la pieza, por lo que Greco se propuso regalársela, algo que, por supuesto, jamás sucedería. “Creo que lo más importante para mí en ese momento fue entender a través de Greco que el arte era sobre todo una idea, la proyección infinita de la vida de un hombre, y así amé a Greco, no como él quería que lo amara, sino como yo quería amarlo, a través del entusiasmo que producía en mí su arte y su vida llena de graciosas y misteriosas coincidencias de las cuales me hacía participar”, declaraba.
A pesar de que no sobrevive mucha información acerca de su estadía en Nueva York, se cree que poseía una especie de habilidad mágica para que sucediera incluso lo imposible: el encuentro en la galería Pierre Matisse de la Avenida Madison, a la que llegó tarde y con una toga blanca, donde le entregó un instructivo a Duchamp que decía en francés “escribí acá Viva Greco y firma”. Incluso, algunos sostienen que le devolvió un autógrafo que se habría convertido en la tapa del catálogo de la muestra que Greco iba a tener en Leo Castelli a finales de ese año, aunque en los archivos de la galería no existe evidencia que lo demuestre, aseguran Karen Grimson y el propio Davis, quienes compartieron partes de este anecdotario.

Sin embargo, no estaba feliz. Sobrevive una carta incluida en el catálogo de la muestra en el Reina Sofía, donde afirmaba estar viviendo “un desgarrado y fantasmal problema sentimental en que la colonia argentina trata de ayudarme y evitar que me tire por la primera ventana que encuentre, sobre todo Sarah Grillo y Martita Bontempi, la mujer de Romero Brest”. Allí Greco también confiesa que eran siempre las mujeres las que terminaban salvándolo, y que la ciudad era un cúmulo de rascacielos en contraposición a un paisaje chato y olvidado. “Marcel Duchamp escribió loas sobre mí que fueron leídas por el excelentísimo Romero Brest…”, le aseguraba a Lila, concluyendo que en efecto la exposición se llevaría a cabo, un paso en su carrera que podría haberlo posicionado entre los grandes artistas internacionales del momento.
Su urgencia por compartir la intimidad, los procesos y las ideas, así como la necesidad de encontrar en la vida lo mejor del arte, puede verse hoy en Viva el arte vivo, que nos muestracomo nunca antes que «Greco encaja en todas las categorías que se debaten en la actualidad, a pesar de que falleció hace tantos años. En poco tiempo, incluso sin saberlo, logró convertirse en el mejor. El mejor pintor informalista, el mejor performer, el mejor a la hora de proponer lo nuevo”, reflexiona Julián Mizrahi, codirector de la galería Del Infinito, que desde hace años impulsa el legado de este gran agitador.

Alberto Greco: Viva el arte vivo se presenta en el Museo Reina Sofía, Madrid, del 11 de febrero al 8 de junio de 2026.
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