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ELISA BALMACEDA: ESPECTRO DE MONTAÑA

La serpiente enrollada, mordiéndose la cola, fue crucial en diferentes mitologías. Tomando prestada la imagen del Antiguo Egipto, los griegos adoptaron el Uroboros como símbolo de eternidad: aquello que no tiene principio ni fin. Según los nórdicos, Jörmungandr, hijo de Loki, creció hasta que pudo envolver su cuerpo alrededor del mundo y alcanzar su propia cola; cuando la suelte comenzará el Ragnarök, la destrucción del universo y la formación de uno nuevo. Para diversas culturas mesoamericanas, la serpiente emplumada Quetzalcóatl significaba la unión del cielo y la tierra, el viento y las lluvias, los cultivos y los ríos; la vida misma.

Lo que estas representaciones tienen en común, más allá de la presencia ubicua del animal, es la forma del círculo para representar el orden cíclico de la naturaleza, donde todo nace, crece y muere, una y otra vez. Es el tiempo de las fases lunares, las cosechas y las estaciones. Con la llegada del cristianismo, el tiempo cósmico fue descartado en favor de un tiempo histórico conformado por hechos que se suceden, con un inicio y un final determinado: el génesis y el día del juicio final. Así, el círculo se estiró hasta convertirse en una flecha y el cuerpo maleable y sensual de la serpiente se atrofió en una recta.

Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.
Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.
Fotograma de video. Cortesía de Elisa Balmaceda

La exposición Espectro de montaña de la artista chilena Elisa Balmaceda, inaugurada el 19 de diciembre de 2025 en la Galería Gabriela Mistral y abierta hasta el 31 de enero de este año, está conformada por múltiples líneas. Específicamente, se articula en torno a un ceque: un trazo imaginario que forma parte un sistema de líneas proyectadas desde el centro del imperio incaico, en el Cuzco, hacia las cuatro regiones del Tawantinsuyu, conectando lugares sagrados (llamados huacas) y formando caminos, como una brújula y mapa a la vez.

El eje de la exposición, que aparece en el piso cerca de la ventana que da hacia la Alameda y desaparece en la otra sala, al encontrarse con un video, conecta la huaca del cerro Chena —donde aún se celebra el Inti Raymi, fiesta religiosa en honor al sol durante el solsticio de invierno— con la Plaza de Armas.

La plaza fue un centro administrativo incaico previo a la llegada de los españoles, quienes usaron el trazado ya existente y en base a este establecieron el damero del actual Santiago. Ciudad que, nunca está demás recalcar, se encontraba habitada por múltiples culturas esparcidas a lo largo del valle del Mapocho, el Aconcagua y el Maipo.

Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.
Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.

La fuerza de la muestra de Balmaceda radica en que, más que desechar la concepción progresista de la línea y su conexión con un tiempo histórico, realza su potencial como contenedora de círculos; son líneas que, tal como lo explicita una gráfica en la pared, aluden a diversos ciclos: cerros del valle central donde se pueden ver las salidas y puestas del sol y la luna en solsticios y equinoccios.

Para las culturas andinas, el tiempo estaba y aún está marcado por estos eventos cósmicos, ya que determinan el ritmo de la vida, —a través del calendario agrícola-ritual—, y por qué no, el significado de esta. Aunque a veces se nos olvide, como la artista explica, “siempre hemos usado líneas imaginarias para orientarnos: los meridianos, los trópicos y el ecuador, que responden a los movimientos solares, pero también las líneas de alta tensión, los cables y las calles, que son nuestras líneas de orientación modernas”.

Pero además de las trazadas por Balmaceda quien creció en las cercanías del cerro Chena y ha dedicado parte de su vida y obra al estudio de la astronomía, actividad que en sus inicios realizaba con su padre y que actualmente continúa con su hermano, arquitecto colaborador de Espectro de montaña—, hay un círculo en el centro de la exhibición, si puede definirse como tal al espacio que atrapa la mirada.

Es un portal-altar, con un espejo andino al medio: una piedra[1] que sostiene agua en su superficie cóncava y refleja el cielo, tecnología que permite la observación de fenómenos astronómicos y la conexión entre el plano terrenal y el plano celeste, entre el abajo y el arriba, el presente y el pasado.

Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.

A su alrededor, plantas y hojas dispersas de coca, elementos ofrendados en la activación realizada por Samuel Yupanqui, de la asociación de pueblos andinos de la Región Metropolitana Jach’a Marka, la que, junto a la Fundación Código Andino y el arqueoastrónomo Patricio Bustamante, han sido cruciales para el trabajo colaborativo que ha dado luz a esta muestra.

En vez de apuntar a un astro, el espejo apunta a un sol artificial, una lámpara que se prende y apaga siguiendo la frecuencia de un rayo, o quizás de un pulso —¿El de la montaña? ¿El del universo? ¿El nuestro?—, y conjura por segundos, en medio de la oscuridad que permea el lugar, la claridad cegadora del día. Puede verse directamente desde abajo o desde una plataforma hecha de andamiajes industriales, que recuerdan al paisaje socavado de los alrededores del cerro Chena, donde se emplazan una planta de tratamiento de desechos y varias canteras.

Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.

Cuando se sube por la rampa para observar desde lo alto el portal-altar, los sonidos parecen intensificarse. Son grabaciones del ecosistema del cerro, al igual que los generados durante la exposición, como las pisadas y las vibraciones que estas producen, amplificadas por un geófono en el mismo instante. Una vez arriba, se puede ver el tejido de cobre que une los ocho pilares que rodean la piedra, comunicados con una bobina eléctrica ligada a un receptor de señales electromagnéticas, que capta las frecuencias humanas y no humanas —ya sea la electricidad atmosférica o los aparatos eléctricos— del sector.

De este modo, en pleno centro de Santiago, se erige una huaca; un umbral donde confluyen dimensiones visibles e invisibles, tramas, energías, tecnologías, sonidos, cuerpos, presencias y tiempos, todo en un mismo plano, o tal vez en múltiples, pero simultáneos. Como espectadores, somos confrontados a las tramas que se urden bajo nuestros pies y sobre nuestras cabezas.

Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.
Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.

Para los pueblos andinos, tiempo y espacio son conceptos inseparables. Por ejemplo, en el caso inca se integran en un solo término, pacha. El quechua Ñawpa pacha, similar a la concepción occidental del pasado, es lo que se ve y se conoce, y precisamente por ello se sitúa adelante, pues los pueblos avanzan o, mejor dicho, se mueven, mirando y teniendo en cuenta lo que ya fue. Qhipa pacha, el futuro, lo desconocido, permanece atrás, lejos de la mirada.

La cosmovisión que la artista convoca en la muestra es sumamente pertinente para la actualidad, pues propone el pasado como un material con una potencia de intervención impostergable; es crucial no solo para imaginar otros futuros posibles, sino también para transformar el presente. El pasado nos urge a actuar, y hacerlo ahora. Algo en línea con lo que apuntaba Agamben mucho después:

“La contemporaneidad se inscribe en el presente y lo marca, ante todo, como arcaico, y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los indicios y las marcas de lo arcaico puede ser contemporáneo. Arcaico significa: cercano al arké, es decir, al origen. Pero el origen no está situado sólo en un pasado cronológico, él es contemporáneo al devenir histórico y no cesa de actuar en este, de la misma manera que el embrión sigue actuando en los tejidos del organismo maduro y el niño en la vida psíquica del adulto”[2].

Vista de la exposición Espectro de Montaña, de Elisa Balmaceda, en la Galería Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 2025-2026. Foto: Andrea González. Cortesía: GGM.

Cuando uno se da la vuelta y rehace el camino por la rampa en dirección al suelo, la lámpara se enciende y nuestra figura se proyecta sobre la pared de enfrente. En ese momento, todo hace click. Es el espectro de montaña, el fenómeno óptico que ocurre en los montes, cuando la sombra de una persona es magnificada por la luz del sol y aparece gigante, rodeada por un arcoiris.

El espectador se convierte en un espectro más, entre las ruinas de la ciudad arcaica —el ceque, las piedras, los habitantes originarios, sus fantasmas— y la ciudad moderna —los andamios, el aparataje, el cableado, sus señales intangibles y confusas—, ciudad que hoy amenaza con desmoronarse por su crecimiento desmedido e insostenible. Luego la luz se apaga y regresa la oscuridad.

Sin embargo, el negro no es total: todavía podemos distinguir los trazados del cosmograma en el piso; círculos que son líneas y líneas que son círculos. Y todavía queda espacio y luz suficiente para que podamos, para que debamos proyectar nuevos trazos, nuevas formas de imaginar la ciudad, clave que, como anticipaba la serpiente, puede estar en el pasado, que no es sino el ahora, y también en el mañana. Quizás Agamben tenía razón cuando escribía que “(…) la vía de entrada al presente tiene necesariamente la forma de una arqueología”[3].


ELISA BALMACEDA: ESPECTRO DE MONTAÑA
Galería Gabriela Mistral, Alameda 1081, Santiago de Chile
Del 19 de diciembre de 2025 al 31 de enero de 2026

Colaboradores: Luis Balmaceda, Fundación Código Andino, Samuel Yupanqui
Equipo de trabajo: Marykarla M. Olivares (producción) / Carolina Castro Jorquera (texto curatorial) / Estudio Femur (construcción andamiajes) / Emilia Martín (realización audiovisual) / Constanza Barrios (diseño gráfico).

Los dejamos invitados a las actividades del programa de mediación de la muestra, que buscan, a través de caminatas solsticiales, derivas urbanas, visitas mediadas y otros encuentros, activarla en su dimensión colectiva y vibrante.

Deriva Alineaciones invisibles: viernes 23 de enero. 10:00-12:30 hrs.

Encuentro Tramas Espectrales: sábado 24 de enero. 11:00 hrs.


[1] La piedra, junto a las otras situadas en el espacio, pertenecen a la zona explotada del cerro y serán retornadas a su lugar de origen una vez finalizada la muestra.

[2] Giorgio Agamben, ¿Qué es lo contemporáneo? (Texto leído en el curso de Filosofía Teorética, Facultad de Artes y Diseño de Venecia, 2006–2007, traducción de Verónica Nájera), 4, https://etsamdoctorado.wordpress.com/wp-content/uploads/2012/12/agamben-que-es-lo-contemporaneo.pdf.

[3] Giorgio Agamben, ¿Qué es lo contemporáneo?, 5.

Antonia Maluenda Philippi

Licenciada en Arte por la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC) y Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), la Universidad Complutense de Madrid (UCM), en conjunto con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS). Ha trabajado en gestión cultural en diversas instituciones en España y Chile, donde reside actualmente.

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