MUSEO BARDA DEL DESIERTO: TRES AÑOS HABITANDO LOS BORDES
Por Constanza Rutherford Pezoa
La definición de Barda es amplia. Podría referirse al borrén de la silla, un vallado, maleza, un nubarrón. Sin duda, silvestre. Y al borde, siempre al borde. Un límite hecho de malezas, una ladera asilvestrada. En la provincia de Río Negro ubicada en la Norpatagonia Argentina, Las Bardas —esos desérticos cerros bajos con cima amesetada— son una marca geográfica cultural que interrumpen tajantes con el canal de riego que las separa del valle frutícola que cumple más de 100 años de vida.
Las eras geológicas son visibles en Las Bardas. Ellas resguardan la memoria de lo que ha sucedido allí como un contador del paso del tiempo. Se trata de un desierto que no está desierto. Uno que contiene ecosistemas posibles gracias a su propia aridez y que, a la vez, niega el olvido de los pueblos que han habitado esta estepa.
Allí, en el corte entre el valle y la estepa, se ubica el Museo Barda del Desierto [mBDD]; al borde de lo que se designa como museo, en la ladera difusa de lo que se designa como espacio arquitectónico. Inserto en una sociedad que le dio la espalda a la estepa, el mBDD vierte nuevos significados en el espacio desértico.

A tres años de su creación, Barda del Desierto se consolida como un dispositivo transdisciplinario dedicado a la producción, formación y divulgación de proyectos que entrelazan metodologías provenientes de las ciencias, la arquitectura y las artes. Desde su condición de ecomuseo, el mBDD se sitúa en diálogo con la geografía cultural del territorio, abordando preguntas sociales, comunitarias, ambientales y espaciales propias de la región. Su trabajo impulsa una práctica cultural contemporánea con énfasis en la sostenibilidad, la participación y la educación artística, abriendo un espacio para pensar la arquitectura más allá del objeto, como proceso situado y colectivo.
Con entrada gratuita durante todo el año, el Museo propone tres circuitos que recorren Las Bardas. Estos trayectos permiten vincularse física y afectivamente a la estepa, mientras se experimentan las piezas en exposición. Las obras son visibles a través de placas que contienen las coordenadas geográficas de latitud-longitud del emplazamiento original de cada una, junto a la referencia de autoría, sinopsis, ficha técnica y un código QR.
El ecomuseo surge como una forma de resguardar y dar continuidad a las experiencias y producciones artísticas desarrolladas durante el programa de residencias artísticas en la Escuela N° 135 de la localidad de Contralmirante Cordero, Río Negro. En sus seis ediciones consecutivas, recibió más de cincuenta artistas, curadores e investigadores del territorio nacional e internacional, transformando la escuela en un espacio de creación artística y arte-educativo en diálogo con la geografía de la región. De esta forma, el museo conserva 19 piezas que fueron creadas en Las Bardas entre 2014 y 2019, por artistas que habitaron el territorio en un flujo de intercambio de saberes.


Las obras que hoy conforman la colección del mBDD -piezas de videoarte, sonido y registro de performance- fueron creadas u originadas sobre la geografía cultural del lugar (site specific) o están vinculadas al contexto histórico. De esta forma, no sólo registran el paso de los y las residentes, sino también el modo en que sus prácticas fueron atravesadas por el territorio, la comunidad y los imaginarios locales.
Al igual que el proyecto de residencia artística, el mBDD preserva su compromiso arte-educativo, invitando a la comunidad a ser parte de esta iniciativa. Con el objetivo de dar continuidad al propósito pedagógico de Barda del Desierto, en 2023 se incorpora la obra emblemática del artista Luis Camnitzer El museo es una escuela, el artista aprende a comunicarse y el público aprende a hacer conexiones, la cual se sitúa en el frontis del museo —a través de realidad aumentada— interpelando a las instituciones tradicionales, tanto museísticas como educativas.


NO SE TRATA DE UN MUSEO VIRTUAL, SINO DE OBRAS DIGITALES
El Museo Barda del Desierto propone una experiencia que se atraviesa con el cuerpo y se completa mediante herramientas de uso cotidiano. Google Maps permite orientarse en el recorrido, mientras que la cámara del celular activa los códigos QR que despliegan las obras digitales dispersas en el territorio. Este cruce entre lo digital y lo físico no solo amplía los modos de acceso al arte, sino que también subraya la experiencia situada del caminar, del estar ahí. Las dificultades que implica recorrer Las Bardas —desde lo físico hasta lo simbólico— se convierten en parte de la propuesta, otorgando un nuevo valor a un paisaje históricamente leído como árido e inhóspito, al poner el foco en las formas de subsistencia que allí persisten.
Cada persona se debe geolocalizar para entrar y recorrer el museo; nunca se está a la deriva. El mapa funciona, entonces, como membrana arquitectónica. Una estructura mediada por las herramientas tecnológicas y digitales, donde la fachada es el propio paisaje. De esta forma, el circuito dispuesto en y entre las bardas propone “caminar el paisaje donde las obras funcionan como una convocatoria, más que cosas a mirar (…) Estar ahí es parte constitutiva de nuestro proyecto y es un gesto de aquello que llamamos escuela, como experiencia de poner el cuerpo en acción” (Cordero & Beltramo, 2024, p. 257).
El celular, como herramienta de uso cotidiano, se transforma en el dispositivo que media la experiencia estética del museo, activando una relación directa entre paisaje, cuerpo y obra. Esta articulación invita a repensar nuestras nociones de tiempo, permanencia e historicidad. ¿Qué sucede cuando las obras no están contenidas en muros, sino expuestas a la intemperie, al viento y al paso lento del caminante? En este escenario, la flora, la fauna y la geografía misma se vuelven parte activa de la experiencia artística, desdibujando los límites entre obra y entorno. Barda del Desierto, más que una institución de conservación, propone un espacio de experimentación donde el conocimiento se produce en diálogo con el territorio, no sobre él.

La experiencia del Museo Barda del Desierto puede leerse desde la categoría de arquitectura de límites difusos, entendida como aquella que no impone barreras rígidas entre cuerpo, entorno y espacio construido, sino que propone interfaces porosas, adaptables y profundamente situadas. En vez de levantar un edificio que contenga las obras, Barda las localiza en el territorio, articulando una espacialidad que se habita con el cuerpo, se descifra con herramientas cotidianas —como el celular y el GPS— y se completa en relación con la geografía y el tiempo.
Esta forma de museo expandido dialoga con debates actuales propuestos, por ejemplo, en foros de las bienales internacionales de arquitectura y de arte, donde actualmente se invita a problematizar el cambio climático, teniendo en cuenta la urgencia de repensar los museos bajo los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En este contexto, Barda aparece como un caso de estudio radical: una infraestructura mínima que configura el vínculo entre arte, territorio y comunidad, y que invita a pensar el museo más allá de sus muros, incluso más allá de la noción misma de edificio.
Desde esta perspectiva, el mBDD desborda los límites disciplinares tradicionales para abrir caminos que vinculan la práctica artística con metodologías científicas y arquitectónicas, generando nuevas formas de interpretar y habitar el paisaje. Esta articulación no busca jerarquías entre campos, sino puntos de contacto: modos de pensar, hacer y sentir que emergen de la colaboración y la experiencia situada. En ese cruce, la aridez de la estepa no es obstáculo, sino materia viva para la investigación, el pensamiento estético y la imaginación espacial.


Uno de los mayores desafíos que enfrenta el Museo Barda del Desierto es la continua amenaza de la explotación petrolera, el uso de agroquímicos y la acumulación de basurales a cielo abierto en la región, lo que genera un conflicto constante para la preservación del paisaje. En este contexto, la noción de «borde» adquiere una relevancia central, como una línea entre lo natural y lo intervenido, como una metáfora de las tensiones entre la necesidad de habitar y la fragilidad del territorio. El museo responde a este borde, provocando una reflexión profunda sobre los impactos que las actividades humanas tienen sobre el paisaje, mientras busca visibilizar los procesos de resistencia y adaptación del entorno.
Es en estos bordes donde surge las colaboración artística que trasciende las fronteras tradicionales, como es el caso de su participación en el 1° Encuentro Transcordillerano Chile-Argentina: Hacia pedagogías artísticas del sur, un espacio de divulgación entre artistas, educadores y activistas de diversas disciplinas que abre un diálogo entre Chile y Argentina, promoviendo una reflexión conjunta sobre la relación entre arte, territorio y sostenibilidad, contribuyendo a repensar las dinámicas de cuidado y cooperación en los territorios fronterizos.
El Museo Barda del Desierto está dirigido por un equipo comprometido y multidisciplinario, que gestiona un dispositivo no solo orientado a la curaduría, sino también a la creación de vínculos que atraviesan fronteras geográficas y culturales, fomentando un intercambio de saberes y experiencias en torno a la sostenibilidad y el arte contemporáneo. MBDD son María Eugenia Cordero, Belén Arena Arce, Cecilia Maletti, Andrea Beltramo y Flasvia Visconte.
Referencias
Cordero, M. E. y Beltramo, A. (2024). Museo Barda del Desierto, una arquitectura de la experiencia: conversación con Luis Camnitzer. Artilugio Revista, (10). Recuperado de: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/ART/article/view/46348
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