THIS ISN’T WONDERLAND. BUT IT IS. MARCOS SÁNCHEZ: CABAÑA
Descendimos al casco histórico de la capital, y seguimos al conejo blanco hasta la Galería Gabriela Mistral, en el corazón mismo de Santiago de Chile. Qué raro… ¿por qué se le puede hacer tarde a un conejo? Ha de ser algo muy importante. A lo mejor es una fiesta… o tal vez una inauguración de arte.
- ¡Señor Conejo, espéreme!
Mira, qué lugar tan raro para una fiesta… Al llegar, nos encontramos con un pequeño mundo dentro del mundo. La instalación inmersiva del artista y animador Marcos Sánchez se había tomado cada rincón de la galería, transformándola por completo. De pronto, el ruido y el caos de la ciudad se apagaron de golpe. La cabaña nos recibió con la calidez de un abrazo afectuoso que, sin palabras, nos ayudaba a recuperar la calma que tanto deseábamos.
Extraña por momentos, repleta de imágenes y sonidos que se entrelazan, aparece de pronto una escena con tono de madrugada, aparentemente ambientada justo antes de aclarar. Ese instante en que los pájaros comienzan su diálogo ininteligible y, sin excepción, te preguntas: ¿qué estarán diciendo? ¿qué urgencia los hace cantar así, cada día y sin descanso?
Mientras tanto, la noche artificial dispuesta en el espacio se impregnaba lentamente de sonidos y presencias: el murmullo del agua, el canto de los grillos, el susurro de los árboles, el parpadeo de las luces, algunos objetos repartidos en el lugar. Y el campo –figura de conflicto en mi memoria– permanece en formas extraterrenales. Una escena algo ambigua; oscura, inquietante, pero paradójicamente pacífica, amena, conciliadora. Lo cual nos da un par de pistas de cómo se encuentra hoy el mundo exterior.
Algunas piedras caen del cielo. No sabemos con certeza si fueron arrojadas por la mano de un gigante, si tal vez cayeron de un risco que no vemos, o simplemente, llueven…. pero qué tontería! ¿Tontería? ¡Eso, tonterías! (…) Si yo hiciera mi mundo, todo sería un disparate. Porque todo sería lo que no es. Y entonces al revés, lo que es, no sería, y lo que no podría ser, si sería ¿Entiendes?
Dentro de esta porción de mundo, cada elemento resulta completamente natural en su artificialidad. Pero cuidado, porque puede que aparezca alguna trampa: una bolsa de plástico emprende el vuelo junto a un pájaro. Flores gigantes brotan de la tierra, quizás la luz de la luna las despierta. Una caja de cartón, medio preocupada, huye del peligro que la acecha. Y un humano se asoma de vez en cuando, con poca frecuencia. Entonces, qué podría estar mal…




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Dalí, Magritte, Breton, Man Ray, Carrington, Varo y todos los grandes artistas que alimentaron el movimiento surrealista nos abrieron un ventanal –con trampolín incluido– hacia el vacío, todo listo y equipado para que pudiéramos volar. Con el tiempo, logramos descubrir y materializar qué hay más allá de lo que percibimos a simple vista. Al principio flotamos tímidamente, pero hoy contamos con los medios tecnológicos suficientes para levantar nuestros sueños en grandes estructuras inmersivas, instancias que se han transformado en verdaderas fiestas cargadas con altas dosis de imaginarios novedosos, con infinitos ¿qué pasaría si?.
Hubo intentos antes… ¡Claro que sí! Durante décadas tratamos de acercarnos lo más posible a la inmersión. Metida tras metida de pata, entendimos que no era lo nuestro… al menos no con los medios de entonces. El Sensorama (1962), el Fantasma de Pepper (1862)… si bien no guatearon, tampoco bastaron. Necesitábamos más.
Finalmente, hemos alcanzado ese “más”. El diseño digital, la ambientación de los espacios y el sonido envolvente nos entregaron la capacidad de ser el maestro y el pupilo, el creador y la creación, extendiendo nuestra noción de naturaleza hasta donde se nos planta la gana. Nos dimos el pase para existir en el mundo de nuestros sueños, de nuestras pesadillas, de nuestras inquietudes, de nuestras fantasías.
Y, al mismo tiempo –algo que particularmente me encanta– IN-TER-CO-NEC-TA-DOS: proyectando realidades al mundo a través de pantallas, mientras compartimos nuestras experiencias en un movimiento recursivo de exposición colectiva. Para bien o para mal, somos un cuerpo, una masa alimentada por una miríada de servidores, construyendo naturalezas que estaban escondidas y a la espera de ser develadas.
Naturalezas que, como va pintando la cosa, necesitamos más que nunca.


III. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!
Más allá de lo mezquinas que puedan parecernos las imágenes que nos ofrece el “default” del mundo real, necesitamos un refugio que nos permita desconectarnos del caos de la ciudad y proyectar aquello que, de una u otra forma, nos ayuda a mantener la calma.
En enero de 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluyó el síndrome de burnout en la 11ª edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11). La afección dejó de ser descrita como un “estado de agotamiento vital” –vinculado a lo personal o familiar– para ser reconocida como el desgaste provocado por el estrés crónico asociado al trabajo. Según estudios clínicos el grupo de edad más común en los casos de burnout es el de 25 a 40 años, edades en las que las personas son más activas en el mercado laboral.
A este cóctel de malísima calidad debemos sumar la precarización laboral, la explotación y la hiperproductividad como mandato a escala global. La gran pregunta es cuánto más podemos aguantar; vivimos agotados, nublados por la sensación constante de que nunca es suficiente.
Somos una generación sin espacio en sus agendas, corriendo todo el tiempo, con semanas que se esfuman en cinco segundos. Familia, pareja, amigos, pasatiempos, reuniones, estabilidad financiera, casa en la pradera, grados académicos, perfeccionamiento, ejercicio, inversión y, ojalá, el manejo de un gran poder adquisitivo son solo algunas de las líneas a seguir en el concepto de vida feliz.
Pero ¿Cómo? ¿Cuándo? y ¿Dónde?
Tenemos la inflación por las nubes, la guerra como amenaza constante, índices de pobreza y desigualdad sin precedentes, y el hecho irrevocable de que hasta el descanso se ha vuelto un lujo. Un lujo reservado para quienes ya desistieron o para quienes –de una u otra forma– ya no están peleando por sobrevivir en este sistema.



En mi mundo…
En mi mundo, Los gatitos/ Lucirán muy lindos vestiditos/ Usarán sombrero y zapatitos/ En mi país de ilusión (…) Y el riachuelo me podría contar/ Del mundo aquél que siempre he de buscar/ Quién pudiera algún día/ Ver las maravillas que soñé feliz.
Una vez más, el arte nos rescata.
Allí está la Cabaña. No como una solución, sino como una pausa. Un lugar donde no hay que rendir cuentas, un espacio de libertad momentánea construido por el artista para invitarnos a observar, admirar y viajar sin movernos del lugar.
Esta obra simboliza una apertura hacia la calma; una reconciliación con el canto de los pájaros, el sonido del viento, los árboles, la noche y el campo. Saber que no necesitamos correr, porque al fin todo está en paz. Aun así, siempre es difícil no pensar en quienes no lograron resguardarse, quienes quedaron hechos cenizas y quienes no volverán.
Pero aquí estamos, bajo el mandato cruel de la Reina Roja, y quizá sea poco lo que podamos avanzar. Aun así, sigo siendo partidaria de los finales felices, nunca es tarde para imaginar nuestra propia versión del País de las Maravillas, ese lugar amable que de verdad queremos habitar. Mientras tanto, aprovechemos el universo construido por Sánchez y descansemos –aunque sea por un momento– de todo eso que dejamos atrás.
Cabaña, de Marcos Sánchez, se presenta del 14 de marzo al 26 de abril de 2025 en la Galería Gabriela Mistral, Av. Libertador Bernardo O’Higgins 1381, Santiago, Chile. La exposición es curada por José Tomás Fontecilla.
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