SIN DESPEDIDAS. LA MIGRACIÓN EN EL ARTE JOVEN CUBANO
Por Laritza Suárez del Villar Suárez | Curadora
Sin Despedidas es la exposición colectiva que, en 2023, ganó la beca de curaduría Estudio 21 del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV) en La Habana, donde se presentó entre agosto y octubre de este año. La muestra marca el inicio de una investigación artística sobre la amplificación y diversificación de las representaciones migratorias en las artes visuales cubanas, centrada en la producción simbólica de artistas emergentes. El título de la exposición se inspira en una de las decisiones más comunes en la actual crisis migratoria de la Cuba del siglo XXI: emprender un viaje sin despedidas.
La evasión de esta responsabilidad emocional podría responder al deseo de evitar la propagación de la tristeza, o tal vez a la percepción de que el adiós es innecesario ante la masividad migratoria y su normalización. En una isla caribeña como Cuba, donde una gran mayoría de sus habitantes se marcha, quienes aún permanecemos hemos experimentado, en algún momento, la zozobra de un vacío inconmensurable. Ese sentimiento puede surgir tanto de la espera de nuestro turno para partir como de la dificultad de concebir abandonar el país como una solución a nuestros problemas.
De una forma u otra, el impacto psicosocial de la actual ola migratoria en la juventud cubana es tan significativo que ha propiciado un proceso de identificación entre los artistas emergentes con un tema que había mermado, cuando no desaparecido, de las directrices conceptuales de la producción artística joven a inicios de la segunda década del siglo XXI. Esto se debía, en parte, a su fuerte representatividad en la generación de artistas de los años 90 o a que, tras las flexibilizaciones políticas, dejó de percibirse como trascendental.
Hoy, la reaparición de la temática migratoria en la producción simbólica joven ha dado lugar a una exposición que reúne a 14 artistas —estudiantes y egresados de la Universidad de las Artes (ISA)— cuyas poéticas abordan, en una o más obras, el fenómeno migratorio, o bien ofrecen lecturas que se enmarcan en el contexto de las migraciones.


En la serie Pangea de Jany Batista, el mapa de la isla de Cuba ha sido cortado al azar en provincias y municipios, piezas que se encajan como fichas de rompecabezas para crear, de forma utópica, una nueva versión geográfica y administrativa de Cuba. También, esta reconfiguración propone la idea de otro territorio-nación, e incluso un continente. En este sentido, la serie desafía la concepción de la isla como un espacio aislado o alejado de la civilización y la modernidad. Subvierte la geopolítica, diversifica la noción de nacionalidad y profundiza en la presencia de Cuba en el mundo, al quebrantar y reconfigurar los límites, divisiones y fronteras.




Los artistas emergentes participantes en la muestra parten ineludiblemente de sus historias de vida, se apropian del hallazgo objetual y orgánico, o emplean métodos provenientes de la psicología, la antropología y la sociología. Esta práctica artística transdisciplinaria los lleva a adoptar un comportamiento insubordinado que trasciende algunos de los códigos visuales representativos de décadas anteriores, expandiendo el imaginario artístico migratorio.
Su producción simbólica se alinea con las dinámicas contemporáneas del fenómeno migratorio, abordando los nuevos y diversos itinerarios —legales e ilegales—, la visión normalizada del movimiento migratorio y las prácticas familiares transnacionales, como la comunicación virtual y las modalidades de migración temporal o circular, que mantienen el vínculo entre el país receptor y la isla.
Algunos artistas recurren a elementos naturales para explorar, desde una arqueología psicoemocional de carácter rehabilitador, los procesos de sufrimiento y duelo que muchas veces quedan ocultos tras la percepción predominante de la migración como generadora de beneficios económicos (Martín, 2021, pág. 111). Asimismo, utilizan estos elementos para reflexionar sobre la migración como un fenómeno inherente a la vida y a la condición humana.
Dentro de este sistema simbólico destacan elementos como el mar y la penca de palma, recurrentes en la iconografía migratoria del arte cubano. Estos representan no solo la identidad insular, de la cual es imposible desprenderse, sino también las complejidades de la experiencia migratoria. A ellos se suman otros recursos, como la flor de loto, símbolo de resiliencia frente al dolor; las plantas silvestres con semillas voladoras —presentes en diversas geografías—, que evocan el viaje constante; y el efecto de la luz solar reflejada en los vitrales de una de las salas del espacio expositivo, en un momento específico del día, como una poética alusión al paso del tiempo y a la vida entendida como un movimiento perpetuo.

Clara Massó, El loco, 2024. Nuevos medios, dimensiones variables. Foto: Yamil Orlando.
El loco, de Clara Massó, consta de un sensor que responde al movimiento intencionado del espectador, expidiendo una credencial como resultado. Su objetivo es incentivar al espectador-participante a moverse, ofreciendo como recompensa solo la auto-legitimación de la acción en sí misma. Esta obra se presenta como una metáfora no solo del cubano migrante, sino también de la explotación del movimiento dentro de la rutina estática del día a día, propia de la vida ciudadana. El título hace referencia a la multiplicidad de «peripecias» y «malabares» involucrados en los trámites, pero también al hecho de que la credencial contiene la imagen del «loco» del tarot, un símbolo de nuevos comienzos.


En Espectros (9:30 am-12:00 pm), Yaily Martínez se apropia del efecto de la luz solar reflejada en los vitrales de una de las salas del espacio expositivo en un horario específico (de 09:30 am a 12:00 pm) y lo integra a una atmósfera de neblina creada intencionadamente para explorar el paso del tiempo y la vida como un flujo constante. El espacio se convierte en un limbo, donde solo la luz proporciona una noción temporal y direccional. El contraste entre la luz y el humo fue documentado en un video, el cual se presentó a las 5 pm durante la inauguración de la muestra. El gesto de hacer coexistir en un mismo espacio dos tiempos distintos diluye los límites entre pasado y presente, desdibujando las fronteras temporales y espaciales entre los hemisferios de la Tierra.


“Nadie se va del todo”, como reza el célebre título de una obra de teatro, porque emigrar no implica, necesariamente, olvidar. La memoria y la sensorialidad se convierten en recursos fundamentales para los artistas para indagar cómo la esencia de un aroma puede tele-transportarnos emocionalmente a nuestro lugar de origen y al pasado, o cómo los migrantes que realizan travesías irregulares van construyendo “paisajes o ambientes migratorios” a partir de sus recuerdos.
Los artistas son observadores y oyentes de acontecimientos narrados por emigrantes, ya sea a través de las redes o en diálogos íntimos, que suelen incluir descripciones —subjetivas y, en ocasiones, distorsionadas— de entornos naturales insólitos y marcados por la incertidumbre. Aunque el componente marítimo sigue siendo inevitable, el protagonismo se extiende también a selvas y desiertos, paisajes característicos de las rutas terrestres que atraviesan países puente o de tránsito en Centroamérica y Sudamérica.
Estudios demográficos y sociales señalan que el recorrido por etapas, sumado a la dispersión global de familias y amistades, ha hecho que la migración cubana se asemeje cada vez más a la de otros países latinoamericanos y, en términos generales, a las tendencias migratorias globales (Aja, Rodríguez, Orosa, & Albizu-Campos, 2017, págs. 42-44).



María Fernanda Chacón, Ojos en el cielo, pies en la tierra, 2024. Videoinstalación, hamaca. Foto: Yamil Orlando.

En línea con esta idea, los artistas construyen un discurso mediante la videocreación y los nuevos medios, yendo más allá de su función como simples soportes. La Cuba de hoy, a diferencia de décadas anteriores, está inmersa en la era de la conectividad y el internet. Las tecnologías de la información y la comunicación han adquirido un papel crucial en las estrategias migratorias y en las prácticas transnacionales.
Por ello, los artistas, desde una perspectiva autoetnográfica, documentan sus procesos de migración circular entre el Caribe y el resto del mundo. Abordan la pluralidad de identidades, la búsqueda de un lugar al que se pueda llamar “hogar” y la apropiación de nuevos territorios, dejando una marca de presencia mientras llevan consigo la esencia de otros lugares.
Se propicia entonces la creación de un imaginario permeado por un dinamismo espacio-temporal en bucle. Aunque la condición insular persiste, esta debe ser entendida desde una perspectiva transnacional. No solo porque el habitante de una isla anhele superar la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, sino también debido a la propia composición transcultural de nuestra nación, que muchas veces conlleva a una ciudadanía múltiple. Irse sin despedidas se convierte, entonces, en un acto que puede aludir tanto a una migración circular futura como a la esperanza de un eventual retorno.
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