LOS EXCLUIDOS DEL ARTE MIRAN YOUTUBE. CRÍTICA DE ARTE EN LA NUEVA ERA DIGITAL
Ante el innegable trance histórico que los nuevos modelos tecnológicos de comunicación y transmisión de información imponen sobre las prácticas culturales, es necesario repensar los modelos de extensión y vinculación que poseen las instituciones. Con esto, no me refiero simplemente a contratar community managers para potenciar las páginas de Instagram de los museos, sino que reconocer de un modo más profundo cómo han cambiado las relaciones humanas y los procesos de generación de sentido.
La central misión de democratización cultural que ha caracterizado a las instituciones contemporáneas enfrenta hoy un nuevo contexto que debe descifrar si quiere evitar quedarse hablando una lengua solitaria y conservadora. Por el costado, ya han surgido aquellos quienes se le adelantan en el juego y atraen los públicos que siempre le han sido tan esquivos a las políticas institucionales. Tienen nombre propio y vociferan sus ideas con una seguridad inaudita ante millones de personas en las redes sociales.
En su texto El Odio al Arte publicado en Revista Anfibia, Syd Krochmalny, sociólogo, investigador y artista argentino, los define bajo el nombre de críticos influencers: “un nuevo actor social que con una laptop y conexión a internet logró más audiencia que los departamentos de pedagogía y comunicación de museos”. Para ejemplificarlo, se agarra del más notorio de ellos, Antonio García Villarán, un pintor y académico de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla que en su canal de YouTube acumula 1,4 millones de suscriptores y casi 180 millones de vistas, con videos que varían entre críticas a obras de arte, relatos sobre vida de pintores y análisis de sus propias creaciones.
Dentro de todo su contenido, sin embargo, el concepto que lo llevó a la fama y a su inesperada participación en los debates de teoría del arte actuales es el Hamparte. Surgido a partir de la combinación de las palabras Hampa -conjunto de ladrones organizados en bandas- y Arte, hace referencia, a grandes rasgos, a todos aquellos ejemplos de obras de arte contemporáneo que no poseerían el valor estético y técnico que se les atribuye y que le deberían su fama y elevados precios tan solo a los caprichos y engaños de una élite movida por intereses económicos y amiguismos.
De paso, estas blasfemias artísticas tendrían de cómplices a textos académicos que les atribuirían una pretenciosa legitimidad en la que nadie creería realmente y que, para colmo, serían muchas veces financiados por el Estado. Los ejemplos más atacados por Villarán son Comedian de Maurizio Cattelan y las obras conceptuales de Yoko Ono. Es que claro, al saber los millones que vale un plátano pegado con cinta a la pared, o al ver a Yoko Ono gritando descontroladamente contra un micrófono, ¿quién no levanta una ceja? ¿Quién no duda de que quizás la empresa del arte ha tomado un viraje que debe ser drásticamente alterado?
No obstante, Villarán omite que muchas veces estas contradicciones y polémicas son tratadas explícitamente por el mismo arte contemporáneo. Se podría decir incluso que son su eje central, desde que el urinario de Duchamp dejó sin piso firme la definición de aquello que sería una obra de arte. El fenómeno Villarán, sin embargo, no se reduce solamente a las opiniones que profesa, algo más se esconde en su inaudita irrupción.
En este sentido, Krochmalny entrega un análisis bastante claro respecto a los críticos influencers: su éxito depende tan solo del criterio de la cantidad de visitas que reciben, por lo que sus opiniones se limitan a apelar constantemente al sentido común. Sus aparentes discursos radicales deben sus ideas a los valores románticos del siglo XIX, en donde al arte se le atribuía la función de operar como ente espiritual con la capacidad de emocionar y sublimar la experiencia humana.
Los críticos influencers, bajo esta línea, no serían nada más que nostálgicos de aquella última época histórica antes de la descomposición de los sistemas de referencia estéticos, basados en la mimesis, la noción de belleza o de verdad; un conservadurismo falsamente disfrazado de iluminación y rupturismo, bastante similar, por lo demás, a los retornos de los conservadurismos políticos ante la debilidad de las democracias liberales.
Intuyo, sin embargo, que esta argumentación no basta para cerrar los debates que exigen las nuevas formas de hacer crítica artística por internet. La defensa de los valores del arte contemporáneo existía ya antes de la aparición de los críticos influencers y lleva incluso varias décadas siendo impulsada y difundida por las políticas de democratización de la cultura a lo largo del mundo. La verdadera disputa, me parece, no está solamente en el debate de fondo que ocurre entre Villarán y Krochmalny, es decir, no se reduce a una separación drástica entre los odiadores del arte contemporáneo y aquellos que desprecian a esos odiadores.

Recuerdo una noche al borde de un río en Valdivia con amigos, en donde surgió Antonio García Villarán como tema de conversación. La mayoría de los presentes, consistentes en gente con un interés solo general por el arte y con formaciones en áreas que apuntaban en otros sentidos, habían visto sus videos y estaban de acuerdo con su concepto de Hamparte; mientras que yo, desde mi formación académica en teoría e historia del arte, renegaba fuertemente su legitimidad.
Aún recuerdo mi tono al proclamar un rechazo a la mera posibilidad de considerar el Hamparte como una propuesta con valor. Estaba seguro de mí mismo, casi indignado, convencido de que declaraba la verdad con mis palabras y que aquello que me proponían podía ser desmentido fácilmente con argumentos que me sabía de memoria. De vuelta, mientras divagaba entre conceptos forzosos, mis amigos me miraban con ojos inseguros de quien no se atreve a diferir de una verdad demasiado oficial. Tan solo me contestaron: “yo sabía que tu ibas a odiar a Villarán”.
Es que, obviamente, mi posición en el debate podía ser predicha desde antes de que empezara mi argumentación, por el simple hecho de haber sido formado al alero de las perspectivas académicas respecto al arte. Es más, recuerdo claramente que al descubrir el artículo de Krochmalny por primera vez, me había alegrado de al fin tener argumentos claros para poder desmontar al odioso de Villarán ¡Incluso sin haber visto ninguno de sus videos!
Si en las estructuras desde las que nos atrevemos a opinar están auguradas previamente nuestras ideas, hay algo que no estamos queriendo pensar. Quizás haga falta dejar de limitar los análisis de debates a una mera contraposición de argumentos de fondo, quizás sea vital prestar atención también a la forma que los trasciende. Propongo, entonces, analizar ambas formas, la de Krochmalny y la de Villarán para ver de qué manera se nos muestra la disputa desde esta perspectiva.
Que no se entienda, sin embargo, que pretendo desvalorizar a Krochmalny o sus palabras. Lo utilizo tan solo como desafortunado ejemplo para revelar el esqueleto que subyace al estilo de escritura sobre arte al que estamos acostumbrados, estilo que, además, es el mismo que yo replico en este ensayo. Las características que enumero a continuación no deben ser tomadas como necesariamente malas o condenables, mucho menos como fáciles de escapar, sino como estructuras de pensamiento sobre las que considero necesario tomar conciencia.
- A lo largo del texto El Odio al Arte, hay un evidente conocimiento anterior asumido. Cuando se nombran, por ejemplo, “los criterios estéticos del siglo XVIII y XIX”, no se explica cuáles son. Abundan los argumentos y referencias que funcionan solamente dentro de una élite intelectual con conocimientos adquiridos previamente.
- El tono de expresión del autor es uno completamente seguro de sí mismo, sin vacilaciones y convencido de aquello que proclama. En su argumentación no hay espacio para errores o sentidos oblicuos y, si duda de vez en cuando, es tan solo para contestarse a sí mismo con una idea aún más esclarecedora.
- Se utiliza una forma que presenta siempre ideas positivistas e iluminadas. Positivista en el sentido de la defensa de que el entendimiento de los fenómenos solamente se puede generar a través de concepciones afirmativas, empíricas y definitivas. Es decir, el fenómeno aparece exitosamente traducido en nociones pre construidas y pre verificadas que le atribuyen validez y solidez al argumento. E iluminadas en el sentido de la ilustración modernista, en donde el autor comprende superiormente el tema del que habla y le abre la mente a quienes lo leen.
- La redacción a lo largo de todo el texto es clara y explícita, se nos entrega en un formato pulcro, estructurado y firme. Los argumentos y las ideas están domadas hacia una configuración que es fácil de entender: Krochmalny quiere decir exactamente aquello que está diciendo. Puede sonar un poco estúpido decirlo de esta manera, pero no tanto si consideramos también otras maneras de expresar ideas y conocimiento en donde lo implícito, lo obtuso, lo metafórico, lo escondido o lo poético pueden entrar también en el juego de la escritura sobre arte.
- Y finalmente, aquel elemento que me parece central y trascendente a todos los ya mencionados: el Yo como protagonista escondido. La primera persona aparece explicitada tan sólo un par de veces a lo largo de todo el texto, mientras que la tercera persona abunda (se hacen hablar las voces de los críticos influencers, la del público general, las de corrientes artísticas, etc.). Sin embargo, el rol central del Yo en el escrito es innegable por el simple hecho de que todas las ideas expresadas pasan necesariamente por la subjetividad del autor. Esta ocultación de la voz en primera persona ocurre, más bien, porque su presencia haría temblar la pretendida solidez y capacidad convincente del texto. Se imaginan si a cada inicio de párrafo el autor dijera “yo creo que los críticos influencers se aprovechan del fracaso de la educación artística; yo creo que se refugian más bien en la falta de criterios definidos”. Los argumentos súbitamente se sentirían un poco más impostores, desconfiaríamos de lo que se nos está diciendo: se revelaría una subjetividad que es incompatible con la objetividad argumentativa que se pretende.

Y claro que era obvio que no me iba a gustar Villarán y claro que era obvio que iba a estar de acuerdo con Krochmalny: yo vengo de ahí. Aprendí todo lo que sé sobre pensamiento teórico dentro del formato de la educación academicista. Aquella misma noche se lo confesaba a mis amigos en un intento de redención: “es que nosotros terminamos siendo también un poco como la policía del arte, agentes del canon que andan por el mundo corrigiendo las opiniones incorrectas de los demás y promulgando aquello que sí sería correcto pensar”.
Alguna vez escuché en una clase: “La academia es como el amigo que te cae mal, lo pelas con todo el mundo, pero igualmente vas a sus cumpleaños y conversas con él en buena onda”. Cuando estoy dentro del círculo académico, lo que más hago es criticar el canon, y conspirar pensando maneras de modificarlo, pero cuando estoy por fuera, lo defiendo vehementemente de aquellos que blasfeman contra las grandes obras de la historia del arte. Y aquellos que quedan por fuera, o más bien, quienes mejor convocan a aquellos que quedan por fuera, son los críticos influencers.
Lo que más resalta cuando uno analiza la forma de hablar de arte de los Youtubers, es que en ella se construye una relación completamente distinta entre crítico y espectador. El lenguaje coloquial y simplificado, las pausas humorísticas, la intimidad de hablar mirando a la cámara, generan un tipo de relación más directa y confidente. Desaparece la figura del crítico que habla desde lo alto a un selecto grupo de entendedores que estarían capacitados para la discusión y aparece la de aquel que constantemente busca capturar y complacer la atención del espectador, ya sea con chistes o cortes de los silencios y titubeos que impiden la distracción.

Para esto pueden ustedes también revisar los videos de otras Youtubers como La Gata Verde o Ter y notar, por ejemplo, el uso de música ambiental que da atmósfera el mensaje que se entrega, los cambios de imágenes rápidas que mantienen capturada la atención, o la energía animada, simpática y contagiosa con la que se habla a la cámara. Para qué entrar en Villarán que llama instantáneamente la atención por su larga barba, sus estrambóticos movimientos de manos y chistosas expresiones faciales. Ante tanto estímulo, se siente incorrecto cortar el video en el momento que sea, ya que siempre se estará interrumpiendo un hilo argumentativo.
En un video de Ter, por ejemplo, donde presenta su oferta de un curso sobre historia del arte general, nos comenta que el mayor atractivo de sus clases es justamente que está hecho para personas que pueden no saber nada de nada de historia del arte y les interesa aprender. Y nos despide con un acto muy tierno diciendo “espero que les guste”. ¿Cuándo fue la última vez que escuchamos a algún crítico, historiador del arte o académico decir “espero que les guste la manera en que relato esta época del arte” o “espero que disfruten la manera en que analizo y describo esta obra”? Luego avisa que va a generalizar mucho respecto de lo que enseña, otra característica común todos los críticos influencers; generalizaciones que, a menudo, caen en sensacionalismos, exageraciones y sentimentalismos hacia las vidas de los artistas con tal de hacer del relato algo más entretenido.
Como bien señala Krochmalny, todo el formato de la crítica de arte en YouTube está subordinado captar la atención del espectador: lo más importante es siempre mantener su interés. Las caricaturizaciones de las historias de vida de los artistas que aparecen en los videos son una manera de lograr que el público se conecte y se sienta integrado en el mundo del arte. Y, cómo se puede observar en los comentarios, el público disfruta inmensamente sentir que pertenece a este mundo, felices y orgullosos de poder entender esas profundas y místicas maneras en que funciona el arte cuando es bueno y de juzgar correctamente cuando es malo, porque ser una persona artística es un valor deseado en el mundo actual, es una señal de buen espíritu, belleza interior, de empatía, de una personalidad interesante y atractiva. Y nuevamente, no quiero con esto desvalorizar las opiniones de la gente en los comentarios de YouTube: es más, yo creo que nosotros como teóricos y trabajadores del arte nos acercamos inicialmente a este mundo, al menos en parte por las mismas razones que acabo de mencionar.

Definidas las dos formas de hacer crítica de arte, me pregunto: ¿no existirá una manera de hacer crítica de arte que opere entre estos dos mundos? ¿Una que, al mismo tiempo que logra exitosamente democratizar y masificar el conocimiento y las habilidades de comprender y sentir el arte, no caiga en simplificaciones y generalizaciones injustas? ¿Un punto medio en la discusión con mis amigos, en donde pudiera explicar la complejidad propia del debate artístico contemporáneo sin tener que alejarlos con palabrerías altaneras y excluyentes? El formato academicista de abordar las obras de arte ya lo conocemos, no será difícil rescatar de él lo mejor. En cuanto al caso de los críticos influencers, queda abierta la pregunta.
Para esto se puede volver pertinente, quizás, atribuirle especial atención a Villarán, no solo porque es el más popular, polémico y exitoso de todos, sino que también porque es, no por coincidencia, el que más estilo personal derrocha sobre su contenido. Un rápido recorrido por sus videos dejará bien claro que el principal actor de los videos de Antonio García Villarán no es el arte o las obras que critica, sino que Villarán mismo. Ese Yo que se esconde en los textos académicos y en las críticas oficiales aquí aparece ensalzado, expuesto hasta no poder más.
Villarán no atrae solo por las operaciones intelectuales que propone, sino que sobre todo por su exuberante personalidad: tiene una manera propia de desafiar al arte contemporáneo, una forma de ser que convence y cuyo mayor aliado es el hecho de que cae bien en la gente. El principal elemento que deben tener todos los Youtubers para tener éxito es justamente caer bien masivamente.
Por algo no se siente fuera de lugar cuando Villarán incluye en su canal videos más personales sobre su vida: el principal protagonista es él, no la obra. ¿Y no es que acaso toda crítica de arte implica este tipo de relación? Cuando leemos una crítica de arte, ¿no estamos leyendo antes a la persona que lo escribió y su mente que a la obra misma?
Los críticos influencers simplemente abusan de este poder exacerbando su personalidad como fuente de atracción en donde el crítico académico la reprime con tal de poder acercarse con mayor objetividad y racionalidad. El estilo personal del crítico constituye la perspectiva desde la que se aborda una obra, ya sea desde un estilo más estandarizado e intelectual como en la escritura académica, o desde una estética propia de la nueva era digital, sobre estimulada y sensacionalista. Es siempre el crítico quien erotiza la obra, no la obra quien nos entrega en una imagen clara y objetiva su erotización. Entonces, ¿por qué no asumir la subjetividad radical que implica el proceso de escritura de una crítica y jugar con ella de buena fe? No con una subjetividad radical hacia lo biográfico que termine opacando a la obra, sino que una subjetividad cuyo significante en torno al cual gira y con el que baila sea la obra.

Aquella discusión nocturna en el muelle de Valdivia quedó grabada en mí porque revelaba ciertas relaciones de poder inherentes a la labor de la teoría del arte que no había advertido, no para con las estructuras de status que la componen, sino que hacia aquellas personas que existen por fuera de estos círculos. Al rechazar tan vehementemente las opiniones de mis amigos, aquella noche estaba también excluyendo sus sensibilidades hacia la posibilidad de integrarse en el debate artístico oficial. Aquellas mismas sensibilidades que Villarán había logrado integrar y empoderar, yo las volvía a excluir y menospreciar con tal de reafirmarme en mi propia enseñanza.
Del mismo modo que las instituciones se conflictúan con la democratización del arte, yo fracasaba en lograr ser entendido por mis amigos, no por las ideas que profesaba, sino por la forma en que lo hacía. Es cierto, Villarán el crítico se come a la obra con sus opiniones, mas esta es una exacerbación que se alimenta del deseo de su público por comprender y conectar con lo que podría ser el arte.
La crítica del Hamparte al arte conceptual es un soplo de confianza a las opiniones, experiencias y sensibilidades artísticas que tienen aquellos que no pertenecen ni buscan pertenecer a la élite intelectual del arte. Y quizás sean esos mismos deseos olvidados los que servirían de buen guía al momento de emprender la misión de acercar el arte a las comunidades.
Los críticos influencers hacen emerger gustos artísticos que operan por fuera de los círculos de opinión institucionales -aquello que Krochmalny llama “el desembarco del gran público al arte”- con un gusto que no se dejó entrenar por las décadas de políticas institucionales. ¿Cómo reaccionarán los teóricos y las instituciones ante estas emergencias? Será un error insistir con más de lo mismo, formatos repetidos y referencias excluyentes. Será mucho más productivo aprender de ellas, combinar formas, mediar con lo insólito. El conflicto, en sí, ya está en boga.
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