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PINTAMONOS

No es una muestra generacional, tampoco un recuento temático y menos un manifiesto sobre alguna causa de alcance local o planetario. Pintamonos es, sobre todo, una exposición de pintura que le da una vuelta de tuerca a la abstracción, a la cita y al lenguaje visual. Y claro, toca asuntos sociológicos y hasta políticos, pero no son el centro del asunto. De paso, explora las posibilidades, siempre vigentes, de la colaboración artística –casi en plan cadáver exquisito– y de la gestión artística: “nos consideramos unos artistas capaces de auto comisariarnos… no dependemos de curadores, aunque nos gustan algunos y nos disgustan otros”, señala Rodrigo Galecio con algo de ironía.

Compuesta por pinturas y dibujos, hechos de forma individual o a dúo, Pintamonos es tanto la reunión de unos pintores –interesados en su lenguaje personal– como una exploración en torno a las posibilidades conjuntas de la abstracción y la figuración; un imposible a mediados del siglo pasado.

Vista de la exposición "Pintamonos" en Galería Madre, Santiago de Chile, 2024. Foto cortesía de la galería
Vista de la exposición «Pintamonos» en Galería Madre, Santiago de Chile, 2024. Obras de Rodrigo Galecio; Raimundo Edwards & Jaime Alvarado (arriba); Gerardo Pulido; Raimundo Edwards. Foto: Croma Registros

Desechando los argumentos conceptuales o temáticos que suelen justificar tantas colectivas, la muestra se articula en un continuo juego de guiños y referencias artísticas. Caben así los homenajes y las parodias –particularmente en las obras de Galecio, Pulido y Dávila– o alusiones hacia la cultura visual de carácter abstracto en Edwards, Alvarado y Camila Valenzuela.

Esta última así lo señala: “hay conexiones y posibles citas o referencias entre nosotros. Conozco la obra de todos hace muchos años, los he visto trabajar en sus talleres y hemos conversado largamente sobre arte. Estoy influenciada por la obra de Dávila, Pulido, Galecio y Edwards y me conecto en forma más paralela con las inquietudes de Alvarado, que las siento propias».

«En forma muy rápida: de Dávila rescato la utilización de la figura y sus referentes culturales; de Pulido, el problema del material, la pintura que se sale de su ventana, el bricolaje; de Galecio, el color, el interés por la historia y la filosofía; de Edwards, lo específico, las reglas, la abstracción; y de Alvarado, destaco lo gráfico, el deambular entre cosas, el interés por la figura y el fondo”.

El sexteto artístico pronto revela múltiples afinidades. Más de las que cabría suponer. Serían esperables entre Galecio y Pulido que, además de amigos, integraron por años el ya disuelto Taller BLOC. Resultan sorpresivas en otros casos. Y es que BLOC, no cabe duda, hace de pegamento que une las partes que componen la exhibición. Alvarado, Edwards y Valenzuela fueron, en distintos momentos, artistas becados de las tutorías que se dictaron en la histórica sede de José Manuel Infante. ¿Y Dávila? Este pintor expuso alguna vez en aquel taller y protagonizó una recordada charla. Por si fuera poco, mantiene por escrito un contacto regular con Gerardo Pulido.

Edición de grabados Pintamonos (2023-24): Jaime Alvarado, Juan Dávila, Raimundo Edwards, Rodrigo Galecio, Gerardo Pulido y Camila Valenzuela, 1/25, serigrafía de una tinta sobre papel libre de ácido de 250 gramos, 50 x 70 cms c/u (Juan Dávila con obra única). Foto: Croma Registros

El título que da nombre a la muestra alude tanto al mote que se da a quienes llaman afanosamente la atención como al término empleado para nombrar a artistas e ilustradores. Pintamonos conecta así el mundo del arte con el de la cultura popular y se instala desde el comienzo en un lugar ligeramente humorístico e irónico, muy lejos de la solemnidad que recorre –en incontables ocasiones– a la escena local.

Hoy, en momentos en que las identidades y los Temas, así con mayúsculas, ocupan los primeros lugares de las carteleras artísticas, Pintamonos propone un tono menor, del que no escapa la reflexión crítica y hasta ensayística en torno a cuestiones sociales, culturales y estéticas. Hay también algo de color local o, como señala Raimundo Edwards, “un elemento vernáculo en los modos de hacer de cada integrante. Está el espacio de la cultura visual contemporánea, donde los procesos de producción permanecen en un mismo plano o, al menos, se presentan de un modo visiblemente afectado, específico y autónomo en cada trabajo. En estos encuentros aparecen, de algún modo, vestigios de la idea de una civilización quebrada, encontrada, reconstruida, actualizada y revisada como un paleontólogo develando osamentas en un sitio arqueológico”.

Gerardo Pulido, Bastidores y vasija, 2022, pintura acrílica, espesante y barniz sobre tela, 120 x 160 cms. Foto: Croma Registros
Gerardo Pulido, Bastidores y vasija (detalle). Foto: Croma Registros

Bastidores y vasija, de Gerardo Pulido, sintetiza de manera brillante sus últimas indagaciones. El cuadro, de formato apaisado, describe lo que podríamos calificar como un interior disfuncional. Una cortina y una balaustrada aparecen en primer plano y se recortan contra un tablado y unos muros resueltos con una perspectiva deliberadamente errónea.

Es muy interesante cómo aparecen –algo que ya es común en su obra reciente– distintas tradiciones y sistemas pictóricos. Está el expresionismo abstracto, la geometría, el arte precolombino –combinados con humor y alardes genealógicos– y, desde luego, el cubismo, sin duda el estilo que aglutina casi toda su propuesta reciente.

En una esquina, por ejemplo, vemos una mano al estilo de Disney, pintando una mancha y, bajo ella, en el espacio que deja una rotura del piso, reconocemos una vasija diaguita. A la izquierda de aquello, una esfera remata una balaustrada pintada con un remedo de dripping: la bola está rota y revela su interior de plumavit (poliestireno expandido). Puro y vulgar simulacro, un asunto que el artista trabaja hace tiempo y con placer creciente, insertando pequeños detalles que, como las figuras de Wally, el espectador está invitado a descubrir.

Rodrigo Galecio, Señor Plano en: La Posmodernidad explicada a los niños. Foto: Pía Bahamondes
Rodrigo Galecio, Señor Plano en: La Posmodernidad explicada a los niños (2023-24), pintura acrílica sobre
tela sobre tabla,110 x 150 cms. Foto: Pía Bahamondes

Bastidores y vasija, en ese sentido, funciona casi como un statement de lo que está trabajando hoy día Pulido. Algo similar podría decirse de Rodrigo Galecio, con un lenguaje diferente pero vagamente familiar. Si en Pulido reconocemos un juego permanente con las convenciones ilusionistas, introduciendo sencillas y efectivas trampas al ojo (más deudoras del cómic que del hiperrealismo), en el caso de Galecio lo que hay es una reunión de citas provenientes de la historia del arte (abstracto, particularmente), que el artista organiza casi como una exposición didáctica sobre la historia de la representación.

El suyo es un estilo figurativo que recoge la tradición de la abstracción geométrica de bordes duros. Recuerda tanto a Arthur Davis como a Liechtenstein, mientras él se deleita jugando con las imágenes y los estilos, imprimiéndole a todos sus pastiches un ligero carácter humorístico. En Señor Plano en: La Postmodernidad explicada a los niños, Galecio se apropia del título de Lyotard (y su pretendida pedagogía democrática) para encajar las imágenes que lo fascinan. Mondrian, Van Doesburg, Arp, D’arcangelo, Miró o Peter Halley son solo algunas de esas referencias, tamizadas por la cultura del cómic, el dibujo animado y el videojuego ochentero. 

Camila Valenzuela y Gerardo Pulido, Estandarte CV-GP, 2018-2022. Hilo, cuerda, tinta de impresión, pintura acrílica, espesante acrílico y escarcha sobre lona y palo cilíndrico de madera, 147.5 x 80 cms. Foto: Croma Registros
Camila Valenzuela, Afecto I y Afecto II (2024), barra de aluminio y collage de pintura, hilo, lana, óleo, acrílico y tinta sobre tela, 94 x 108 cm c/u. Foto: Croma Registros

Estandarte CV-GP de Camila Valenzuela y Gerardo Pulido es solo una de las obras hechas a dúo presentes en la exposición. Valenzuela realizó la imagen de un tablero de damas (la típica vista aérea que ofrecen los manuales de juego) para explicar los movimientos de cada ficha. Y, claro, los tableros pueden leerse como abstracciones geométricas, si por un rato nos olvidamos de su funcionalidad. Abstracción y juego aparecen entonces como el binomio que articula este y otros trabajos de la artista.

Pulido aporta a la obra un sello matérico e ilusionista que altera la relativa planitud del espacio pictórico sobre el cual trabaja. Híbrida, como casi todo lo que vemos acá, hay pintura acrílica mezclada probablemente con arena, manchas de spray, marcas de lápiz provenientes del trazado previo. También hay unos gruesos empastes que hacen las veces de ladrillos, referencia a lo constructivo, característica de Pulido y, podríamos decir, del grupo BLOC en general que, con mayor o menor intensidad, cultivó referencias a la manualidad y al mundo de la construcción: una Bauhaus de oficiosos maestros chasquilla.

Las dos pinturas que Camila Valenzuela exhibe en solitario comparten con su obra a dúo la característica de estar fuera del bastidor y colgar como pendones. Las capas que las componen están recortadas y penden del soporte. Esto permite que el espectador pueda levantarlas y, en cierta medida, develar la trama que las recorre. Es una mezcla de las referencias que ya hemos citado porque cada una reproduce un juego diferente. Por una parte, está la recreación de un juego de dardos y, en la otra, vemos un tablero de ludo.

A ello se suma un tratamiento de la pintura muy variado, en el que manchas (sobre el soporte sin imprimar), expansiones, veladuras y empastes se combinan con el trabajo del bordado. Justamente, se trata de una propuesta en la que la artista explora las posibilidades del montaje, del collage y –en cierta medida– del corte y confección. Dibuja con el hilo como lo haría con un lápiz. Y genera un diseño que obliga al espectador a una lectura minuciosa de la superficie de la obra.

Raimundo Edwards, Nocturna (MV), 2023, pintura acrílica pigmentada y spray acrílico sobre tela, 80 x 60 cms. Foto: Croma Registros

Las piezas individuales que exhibe Raimundo Edwards, como Nocturna (MV), mantienen el trabajo que él viene realizando hace ya unos años con el spray. Hoy han incorporado el plano de color aplicado con pincel. Eso, que podría ser una pequeña diferencia, se vuelve algo bastante significativo a la hora de evaluar los resultados. La trama que hay en algunas de las piezas tiene un corte mucho más afilado que aquellas que exhibían obras anteriores, y eso les da –a mi juicio– una delicada precisión.

En Nocturna (MV) es particularmente interesante el efecto casi fotográfico, como de rayograma o cianotipo, que se generó al rociar pintura sobre elementos que se dejaron dispuestos sobre la tela, vegetales en este caso, cuya silueta algo difusa quedó impresa como en una suerte de vidrio empañado. En esta y sus demás obras, Edwards sigue puliendo una fórmula que le permite introducir, en la geometría abstracta y su riguroso reticulado, fragmentos de esa realidad que la abstracción suele rehuir o integrar, a costa de volverla irreconocible: ya sea la calle o la maltratada naturaleza.

Juan Dávila, El Machi, 2018, óleo sobre tela, 70 x 100 cms. (Propiedad de Juan Fernando Oyarzún)Foto: Croma Registros

Juan Dávila aparece en esta exposición con dos obras del mismo formato: El Machi y J’accuse. La primera es una pintura intrigante, hasta engañosa. El título nos hace pensar de inmediato en la cultura mapuche y en la figura de sus sacerdotes o sacerdotisas. Sin embargo, el sujeto andrógino que protagoniza la obra, con sus brazos en alto que blanden una rama (¿de canelo?) y las aves que lo acompañan, no coinciden fielmente con la etnografía.

El machi no parece mapuche y si quizás un europeo o un mestizo de mirada extraviada. ¿Se tratará, tal vez, de alguien que pretende apropiarse o encarnar una identidad que le resulta ajena? ¿Será una entidad que transita por el género y por la raza dejando atrás sus límites? Es difícil responder categóricamente a cualquiera de esas preguntas y, más bien, la obra se plantea como un juego enigmático en que el artista deja que la indefinición corra libremente, como su propio pincel.

 J’acusse presenta el retrato de Camilo Catrillanca inscrito en una retícula que recuerda a los artistas Madí y, por supuesto, a Mondrian, en un doble juego de citas que apela a los giros de la historia cultural y, desde luego, a sus innumerables inequidades. Un pálido Catrillanca aparece en la parte superior y sobre un texto en francés: j’acusse.

Con esta palabra se cita a Zolá y al caso Dreyfus, estableciendo una crítica comparación entre el antisemitismo de Francia en el siglo XIX con el racismo de Chile en el XXI. Es, sin duda, una pieza-manifiesto donde Dávila, de seguro, censura al Estado chileno por el asesinato del comunero mapuche. Es el momento más abiertamente declamatorio de la muestra.

Juan Dávila, J’acusse, 2018, óleo sobre tela, 70 x 100 cms. (Propiedad de Juan Fernando Oyarzún); Jaime Alvarado, Estimado Sr. Malevich, 2024, óleo sobre madera, 100 x 76 cms. Foto: Croma Registros

A su lado, y como bajándole el volumen al megáfono, aparece una suerte de autorretrato de Jaime Alvarado. Esta pintura es un homenaje más o menos encubierto al autorretrato de Malevich de 1933, ese en que el gran maestro ruso aparece con una túnica y un gorro rojo; su mano derecha muestra un gesto que nos recuerda al Greco. Alvarado, en su autorretrato, parece haber trabajado directamente en relación con la pintura de Dávila. Usó el mismo formato y la túnica que viste el artista exhibe una retícula que recuerda más al cuadro del chileno-australiano que a la pintura del suprematista ruso.

Con trazo negro, suelto, gráfico, y un conjunto limitado de colores, Alvarado deja, al menos por un momento, el estilo abstracto con el que ha trabajado sus últimas obras y se lanza en una aventura figurativa en la que, desde luego, cabe su experiencia anterior.

“Hace un par de años venía con la inquietud de distanciarme de la abstracción geométrica, de alguna manera dejé de sorprenderme con lo que estaba haciendo, y para esta muestra intenté empezar a dibujar más personajes, e incorporar un elemento nuevo a lo que ya venía haciendo”, indica el propio artista. Su ironía y humor que le caracterizan se encuentran aquí con algunas de sus referencias de infancia y juventud.


Pintamonos se podrá ver del 1 al 28 de junio en Galería Madre (Juan de Valiente 3681, esquina Alonso de Monroy, Vitacura, Santiago de Chile).

César Gabler

Artista visual. Licenciado en Arte (UC) y Magister Artes Visuales (U. de Chile). Su obra aborda la historia personal y colectiva a través de registros visuales reinterpretados desde el dibujo, la pintura y la instalación. Se desempeña como docente en la Universidad Finis Terrae y en su propio taller, en cursos de creación y apreciación artística. Realizador de los programas de divulgación "Los Artistas No Saben Hablar" (2005), con 24 episodios dedicados al arte en Chile; y "La Edad Media (en el arte)", de Fundación Actual. Co-conductor del programa audiovisual “Figura y Fondo”.

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