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VICTORIA PICÓN: TEJER LO INVISIBLE

Reflexionar acerca de los tiempos invisibles es la iniciativa de Victoria Picón en su nueva exposición en el Centro Cultural Montecarmelo. La artista, egresada de Arte de la Universidad de Chile con mención en escultura (2001), ha indagado durante su carrera distintas maneras de integrar el arte con los oficios, extendiendo esta relación no solo hacia un vínculo técnico, sino hacia una forma de pensar la obra como un proceso en el cual el método y el tiempo entregado a la actividad manual son necesarios para construir un diálogo entre arte y vida.

Desde esta búsqueda, Picón ha incursionado en técnicas que se transmiten a través de las manos, como el bordado y el tejido a telar, este último explorado por la artista en los últimos años. Inicialmente, desde la metodología occidental y, posteriormente, desde el 2009 –cuando decidió irse a vivir a Nueva York–, adentrándose en el tejido SAORI, un método Zen de tejido a telar, libre de reglas y restricciones, en el cual encontró un sentido que le permitía vincular obra y proceso.

En Nueva York descubrió el taller de Yukako Satone, donde obtuvo una certificación en la técnica SAORI que la convirtió en la primera persona en trasladar a Latinoamérica esta ancestral forma de tejer. En 2011, su obra fue publicada en el libro Handmade in Britain.

La metodología SAORI consiste, según lo señala la artista, en “un tejido libre, donde no existen errores, lo que permite disfrutar sin prejuicios del tiempo que se pasa frente al telar”. De este modo, y a partir de una gran prolijidad y persistencia, Victoria busca “manifestar el carácter desvaneciente de la acción utilizando técnicas textiles que revelan esfuerzos monumentales”.

Victoria Picón, Norma (2003). Falso de novia bordado con nudos de hilo negro. Foto cortesía de la artista.
Victoria Picón, Serendipitous (2012). Instalación de tiras tejidas con algodón de colores en telar a pedal.
Victoria Picón, Cipariso (2019). Mural de nidos de ciprés anudados en algodón blanco de 3 hebras, bañados en cera de abeja, ganchos de cobre. Residencia Fundación Planea, 2019. Foto cortesía de la artista.

La artista crea piezas textiles a partir de repetitivos procesos, que luego de finalizados transforma en delicadas instalaciones, entre las que se encuentran un falso de novia bordado con cientos de nudos de hilo negro titulado Norma (2003); la instalación de tiras de colores tejidas a telar a pedal Serendipitous (2012);y el mural de nidos de ciprés bañados en cera de abeja, Cipariso (2019).

Independientemente de la materialidad utilizada, sus tejidos e instalaciones siempre se leen desde un límite escultórico, atendiendo el tratamiento del volumen, la especificidad, el recorrido por el espacio y la interpelación a las sensaciones de los espectadores.

Sobre esta forma de trabajo se sostiene su actual exposición En Blanco en el Centro Cultural Montecarmelo. La obra consiste en un mural de 3 x 2,5 metros, compuesto por seis paños de algodón blanco tejidos con el telar a pedal SAORI. La artista trabajó junto a la artesana Irene Zamorano en este proyecto, desarrollado con el apoyo de un Fondart en la Línea de Artesanía, y que encuentra en esta exposición su punto culmine.

Ambas tejieron desde 2020 una serie de paños compuestos por pequeños nudos de algodón, cuya materialidad ha quedado impregnada de las temporalidades personales de cada una. Victoria se obsesiona con el proceso, con su lentitud y con el tiempo humano que permite que las cosas se constituyan en memorias. Para ella, en el proceso, en cada una de sus fases, en cada uno de los procedimientos técnicos y tratamientos materiales, se encuentra una huella humana que susurra desde adentro los momentos de una vida. En este sentido, el cuento La página en blanco de Isak Dinesen(Dinamarca, 1885-1962) ha sido un referente para cristalizar algunas de estas reflexiones. Escribe esta autora:

«Cuando llega la estación, el lino se recolecta, se agrama y se rastrilla; después la fibra delicada se hila, el hilo se teje y, por último, la tela se extiende sobre la hierba para que se blanquee, y se lava una y otra vez hasta que haya nevado en torno a los muros del convento. Toda esta labor se lleva a cabo piadosamente y con precisión, y con ciertas aspersiones y letanías que son un secreto del convento. A ello se debe que el lino, que se carga a lomos de pequeños asnos grises y, pasada la puerta del convento, desciende y desciende hasta llegar a la ciudad, sea blanco como una flor, liso y suave como era mi pie cuando, a los catorce años, lo lavaba en el arroyo para ir al baile de la aldea”.[1]

Como en esta parte del cuento, para Victoria en cada uno de los seis paños que conforman la instalación ha quedado vaciado el tiempo de lo doméstico, albergando en cada nudo todo aquello “indecible”, ya sea por pertenecer al orden de la intimidad o porque, como todo lo cotidiano per se, es algo que pasa desapercibido.

Victoria Picón, En Blanco (2020-2023) [Detalle]. Tapiz mural tejido a telar de pedal con algodón blanco de 3 hebras, 3 x 2,5 metros. Tejedoras: Irene Zamorano – Victoria Picón. Vista de instalación en el Centro Cultural Montecarmelo, Santiago. Foto: Matías Molina.
Victoria Picón, En Blanco (2020-2023) [Detalle]. Tapiz mural tejido a telar de pedal con algodón blanco de 3 hebras, 3 x 2,5 metros. Tejedoras: Irene Zamorano – Victoria Picón. Vista de instalación en el Centro Cultural Montecarmelo, Santiago. Foto: Matías Molina.

Lo que propone Victoria es hacer de la rutina un territorio de reflexión, algo así como lo que el filósofo Humberto Giannini señaló en su libro La reflexión cotidiana, que es cuando la linealidad normada de la rutina se transforma en un territorio reflexivo, en un territorio de “búsqueda de un tiempo común […] de un tiempo perdido: el tiempo de las cosas no dichas; el tiempo de los sueños sofocados; el tiempo que, por pura falta de tiempo, se nos ha vuelto casi inconfesable”. [2]

Esta búsqueda se da en el relato que cada una de las autoras manifiesta en el documental que es parte de esta instalación. En éste, la artista y la artesana exponen el territorio doméstico, la rutina diaria, los días que pasan y se suceden, uno tras otro, en un relato íntimo que va develando sus propias vivencias.

El adentro queda afuera y se muestra en fragmentos que evidencian el pasar de los días, los meses y los casi tres años que duró el proyecto, lo que da cuenta de aquello de que “el arte es la vida”. Para Victoria no se trata –sin embargo– de traer al arte los objetos del mundo, sino de dar a pensar que los momentos de la rutina, aquellos lugares/tiempos inmanentes de las experiencias personales, son formas de existencia inéditas, y que la experiencia como tal se nos escapa a cada instante en el mundo de la velocidad.

El documental funciona así como un archivo del proceso, “exhibiendo” los instantes de creación a través del tiempo que transcurrió el trabajo. Mediante un relato íntimo y “confesional”[3] la artista y la artesana se encuentran en medio de un proceso interior, invisible y personal, que confluye en el desarrollo de una misma labor: tejer (y a veces dejar de hacerlo). La figura de la madre es esencial dentro del relato, donde ésta aparece como presencia y como ausencia, como cuerpo y como memoria.

La pieza audiovisual –fabricada digitalmente– actúa como contrapunto del objeto concebido manualmente, desdibujando las fronteras entre arte y realidad, entre arte y oficio, generando un juego de temporalidades que van y vienen: el tiempo que transcurre de la vida cotidiana y la atemporalidad del objeto/obra, acabado. En este sentido, el documental no se aborda como un registro testimonial de experiencias “vividas”,  sino como una pieza estética que “desnuda” el proceso de creación, produciendo una ventana a través de la cual la obra se mira a si misma.[4]

También se exponen en otras salas del lugar las muestras Telón de fondo, de Ángela Wilson, y Hábito, de Denise Blanchard, que asimismo se articulan desde las ideas del oficio, el tiempo y la memoria. De este modo, la muestra de Victoria Picón dialoga con otras mujeres que desde la transdisciplinariedad se encuentran en una escena de trabajo donde la colaboración y reciprocidad son capaces de generar una experiencia común.


[1] Véase en: https://www.marietadiazdetoledo.com/2017/04/23/la-página-en-blanco/

[2] Humberto Giannini. La reflexión cotidiana. (Santiago: Editorial Universitaria, 2004), 99.

[3] Ibíd.

[4] El documental que pronto estará disponible en una versión extendida, fue realizado por la Productora Mandarina y está disponible en una versión corta en el sitio web www.victoriapicon.cl

Marcela Ilabaca Zamorano

Nace en Santiago de Chile, en 1978. Es escultora e investigadora independiente. Magíster en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile y Licenciada en Educación por la Universidad Alberto Hurtado. Su trabajo busca interrogar las tensiones entre escultura y contexto, y explorar los diálogos entre modernidad y arte latinoamericano. Autora del ensayo “Las políticas de emplazamiento en la obra de Carlos Ortúzar” (CeDoc y LOM Ediciones, 2014). Desde el año 2014 forma parte del equipo permanente de Artishock, aportando a la reflexión sobre la experiencia de la escultura en el mundo contemporáneo. Actualmente, está a cargo del proyecto de investigación “Catálogo Razonado de Esculturas de la Colección MSSA. Etapa 1: Periodo Solidaridad (1971-1973)”, financiado por Fondart 2019.

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