Skip to content

ANA MOSQUERA: TIERRAS RARAS

_ ¿Conoces el archipiélago de las tierras raras?
_ No, ¿en dónde queda?
_ Es muy extenso. Escondidas sus islas dentro de otros elementos.
_ ¿Cómo las encontramos?
_ Atravesando huecos, agujeros de información, materias impuras, láseres, lámparas, imanes, motores, baterías, cámaras, bengalas.
_ Entonces, son tierras extranjeras.

A.C. Humáquina y otros hallazgos


Busco velozmente lo que son las tierras raras. Sus usos, sus nombres y su etimología. Escandio por Escandinavia, Itrio por una aldea de Suecia, Lantano que en griego es “escondido”, Cerio alude a un planeta enano, Praseodimio a un gemelo verde, Europio le canta a Europa, Disprosio a la dificultad de ser hallado, y aquí me detengo y dejo de leer, copiar y escribir a partir de la dificultad de ser hallado y de las “tierras raras” como archipiélago escondido.

Trazo líneas que parten y se encuentra con las piezas de Ana Mosquera, con sus ideas, las formas esculturales y videográficas de la instalación, el título y una práctica que insiste en proponer una poética de la tecnología, una que incluso nos invita a leer los agujeros y las paradojas que esta produce, las líneas sagitales y los espacios intermedios desde los que se pueden proponer derivas líricas y cantar las mil y una metáforas. La dificultad de ser hallado nos conduce. Lo invisible, lo que “está” y no es evidente, como cuerpos tragados por el mar.

Ana Mosquera, Tierras raras, 2022. Realidad aumentada. Cortesía de la artista
Ana Mosquera, Tierras raras, 2022. Realidad aumentada. Cortesía de la artista

El título de la exposición encierra y anuncia un deambular por tierras extrañas, no identificadas, extranjeras, tecnologizadas, por óxidos que en su doble composición respiran y se herrumbran, como llevados o empujados por un principio de continuidad y contradicción.

La exposición tiene tres momentos. El primero narra la historia del Caribe, “a través de la función de autocompletar del motor de búsqueda de Google”, en palabras de Ana Mosquera. Esta pieza muestra, a la velocidad extrema del consumo visual, una poética poderosa y firme anclada en las posibilidades de crear cuerpos híbridos y cambiantes, islas de conocimientos alternativos a través del uso de la tecnología como conexión rizomática, como heterotopía y lugar de especulación, imaginación y crítica. Una forma de construir un pasado no lineal, con variantes y superposiciones, orgánico y polifónico, que nos constituye.

A continuación, una serie de objetos o esculturas que, como los Parangolés de Hélio Oiticica, son para ser usados: vestimentas que implican un movimiento del cuerpo como “escultura social” e identitaria. A diferencia de las prendas celebratorias del artista brasileño, las de Mosquera son, de alguna manera, vestimentas rituales para renacer o para morir. Al igual que los Parangolés, son objetos con una carga poética y política que, si bien no invitan a ser usados para bailar, invitan a ser “usados” para nadar, moverse, buscar un lugar “difícil de ser hallado”. Esculturas que presenta Ana “como flotantes”, salvavidas que no salvan, colchones inflables bellamente forrados cuyos materiales parecieran ser contrarios a su uso, donde unos te hacen flotar y otros te hunden, como lingotes de oro atados a salvavidas. ¿Quién puede así nadar y llegar a la orilla de la isla, del continente, de las tierras raras o enrarecidas?

Surge así otra paradoja: estos flotadores “hundidos” -o “hundidores” flotantes- no están en la sala: desaparecen como lo hacen las tierras raras dentro de los componentes tecnológicos. Solo los podemos ver en la galería a través de un código que se activa en una de sus siluetas planas, dibujadas con la cuadrícula que denota lo “que es digitalmente transparente, lo que ha sido removido”, como nichos y tumbas virtuales, como tableros ajedrezados que esconden las piezas y sus movimientos.

Ana Mosquera, Tierras raras, 2022. Realidad aumentada. Cortesía de la artista

El último acto alude a un posible futuro. Es una animación que juega con la identidad móvil, con la burocracia y el absurdo: cómo la tecnología puede ser un juguete de poder en el que los derechos de “pertenencia” e “identidad” se vendan al mejor postor y se manipulen por las leyes de la oferta y la demanda. Aquí entramos en otros terrenos: ¿quién merece una nacionalidad? ¿Quién puede comprar o alquilar otra identidad? No muy lejos de la realidad, ese futuro nos pisa los talones y parece que viene de una voz lejana, la de aquellas novelas en las que Kafka nos deja a la espera de que una puerta se abra y alguien aparezca para respondernos algo tan misterioso como qué estamos esperando. Esa burocracia y perversión de estado que Alejandro Castro transforma en poema desesperado:

Donde no hay puertas no puede haber
entradas. Y lo que es peor: no puede
haber salidas. Donde no hay caminos
-en la selva, en el desierto, en la oscuridad-
todos los pasos son pasos perdidos.

He aquí un hallazgo de Ana Mosquera, el de una poética mágico-tecnológica que evoca una red invisible, la de un lugar reconstituido como un archipiélago virtual, donde la máquina ha formado equipo con el ser humano para acercar nuestras respiraciones, como animales anacrónicos y arcaicos: ciborgs con entrañas compuestas por tierras raras, las mismas tierras que están en las bengalas que lanzamos para que nos vean a distancia. Ciborgs salvajes buscando una luz que nos conecte –en la selva, en el desierto, en la oscuridad.


Tierras raras, de Ana Mosquera, se presenta en la Sala Mendoza (Caracas) como parte del 16° Premio Eugenio Mendoza. Su trabajo recibió la Mención Carmen Cordovez Crespo, patrocinada por la galería Henrique Faria Fine Art, y fue seleccionado por el artista, curador y docente colombiano Lucas Ospina.

La exposición de los ganadores, que incluye a los artistas venezolanos Ángel D. Leiva (Maracaibo, 1983) y Analy Trejo (Mérida, 1986), es curada por Manuel Vásquez-Ortega.

Ángela Bonadies

Caracas, 1970. Vive y trabaja en Madrid. Artista cuyo trabajo fotográfico se centra en la memoria, el archivo, la visibilidad e invisibilidad de estructuras sociales y las tensiones entre el espacio urbano y el medio rural.

Más publicaciones

También te puede interesar

Luchita Hurtado en su casa/taller, en Santa Mónica, California (EEUU), 2019 © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Oresti Tsonopoulos

Luchita Hurtado:la Artista Que Mira y Hace Mirar

En un momento en que es innegable que la empatía con la naturaleza es algo imprescindible para nuestro futuro, la obra de Hurtado es particularmente oportuna. Su reciente descubrimiento ––que la ha llevado a...

Vista de sala. Fresco, Colectiva 2 de Cerquone Gallery (Caracas)

FRESCO. LA CIRCUNSTANCIA DE ESTAR PRESENTE

Manu Vásquez-Ortega nos comparte su texto sobre "Fresco”, muestra colectiva en Cerquone Gallery (Caracas) con obras de Fausto Amundarain, Paul Amundarain, Juan Gerstl, Zahira González, Ángel Leiva, Pedro Medina, Paul Parrella, Malu Valerio, Luigi...