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ANDREA SOTO CALDERÓN: LA PERFORMATIVIDAD DE LAS IMÁGENES

El libro La performatividad de las imágenes de Andrea Soto Calderón se plantea desde su primera página como una línea digresiva respecto a “las reflexiones críticas en relación a las imágenes que se lamentan sobre el estado de nuestro presente”. Un presente que “se caracteriza por una mezcla de refinamiento tecnológico y extrema estupidez, una pérdida de interés en la realidad de la vida y un deseo radical de huir del cuerpo para entregarse a la seducción de las imágenes”. Esto, según la autora, conduce a la desrealización de la vida, el desprecio por la realidad concreta.

La digresión es, entonces, una suerte de alerta a quienes llaman a regular o prohibir las imágenes o, con algo más de sofisticación, aproximarse a ellas con sospecha, entendiéndolas como una “alteridad radical contra la que el pensamiento ha construido su poder de verdad”. Una opinión muy antigua, como se sabe: “No te harás imágenes talladas, ni figuración alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra”. (Éxodo 20:4).

El libro propone, en cambio, “explorar nuestras fuerzas imaginantes, adentrarnos en los funcionamientos de las imágenes, recuperar la potencia que habita en nuestra mirada”. Este cambio de mirada presta especial atención al elemento performativo de la imagen, el que permite comprenderlas “como campos donde se despliegan pensamientos y elementos sensibles… como algo que nos desorienta y fuerza a un ejercicio de imaginación específico, a reinventar nuestro lenguaje para poder hacerles lugar”. Otra opinión antigua en la larga tradición del pensamiento de la imagen, que insiste en su irreductibilidad al lenguaje y al pensamiento. Por esto mismo, las imágenes pueden generar nuevas formas de relacionarnos con el mundo: no son solamente un instrumento de manipulación, también pueden ser emancipatorias, capaces de profanar “la religión cultural que es el capitalismo, ese culto sin descanso en donde toda transformación simbólica no es más que consumo”.

El libro será muy útil para quienes, como el que escribe, ya no leen con tanta regularidad libros de teoría del arte después de haber terminado sus estudios universitarios. Ofrece un repaso a las reflexiones sobre la imagen abiertas por Adorno, Warburg, Benjamin y otros clásicos del siglo XX, y también a algunas pensadoras asociadas a lo que podríamos llamar “nuevo materialismo”, como la filósofa Catherine Malabou y la artista Hito Steyerl. Esta utilidad que señalo no debe tomarse tan a la ligera, porque las discusiones sobre la imagen suelen irse hacia una escritura tan digresiva que se vuelve como un muro selvático. En este caso, no necesitamos las antiparras teóricas del año para leer el libro, lo que es muy bueno.

Quizás el único obstáculo, si es que no es un despiste deliberado contra quien lee, está en el título, el que bien podría haber sido La performatividad del arte o …de la imagen del arte, porque casi todas las imágenes mencionadas aquí pertenecen a este ámbito, en su mayoría al cine (más cerca de lo que uno se encuentra en Mubi que en Netflix, para que nos entendamos bien), otras veces a la danza y al performance.

Aún a riesgo de parecer otra víctima de la extrema estupidez (e ignorancia) que aqueja a quienes vivimos bajo el imperium iconocrático del capitalismo contemporáneo, no me resisto a preguntar: ¿por qué insistir en el término imagen y no decir arte? Y esto lo digo a pesar de estar familiarizado con los estudios de la imagen. ¿Por qué se insiste en usar un término y no el otro? Siempre es bueno volver a preguntarse si tiene sentido insistir en una decisión tomada hace mucho tiempo por otras personas. En el mismo libro se puede encontrar una frase como “la tarea de una poética de la imagen es inventar en un medio del arte una nueva imagen”, y esto quizás prueba mi punto, pues la imagen tratada por el libro tiene un vínculo muy profundo con el arte, es una imagen especial.

En este sentido, parece que el libro está más orientado hacia una teoría unificada de ciertas prácticas artísticas a través de un tipo de imagen: la imagen en movimiento o moving image, como le dicen en algunos departamentos de las escuelas de arte para agrupar cine, video, performance y danza (incluso teatro). No se trata, entonces, de un ensayo sobre las imágenes contemporáneas que están fuera del arte—se les menciona al pasar, pero no hay elaboraciones específicas sobre estas imágenes. No hay, por poner un ejemplo muy vulgar, mención a los memes, a los que algunos partidarios de Donald Trump en el mundo online les atribuían ser causantes de la victoria de su candidato en 2016. Las imágenes de la meme magic política no tienen lugar en el libro, a pesar de su innegable performatividad. Tampoco hay una mención a las imágenes mediáticas y brutalizantes de la guerra o de la violencia policial, las que se comparten por las redes sociales con tanta liviandad que uno ya sospecha de la existencia de un incipiente culto a la imagen documental de la violencia, antes que de una crítica o una denuncia. Tampoco hay menciones a las imágenes híper-diseminadas de la pornografía y los videojuegos, entre las muchas otras imágenes-basura que pueden recogerse del pozo profundo de nuestras pantallas.

Comprensible, sin duda, porque a más de alguien esto le parecerá la performatividad indeseable de la imagen, y mejor ni pensar en ella. Sin tener que expandirse a esta área algo más sociológica, quizás La performatividad de las imágenes debió dedicar más atención al aspecto oscuro de la imagen, y a por qué -más de una vez en la historia- la negación, la prohibición o la regulación estricta de la imagen se muestran como opciones razonables, si bien radicales, para relacionarnos con ellas (y por qué, me imagino que escribiría la autora, habría que no caer en esa tentación). El régimen de la imagen, si se quiere, es una preocupación latente en el libro, pero que suele ser descartada de modo muy sumario, y en más de una ocasión.

“Es más fácil prohibir ver que ejercitar un pensamiento con imágenes”, escribe Andrea Soto Calderón, pero cualquier persona sabe que implementar una prohibición, sea sobre uno mismo o sobre los demás, es una cuestión bien complicada—piensen, por ejemplo, en seguir una dieta, dejar de fumar, hacer cumplir las reglas de sanidad pública, etcétera. Me parece, entonces, que el argumento por las “imágenes a pesar de todo” merece una revisión.

Otro ejemplo:

“El problema de la inflación visual no se resuelve eliminando las imágenes o intentando reducir su número, tampoco dejando las pantallas en negro—como si esto no fuese también una imagen—, gesto que no sería menos ingenuo que pensar que el problema de la dependencia con los dispositivos móviles se resuelve eliminando los smartphones”.

También:

“No se trata de eliminar los aparatos—técnicos, estratégicos o epistémicos—. El problema no se resuelve idealizando formas de vida pasadas o interviniendo con acciones al estilo Unabomber o los luditas del siglo XVIII”.

Y hacia el final del libro:

“Antes que denunciar el poder de la imagen y buscar protegernos de él, el interés está en la historia de ese poder, allí donde se abra otra energía imaginante”.

Este rechazo a solucionar el problema de las imágenes por medio de la autoridad o el cultivo de ciertos hábitos la autora lo elabora apoyándose, principalmente, en Jacques Rancière, desde una crítica más general a una visión estratégica del mundo que cree que es posible producir cambios en él “gracias a operaciones estratégicas (…) [entendidas como] una disposición de acciones conducente a interrumpir un orden”.

Sin embargo, pienso que es difícil sostener este argumento cuando la única imagen comentada en el libro que no es propiamente artística, al menos no lo es en un sentido institucional, es el famoso episodio de Rosa Parks rehusándose a cumplir una norma de segregación racial al interior de un bus en Montgomery, Alabama. Es importante tener en cuenta que, a diferencia de la primera imagen que uno podría tener de Parks, ella ya llevaba, junto a su marido, más de una década vinculada al movimiento por los derechos civiles cuando decide no abandonar su asiento ese 1 de diciembre de 1955. Parks no fue la primera persona en negarse a cumplir una norma de segregación en el Sur de los Estados Unidos, pero la imagen de su caso, digamos, era lo suficientemente elocuente para que la NAACP viera ahí una oportunidad única para llevar el argumento a tribunales, consiguiendo que una corte federal, y luego la Suprema, declararan inconstitucional la segregación racial al interior de los buses. Vale agregar que la comunidad afroamericana del estado también hizo lo suyo, organizando un boicot al transporte público que duró hasta la publicación de la sentencia del tribunal.

Por muy potente que haya sido el gesto de Parks, es difícil para mí no ver al pensamiento estratégico (también al ético y al político) acompañando a la imagen, tanto en la pre- como la post-producción. Me temo que la discusión que propongo con el libro es, en todo caso, más una diferencia de temperamentos que otra cosa, y no quisiera insistir en este punto y varios otros donde no estoy de acuerdo con las líneas de argumentación que ofrece la autora, porque también está el riesgo de hablar tanto sobre el andamiaje y la tramoya que uno deja de ver lo que ocurre en la escena.

Me parece que lo más notable en La performatividad de las imágenes es que evidencia una pasión genuina por ciertas imágenes: las imágenes peligrosas y salvadoras, parafraseando el verso de Hölderlin en el epígrafe del libro. La opción por ciertas imágenes, cultivar una forma de mirarlas y relacionarnos con ellas, evidencia un compromiso ético—la virtud tiene mucho de hábito, ya decía Aristóteles.

En el último capítulo, la autora hace una mención muy breve a su trabajo educativo y comunitario, y se detiene más extensamente en algunas obras de cine documental. Lo que deja casi como una nota al pie podría ser, para un nuevo trabajo, lo esencial: los mejores momentos de La performatividad de las imágenes, en mi opinión, están en la discusión de obras específicas y las controversias con autores. También sería interesante ver un posicionamiento más acabado respecto a las otras imágenes degradadas, quizás con menor cautela y deferencia hacia cierta idea liberal del gusto—si no se pueden discutir estas cosas a nivel teórico, ¿entonces dónde?

De acuerdo, una vez más, con lo de Hölderlin: “Allí donde está el peligro, crece también lo que salva”. Queda por responder si vale la pena salvar esas otras imágenes, si habrá algo que salvar en ellas, y si algún día podremos ser salvados de ellas.


Andrea Soto Calderón
La performatividad de las imágenes
2020
Editorial Metales Pesados
ISBN: 9789566048299
144 páginas

Domingo Martínez

MFA en Pintura, HFBK Hamburgo (Alemania) y Licenciado en Arte por la Universidad Católica de Chile. Creador de la revista brazsil.org

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