Skip to content

ARTE AL FONDO, O NUEVAS PRÁCTICAS DEL HOGAR

Cerrados los museos y las galerías por la pandemia del COVID-19, el arte visual ha encontrado un nuevo lugar de exposición detrás de aquellos que nos hablan, con los que hablamos y nos escuchan. Pero, sobre todo, detrás de aquellos políticos, científicos y expertos que a través de los medios de comunicación dan su criterio u opinión.

Ese arte está al fondo, detrás de la imagen de esos interlocutores que habitan virtualmente nuestra pantalla por espacios momentáneos. Forman parte de un espacio que se nos presenta como escenificado, aunque es un espacio real, probablemente una casa de habitación, o al menos eso es lo que suponemos.

Pero la realidad de esos hogares se está precipitando y acercando a la realidad del set televisivo. Muchos de los noticiarios y programas de entrevistas conectan ambos espacios y es fácil de observar una fractura en el diálogo teatralizado que antes ubicaba a periodista y experto en el espacio sacro y pulcro de plexiglás azul o gris oscuro. Ahora hay una disimetría que fractura y evidencia la irrealidad de set.

Otros noticiarios trasmiten directamente desde las casas de habitación de los presentadores y periodistas; han apostado por construir confianza con el espectador, pero al mismo tiempo han redefinido esos espacios íntimos como sets de televisión, altamente controlados y escenificados. Allí, aparece alguna pintura, escultura o fotografía al fondo, aunque también una biblioteca, un jardín o una escalera. Pero en el caso de los que optan por arte al fondo, no podemos dejar de pensar en ese cuadro dentro del cuadro, intencionalmente seleccionado y dispuesto dentro de un encuadre que lo ha limitado y que también ha compuesto la forma en que se sobrepone la cabeza del presentador en la toma.

En cambio, los expertos, los entrevistados, así como todas aquellas personas con las que hablamos e interactuamos ahora por internet, por lo general son algo más descuidadas con “el diseño del set” (el cuadro está cortado a la mitad) o están expuestos a pequeños accidentes: un gato que salta al escritorio, una brisa que se lleva la cortina, una madre que barre, un abuelo en

calzoncillos que pasa veloz. Todos esos imprevistos rompen la ficción de la pantalla y nos presenta una realidad que existía fuera de plano. El experto o el profesor serio que imparte su clase por Zoom se convierte en persona y, quizá en ese momento, ese arte al fondo nos pueda decir algo más que el mal o buen gusto del entrevistado y adquiera otro valor; pero depende de ese gato que irrumpe y pide cariño en primer plano, ya que ese gato rompe el marco escenográfico que englobaba el arte para rescatarlo del fondo.

Antes del coronavirus, como antecedente, presenciamos el caso de un hombre en una entrevista con un medio internacional que es interrumpido por sus hijos pequeños y una mujer preocupada y apresurada que los trata de contener. La viralización inmediata del video respondía a la irrupción del hogar en el mundo profesional, sin embargo, ahora, evidencia el nuevo tiempo en el que nos situamos, en el que hubiera sido un caso más entre muchos otros, sin la extrañeza que generó ni la polémica que alcanzó.

Leí en un post anónimo (parafraseo) que la economía no está hundida, solo que ahora nos dedicamos a todo ese trabajo y todas esas interacciones no remuneradas que los economistas de método no valoran, normalmente realizada por las mujeres al cuidado de seres queridos y del hogar.

Hoy el hogar, sus objetos y las prácticas que en él se dan, han adquirido una nueva visualidad y habrá que preguntarse qué rol puede ocupar el arte dentro de ese fenómeno, una de las prácticas habituadas a la mala o inexistente remuneración.

En ese sentido, tal vez los historiadores del arte podrían privilegiar la Cerámica Griega al Partenón, la pintura de Sofonisba Anguissola a la de Rafael. Algunas ya lo han hecho desde hace mucho (Mayayo, Nochlin, Pollock, etc.), pero siguen siendo marginadas por el gran discurso histórico; pero remover esa base histórica ha demostrado ser útil para revalorar las prácticas del hogar.

Por su parte, los artistas podrían meditar sobre ese destino de su producción (uno entre otros): la casa de aquellos que valoraron y compraron su trabajo. Es un destino que siempre ha estado ahí, pero parece aún extraño, ya que ha sido considerado irrelevante tanto para los artistas, teóricos e historiadores del arte. A pocos les ha interesado ese último acomodo hogareño: el de aquellos que compraron una obra para instalarla en su casa, para convivir con ella de ahora en adelante.

Sin embargo, hay que reivindicar ese destino y la función del arte en ese espacio. Hoy, más que nunca el hogar debe ser un lugar de pulsiones, de motivos y de encuentros para diálogos e intercambios con otros y con uno mismo. Ante la idea de la casa como ese lugar de descanso, en el que apagamos el cerebro después del trabajo con alguna serie más o menos estúpida o de simple escenario para nuestra proyección virtual fuera de ella, debemos oponer la idea de un espacio no limitado por la pantalla, de espacios ocultos desde los cuales construir otras formas de agenciamientos hacia afuera, como el joven Marcel Proust que sentía toda la intensidad del verano leyendo a escondidas en el armario.

Ahora, pareciera necesario conectar ese destino hogareño de las obras de arte con la producción del artista, confinado a ese mismo espacio que en realidad ya no es un taller de preparación de obras que se expondrán, sino que es exhibición en sí mismo. La separación común entre práctica de taller y exhibición hoy se encuentra radicalmente suspendida (sin ignorar que muchos artistas ya la habían problematizado), lo que nos recuerda la importancia de los encuentros que antes dábamos por sentado. Pero también, esa suspensión nos debe llevar a reconocer que, en el comercio del arte, más que una transacción de bienes de lujo y plusvalía, debe privilegiarse, ahora más que nunca, el intercambio de afectos y saberes, homólogos a esos intercambios en confianza que se dan al invitar a un amigo a tomar un café en casa.

No se me lea mal, no es mi intención denigrar el mercado del arte, ni de forma prejuiciosa condenarlo, sino más bien, y sobre todo en este momento, promoverlo. Ahora más que nunca necesitamos en nuestras casas arte, buena música, buenos libros, buenas películas, pero no para quemar el tiempo en este momento excepcional, no para distraernos o decorar nuestra casa, sino para darle sentido a esta excepción, un sentido que nos permite replantear y redireccionar nuestra humanidad de forma colectiva.

En una entrevista para El Diario.es, la periodista y corresponsal de guerra Olga Rodríguez, recordaba que esta constatación de tener un cuerpo frágil que nos trae esta pandemia es una realización que supone cierto privilegio, comparada a la continua tragedia de aquellos que han padecido las consecuencias de la guerra en las últimas décadas y a la que el coronavirus se añade como un elemento más, invisible y difícil de entender. Pero que, por otra parte, nos debería conectar precisamente con ellos, ya que la pandemia nos ha demostrado que todos compartimos esta misma elementalidad frágil que habita un mismo y único mundo. Porque efectivamente no podemos (cuando esto pase) correr de nuevo ciegamente hacia adelante, menos dejar que aquellos con poder e intereses económicos inmediatos nos haga huir y precipitarnos hacia esa caída suicida a la que ya nos dirigíamos.

Creo ciegamente, que esa responsabilidad de tomar una pausa, de repensar todas las direcciones, de valorar todo aquellos que está fuera del marco de representación y es invisibilizado en los medios dominantes, es en gran medida de los artistas. A quienes, a pesar del confinamiento, deberían asegurárseles las condiciones para seguir produciendo y construyendo otras formas de agenciamiento y de colectividad en la situación actual.

Ante esa necesidad, las respuestas institucionales (al menos en Latinoamérica, creo) son pocas, tardías e insuficientes, como era de esperar. La mayoría evidencian la incapacidad de repensar las prácticas artísticas en tiempos de COVID-19 y promover fondos y becas que puedan permitir a los artistas sacar partido de las condiciones actuales para generar nuevas formas de colectividad desde el arte a partir de la reflexión y la evaluación de lo que estamos viviendo.

Como ya es usual, en contra de la comodidad, costumbre y deseo de continuidad de instituciones, políticas y discursos que tienen y han tenido el arte al fondo, no nos quedará más que reaccionar desde lo más íntimo de nuestras casas, quizá desde sus espacios más oscuros, para devenir abuelo en calzoncillos, gato cariñoso, madre limpiando… interrupciones necesarias y requeridas en esa reunión de trabajo o clase por Zoom, más aún, con tantas videollamadas de experto martillando nuestro cerebro.

Compartir

Avatar

Pablo Bonilla Elizondo

Doctor Cum Laude en Arte: Producción e Investigación de la Universidad Politécnica de Valencia. Actualmente es profesor de la Escuela de Artes Plásticas de Universidad de Costa Rica en las áreas de Teoría del Arte y Acción Social.

Más publicaciones

También te puede interesar

El Desastre no Reconoce Territorio

No eres tú quien hablará; deja que el desastre hable en ti, aunque sea por olvido o por silencio. M.Blanchot La eventualidad de que un impacto de la naturaleza ocurra súbitamente es una realidad…

Juan Albarrán, Disputas sobre lo contemporáneo. Arte español entre el antifranquismo y la postmodernidad, Producciones de Arte y Pensamiento (PROAP) y Museology, Madrid, 2019, 230 páginas
,

LA RE-VUELTA DE LO ‘CONTEMPORÁNEO’

Una relectura del arte contemporáneo español pienso que debería entre otros codificar, evaluar y criticar las relaciones de la vanguardia española con el franquismo, el papel desempeñado por ARCOmadrid como catalizador del arte contemporáneo...