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ÉLISABETH LEBOVICI: LO QUE EL SIDA LE HA HECHO

La pluma de Élisabeth Lebovici ―activista, crítica e historiadora del arte francesa― transita el vaivén de una paradoja sin contradicciones.[1] El silencio y la voz, la vida y la muerte, la ética y la estética. A lo largo de su carrera, la lucha del VIH/sida y otras causas impulsadas por la comunidad LGTBIAQ+ le otorgan una corporeidad espesa a su particular manera de hacer teoría. Lesbiana visible, algunas de sus experiencias vividas durante los momentos más álgidos de la epidemia del sida reverberan en su libro Ce que le sida m’a fait: art et activisme à la fin du XXe siècle [Lo que el sida me hizo: arte y activismo a fines del siglo XX] publicado en el año 2017. En tiempos de nueva incertidumbre y pánico viral, rememorar la epidemia del sida es un triste recordatorio de la indiferencia que pueden tener los poderes médicos y políticos por los derechos de las minorías sexuales. Sin embargo, también es una invitación a vivir una vez más la estridencia con la que lxs artistas y activistas lucharon por hacerse oír.

aliwen: Por favor, cuéntame un poco sobre tus orígenes. ¿Dónde creciste? ¿Cómo decidiste qué estudiarías como carrera y cómo recuerdas tus días de estudiante?

Élisabeth Lebovici: Crecí y estudié en París (en realidad, nací en un suburbio cercano) y fuí al colegio allí. Mi escuela secundaria (“lycée”) era pública de niñas. Mis compañeras, la gran mayoría, eran muy de derecha y bastante antisemitas, por decir lo menos. Yo provenía de una familia judía no religiosa, de izquierda (mis padres eran comunistas antes de mutar de manera lenta, pero drástica), diezmada en los campos nazis; mis padres y mi hermana no hablaban mucho, seguía siendo un tema horriblemente doloroso que intentaban evitar e “integrarse” lo mejor posible. Por lo tanto, entendí el antisemitismo a través de la performatividad del insulto. No encajaba. Esto provocó un perdurable sentimiento de injusticia y revuelta permanente, por un largo tiempo.

Soy parte de una generación pos-68, donde no se hacían tantos proyectos profesionales. Creo que me dediqué a la historia del arte porque la visibilidad era mi propio terreno, el que decidí elegir, quizás para hacerme visible. Estudié en la Universidad de París X (en Nanterre), no lejos de las poblaciones de lxs trabajadorxs migrantes argelinxs. Todos dimos clases de alfabetización francesa. Eran los años 70, sabes… Aquí es donde hice mis primerxs amigxs, mi primera comunidad elegida. Trabajé los días en una fábrica estatal de porcelana y bailé toda la noche. Después, me mudé a Nueva York a fines de los años 70 (1979) porque entré, de casualidad (había respondido a un anuncio, probablemente querían una persona francesa) al Programa de Estudios Independientes (ISP) del Museo Whitney, un programa artístico y curatorial en Manhattan. Fueron unos años increíblemente buenos y sin dinero, ya sabes, los años “downtown”. Viví la experiencia más increíble y decidí quedarme. Empecé un doctorado sobre “el dinero en el discurso de las y los artistas estadounidenses, 1980-1981”.

a.: París fue una de las ciudades europeas más afectadas por la pandemia del VIH/SIDA. Un epicentro cultural del mundo occidental, la escena artística y literaria de la última mitad del siglo veinte fue, en gran parte, configurada por las voces transgresoras de la comunidad LGBTIAQ+. Estoy pensando acerca del fuerte contraste entre el París representado por la película Les intrigues de Sylvia Couski [Las intrigas de Sylvia Couski] (Adolfo Arrieta) de 1975, esa del Groupe de libération homosexuelle [Grupo de Liberación Homosexual] y de Severo Sarduy, y lo que seguiría en los años 80. ¿Cómo crees que afectó la epidemia a la escena cultural parisina?

É.L.: ¡Oh! Muchísimo. Entre los años de liberación sexual y los años de la epidemia del sida, hubo una especie de choque. Tomó años desatar el choque entre haber ganado el placer y la libertad sexual (la homosexualidad se despenalizó en 1982) y estar enfrentadx a un virus que se transmitía mayormente a través de encuentros sexuales o por inyectarse drogas [por “la sangre, el semen, los fluidos corporales y la ley”, como decimos en Francia]. Tomó años y mucho activismo para dejar claro que no había absolutamente ninguna relación causal. La homosexualidad no es una causa del sida, el VIH/sida no es el resultado de una pulsión de muerte, aunque cuando lees al escritor gay Hervé Guibert, por ejemplo, eso no es tan seguro.

Pero volviendo a tu pregunta, el VIH/sida afectó increíblemente a la escena cultural parisina. Hay toda una generación de artistas, pensadorxs, críticxs, performancerxs y bailarinxs que faltan, así como también su público, su audiencia. Como ya sabes, la gente murió muy joven, a los 25, 30 años, no tuvieron el tiempo de seguir con sus proyectos. El pánico era intenso. Sin embargo, yo no diría que se detuvo con la aparición de las terapias de cóctel después de 1996. Tú sabes, la gente aún muere; y a veces lees sobre las creencias que todavía rodean al VIH/sida, incluso con el PrEP, incluso con el tratamiento, y quedas atónitx de que tales ideas falsas sigan existiendo.

a.: En entrevistas a veces recuerdas el fallecimiento de tus amigos/as cercanos a principio de los años 80. ¿Cómo afectó la epidemia del VIH/sida tu propia vida y tu trabajo?

É.L.: Bueno, afectó mi vida exhaustivamente. Gente que yo conocía comenzó a morir tan temprano como en 1983. Mi queridísimo, mejor amigo murió en 1986. Durante dos años, estuvo padeciendo diferentes enfermedades oportunistas ―él intentó ocultarlo, como muchxs lo hicieron. Sin referirse al sida― por supuesto que nosotrxs lo sabíamos. Nosotrxs, la comunidad elegida, lxs amigxs. Cuidamos de él porque cada vez era menos capaz de cocinar, moverse y hablar. Cuando murió, su familia que se había distanciado llegó a París, se llevaron su cadáver de la morgue del hospital y sacaron todo de su pequeño departamento, a excepción de algunos libros y discos. Nosotrxs nos quedamos sin nada. Después, esto continuó, unx tras otrx. Estábamos tratando de ayudar, de cuidarnos y mi comunidad desapareció. Mi mundo artístico se estaba hundiendo.

He escrito extensamente sobre mi insensibilidad aletargada (sidération), la cual duró muchos, muchos años. Eso no quiere decir que no estaba trabajando. Incluso la revista (Beaux-arts Magazine) y, después, el periódico (Libération) a los que me había unido vivían con el sida, dentro de los contornos de la crisis del sida, siendo afectada por la pérdida y el duelo. Un día, unx amigx que era VIH positivo me dijo con entusiasmo acerca de estas reuniones a las que iba; se trataba de Act Up-Paris. Las primeras palabras del discurso de bienvenida fueron: “Act up proviene de la comunidad homosexual”. Me sentí en casa. Yo era parte de eso. Yo encajaba. La pena se convirtió en rabia. Empecé a aprender lo mucho que la epidemia fue un “hecho social total”, citando al antropólogo Marcel Mauss.

a.: El mundo hispanohablante ha recibido recientemente tu libro Sida, publicado por et al. (ARCADIA y Museu d’Art Contemporani de Barcelona) a principios del 2020. En él, nos das una muestra de tu estilo de escritura muy personal, el cual es tan riguroso como heterodoxo. Desde una ensayística muy íntima, frecuentas varios objetos diferentes tales como las prácticas artísticas, la teoría crítica, el cine, la literatura, la acción política y el testimonio en una apacible asociación libre. ¿Cómo llegaste a desarrollar tu voz como escritora? ¿Qué consejo le darías a lxs intelectuales más nuevxs que están tratando de encontrar su propia voz?

É.L.: Primero, muchas gracias. Escribir como lo hice fue, realmente, la única solución para mí. ¡No lo estoy atenuando! Quería escribir mientras estaba dentro de la escritura, ya que quería estar dentro del sida, en el interior del sida y desde luego no “sobre” el sida. Odio cuando leo en pequeñas reseñas o textos de sala sobre artistas que trabajan “sobre” o “en” algo, incluso peor cuando es “en el sida”. Cuando trabajas en algo, estás por sobre eso, lo que significa que estás en una posición dominante. Dominas el objeto, en vez de trabajar dentro de la textura, la “estructura queer del sentimiento”, como diría el artista y activista Gregg Bordowitz. Por lo tanto, para “zambullirse de lleno”, lo que hice fue mirar los artículos o ensayos que había estado escribiendo [en aquel entonces] y reescribirlos detalladamente. Eso fue lo que hice. Reescribir desde mi punto de vista de hoy, asociando libremente piezas de escritura ya hechas, trabajando con la pena, la pérdida, las muchas carencias que había en los textos, muchas veces como subtexto. Entonces, no podía hacer un borrador en tres partes con una tesis, una antítesis, una síntesis o lo que sea… ¡No había ninguna! No tenía nada que comprobar. Así que tejí algunos de los capítulos como una especie de tela muy suelta, manteniendo los agujeros. Y lo llamé crítica de arte.

Por supuesto, no estoy sola en eso. Admiro muchísimo el trabajo de Monique Wittig, he leído con asombro las memorias de Samuel R. Delany y de Douglas Crimp. El modelo, también, era el Self Portrait [Autorretrato] de Carla Lonzi (entretejido de entrevistas a artistas ensambladas, en una comunidad que construye un retrato incompleto y vacío del yo, del/de la crítico/a, autor/a, entrevistador/a, disuelto y reconstruido como un nosotrxs político). Y, luego de este libro (1969), Carla Lonzi desapareció como crítica para continuar su actividad como feminista separatista.

a.: La escritora y crítica chilena Lina Meruane ha escrito sobre lo que denomina el «síndrome de la desaparición de la mujer» en lo que respecta a la opinión pública y las producciones culturales que rodean la epidemia del VIH/sida y el rol secundario o auxiliar que muchas veces se les atribuye a las mujeres cis y trans*. Las prácticas artísticas transgresivas de colectivos lésbicos, como fierce pussy y GANG (EE.UU.) o LSD Lesbianas Sin Dudas (España), señalaron el hecho de que la omisión patriarcal de los cuerpos femeninos de la crisis del VIH/sida ―afectados ya sea directa o indirectamente― complicó innecesariamente el ya difícil trabajo de obtener información actualizada y tratamiento médico apropiado o recursos públicos para las mujeres a fines de los años 80 y en los 90. ¿Crees que el discurso que rodea al papel de las mujeres durante la epidemia del VIH/sida está cambiando hoy día? Estoy considerando el importante trabajo de lesbianas visibles activistas del VIH/sida, como J Triangular (Colombia-Taiwán), quien hizo el Residencia Curatorial Visual Aids en 2019 sobre este mismo tema.

É.L.: Eso espero. Es crucial. La historia de la epidemia del sida, la cual es una entre muchas otras formas de contar la historia, comienza en 1981 desde el punto de vista de los hombres, no como herstory [desde el punto de vista de las mujeres]. Actualmente sabemos (pero también lo sabíamos antes) que las mujeres han sido invisibilizadas, erradicadas de esta historia. Las mujeres cis y trans fueron excluidas de los ensayos clínicos, las campañas de prevención no se dirigían a ellas, hasta sus síntomas o enfermedades oportunistas fueron excluidos del repertorio de marcadores [médicos] del sida ―por ejemplo, los signos que se manifiestan cuando la infección por VIH se convierte en sida― que estaban hechos a la medida de los hombres. Las mujeres no gozaban de las pensiones por discapacidad que les permitiera proporcionarse un mínimo de apoyo por sí mismas. Y después, invisible dentro de las invisibles, estaban las lesbianas, las mujeres queer, doblemente discriminadas: primero por ser mujeres y segundo por ser queer o, como enunció Monique Wittig, porque “las lesbianas no son mujeres”, y no tienen tal lugar en el sistema binario patriarcal heterosexual. A veces, aún me dicen que “las lesbianas no se contagian de sida” ―claro, ellas no tienen sexo, obvio que no utilizan juguetes sexuales, obvio que no se inyectan drogas, etc―. Las sexualidades queer, los cuerpos queer, las prácticas queer, los amores queer, los espacios queer, los cuidados queer ―muchas lesbianas fueron esenciales en el activismo anti-sida y su cuidado― han sido hoy en día rescatados del archivo.

En mi libro “dentro del sida”, quise enfocarme en las lesbianas ―su visibilidad, sus visualizaciones y su papel en la conformación de una historia que ahora está actualizada― y espero que se actualice y se vuelva a actualizar para desafiar el canon occidental, blanco y aún muy binario.

a.: Eres miembra fundadora del fondo de donaciones Lesbiennes d’Intérêt Général [Lesbianas de Interés General] desde el 2016, el cual busca ayudar a la visibilidad y bienestar de las lesbianas en Francia a través de becas que son destinadas a sus artes, cultura, salud, deportes e investigación, entre otras áreas. ¿Cómo ha resultado esta experiencia hasta ahora? ¿Qué consejo le darías a la gente que es parte de la comunidad lésbica o que aman a las lesbianas en su vida y tratan de iniciar iniciativas similares?

É.L.: Es el primero de este tipo en Francia, aunque algunas fundaciones, como Mama Cash en los Países Bajos o Astraea en Estados Unidos, existen desde hace bastante tiempo. Las integrantes del comité directivo de Lesbiennes d’Intérêt Général somos todas activistas. Todas hemos sentido la necesidad de tratar en Francia (donde hay una fuerte tradición de solidaridad y voluntariado) con dinero y financiación, ¡palabras que parecen insultos alrededor nuestro! En las comunidades LGBTQI*, las lesbianas autoidentificadas son a las que menos se les otorga financiamiento. Un estudio ha demostrado que menos del 5% del dinero gastado en iniciativas LGBTQI* se gasta, específicamente, en las lesbianas. Siempre se espera que hagamos las cosas gratis. Las organizaciones que muy eficientemente ayudan en particular a las lesbianas y a personas queer que buscan asilo funcionan de esta manera. Es increíble reconocer los esfuerzos y el éxito de entregar tiempo y energía, pero ¿por cuánto tiempo funcionará ese sistema sin un agotamiento general? En los antes países europeos orientales, algunas organizaciones lésbicas pueden contratar a personas que reciben un sueldo. En Francia, como en Italia y otros países europeos occidentales, no es el caso. Siento que es lo mismo para lxs activistas LGBTQI* que para lxs trabajadorxs culturales y ahora, con el advenimiento de la crisis de COVID-19, empezamos a entender que nuestra labor no es reconocida como tal, ¡lo que significa que no obtendremos nada en reemplazo de la nada que nos pagaban!

Por un lado, es increíblemente gratificante ver a tantas mujeres queer con muy poco dinero que aún aportan con lo que pueden. Sin embargo, todavía necesitamos encontrar nuestras grandes lesbianas filántropas ―¡como nuestra modelo a seguir, la pintora Rosa Bonheur del siglo XIX, cuando estipuló por testamento dar toda su herencia, su estudio, sus derechos y todo lo que había ganado a su compañera!―. Hasta el momento, hemos sido capaces de ayudar a muchos proyectos, ya sea de educación en salud, acceso a la consejería sicológica, programas de radio, dar una mano para una exposición o ayudar a pagar a un colectivo de traductoras; además hemos ayudado a programas de concienciación y visibilidad lésbica en Camerún. Hace unas semanas, lanzamos un llamado urgente en relación con el evento del coronavirus: ya hay un estudio que indica que las lesbianas son más propensas a sufrir violencia, son más acosadas por su familia o entorno, que personas de nuestra comunidad que están buscando asilo, escapando de una historia horrible, se quedan sin nada, no tienen ningún lugar donde confinarse y que la situación apunta a revivir su trauma. Es una cuestión de supervivencia, a corto y largo plazo, también es una cuestión de visibilidad.

Traducido por Constanza Figueroa

Edición de traducción aliwen


[1] Agradezco a Alejandra Villasmil por haberme puesto en contacto con Élisabeth Lebovici a inicios del año 2019. Agradezco también a Constanza Figueroa por su apoyo a la traducción de la versión en inglés al español; cuenta conmigo para lo que necesites. Nuevamente, te agradezco muchísimo Élisabeth, por tu complicidad amistosa y por tu cautelosa transgresión viral de la palabra. Espero que sigamos colaborando, tanto en el ciberespacio como ―quizás― en el espacio perlocucionario del cuerpo: esa es una de las utopías kuir que me ayudan a mantenerme en pie durante esta crisis.

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Aliwen

Crítica, curadora independiente, docente e investigadora en temas de arte, anarquía, descolonialismo y sexualidades. Mapuche warriache (de ciudad), champurria (mestiza) y epu püllü (dos espíritus). Activista de los derechos humanos, especialmente los de las personas de la comunidad LGTBIAK+ y de las personas viviendo con VIH/sida. Fue elegida en 2020 como becaria Monbukagakusho MEXT del estado japonés para estudiar un posgrado en curaduría de artes visuales y transculturalidad en la Universidad de las Artes de Tokio. Actualmente colabora con medios como A*Desk (Barcelona), Artishock (Santiago de Chile), Concreta (Madrid), Terremoto (Ciudad de México) y The Clinic (Santiago de Chile).

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