Skip to content

Luchita Hurtado:la Artista Que Mira y Hace Mirar

“Cuando era una niña, tenía un gran sentido del olfato. Podía oler a una mariposa rompiendo su capullo. Miré todo el proceso, y creo que ver esa magia fue una fuerte influencia,”[1] responde Luchita Hurtado a Hans Ulrich Obrist cuando éste le pregunta cómo llegó al arte. En la misma entrevista, Hurtado rememora igualmente cuando comió una uva verde sin semillas por primera vez, en Puerto Rico de camino a Nueva York, donde se mudó con su madre a los ocho años, una experiencia transformadora que le reveló la riqueza del mundo. Estos son los primeros momentos clave en la vida de esta incansable artista, desconocida aún para las grandes audiencias, y cuya inspiración es y ha sido lo extraordinario de la naturaleza.

Luchita Hurtado: I Live, I Die, I Will Be Reborn, presentada en la Serpentine Gallery, es la primera exposición individual en una institución pública de la artista quien, a pesar de y gracias a sus 98 años, sigue creando. Nacida en Venezuela en 1920, Hurtado ha pintado de forma obstinada durante más de ocho décadas viviendo en un amplio número de ciudades, desde su natal Maiquetía hasta Santa Mónica, pasando por Nueva York, la Ciudad de México, San Francisco, Taos y Los Ángeles. A pesar de establecer vínculos con algunos de los artistas más reconocidos del siglo XX —entre ellos Isamu Noguchi, Rufino Tamayo, Marcel Duchamp, Wolfgang Paalen (su segundo esposo), Lee Mullican (el tercero), Leonora Carrington, Frida Kahlo, Diego Rivera, Man Ray, Agnes Martin y Gordon Onslow Ford—, su práctica artística no gozó de la misma visibilidad y las ocasiones en las que su producción se exhibió públicamente son contadas.

Organizada por Hans Ulrich Obrist y bajo curaduría de Rebecca Lewin, la muestra brinda un recorrido cronológico. A través de más de cien obras, ésta ofrece una mirada panorámica a los temas centrales que Hurtado ha desarrollado dentro de su larga producción: las conexiones entre el cuerpo, la naturaleza y el cosmos. Además de su vigorosa exploración pictórica, lo que da cohesión a este cuerpo de obra tan variado es una visión del mundo que abarca tanto lo más terrestre como lo trascendental. Así, Hurtado direcciona la mirada del espectador hacia distintas direcciones —adentro, abajo, arriba—, compartiendo de forma sutil, y casi imperceptible, una singular visión de la vida.

Luchita Hurtado, I Live I Die I will Be Reborn, vista de la exposición en Serpentine Galleries, Londres, 2019. © 2019 Luchita Hurtado. Foto: Hugo Glendinning
Luchita Hurtado, Sin título, 1971, óleo sobre tela, única, 127 x 88,6 cm © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Jeff McLane

Mirando hacia adentro

Dentro de la vasta producción pictórica de Luchita Hurtado, los autorretratos son el género predominante. Éstos revelan las condiciones bajo las cuales producía: una madre de familia que sólo podía pintar en sus pocos momentos libres, tarde, por la noche, y sin acceso a más que ella misma.

Luchita – Dark Years, 1954, es una de las obras más poderosas de la exposición, y una de las más modestas en forma y color. El rostro de la artista aparece del cuello hacia arriba y la mirada hierática. La paleta en tonos cafés y la expresión tan restringida enfatizan que su atención y su energía se dirigen hacia adentro. La paleta, la técnica y el formato evocan los antiguos retratos de momias egipcios y revelan una capacidad de introspección desconcertante. Los demás retratos son más experimentales, alejándose de las convenciones del género, y revelan el dinamismo que caracterizará a su obra y la primacía de su cuerpo dentro de él: como una secuencia dislocada, desnudo y visto desde sus ojos, como un paisaje geográfico, dando a luz o como una sombra proyectada sobre el cielo.

Un autorretrato sin título de 1968 muestra el reflejo del rostro de la artista en un espejo redondo, sostenido por su mano.  El rostro es inexpresivo y la paleta limitada —oscila del rosa al amarillo, ambos atenuados— pero logra comunicar la dimensión psicológica de la artista, observándose a sí misma, tan sólo con su mirada, la cual confronta directamente la del espectador. La experiencia fenomenológica que brinda el cuerpo –y su representación– es uno de los sellos más característicos de la obra de la artista. Igualmente, su constante apelación directa al espectador desafía la experiencia genérica y desconectada que suelen ofrecer los llamados “cubos blancos”, como lo es la Serpentine.

Luchita Hurtado, Sin título (autorretrato), c. 1968, óleo sobre lino, 82,6 x 67,9 cm © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Jeff McLane
Luchita Hurtado, Luchita - Dark Years, c. 1954, óleo sobre madera, 40,6 x 20,3 cm © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Genevieve Hanson
Luchita Hurtado, Untitled, 1969, óleo sobre tela, 90,8 x 121,9 cm. Hammer Museum, Los Angeles. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Jeff McLane
Luchita Hurtado, I Live I Die I will Be Reborn, vista de la exposición en Serpentine Galleries, Londres, 2019. © 2019 Luchita Hurtado. Foto: Hugo Glendinning

Mirando hacia abajo – ‘Yo soy’

Durante las décadas de 1960 y 1970, Hurtado produjo numerosos dibujos, acuarelas, estudios y pinturas al óleo de su propio cuerpo. Éstos pretendían retratarlo sin filtros, tal y como ella misma lo veía, sin auxiliarse de un espejo o alguna fotografía. Con un escorzo forzado, aparecen uno o dos montículos que forman su pecho, una curva gentil para su abdomen con el ombligo delineado, las caderas curveadas, los pies con sus largos dedos sobre el piso, una o dos manos estiradas o sosteniendo alguna cosa.

El punto de visión del cuerpo desde uno mismo hace eco de la teoría de autorepresentación de las famosas figurillas prehistóricas conocidas como las venus. Estas esculturas de mujeres, sugiere el teórico LeRoy McDermott[2], y sus proporciones distorsionadas —pechos y estómagos particularmente abultados y partes como las piernas apenas detalladas— no responden a manipulaciones simbólicas sino al ángulo de visión de sus creadoras: mujeres artistas que representaban sus propios cuerpos en piedra. Esta afirmación, que sostiene que las primeras representaciones de la figura humana hayan sido creadas por mujeres, reta la predominante visión de la creación artística como masculina que artistas como Hurtado han retado incansablemente.

Los autorretratos de estas décadas emiten una poderosa carga íntima. Sus encuadres cerrados y ambientes poco iluminados, la desnudez del cuerpo y las escenas en las que aparece —sujetando frutos rojos entre los dedos o cerillos y cigarros, estirando las manos hacia una maceta— revelan un punto de vista elegido rara vez para un autorretrato. Paradójicamente, las imágenes crean una sensación simultánea de familiaridad psicológica y desorientación, que es en sí misma un logro.

En Untitled, 1969, Hurtado emplea la misma perspectiva pero se coloca sobre uno de sus tapetes navajos, de los cuales es una ávida coleccionista. Su paleta de color se intensifica. Un rayo de luz atraviesa la escena diagonalmente y se proyecta sobre las hebras del textil, retratadas minuciosamente, y el tapete indígena al centro de la composición. Este detalle introduce de forma abrupta la dimensión temporal a la escena: los pies están firmemente colocados —enraizados— mientras que las manos se encuentran abiertas, activas e interactuando con el mundo. En una declaración de Hurtado sobre esa obra surge el nombre que le da a la serie: “Concluí que eso es todo lo que tengo en el mundo: a mí misma. Y así, yo soy.”[3]

Luchita Hurtado, Sin título, 1981, óleo sobre tela, 61 x 66 cm © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Genevieve Hanson
Luchita Hurtado, Sin título, c. 1970s, carboncillo sobre papel, 45,7 x 61 cm © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Jeff McLane
Luchita Hurtado, The Umbilical Cord of the Earth is the Moon, 1977, óleo sobre tela, 101,6 x 58,4 cm. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Jeff McLane

Mirando hacia arriba, ‘Paisajes’

Tras una visión limitada a espacios íntimos, a mediados de los años 70 la perspectiva de las obras de Luchita Hurtado comenzó a apuntar al cielo––aparecen montañas y dunas contra él, nubes y astros, cordilleras que lo enmarcan. En Untitled, 1981, la silueta de la artista frente a un volcán y cielo rojo se fusiona con el subterráneo: el cuerpo se convierte en paisaje de forma similar en la que Dafne escapó de Apolo al transfigurarse en árbol.

En un dibujo de carboncillo sin título fechado en 1970, Hurtado retrata un grupo de seis hombres que miran más allá del cuadro, fuera del campo de visión del espectador. Los figuras, unas sentadas y otras de pie, se encuentran sobre un montículo al que le continúa un tramo llano con una pequeña hendidura. El terreno recuerda la forma en la que Hurtado había previamente representado su pecho, abdomen y ombligo. Esta estrategia formal resultó en numerosas imágenes del cuerpo transformado en dunas, oasis, colinas, planicies y cañones. Si en la serie Yo soy la artista nos había colocado en su propio cuerpo, en estos paisajes nos lleva con ella al transformarse en montañas.

En The Umbilical Cord of the Earth is the Moon, 1977, la contradicción de perspectivas es evidente. Tres cordilleras enmarcan al cielo y, aunque pareciera que, como en otras pinturas, uno mira al cielo desde la tierra, la forma de las montañas indica que están representadas en un ángulo frontal. El cielo está pintado en gradiente, de tonos claros y brillantes a negro saturado, y siete plumas parecen caer del cielo, o flotan quizás alrededor de la luna. Con estos elementos, Hurtado se adentra en el balance del cosmos y su relación con los fenómenos de tierra.

El negro profundo de la obra recuerda a otra experiencia que marcó a Hurtado: el ver la primera fotografía de la Tierra contra la inmensidad del espacio tomada a bordo del Apolo 8 en 1968. De este momento recuerda sentir “fuertemente que un árbol es un familiar, un primo. Encuentro que estoy relacionada a todo en este mundo.”[4] Las equiparaciones de cuerpo y paisaje vuelven clara esta visión.

Luchita Hurtado, I Live I Die I will Be Reborn, vista de la exposición en Serpentine Galleries, Londres, 2019. © 2019 Luchita Hurtado. Foto: Hugo Glendinning
Luchita Hurtado, I Live I Die I will Be Reborn, vista de la exposición en Serpentine Galleries, Londres, 2019. © 2019 Luchita Hurtado. Foto: Hugo Glendinning

Las miradas y la visión

Con el paso del tiempo, la conciencia ecológica mostrada por Luchita Hurtado a lo largo de su carrera, discutida en una larga entrevista de 1994 con Paul Karlstrom (guardada en el archivo del Instituto Smithsonian), se transformó en activismo ecológico. Éste es explorado en el núcleo de cierre a través de una serie de pinturas recientes, creadas ex profeso para la exposición. Unos sencillos lienzos coloridos, dispersos sobre una pared en un intento por parecer posters de protesta, se leen las palabras AIRE, AGUA, MUNDO, FUEGO, o NO PLACE TO HIDE. Otras muestran figuras antropomorfas transformándose en árboles, algunas incorporando los nombres de los elementos. A pesar de recurrir a métodos menos creativos y tener menor grado de realización, éstas dan cuenta del incansable espíritu de la artista que sigue creando, mirando y haciendo mirar.

La destreza en emplear distintas técnicas dan vida a su visión: mientras que su paleta recurre a colores magenta, naranja, azul basalto y amarillo para representar las frutas, plantas y textiles que aparecen en sus composiciones, su figura es representada en un tono homogéneo, y está ausente de todo signo distintivo como pecas, cicatrices o lunares. Aún más, solo dos de sus decenas de autorretratos incluyen la parte del cuerpo más característica de cualquier persona, su cara. Esto es una decisión consciente––Hurtado no busca destacar individualidad, sino lo opuesto: la universalidad. Al dirigir nuestra mirada hacia adentro, hacia abajo y hacia arriba, Hurtado gradualmente transmite su visión de la vida como un gran sistema interconectado similar a la visión holística de la naturaleza a la que Humboldt curiosamente llegó viajando en la Venezuela natal de la artista.

En un momento en que es innegable que la empatía con la naturaleza es algo imprescindible para nuestro futuro, la obra de Hurtado es particularmente oportuna. Su reciente descubrimiento ––que la ha llevado a participar en Made in L.A. 2018 en el Hammer Museum de Los Ángeles, recibir una muestra individual en Hauser & Wirth de Nueva York (quienes ahora la representan), y obtener su primera exhibición individual en un museo–– da cuenta de ello. Dentro de la creciente tendencia de instituciones públicas a estudiar a artistas relegados, y en un momento en que se demanda que las instituciones culturales tomen posturas éticas y políticas, el interés por su arte apenas comienza. En 2020, el año en que cumple 100, Luchita Hurtado va a recibir su primera retrospectiva internacional que arranca en el Museo Tamayo para después viajar a una serie de instituciones en Estados Unidos.

Luchita Hurtado: I Live, I Die, I Will Be Reborn permanecerá abierta al público hasta el 20 de octubre de 2019.

 

Imagen destacada: Luchita Hurtado en su casa/taller, en Santa Mónica, California (EEUU), 2019 © Luchita Hurtado. Cortesía de la artista y Hauser & Wirth. Foto: Oresti Tsonopoulos


[1] Obrist, Hans Ulrich, ‘Luchita Hurtado in Conversation with Hans Ulrich Obrist’, ForYourArt, 11 de marzo de 2018, audio disponible en http://foryourart.com/projects/luchita-hurtado-in-conversation-with-hans-ulrich-obrist

[2] La tesis fue presentada por primera vez en la sexta conferencia anual de la Midwest Art History Society en la Universidad de Kansas del 5 al 7 de abril de 1979. McDermontt, LeRoy. “Self-Representation in Upper Paleolithic Female Figurines”, en Current Anthropology, volumen 37, número 2, abril de 1996.

[3] Luchita Hurtado: Here I Am, Art 21, Extended Play, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=a9r8puY2tjQ

[4] Lehrer-Graiwer, Sarah. Luchita Hurtado in Conversation with Sarah Lehrer-Graiwer, 8 de febrero de 2019, Hauser and Wirth, disponible en https://www.hauserwirth.com/stories/23902-luchita-hurtado-conversation-sarah-lehrer-graiwer

Compartir

Avatar

Carlota Ortiz Monasterio

Es licenciada en Historia del Arte por la Universidad Iberoamericana. Sus líneas de investigación giran en torno a comprender las producciones de arte contemporáneo dentro del contexto ecológico actual, enfocándose en la eco crítica, la sociología, la estética y la filosofía. Actualmente vive en Londres y trabaja en gestión de exposiciones y enlace con artistas en Marian Goodman Gallery.

Más publicaciones

También te puede interesar

Leonor Antunes, Whitechapel Gallery, Londres, 2017-2018
,

Leonor Antunes:the Frisson of The Togetherness

Su nueva instalación site-specific para la Whitechapel Gallery de Londres –que marca su primera individual en una galería pública del Reino Unido- se nutre de dos escultoras que vivieron en Londres: la artista británica...

,

Ana Alenso

Para Ana Alenso (Caracas, 1982) lo que sucede dentro de su estudio en Berlín es una parte esencial e inseparable dentro de su práctica, quedando de testimonio una impresionante cantidad de documentación de sus...