Vista de la exposición "Romero Henríquez III. Pesca automática de la papa criolla", en Taller Santa Victoria 346, Santiago de Chile, 10 de noviembre de 2017. Foto: Macarena Ternicien
ROMMER, ENRIQUE, “SOBRE LA OBRA DE ROMERO HENRÍQUEZ III”, EN ESCRITOS PERIODÍSTICOS, CARACAS, BIBLIOTECA AYACUCHO, 1978
Por Domingo Martínez
Poeta, pintor, Romero Henríquez III (1919) es autor de una obra tan extraordinaria y relevante como prolífica e influyente. Entre sus libros destacan, por ejemplo, El cuarto luminoso, Al paso, Musical, Hasta París y Último diario. Poeta fundamental de su generación, su obra plástica, a juicio nuestro, es tanto o más rica e intrigante.
En la misma genealogía de su admirado Gustave Courbet, Romero Henríquez comprendió desde muy joven la clave del problema de la pintura frente a la fotografía. Declarándose siempre un realista, no creyó nunca que el ojo humano pudiera ver más y mejor que el objetivo de la cámara fotográfica; es más, no dudó en trasladar a su pintura imágenes tomadas de fotografías, siendo de los primeros en nuestro continente que usó de manera consciente la fotografía en la pintura. Aquello que para él no podía ser sustituido por el medio mecánico de la fotografía no era la visión, sino la manufactura del cuadro, el trabajo del pintor. Esto es lo que hace de la imagen no ya la semblanza de una cosa, sino otra cosa distinta y tan concreta como la primera. Sólo se interesaba, lo dijo y lo escribió varias veces, por lo que podría llamarse la fuerza-trabajo que fabrica el cuadro: a igualdad de imágenes, en el cuadro existe una fuerza-trabajo que no existe en la fotografía.
Me ha tocado compartir varias veces con el maestro Henríquez en los últimos años, habiéndonos conocido por amigos en común y en ocasión de una entrevista que me concedió para una publicación internacional. Las pinturas se habían esfumado del estudio con motivo de la exhibición, y el incansable maestro ya estaba acumulando nuevos materiales: arcilla, verduras, canastas, telas, vajillas.
Romero Henríquez III, el último de su dinastía, parecía haber descubierto algo nuevo: había dejado de trabajar, ahora simplemente recolectaba cosas y, al parecer, se divertía. Cuando hubo que llevarse los cuadros del museo de vuelta al estudio, ya no había espacio y Henríquez pidió que los dejaran en la puerta. Ahí estuvieron apilados a un costado, en plena calle, siendo varios los meses que pasaron antes de que distintos paseantes se los acabaran por llevar todos, que eran más de cien.
Romero Henríquez me señaló, un día antes de ponerme a escribir esta crónica, que ya estaba demasiado viejo para seguir pintando, porque los vapores de la pintura al óleo le están mellando la salud. Me lo comentó en ocasión de que hace un año se había desmayado en casa de su hermano mientras cargaban un mueble.
La salud no ha sido el único motivo de este alejamiento, porque Romero Henríquez se encuentra completamente dedicado a cuestiones de orden muy distinto. El gran taller que adquirió en los años cincuenta, donde había realizado el grueso de sus obras, ha sido dividido por tabiques, con nuevos cuartos que ahora ocupan otros pintores. El maestro se reservó al fondo del edificio un estrecho altillo, al cual se sube con mucho cuidado de no caerse. Ahí Romero Henríquez se puede pasar quince horas sin bajar siquiera para ir al baño.
El altillo se encuentra repleto de figuritas, unas encontradas y otras hechas por el maestro. También hay algunos libros, además de tabaco y otras hierbas quemadas.
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