Las artistas chilenas Catalina Bauer, Loreto Carmona, Melania Lynch, Francisca Montes y Pilar Quinteros estuvieron trabajando durante diez días en Moscú, en un proceso de desplazamiento y búsqueda que ahora se ve reflejado en la exposición Instituto Nacional del Futuro Incierto, gestionada por Paula Cortés y curada por Daniela Berger.

La muestra, que se presenta hasta el 15 de noviembre en el Instituto Cervantes de Moscú, propone ser entendida como una breve expedición, una avanzada femenina de reflexión cuyo pie forzado se da a partir del ejercicio de traslado, adaptación y creación en un lugar totalmente desconocido y lejano, que otorga un nuevo contexto material y simbólico.

Compartimos el texto curatorial de Daniela Berger, en el que inscribe a la incertidumbre como motor de modos de pensamiento creativo, filosófico y científico de la humanidad y, por extensión, como principio de la investigación-en-praxis de los procesos y trabajos que esta exposición propone.

Loreto Carmona, “Océano que nos une”. Vista de la instalación en el Instituto Cervantes de Moscú, 2018. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés

UNA EXPEDICIÓN EN CINCO PARTES

Por Daniela Berger Prado, curadora

 

 

Un descubrimiento es generalmente una relación imprevista no incluida en la teoría

Claude Bernard

La Tierra es la cuna del ser humano, el cosmos es su casa.

Konstantin Tsiolkovski

 

En septiembre de 2016 se publica en un medio local chileno una peculiar noticia: una niña de once años escribe una carta dirigida a la entonces presidenta Michelle Bachelet y a la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá. La misiva tiene un reclamo y una solicitud inusitada: la incorporación de estudiantes mujeres al establecimiento educativo más antiguo del país, el icónico Instituto Nacional que, desde su fundación en 1813, hace doscientos cinco años, ha excluido a éstas de su programa de excelencia. Tanto las autoridades mencionadas como el director de la institución se sorprenden con la noticia. Dos años después, dicha extrañeza no se ha traducido todavía en cambio concreto alguno; el Instituto Nacional parece aún referir a la excelencia -y exigencia- de una nación pensada como exclusivamente masculina.

Partiendo de esa anécdota reveladora, presentamos aquí el Instituto Nacional del Futuro Incierto, que invita a cinco artistas chilenas –Catalina Bauer, Loreto Carmona, Francisca Montes, Melania Lynch y Pilar Quinteros– a realizar un trabajo de sitio específico  durante una breve estadía de quince días en Moscú, Rusia -a más de 14.000 kilómetros de distancia de su natal Chile-, planteándose así como un ejercicio de investigación y desplazamiento que  complementa la realización previa de un estudio de obra hecha en el propio taller. Bajo esta premisa simple y a la vez experimental, la exposición propone, por una parte, ser entendida como una avanzada netamente femenina en respuesta a la mencionada ausencia. Por otro, una reflexión de pie forzado a partir del ejercicio de traslado, adaptación y creación en un lugar totalmente desconocido y lejano. Esta breve experiencia de residencia y observación que da cuerpo al Instituto Nacional del Futuro Incierto, bajo la forma ficcional de “contratación” de las artistas, permite que éstas operen bajo la figura de una institución irreal que plantea desde la base una mirada de incertidumbre futura, subrayada aquí por esta primera inmersión.

El Instituto Nacional del Futuro Incierto abre entonces una serie de posibilidades. Desde su nomenclatura opera como una parodia de la institucionalidad chilena, representada en el mecanismo machista de selección que aún posibilita la afamada escuela creadora de próceres. El gesto alude a un conflicto de representatividad hasta ahora no totalmente superado, relevante en el marco ineludible de las discusiones y aportes propiciados por las tomas feministas de numerosas instituciones educacionales de nuestro país. Pero a la vez, y bajo la idea de un futuro incierto a descubrir, posibilita cinco respuestas diferentes pero conectadas frente al inconmensurable contexto cultural ruso.

Moscú, capital de un pueblo varias veces hito de las historias, cuna de la revolución bolchevique, también iniciada por mujeres, escenario del constructivismo de Rodchenko y Tatlin, de la experimentación en la pintura de Malevich y Kandinsky, de grandes autores como Dostoievski y Tolstoi entre muchos otros, del pensamiento transcendental del cosmismo ruso, y también de populares íconos de esa exploración como Yuri Gagarin y Valentina Tereshkova.

Este contexto particular hace que la pregunta por la incertidumbre y el futuro, contenida también en el título de la exposición, sea doblemente compleja y amplia en sus posibilidades. La metodología científica de ensayo y error -a la base tanto de despliegues artísticos como el icónico constructivismo, y por otro lado, la carrera espacial- es principio fundacional de la investigación-en-praxis [1], que es asimilable también a las creaciones que esta exposición contiene.

La idea de la incertidumbre ha sido ampliamente estudiada en el contexto de la agitada vida presente, mirando hacia el contexto de hiperconectividad y las tecnologías como herramientas para organizar el vivir. Surge allí sin embargo la paradójica percepción de que el sujeto presente, si bien puede relacionarse a nivel individual con cierta idea de futuro que no maneja, permanece en confusión sobre cómo lidiar y negociar esta tensión respecto de una incertidumbre colectiva, a mayor escala y a largo plazo[2].

Es así que adoptar lo incierto como término de base puede ser entendido también como un aparato de respuesta crítica frente a la ficción de control que proponen ciertos dispositivos actuales -cuya puesta en escena es casi perfecta-.

La incertidumbre puede también conectarse a la base de estructuras de pensamiento filosófico que han tenido lugar en la humanidad. Así, dentro de los importantes aportes culturales sin parangón que ofrece Rusia, en el eje donde Occidente se encuentra con Oriente, el cosmismo ruso es un movimiento a prestar cuidada atención [3]. Articulado entre otros por el librero, filósofo y teólogo Nikolai Fedorovich Fedorov a fines del siglo XIX pero más consolidado a inicios del XX, el cosmismo plantea una tarea común y épica para los seres humanos: alcanzar la inmortalidad. Este pensamiento profundamente espiritual, basado en el catolicismo ortodoxo, tiene una aproximación a la vez humanista, científica y matemática –lo cual se traducirá más tarde en un sinnúmero de aportes al desarrollo de la física, el álgebra y la fisiología pero, sobre todo, a la carrera espacial rusa–, como lo grafica la construcción de cohetes de S.F. Korolev, y la obra de Tsiolkovski, importante maestro en la carrera espacial, a la vez que articulador de teorías que en conjunto se convirtieron en parte de los soportes éticos de la ciencia soviética.

El cosmismo ruso es, para el filósofo y académico serbio R. Djorjevic, una orientación filosófico-científica que expresa de manera sintética el “genio ruso”, no solamente al teñir la capacidad imaginativa del pensamiento ruso sino también las dimensiones de la técnica y la construcción[4].

Así, bajo esta doctrina de pensamiento, la ciencia y la tecnología se convierten en factores fundamentales del “progreso humano”, en un sentido diferente a cómo se piensa en Occidente. El objetivo de este nuevo movimiento trascendental es vencer el estado de imperfección y sometimiento de la humanidad a través de acciones experimentales concretas que buscan cambiar su relación con la naturaleza, permitiendo una serie de ensayos y propuestas –algunas incluso algo macabras– que escapan a los antiguos órdenes.

Catalina Bauer, detalle de “Polvo de estrellas, la novia”, instalación construida en conjunto con voluntarias, que forman una estructura de lana colgada del techo sostenida de un simple motor que la hace girar. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés
Obra de Francisca Montes en la exposición "Instituto Nacional del Futuro Incierto", en el Instituto Cervantes de Moscú, 2018. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés

Las artistas fueron invitadas a responder a esta exploración emulando a los experimentales cosmistas con una práctica in situ, que si bien expande las nociones que cada una de ellas viene trabajando, propone un condicionamiento, y así, un diálogo del cual surgen heterodoxas formulaciones.

Por un lado, Catalina Bauer presenta Polvo de estrellas, la novia, y sigue preguntándose por los límites de la labor colectiva y femenina del textil en una pieza que advierte un interés por explorar esta conjunción, esta vez sumando la incorporación de un soporte tecnológico. Ubicado al centro de la sala, se dispone una especie de cuerpo blando de lana blanca con pompones que parecen ser estrellas desplegando luz. Al encender un sencillo motor, el cuerpo gira y se abre, como lo hizo la galaxia para sus primeros exploradores.

Pilar Quinteros investiga el vasto imaginario literario ruso, y termina trabajando con el arquetipo antípoda –y a la vez el afín– que viene desarrollando la artista Melania Lynch en su trabajo hace más de veinte años: Baba Yagá, quien por una parte es un personaje-bruja, pero también una deidad, una puerta hacia el mundo de los muertos y portadora de las más duras pruebas para quien se cruce en su camino. Este personaje, desarrollado por Quinteros como un video y una serie de dibujos y storyboards, dialogará con el posterior trabajo de Quinteros sobre el Chonchón, personaje mitológico de origen Mapuche, posteriormente asimilado al relato criollo. Este nuevo enfoque es producto de la adaptación del proyecto a la compleja situación de salud de la artista, que le impide viajar en un momento determinado.

Melania Lynch, por su parte, presenta una versión donde Vasalisa la sabia, una popular figura presente en cuentos rusos, expande una vez más su auto-conocimiento, volviendo paradojalmente al origen, pero también borrando la condición platónica que se tiene al trabajar un imaginario a la distancia. Desde el dibujo, la pintura y la instalación a modo de una especie de imaginario pop-up llevado al muro de la sala, Lynch presenta a una Vasalisa que habita en un viaje de sentido y búsqueda interior permanente. La artista exhibe además piezas de cerámica que toman formas de la naturaleza, fundamentales en su obra.

Loreto Carmona tensiona el ejercicio de revisión postcolonialista que realiza con sus instalaciones de publicaciones deshojadas. Esta vez, la artista crea una colonia que invade el piso de la galería, aludiendo a su vez al impacto de la imagen y la cultura rusa a nivel global. Las casitas A que hacen esta “colonia” que da el nombre a la obra están hechas a base de libros y relatos de historia y geografía, que necesariamente deben deshojarse para hacer allí sentido.

Otros dos modos de entender la historia y sus relatos cuelgan en la pared y se proyectan también hacia el suelo: por un lado, una publicación histórica rusa enfrentada y a la vez unida a la publicación chilena de Encina y Castedo. Hilo dorado, elemento recurrente en la obra de Carmona, zurce e interrumpe, cruza y marca las uniones ideológicas de estos dos países lejanos que, sin embargo, comparten ciertas idiosincrasias: un arraigado cristianismo popular en cuyo contexto el dorado representa a la divinidad –y al poder-; el desarrollo de una característica literatura y un imaginario en torno a la naturaleza a ambos lados del planeta.

Melania Lynch, “House of Commons. Vista de la instalación en la exposición "Instituto Nacional del Futuro Incierto", en el Instituto Cervantes de Moscú, 2018. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés
Cerámicas de Melania Lynch en la exposición "Instituto Nacional del Futuro Incierto", en el Instituto Cervantes de Moscú, 2018. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés
Storyboards de Pilar Quinteros en la exposición "Instituto Nacional del Futuro Incierto", en el Instituto Cervantes de Moscú, 2018. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés

Por último, Francisca Montes agrega literalmente altura de miras al proyecto. Continuando una ya definida práctica visual, Montes despliega acá versiones locales de sus ejercicios de investigación sobre la geografía, la corporalidad y el flujo de cuerpos en diversos escenarios como metáfora social. Así, la artista subió a un globo aerostático para registrar análogamente los territorios y toponimias de las zonas de Dmitrov e Istra, situados en el oblast de Moscú. Emulando los experimentos de Nadar en París en 1868, Montes realiza captura en video y fotografía de estos dos diferentes contextos, que si bien cercanos a Moscú, dejan entrever un poco más el paisaje y la cultura rural e industrial de sectores aledaños a la capital, señalando también el sitio político que queda inscrito en esa ausencia: una ciudad cuyo gobierno no permite la grabación aérea con drones ni aviones privados.

El crear una obra en estas condiciones específicas de tiempos y recursos hace a las artistas lidiar con la imposibilidad de un avance lineal. La exposición, y el tiempo de preparación que como expedición rizomática ha demandado, propone otros sistemas de relación, colaboración y supervivencia. Ante la incertidumbre de ese futuro que no manejamos, todos los caminos se hacen posibles.

Un rizoma[5] es un estudiado modelo epistemológico en el que la organización de los elementos no sigue líneas de subordinación jerárquica. No tiene una base o raíz que da origen a múltiples ramas, de acuerdo al conocido modelo de estructuración taxonómica del Árbol de Porfirio, sino que por el contrario, plantea un contrato relacional distinto en el cual los elementos se afectan unos a otros. Dicha teoría ha dado lugar a un sinnúmero de apropiaciones y respuestas, y su enfoque parece permitir mirar esta expedición, a modo de breve ejercicio espacial en un país cuya carrera marca un paradigma de pensamiento al respecto.

Así, la muestra reúne obras de artistas que trabajan la idea de memoria, la geografía, los arquetipos narrativos, o cuestionan la condición del mestizaje como un a priori, examinando las capacidades sociales de inscribir en un sistema, de revertir y observar los modos de producir un trabajo, cambiar los cursos y materias de la representación y la interpretación como vías únicas, proponiendo la multiplicidad en sus cinco ejercicios.

Esta exposición no pretendió ser un gesto grandilocuente. En su ejercicio de desplazamiento, observa procesos, y a modo de exploración espacial, asume su condición metodológica de punta de flecha, de ejercicio inaugural al otro lado del planeta. Una reflexión conjunta que es consciente de que toda panorámica es imposible, desde el prisma de un país que se vive en su condición de (ex) colonia, de fin de mundo, de isla de tierra.

Acaso ese despegue incierto sea siempre la única posibilidad con la que se pueda lidiar.

 


[1] Henk Borgdoff (Amsterdam School of Arts) plantea una mirada relevante a la discusión de la práctica artística como investigación.

[2] Cook, Julia. Imagined Futures. Hope, risk and uncertainty. En Criticial Studies in risk and uncertainty. University of Melbourne and Amsterdam. Editores de la serie: Patrick Brown, Anna Olofsson y Jens O. Zinn, Palgrave Macmillan, Suiza, 2018.

[3] Relevantes y diversas miradas al cosmismo ruso han tenido voces como Anton Vidokle, Marina Simakova, Andrei Monastirsky y el grupo Collective Actions, sumando a Boris Groys, entre varios otros.

[4] Djorjevic, Radomir. Russian cosmism and its uprising effect on the development of space research. University of Belgrade, ex Yugoslavia, 1998.

[5] Término acuñado por los filósofos Félix Guattari y Gilles Deleuze (Capitalismo y Esquizofrenia, Pre-textos, 1972-1994)


Imagen destacada: Vista de la exposición “Instituto Nacional del Futuro Incierto”, en el Instituto Cervantes de Moscú, 2018. Foto cortesía de Daniela Berger y Paula Cortés