En Hay muertos que no hacen ruido (2015), video monocanal de la artista Claudia Joskowicz (Bolivia, 1968), una mujer camina lentamente por calles céntricas de la ciudad de Oaxaca, México. Es temprano en la mañana, quizá al alba, como indican la luz blanquecina de los faroles aún encendidos y el tono frío y grisáceo de un cielo que todavía no se abre. La figura femenina que camina hace alusión a La llorona, clásica leyenda sobre el espectro de una mujer que deambula en busca de sus hijos muertos y que asusta a quienes la oyen o la ven. Aunque existen múltiples variaciones en la tradición oral a lo largo de América Latina, la historia de La Llorona se asocia fundamentalmente a México y concentra varios elementos claves de su cultura, como la presencia de la mujer indígena, la devoción por lo sobrenatural, y el tránsito desde el mundo de los vivos al de los muertos (o al revés). La Llorona, además, hace ruido: su grito y llanto incesante resumen la impotencia frente a las pérdidas del pasado que nos acechan.

Representada por Rosario Ordóñez Fuentes, bailarina oriunda de Tehuantepec, Oaxaca, La Llorona de Joskowicz no hace ruido ni llora, pero mira con ojos que parecen cargar el cúmulo de dolores ancestrales y presentes de la nación. Aunque el cuerpo de Ordóñez a veces se mueve hacia los extremos del encuadre, su mirada no se despega del centro del lente de la cámara. Son ojos que clavan al espectador en una punzada sostenida en el tiempo. El video es breve, pero su tiempo corresponde a la lentitud del desplazamiento de la mujer. Pasos excesivamente lentos (artificialmente ralentizados) refuerzan el efecto espectral de una figura que levita sobre un mundo que no es enteramente el suyo. De igual manera, el movimiento ralentizado del caminar otorga un carácter extraño a la imagen, como si titilara. Entre La Llorona que avanza y la cámara que retrocede siguiéndola pareciera haber un mundo al que no tenemos acceso, excepto mediante el temblor de la imagen y el centelleo en la mirada de la mujer. Atrás van quedando uno que otro transeúnte, algún taxi que se cruza en una esquina. Las casas, los adoquines, los faroles y los rayados en las paredes se ven suficientemente concretos, reales; La Llorona y todos los demás son simplemente fantasmas.

El movimiento lento es importante para el efecto fantasmático, pero el gesto principal del video, hasta aquí, se resume en la reelaboración de la leyenda. Joskowicz trabaja los acontecimientos históricos a partir del mito. Encarna a La Llorona en cuerpo y rostro de rasgos indígenas, y la hace salir a las calles oaxaqueñas. Si bien se recurre a la figura de La Llorona para invocar un duelo nacional permanente, la especificidad del lugar (del cual la actriz es además nativa) y el recorrido en sí recuerdan un suceso puntual: el violento desalojo de profesores que protestaron en el zócalo de Oaxaca en junio de 2006.

Still de "Hay muertos que no hacen ruido" (2015), video monocanal de la artista Claudia Joskowicz, en Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago, 2017. Cortesía de la artista

La reinterpretación mítica del pasado histórico es terreno familiar para Joskowicz y se da usualmente a través del reenactment o recreación. Esta estrategia se puede apreciar en obras como Vallegrande, 1967 (2008), donde se recrea la exhibición del cadáver del Che Guevara ante fotógrafos y periodistas. En otros proyectos, la recreación se construye a partir de mitos cinematográficos: Los rastreadores (2014) adapta temas y motivos del clásico western The Searchers (John Ford, 1956) y Round and Round and Consumed by Fire (2009) se apropia del film Butch Cassidy and the Sundance Kid (George Roy Hill, 1969), recreando el tiroteo en el que ambos bandidos murieron en el pueblo boliviano de San Vicente.

En Hay muertos que no hacen ruido no hay recreación ni cita directa; pero la alusión al “conflicto magisterial” de Oaxaca implica una lectura implacable: la represión estatal a la protesta por la educación se vuelve inteligible no a la luz de las circunstancias políticas e inmediatas que la explican, sino que mediante una figura mítica que funciona como metáfora de “la desesperación de un pueblo” en duelo, como indica el texto de la exposición.

Hacia el final del video, no obstante, aparece el segundo gesto, el más decidor de todos. La imagen de La Llorona comienza a achicarse de a poco, quedando enmarcada por el negro de la pantalla. Al caminar de La Llorona y al empequeñecimiento de su encuadre se suma un tercer y muy sorpresivo movimiento. Una cámara—otra, ya no la misma que capturaba a la mujer—retrocede con la misma lentitud para develar un nuevo escenario: el Teatro Macedonio Alcalá. El negro que enmarca la imagen ya no corresponde a un efecto digital, sino al fondo del teatro, donde se proyecta la escena de La Llorona. Se alcanzan a ver los decorados de los palcos, antes de que el video proyectado, y posteriormente la imagen del teatro, se vayan a negro.

Tras unos segundos, reaparece la imagen y el retroceso de la cámara. El escenario teatral va quedando totalmente descubierto. Un hombre ingresa cargando una radio, la posa sobre un taburete y la enciende: alcanzamos a escuchar, entre la interferencia, una voz masculina que dice “somos cuarenta y tres padres de familia”, y luego una voz distinta, al parecer de otro dial, que afirma “nosotros resistiremos… resistiremos porque no podemos permitir esta violencia”. El hombre baja del escenario y sale por la platea del teatro. Mientras la imagen se funde lentamente a negro, la radio cambia de dial y sintoniza la canción Al ritmo de la lluvia, de Los Sleepers, un cover del año 2015 de Rhythm of the Rain de The Cascades (1962).

Hay muertos que no hacen ruido, que se exhibe en Die Ecke Arte Contemporáneo hasta el 23 diciembre, se produjo como parte de la tercera edición del proyecto Latin American Roaming Art (LARA), que cada año invita a ocho artistas latinoamericanos a una residencia. La edición de 2014 se realizó en Oaxaca, cuyo rico patrimonio cultural, desde tiempos prehispánicos hasta el presente, sirvió a los artistas como fuente de inspiración. Pero si las calles de Oaxaca podían aludir de manera implícita a la represión policial que ocurrió allí el 2006, el cierre con las voces que emergen de la radio sitúa de lleno a la obra en el marco de las respuestas artísticas a la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa, ocurrida el año 2014.

La potencia del último gesto de Joskowicz, sin embargo, no radica tan solo en el uso sorpresivo de una fuente documental—la voz de los familiares de los desaparecidos—sino sobre todo en las implicancias del recorrido al que hemos asistido: del zócalo al teatro, del sitio de representación política al de la representación artística, de la liturgia de la protesta a la liturgia de la performance. Las voces reclaman un escenario y demandan ser escuchadas. Pero para que la voz se oiga, para que los muertos hagan ruido, no se requiere solamente de la tarima y de una audiencia (que, por lo demás, en el video aparece como ausencia, en la forma de asientos vacíos). Se necesita un escenario imbuido de un poder ritual para que la voz signifique algo más que la articulación de la protesta, algo más que la huella sonora de la pérdida.

El gesto definitivo de este video es la revelación de un caminar subterráneo: del mito al rito. La brillante confluencia de movimientos de cámara que nos lleva de La Llorona caminando por las calles a su imagen proyectada en el teatro parece sugerir que no hay estaciones intermedias, que ambos sitios forman efectivamente parte del mismo trayecto. No obstante, los breves segundos de negro antes de que aparezca el hombre con la radio afirman la idea opuesta: un abismo separa al zócalo del teatro. Allí, en esa grieta, en ese inframundo, operan la labor artística y este video de Joskowicz.

 


Imagen destacada: Still de Hay muertos que no hacen ruido (2015), video monocanal de la artista Claudia Joskowicz, en Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago, 2017. Cortesía de la artista

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Jose Miguel Palacios

Es investigador y docente en el campo del cine y los medios audiovisuales. Ha publicado en diversas revistas y libros especializados, además de colaborar con textos breves y reseñas para Artishock, La Fuga y The Brooklyn Rail. Como docente, ha enseñado cursos sobre historia y teoría del cine en la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile y en la New York University, donde actualmente finaliza un doctorado.