En una escena de su ya célebre documental del año 2002,  y mientras recoge basura de la calle, Gabriel Orozco va murmurando que “el proceso es lo más importante… Es como decidir cruzar el país en motocicleta… Después, todo lo que suceda va a estar bien, es lo bueno de ese tipo de decisiones…”.

Una idea similar parece rondar a lo largo de toda la exposición La imagen material, de los artistas chilenos Claudio Herrera y Joe Villablanca, presentada durante el pasado mes de enero en el Centro de Extensión de la Universidad Católica de Chile, en Santiago.

En este caso, se trata de una muestra que reúne obras creadas durante los últimos veinte años (en el caso de Herrera), y de piezas mucho más recientes, en el caso de Villablanca.

Ambos artistas, por excelencia anti-académicos y experimentales, se han mantenido no obstante fieles a una tradición de varios siglos de antigüedad, como lo es la pintura, y desde esa convención del cuadro han “cruzado el país en motocicleta”, investigando sin tregua y avanzando sin transar.

A ambos artistas he tenido el privilegio de poder seguirle sus carreras desde sus inicios, a mediados de los años noventa, y a mi juicio han tendido a funcionar siempre desde lo refractario y la disidencia; sea cual sea la norma y el patrón del momento, parecen no conformarse con las condiciones que el esquema imperante propone.

Podría decirse que ambos son trabajólicos, imparables, incontenibles. Sus trabajos empujan sus vidas, y sus vidas estás consagradas a su trabajo. En ese sentido, visualmente, Herrera parece operar desde la visceralidad y el despilfarro, mientras que Villablanca lo ha hecho últimamente a partir de la contención y la economía. Para ambos, invariablemente, la improvisación constituye un factor esencial.

Ambas obras se mueven en un registro de estridencia, que no es ni triste ni alegre, sino más bien un alarido algo destemplado, enojado, cabreado -“apestado”, como decimos en Chile- y cargado de cáustica energía urbana: en el lenguaje de la sismología, las superficies de las obras de Herrera serían espásticas y trepidatorias, mientras que las de Villablanca se comportan en forma más bien oscilatoria, pendular.

Coinciden ambos en que logran poner máxima atención a la manera en que cada obra se va comportando. Ni Herrera ni Villablanca “ejecutan” obras pre-diseñadas; las obras son su propio boceto, su propio borroneo, su propia reformulación, y todos sus procesos están contenidos y documentados en ellas mismas.

Se trata de obras que parecen sugerir que sus autores trabajan bajo una especie de trance, y a pesar del urgente despliegue vital de sus imágenes, las dos propuestas intentan establecer un tiempo otro y se entregan con singular generosidad y serenidad a nuestra contemplación.

"Entes" y "Enseres", de Joe Villablanca, en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co
Joe Villablanca, Televisor, 2016, óleo sobre tela, 90 x 100 cm. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co

TODOS LOS INSTINTOS SOBRE LA MESA

Sociólogo de formación (y profesión), Claudio Herrera (Santiago, 1968) es un pintor que ha desarrollado una obra extremadamente vasta, consistente, persistente, escurridiza y subterránea. Artista autodidacta, Herrera es de los pintores chilenos más productivos y al mismo tiempo de los más desconocidos para el público local.

Estudioso de la filosofía moderna y contemporánea, observador infatigable del desarrollo de las culturas occidentales, podría afirmarse que las obras de Herrera se proponen documentar algo así como la gran colisión universal entre Sexo y Política; sus cimientos lo constituyen una densa trama de referencias –crípticas o explícitas- y un desfile de personajes históricos que incluyen desde Rosa Luxemburgo, Spiro Agnew, Bigote Arrocet y Sendero Luminoso, hasta Keynes, Walt Disney, Gramsci o Nina Hagen.

Como una versión adulta del personaje Felipito de la tira cómica Mafalda, Claudio Herrera se lamenta, sufre, se fascina y se extasía con las infinitas coordenadas que se desprenden de nuestros entornos culturales más inmediatos; su trabajo es como un parque de diversiones al mismo tiempo grandioso y decadente.

Seducido por el goce de la mancha, del chorreo, del rayado, del desborde y la hemorragia (siempre abierta), y como un niño a cargo de todos los soldaditos y autos de juguete del mundo, Herrera forcejea con su Horror Vacui e invoca en sus vorágines a todas las guerras y guerrillas de la historia moderna. Sus pinturas y dibujos operan según la lógica de un caótico servicio de registro civil e identificación, en el que todos los nombres, apellidos, fechas y lugares de nacimiento y defunción han sido adulterados, intercambiados, entrelazados.

Resulta particularmente notable en esta exposición su imponente políptico horizontal, el cual se extiende a lo largo del muro más grande de la galería; en él se agrupan muy ceñidamente ocho pinturas pertenecientes a momentos y preocupaciones indistintamente similares o diferentes, continuas o discontinuas, predecibles o impredecibles. De alguna manera, este conjunto podría fungir como la edición bizarra del mapa de Chile -al mismo tiempo físico y político- presente en las antiguas escuelas y liceos fiscales de nuestro país.

Toda la obra de Claudio Herrera es como una gran catedral de Gaudí, inconclusa y clandestina, en la que parecen darse cita El Bosco, Tobey, Gorky, Fahlström, de Kooning, Rosenquist, Basquiat, Kippenberger, Fabrice Hybert y Julie Mehretu, quienes le ayudan a agitar en su coctelera mandalas y mantras subversivos, ideologías fracturadas y espectrales organigramas de poder.

Claudio Herrera, detalle de polítptico, 2016, óleo sobre tela. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co
Claudio Herrera, óleo sobre tela, 2016. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co
Claudio Herrera, técnica mixta sobre papel, 2016. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co

AGUA PARA EL HAMBRE

Joe Villablanca (Santiago, 1971), aunque obtuvo oficialmente y con honores un título universitario, ha preferido mantenerse al margen del mainstream artístico y bucear en el espíritu colectivo –pero sobre todo en su universo personal- tanto desde la música como desde las artes visuales.

Aunque en sus inicios se sintió más afín a la dimensión colaborativa (formando junto a los artistas Felipe Mujica y Diego Fernández la célebre Galería Chilena, o integrando junto a los hermanos Claudio y Christian Torres la banda Maestro), Villablanca se ha abocado últimamente con mucha fuerza y dedicación absoluta a sus emprendimientos personales.

Su serie actual de pinturas, tituladas Entes y Enseres, constituye a mi juicio un concentrado punto de encuentro de todas sus vivencias, experiencias y aprendizajes del pasado. En ellas ha volcado, sintetizado y también forzado todos aquellos gestos, recursos y trucos que fue descubriendo a través de años de práctica pictórica cotidiana.

Su trabajo, al mismo tiempo calculado y espontáneo, torpe y virtuoso, se ha vuelto cada vez más exigente al trazo certero y a las transparencias y vibraciones cromáticas. En sus obras más recientes converge la influencia de grandes colegas del pasado, entre los que destacan especialmente Picabia, Polke, Paul Thek y Dieter Roth; de los más recientes, se perciben guiños a Hockney, Juan Dávila, Jim Nutt, Christopher Wool, Chris Martin, Juan Uslé y Luis Gordillo.

Particularmente palpable en su serie de los Entes, se establece también una conexión oblicua con la producción de los años ochenta y noventa del pintor chileno Ricardo Yrarrázaval, sobre todo en lo que respecta a sus retratos y figuras humanas (ásperas, barridas y desencajadas); eso sí, aquellas grisáceas, silentes y anónimas almas en pena de Yrarrázaval, en el trabajo de Villablanca parecen haber mutado en extravagantes peces abisales, bioluminiscentes e invertebrados.

En su afán por aportar y avanzar en su actividad pictórica, Villablanca confiesa sin embargo haber pegado un salto en reversa hasta mucho más atrás del posmodernismo y el modernismo; podría decirse que se desplazó hasta la retaguardia para estudiar y meditar lo que según él había quedado inconcluso.

Moviéndose en un terreno entre místico, científico y nerd, e intentando alejarse al máximo de la “impronta personal”, Villablanca ha asumido su nueva producción pictórica desde los procedimientos del grabado, partiendo siempre from scratch y pintando por capas, como en una especie de Tai Chi con el que recoge gentilmente la pintura del aire, usando la tela como si fuese una red para cazar mariposas.

Joe Villablanca, Entes, 2016, óleo sobre papel montado sobre madera, 28 x 21 cm c/u. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co
Joe Villablanca, Entes, 2016, óleo sobre papel montado sobre madera, 28 x 21 cm c/u. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co
Joe Villablanca, Camas, 2016, óleo sobre tela, 200 x 90 cm c/u. Vista de la exposición en la galería del Centro de Extensión de la Universidad Católica de Santiago de Chile, 2017. Foto: ionlab.co

ABSORTOS EN “LA ZONA”

En un mundo contemporáneo intoxicado de información, las obras de Herrera y Villablanca proponen una parada en boxes, una especie de “abastecimiento” para habilitar herramientas que permitan leer y decodificar la realidad desde una dimensión más sensible: Villablanca desde la tradición del retrato y el bodegón, Herrera desde la tradición del paisaje.

En el trabajo de Herrera rara vez nos encontramos con un descanso: todo es intenso, inmediato, “avorazado”, catastrófico, cataclísmico. En la obra reciente de Villablanca, la atmósfera tiende a ser más ahogada y corrosiva, de cárceles, santos sudarios flaites, persianas, cortinas de carnicería, mantas de Doñihue y ponchos mapuche, televisores poseídos por un Poltergeist, distorsionadores, ecos, wah-wahs, sintetizadores y drum & bass.

Mientras Herrera aborda su entorno desde una sicodelia más “tradicional” y orgánica, y Villablanca desde una configuración ecualizada por drogas sintéticas del futuro, no es casual que ambos artistas sean expertos melómanos, grandes eruditos de la música contemporánea, deslumbrados por el fenómeno de la música popular: Herrera más cercano a la música de fusión y al Krautrock; Villablanca, admirador desde siempre de los rockstars Lennon, Cobain, Neil Young, y Lemmy, y –por supuesto y por qué no ubicarla también en esa categoría- de Violeta Parra.

Lo que en la obra de Villablanca remite a pintura aborigen australiana, en Herrera evoca un torcido hablante lírico de la antigüedad; lo que en Herrera es pictórico, en Villablanca deviene gráfico. Lo que en Herrera es germanófilo, en Villablanca es gringófilo: colores disonantes, descompuestos, desafinados para Villablanca, colores armónicos, acordes redondos y gentiles para Herrera. Villablanca pintura boluda e inteligente; Herrera, pintura sesuda -muy sesuda- y al mismo tiempo cándida. Villablanca todo lo POST; Herrera todo lo PRE. Villablanca pintura passive-aggressive, Herrera pintura aggressive-aggressive.

Claudio Herrera y Joe Villablanca, dos distinguidos pintores de nuestra -casi extinta- clase media ilustrada, trabajando al borde del abismo, al margen del oficialismo y desde las entrañas de nuestra cultura.

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Cristián Silva

Santiago, 1969. Artista, profesor y curador independiente

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