Cuando Claudia Müller (Chile, 1983) me invitó a escribir para el catálogo Catastros de agua —homónimo de la pieza que realizó durante su residencia en la Fundación BilbaoArte, el segundo semestre de 2015— le propuse incorporar al texto imágenes que podrían formar parte de su álbum familiar. Seleccioné unas pocas fotografías, más bien domésticas, con la idea de aportar otra clase de ‘información’ sobre su práctica artística. Un trabajo poético, fuertemente conectado con la naturaleza, la tierra, el cielo y sus respectivos ciclos; pero a la vez, riguroso en sus procesos de estudio y sofisticado a la hora de generar dispositivos o arquitecturas que den cuenta de las investigaciones de campo que lleva a cabo en cada proyecto.

Apreciar la intimidad del artista y otorgarle valor a lo sutil que rodea su trabajo, no es nada nuevo. Ahí está la conocida anécdota de Harald Szeemann, que da pie a la célebre exposición When Attitudes Be come Form: Live in Your Head (Kunsthalle de Berna, 1969), relatada por el propio Szeemann en una entrevista con Hans Ulrich Obrist: “Aquel mismo día visitamos el estudio de un pintor holandés, Reinier Lucassen, que dijo: ‘Tengo un ayudante. ¿Os interesaría echar un vistazo a su trabajo?’. El ayudante era Jan Dibbets, que nos saludó desde atrás de dos mesas una con un neón que salía de la superficie, la otra con hierba, que regaba. Me impresionó tanto aquel gesto que le dije a Edy, ‘Vale, ya sé lo que voy a hacer: una exposición centrada en conductas y gestos como el que acabo de ver” (Hans Ulrich Obrist: Breve Historia del comisariado. EXIT Publicaciones, 2009).

Como Szeemann, con frecuencia me siento fascinada por ciertos gestos o modos de los artistas, actitudes que pueden o no tener relación con su trabajo, pero que “hablan” más profundamente de la persona que es ese artista. Y la ‘persona-artista’ es cada vez más contundente para mí, especialmente cuando visito creadores jóvenes o de mediana carrera, cuya producción de obra es escasa o no alcanza aún madurez suficiente. Son muchos los detalles que ofrecen pistas sobre esa ‘persona-artista’ y el potencial de su trabajo y que no entran dentro de la esfera estética o racional desde la cual observamos como críticos, curadores, investigadores: el lugar donde vive, la organización de su taller, el movimiento de sus manos al hablar, la tensión de la boca, la ansiedad de su agenda, datos biográficos, domésticos que, en mi caso, son a veces determinantes para comprender y apreciar su trabajo.

En el caso de Claudia, siempre ha sido relevante para mí el lugar y la forma en la que vive. Desde hace unos años, habita una enorme casona ubicada en la calle Pedro de Valdivia de la comuna de Providencia, en Santiago de Chile. Una casa que albergó un colegio privado y que hoy es compartida por varios artistas que tienen allí sus talleres. Claudia, además de trabajar, vive allí de forma permanente. Recuerdo la primera vez que visité la casa, me pareció un lugar frío, inhóspito, funcional como estudio, pero con muy poca calidez para albergar un hogar. Me sorprendió mucho que ella, una persona de aspecto frágil y delicado, utilizara esa casa como vivienda. Y aunque este dato parezca un asunto nimio, hay una imagen absolutamente inventada por mí, que se me viene a la cabeza una y otra vez cuando pienso en Claudia y su trabajo. Imagino su casa como un faro muy delgado y muy alto, una torre-isla en mitad del océano. Desde allí observa, investiga y trabaja, con dedicación y en soledad. Rodeada de un mar único, el suyo (suponiendo que cada uno tiene su propio mar), turbulento y peligroso a ratos; apacible y hermoso, también. En esta ficción que me he construido para compartir mi apreciación de su obra, Claudia habita un refugio marino en el cual vive y trabaja, heroica y paciente. Su obra hoy se encuentra en pleno proceso de ebullición, su mar se agita con fuerza pero ella continúa allí, prolija en sus estudios.

Fotografía personal de la artista, como parte de la propuesta visual del catálogo de la muestra: Nadie puede empujar el río, Fundación BilbaoArte, España.
Fotografía personal de la artista, como parte de la propuesta visual del catálogo de la muestra: Nadie puede empujar el río, Fundación BilbaoArte, España.
Fotografía personal de la artista, como parte de la propuesta visual del catálogo de la muestra: Nadie puede empujar el río, Fundación BilbaoArte, España.
Fotografía personal de la artista, como parte de la propuesta visual del catálogo de la muestra: Nadie puede empujar el río, Fundación BilbaoArte, España.
Claudia Müller. Catastros de Agua (detalle). Cerámica blanca, cobre, 10 lts de agua, mangueras, madera, bomba de agua, válvula solenoide y arduino. 2015.Foto cortesía de la artista.

El agua no es metafórica en este relato, es un elemento esencial en el trabajo de Claudia Müller, al igual que el tiempo. A través de sofisticados montajes, intenta trasladar al espacio expositivo sus investigaciones sobre fenómenos naturales como las fases lunares, las mareas, los remolinos de viento o, como el proyecto al que se dedicó durante su residencia en Bilbao: las cuencas hidrográficas. Pertenece a una generación de jóvenes artistas chilenos que se han sentido atraídos por la observación de la tierra, el mar o el cielo con distintos grados de rigor científico y que han ido generando en los últimos años una serie de obras plásticas con un espíritu posnaturalista y una narrativa poética (Rodrigo Arteaga, María Ignacia Edwards, entre otros). De forma particular, Claudia añade un intento, evidentemente infructuoso, por controlar estos procesos naturales, generando ficciones, utopías sobre lunas, mares y ríos. Quizá lo que me resulta más hermoso de su trabajo es precisamente el fracaso de su empeño, ¿cómo controlar lo indómito? ¿La naturaleza de ciertos elementos? Por ello, sus bocetos y estudios de montaje me parecen una parte fundamental de su obra y agradezco que formen parte de la publicación Catastros de Agua. En este libro, ella desnuda sus imposibles.

En todas las culturas el agua ha sido un elemento cargado de connotaciones simbólicas, con un significado ambivalente. El agua es vida, fertilidad, generación, pureza, pero también es destrucción: el diluvio final. En la historia del arte, su presencia es inagotable: como parte esencial de las miles de fuentes o pilones de agua que han adornado los asentamientos humanos desde la Antigüedad; en su representación pictórica, con Turner o Monet como auténticos prodigios; en el arte contemporáneo, con las obras de Chillida o Smithson y la Spiral Jetty como una apoteosis del land art o water art quizá, hasta llegar a la conceptualización extrema de este elemento, como lo propone el Vaso de Agua medio lleno, de Wilfredo Prieto. Claudia utiliza el agua en todos estos sentidos, por eso menciono este grupo de artistas como ejemplo, pues creo que su trabajo se nutre de todos ellos. Junto a esto, es particularmente atractiva su idea de utilizar el agua como herramienta de estudio de un territorio.

Catastros de Agua es un proyecto que viene trabajando desde hace un par de años. La propuesta consiste en visibilizar el flujo de los ríos de un territorio determinado, utilizando como dispositivos de exhibición piezas bidimensionales (dibujos y acuarelas), video e instalaciones, donde genera un sistema mecánico para hacer fluir el agua por cauces artificiales. En el caso del proyecto desarrollado en Bilbao, ha creado una pieza compuesta por una serie de torres de madera sobre las cuales ha dispuesto un sistema de canaletas de cerámica; la obra presenta los resultados de su investigación sobre las mareas en la Ría de Bilbao. Quienes han tenido la oportunidad de visitar esta ciudad de la región de Euskadi (en el norte de España), podrán confirmar la trascendencia social, urbanística y económica de esta entrada del mar Cantábrico en la península, que cruza la ciudad como una arteria viva y determinante para la vida de sus antiguos y actuales habitantes.

Claudia Müller. Maipo (detalle). cerámica negra, cobre, 5 lts de agua, madera, caucho, mangueras, bomba de agua, válvula solenoide y arduino. 2016

Esta obra producida y exhibida en Bilbao a fines de 2015, puede ser considerada una primera fase de un proyecto de mayor envergadura que se encuentra aún en etapa de boceto. En este, Claudia pretende realizar un mapa hidrográfico de Sudamérica, desde el Golfo de Darién, en Colombia, al Cabo de Hornos, en Chile. Se trata de una gran instalación que utilizaría un sistema de mangueras alimentando por garrafas de agua, como las usadas en su anterior proyecto Semi Diurno, para poner el agua en movimiento a través de conductos que simulan ser flujos naturales de agua. De este modo, este proyecto presentaría todos los ríos del continente americano, sus afluentes y condiciones topográficas, en un ejercicio visual que podría ofrecer sin duda múltiples capas de reflexión sobre una región, América del Sur, que enfrenta y muy probablemente enfrentará grandes desafíos político-territoriales en las próximas décadas.

Volviendo a Szeemann, esta idea de relacionar obra y actitud de artista, ha sido retomada recientemente por Nicolas Bourriaud en su último ensayo (La exforma. Adriana Hidalgo Editora, 2015): “Si el arte fuese una máquina sería una suerte de generador eidético: las actitudes, los gestos, los argumentos, las discusiones, las relaciones humanas, los elementos más vagos o más indecibles son susceptibles de volverse formas. Este es el mayor denominador común del conjunto de las actividades emprendidas en el campo artístico: formalizar.” Catastros de agua responde a un gesto, propio del “arte de nuestro tiempo”, como llama el mismo Bourriaud a la producción artística actual. Tanto el realizado en Bilbao como el que Claudia vaya a realizar, pues aún no sabemos dónde ni qué institución tendrá la lucidez de apoyarlo económicamente, con los ríos de Latinoamérica. El proyecto supone un deseo íntimo ligado quizá a una maraña de asuntos indecibles pero que, sin embargo, posee una alta densidad crítica y pone en cuestión asuntos concretos como los límites políticos de un territorio, por ejemplo. La formalización que ha encontrado Claudia para estas ideas, a través de conductos de cerámica suspendidos sobre finas torres de madera, acaba siendo una nueva alegoría sobre el dominio, la autoridad o el control humano. Una pretensión imposible. Sobre cómo, pese a siglos de desarrollo tecnológico, las personas no somos más que frágiles embarcaciones navegando en mitad del océano. A veces todas juntas, a veces, por separado. A veces, a la deriva y otras, con rumbo fijo. Menos mal que, de vez en cuando, algún faro nos envía señales.


Texto perteneciente al catálogo Catastros de Agua, como parte de la muestra Nadie puede empujar el río, Fundación BilbaoArte, España.

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Andrea Pacheco

Es curadora y directora de la Residencia FelipaManuela, una plataforma dedicada a la investigación artística y curatorial, con sede en Madrid. Ha desarrollado su práctica profesional entre Chile y España, organizando exposiciones y programas de residencia, con énfasis en el intercambio entre España y Latinoamérica. Fue Coordinadora del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago (MAC), sede Quinta Normal, entre 2013 y 2016, donde trabajó con artistas como David Shrigley y el colectivo Superflex. El humor como estrategia crítica ha sido uno de sus temas de investigación. Actualmente prepara dos exposiciones del colectivo Los Carpinteros para Bogotá, Colombia.