Imágenes

Para algunas culturas la repetición de ciertas frases y acciones comporta un carácter ritual o religioso. Sonidos, danzas y actitudes que transforman la negativa acepción de monotonía en algo extraordinario. Una forma de buscar en lo mismo, lo otro. Esta actitud hacia la vida implica una sobre dimensión de lo colectivo –no es su sentido político, sino en la literalidad de la masa– por sobre lo individual; en la emoción de la continuidad se pierde la interrupción que trae la subjetividad.

Si para los pueblos ancestrales esta idea era de lo más natural, nuestra particular era contemporánea nos ha hecho creer que la sola aparición del sujeto moderno vino a destruir el pasado histórico –autores como Warburg, Gombrich o Ginzburg han planteado serias dudas a esta premisa–. Política, economía, consumo e incluso intelectualidad nos comprometen con las visiones del individuo como una reserva de potencia para con el mundo.

Resulta curioso constatar la importancia de esta visión en el mundo del arte contemporáneo, poblado de creyentes cuya esencia puede ser resumida en la frase de Martín Sastre: “tu ego es tu templo”. Si bien esto es fundamental para entender algunas radicales incorporaciones en el cauce de ese río de desconocido caudal que es el arte actual, nunca se le ha prestado suficiente atención a la necesidad de reiterar los antiguos mantras del hombre –y mujer– primitivo.

Juan Castillo es un artista cuya vida suele organizarse en torno a rituales y hábitos, en su mayoría de índole culinaria. El goce del paladar supera, con creces, al goce de la vista –la memoria infantil se basa en esos pequeños placeres inexplicables que se sintieron en la boca–. Y esa cotidianidad con que tan cómodamente suele moverse es complementaria con su práctica artística. A inicios de la década de los ochenta del siglo pasado Castillo patentó una frase que lo acompañaría durante toda su artística: “te devuelvo tu imagen”. Arbitraria, extraña y, sin duda, enigmática, la frase se ha vuelto un mantra en su producción. Cada cierto tiempo cobra una nueva utilidad, y es sacada a relucir como quien muestra las cicatrices de guerra o las marcas de la edad menuda.

Me gustaría iniciar esta reflexión tomando como punto de partida este fenómeno. Para algunos la principal propiedad del arte –digamos con pudor, su esencia– se encuentra en una infinita capacidad de cambiar de piel, renovarse, actualizarse, en definitiva, encontrar siempre algo nuevo. Me gusta pensar que para cada una de las verdades admitidas existe una alternativa, una opción que permite mostrar que las dicotomías que reinan las mentes estables pueden ser trastocadas.

¿Qué pasaría si pensamos una producción artística desde la idea de la repetición, no la copia, ni la apropiación, sino del tono monótono y reiterativo de quien se obstina en continuar en una senda similar? Vuelvo entonces. Con esa simple sentencia (“te devuelvo tu imagen”), ahora descontextualizada a la fuerza por quien escribe, Juan Castillo ha podido construir una porción importante de su trabajo artístico (su compañera de armas, Lotty Rosenfeld, se ha empeñado hasta el cansancio con sus cruces). A su vez, la misma frase apela a una condición de repetición, de devolución. Como algo ausente, la imagen retorna. Y aquí está la paradoja: ¿no es acaso la imagen algo siempre ausente? Como concepto de la iconografía, en los tiempos oscuros de la Edad Media, la imago apelaba a una aparición central, en sí misma el reemplazo del cuerpo inalcanzable (santos, vírgenes o hijos predilectos).

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«La Aprendiz», poster de Carla Garlaschi. Foto para el afiche: Mats Bäcker; maquillaje para Garlaschi: David Julio. Actúan Rafael Edholm y Carla Garlaschi

La invención de las señales

Sólo tengo una imagen mental de la artista Carla Garlaschi. No he tenido el placer de conocerla, y salvo algunos intercambios menores por correo electrónico, todo lo que sé proviene de su obra misma. Al momento de escribir esto tengo en mi retina algunas imágenes de los afiches de colores saturados que pegase en las calles donde se promociona esa parodia de telenovela (La Aprendiz: Todo por Amor al Arte). Sin embargo, ante todo, tengo en el recuerdo las frases de su espléndida publicación Cómo Ser Alguien: Una Fórmula para Conquistar el Mundo. Se trata de un libro artesanal, en formato catálogo, con señas al antiguo mundo editorial en la tipografía, el papel y la encuadernación.

El libro tiene por objetivo dar a conocer claves para desarrollar una larga y exitosa carrera en el mundo del arte. Leído así, con tal grado de literalidad, no presenta mucho valor. Su intensidad se encuentra en la distancia mínima que existe entre la certeza explícita (el comportamiento en/del mundo del arte) y la sutileza implícita (mundo en general como mundo del arte). El libro es tanto un comentario ácido del arte contemporáneo (basado en un “conocimiento de campo”) como de la sociedad chilena actual.

Frases como: “El artista entonces cree recibir señales, pero es él mismo el que se las inventa” o “Tienes que aprender a ser capaz de tragar mierda”, tienen un eco inmediato en quien vive en la cultura chilena del presente. Me pregunto si este enfrentamiento con el mundo del arte local –que tanto necesita de estas visiones paródicas (un reírse de sí mismo)– no tiene una extensión en aquellas voces sarcásticas hacia el Tennis Player, el Monopoly Gorilla, Mr. Nobody y la Reina de Belleza (los últimos apartados del libro).

Fue una alegría encontrar cruces tan insólitos como referencias a la poesía romántica y maldita de Lautréamont con los espectáculos de la Cecilia Bolocco o Luis Miguel. Quizás el mayor acierto está en entender que ese arte que se vanagloria de los excesos y excentricidades de su actuar está más cerca de lo que cree con los reality-show y los festivales de música. Un germen común los sustenta a los dos: el culto al yo.

Como una operación paralela a la de Castillo, la obra de Garlaschi toma a la figura de la artista como un estereotipo para espejearse con la sociedad. Un imagen individual que sirve para proyectarse con el colectivo. La pedagogía de Cómo Ser Alguien está hecha para una sociedad que pueda crecer sin caer en la austeridad y aburrimiento fatal de “los valores caseros de la moral de tu abuela”. En definitiva, en un mundo post-hipster: “deja los jeans”.

A su vez, en La Aprendiz Garlaschi imita el formato de las telenovelas para entrar en un circuito altamente codificado y colectivo. De este modo, le asigna un valor en la medida en que tal creación de la cultura televisiva se fundamente en ser un espejo del mundo donde se inscribe. Antes que la curiosidad y la diferencia, la telenovela se fundamenta en la igualdad y la similitud. La referencia a un afuera donde se pude anclar.

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Juan Castillo y Carla Garlaschi, vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía de los artistas

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Juan Castillo y Carla Garlaschi, vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía de los artistas

Chilean after all

A simple vista, nada tienen en común Castillo y Garlaschi. Uno suena a ibérico, la otra a itálica. Con el primero he compartido comidas, conversas y caminatas (las tres C del éxito en el mundo del arte, que para colmo se unen en una buena digestión). Con la segunda he cruzado buenos modales, cordialidad profesional y augurios intelectuales (todos los ingredientes de la diplomacia de una nación del Primer Mundo).

Juan Castillo ha desarrollado un constante interés por las relaciones entre arte y comunidad, arte y paisaje, arte y territorio, a través de dispositivos móviles –Minimalismo Barroco y Ejercicios de borde–, en proyectos colaborativos, donde el otro (ciudadano de a pie) cobra un valor y una importancia central al compartir sueños (los secretos y anhelos más profundos) –Otro día–.

Carla Garlaschi es una artista que ha extremado las relaciones entre arte y espectáculo –La Aprendiz–, arte y cultura de masas (popular pero ante todo de clase media), con una descarnada mirada hacia el mundo del arte –Cómo Ser Alguien–. Sus temáticas abordan la construcción de la identidad del artista y la manera como los medios de comunicación se relacionan con los estereotipos de la sociedad.

Castillo es un hijo de esa idealista década de los sesenta (donde muchos han enterrado el mundo onírico); Garlaschi no teme en referirse con alegría a esos gloriosos años noventa (triunfos tenísticos y ascenso de clase media). El arte de Castillo es uno de movimientos, tránsitos y viajes; el de Garlaschi refiere a la imagen congelada, estática y detenida de la publicidad y la televisión.

En el terreno de las similitudes, ambos son oriundos de ese extraño país que es Chile –más extraño aún es referirse a él en tercera persona–. Después de un tiempo prudente en esta “loca geografía”, ambos han decidido residir en Suecia. Encontraron un primer punto de unión en el proyecto de residencia A.I.R. Remote (junto a María Elena Guerra). Se unieron, por segunda vez, para realizar una muestra en doldprojects, un pequeño cubículo con una gran ventanal que mira a una calle inclinada en una pintoresca e idílica localidad del suroeste de Alemania (en la frontera con Suiza).

Ante todo, comparten un deseo por hablar de problemas territoriales (tanto geográficos, culturales como mediáticos), de la cultura latinoamericana en formas de arte expandidas, complejas y procesuales. Y el foco de atención que los motiva es el problema de la imagen. ¿Qué hacen, dicen y cuentan las imágenes que nos rodean?

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Juan Castillo y Carla Garlaschi, vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía de los artistas

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Juan Castillo y Carla Garlaschi, vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía de los artistas

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Juan Castillo, Ritos de Paso, 2013-2014. Vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía del artista

Espejos

Quiero proponer sólo algunas ideas sobre sus proyectos artísticos. En las obras de Juan Castillo y Carla Garlaschi la idea de repetición se cruza con la de espejo. En el contexto de la casa, del mundo privado, de lo personal, las telenovelas hacen el papel de continuidad con el mundo. Se asiste al espectáculo televisivo –nunca tuvo tal precisión este término– como una manera de ser parte de la sociedad. Personajes, tramas e historias, confabulan para mantener al sujeto atado a una construcción ficticia (nación, cultura, país, región) sin mostrar las distorsiones o bien inversiones de la realidad –un nuevo capítulo en el libro sobre el poder de la imagen en movimiento–.

En el contexto del paisaje natural, Castillo ha elaborado un artilugio que permite enmarcarlo, delimitarlo y transformarlo en imagen –cuestión esencial del párergon para la pintura, según Derrida–. La experiencia antes espacial y háptica es transmutada por una de orden icónico –el fuego en algunas culturas es sinónimo de cambio de ciclo–. Lo principal que se devuelve es la imagen, sin embargo, se retorna también a la geografía. En el encuadre propuesto por Castillo, la tela blanca que contiene el texto funciona como una pequeña cortina o telón que al abrirse –cual acto de magia– nos permite ver nuevamente eso que creíamos perdido. El espejo (la repetición) como un recurso y posibilidad para el conocimiento de algo olvidado, de ahí el fondo ancestral de su obra –y también el carácter surrealista que he estado explorando–.

Si bien el principio de la repetición-espejo está asociado a lo colectivo, a ese encuentro con algo perdido de la comunidad, su reverso se percibe en la pérdida de la subjetividad. Medio de construcción de estereotipos, la televisión se comporta como una verdadera máquina de producción de clichés. La extrañeza de las telenovelas no está en el parecido con los sujetos reales del mundo exterior (un nivel de ese reconocimiento) sino que con los estereotipos que la sociedad ha ido instalando sobre la mujer, el trabajo, el amor, la cotidianidad o los hábitos. A diferencia de la experimentación que se puede ver en el cine o bien en las series de élite (HBO), las telenovelas (soap operas para los gringos) asumen con alegría no los límites de la frase hecha sino el poder genérico y global de los clichés –su anti-subjetivismo–.

Pero la imagen-espejo tiene también un componente paradojal. Verse reflejado, invertido, supone un verdadero espasmo en el cuerpo, una contorsión. Con ese ejercicio de mantra, tan útil para el mundo primitivo, los reflejos (reflujos) demuestran el alcance inconsciente de tal encuentro. Con los espejos, nadie asiste a la afirmación del yo sino del otro (véase los Arnolfini de van Eyck). En ese terreno inaccesible se emplaza la más brillante luminosidad del espejo.

Como los cánticos de antaño, la reiteración nos enseña a perdernos; retirarnos de nuestros cauces habituales (antes el arado, el cultivo y la cosecha) para sumergirnos en el sublime abandono del marco permitido. Para Juan Castillo esta manera de entender la continuidad y repetición le lleva hacia lo ritual y chamánico de este cántico interminable. Para Carla Garlaschi la parodia de la teleserie como un ejercicio crítico de la sociedad actual (el Living in Oblivion de Tom DiCillo), como una manera de internarse y camuflarse en una casa de espejos donde todos creen reconocerse.

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Juan Castillo, Ritos de Paso, 2013-2014. Vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía del artista

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Juan Castillo, Ritos de Paso, 2013-2014. Vista de la exposición en Galería doldprojects, Sankt Georgen, Schwarzwald-Alemania 2014. Cortesía del artista

Escritura en la era de Internet

Quiero cerrar con algunas ideas personales que dan origen al título de este ensayo. La escritura de arte tiene un componente de extrañeza. Muchas veces la tinta discurre sobre asuntos ocurridos en los rincones más recónditos del planeta. Quien asume esta tarea parece no vivir en ninguna realidad geopolítica. Hoy, flota por el ciberespacio, captando y consumiendo imágenes de los destinatarios más insólitos. Se asemeja a un turista. Visita lugares por momentos mínimos y superficiales. El tiempo dedicado es ínfimo y su grado de profundización pocas veces alcanza el deseado por los artistas.

Sin embargo, por definición está a la saga, viene después y llega a la fiesta cuando todos se han marchado. Quienes busquen en él un vocero de las verdades asumidas por los productores han errado el foco. El crítico mira el mundo desde esa distancia que no le entrega mayor certeza sino ante todo la otorga la duda necesaria para construir un relato nuevo. El arte es su alimento, es un troglodita consumido por la curiosidad (como decía Tracey Emin: “mi arte me cuida, me sostiene y me mantiene viva”).

El crítico es un creador de ficciones. Le organiza al lector las imágenes de sus viajes y se las revela con un cierto relato y énfasis. Por ende, la realidad no comparece con la certeza que entrega el cubo blanco sino que en la memoria de quien existe en un determinado momento y vive desde los recuerdos. Finalmente, el crítico, como el espectador, no se piensa a sí mismo como un dador de respuestas. Entra a la sala de exposiciones como un niño que quiere descubrir la verdad de la vida y sale repleto de metáforas, metonimias, pero nunca de cosas en sí.

 

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Ignacio Szmulewicz

Nace en Chile, en 1986. Es historiador, curador y crítico de arte. Se ha especializado en las áreas de arte moderno y contemporáneo, y arte público chileno y latinoamericano. Ha publicado los libros "Arte, ciudad y esfera pública en Chile" (2015), "El acantilado de la libertad. Antología de crónicas valdivianas" (2015) y "Fuera del cubo blanco: lecturas sobre arte público contemporáneo" (2012). Ha sido curador de las muestras Matadero (2012-2013), Spoilers (2013) y Ciudad H (2014-2015). Actualmente se desempeña como crítico de arte para la revista La Panera.