Diane Van Daren, muestra curada por el artista chileno Cristián Silva para la Galería Gabriela Mistral, reúne a cuatro artistas mexicanos –José Dávila, Gonzalo Lebrija, Augusto Marban y Fernando Palomar– y cuatro artistas chilenas –Johanna Unzueta, Alejandra Prieto, Francisca Sánchez y Livia Marín-, quienes realizan exploraciones sumamente independientes y personales, experimentando con imágenes y materiales provenientes de su propio universo mental, conectando el plano autobiográfico y cotidiano con contextos e ideas más universales.

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Muestra Diane Van Deren, en GGM. Vista general con obras de Gonzalo Lebrija, Francisca Sánchez, Fernando Palomar, Johanna Unzueta y José Dávila. Cortesía: GGM

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Francisca Sánchez. Rocas. 2010. Collage y cartón. Cortesía: GGM

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Obras de Francisca Sánchez, Johanna Unzueta y José Dávila. Cortesía: GGM

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Muestra Diane Van Deren, en GGM. Vista general con obras de Fernando Palomar, José Dávila, Francisca Sánchez y Johanna Unzueta. Cortesía: GGM

El encargo que la galería hizo a Silva fue realizar una muestra que diera cuenta de la generación de artistas que emergió en Chile entre 2000 y 2010, una década durante la cual él vivió en México. “Yo no estuve en el país justo en ese período, y es por eso que decidí hacer algo muy honesto, desde mi propia experiencia, e incorporar el trabajo de artistas mexicanos con quienes compartí durante muchos años. Desde ahí busqué conexiones con lo que sucedía en Chile en ese momento, y decidí convocar a un grupo de artistas chilenas por cuyas obras siento gran admiración y con quienes también he trabajado anteriormente en varios proyectos. Todos ellos comparten un espíritu de obra en común y carreras con un alto nivel de circulación internacional”, explica.

Los artistas seleccionados se caracterizan por su capacidad de haber sobrevivido al cambio de milenio y sostener obras sólidas, manteniéndose fieles a ellos mismos, pero siempre inmersos en procesos de búsqueda. Muchos de ellos transitan por diversas disciplinas o provienen de otras formaciones; entre los mexicanos ninguno egresó de la carrera de Arte, sino que provienen de áreas como la arquitectura, el cine, las comunicaciones, la publicidad o la música.

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Muestra Diane Van Deren, en GGM. Vista general con obras de Gonzalo Lebrija, Augusto Marban, José Dávila, Johanna Unzueta y Fernando Palomar. Cortesía: GGM

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Muestra Diane Van Deren, en GGM. Vista general con obras de Gonzalo Lebrija, Augusto Marban, Fernando Palomar, José Dávila, Alejandra Prieto, Francisca Sánchez y Livia Marín. Cortesía: GGM

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Gonzalo Lebrija. Caballo en el aire. 2004. Impresión digital. 200 x 250 cm. Cortesía: GGM

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Gonzalo Lebrija. Caballo en el aire. 2004. Impresión digital. 200 x 250 cm. Cortesía: GGM

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Muestra Diane Van Deren, en GGM. Vista general con obras de José Dávila, Johanna Unzueta, Fernando Palomar y Francisca Sánchez. Cortesía: GGM

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Muestra Diane Van Deren, en GGM. Vista general con obras de José Dávila, Fernando Palomar, José Dávila, Alejandra Prieto y Johanna Unzueta. Cortesía: GGM

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Johanna Unzueta, Matches/Cerillos/Fósforos, 2012-2015. Fieltro, hilo costura. Dimensiones variables. Cortesía: GGM

Corredores resistentes

El título con que Silva bautiza esta muestra colectiva no deja de ser curioso. Diane van Deren es el nombre de una ultramaratonista estadounidense quien saltó a la fama durante la década del 2000 porque, pasados los 50 años, ganó la maratón más dura del mundo. Y así ha seguido corriendo carreras de cientos de kilómetros, por más de 22 días y en condiciones extremas, sin mostrar señales de cansancio físico. Antes de realizar estas hazañas, la mujer fue sometida a una lobotomía que la curó de una epilepsia pero que le trajo una secuela aún más gravitante: perdió la memoria de corto plazo. Precisamente es esa condición la que le permite llevar su resistencia al límite, ya que no tiene noción del paso del tiempo ni de la ubicación espacial, por lo que corre y corre sin atender a la dificultad del desafío y sin agobiarse sicológicamente.

Esta historia estimuló la imaginación del curador y se ofrece como una metáfora que refleja la actitud de los artistas de la muestra, cuyas obras corren por sus propias pistas atendiendo a las pulsiones de su energía personal. Pero también le interesó abordar la forma en que estas obras procesan el tema de la memoria, ya no desde el habitual enfoque que en Chile está asociado a la historia política reciente, sino desde cruces más abiertos, diversos y equívocos. “En la obra de estos artistas hay una dimensión de la memoria que oscila entre lo científico, lo sentimental, lo doméstico, lo trágico, lo histórico y lo humorístico, misma que me interesa mucho explorar y que me da la impresión es un terreno muy fértil para nuestro trabajo en general”, señala Silva.

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José Dávila. Sin título. 2015. Pintura aerosol, objetos encontrados. 450 x 400 x 43 cm. Cortesía: GGM

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José Dávila. Sin título. 2015. Pintura aerosol, objetos encontrados. 450 x 400 x 43 cm. Cortesía: GGM

Las obras se sostienen en su sola presencia, sin necesidad de discursos que las expliquen. Todas remiten a una suerte de fenomenología, que invita a observarlas dejando que hablen por sí mismas. Todas también, en su conjunto, generan un efecto que tiende a desestabilizar la lógica racional, instalando sistemas de pensamiento alternativos y personales.

La exhibición contempla más de 30 trabajos -instalación, fotografía, objetos, gráfica y video- que cuentan micro historias, momentos, situaciones que escapan a la lógica racional o a los modelos más ortodoxos para interpretar el mundo.

Resulta sorprendente el video de Gonzalo Lebrija, en el que el artista le dispara a libros que ha lanzado al aire, trabajo relacionado con su obsesión por fenómenos físicos como la fuerza, la velocidad, la precisión y el azar. En una línea fenomenológica similar, Johanna Unzueta proyecta la delicada escena de un fósforo que se enciende y se apaga. También Fernando Palomar proyecta en video una escena llena de misterio y sarcasmo: frente a una puesta de sol, el artista “acompaña” algo torpemente con su batería el cierre de la Sinfonía No.35 de Mozart.

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Gonzalo Lebrija. Who Knows Where Time Goes. 2013. Video. 5 min. Cortesía: GGM

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Fernando Palomar. Deutsche Grammophon. 2006. Pintura sobre muro. 300 x 150 cm. Cortesía: GGM

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Fernando Palomar. Dos cintas porno (detalle), 2000. Dos trozos de película super 8. Dimensiones variables. Cortesía: GGM

En otra línea, José Dávila presenta trabajos que dialogan con la arquitectura y que juegan con las ilusiones espaciales en composiciones geométricas. Francisca Sánchez exhibe una serie de trabajos que abordan la idea de la representación de la naturaleza desde experimentos con el volumen (los movimientos del mar, las nubes, las montañas, lo subterráneo) utilizando materiales de desecho y forzando sus cualidades geometrizantes. Así también, Livia Marín ofrece un registro exploratorio, mostrando parte de su actual investigación, la cual gira en torno a la mutación simbólica y material de objetos de uso cotidiano.

Una de las obras más inquietantes es la sutil intervención de Augusto Marbán, quien instala a una mujer al centro de la sala, durmiendo cubierta por una delicada tela tornasol. El espectador ve un bulto que se mueve levemente con la respiración.

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Augusto Marbán. Trampa para tigres. 2005. Mujer acostada, tela, plinto. 200 x 60 x 80 cm. Cortesía: GGM

Alejandra Prieto participa con algunas de sus obras hechas en carbón en las que se explicita claramente el cruce entre el imaginario personal y el relato local, asociando, por ejemplo, lo cotidiano a la compleja realidad social de las minas de Lota. Esta vez muestra una zapatilla deportiva hecha con ese material. “En nuestra ficción, esta obra opera como el logotipo dislocado de la muestra: la zapatilla perdida de Diane Van Deren”, dice el curador.

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Alejandra Prieto. Air Classic. 2009. Carbón, cobre, hierro. 35 x 15 x 15 cm. Cortesía: GGM

Diane Van Daren

Galería Gabriela Mistral, Alameda 1381, Santiago de Chile

Hasta el 30 de junio de 2015

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