SEMÁNTICA TRAVIESA. EJERCICIOS PARA RALENTIZAR LA EXPERIENCIA
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[lectura breve]
A partir de los vínculos que conectan a Espacio/C en Chichicastenango, Guatemala, con La Guerrera en México, Anny Ventura Puac se acerca al trabajo de Gibrán Turón, artista nacido en Tepic, Nayarit. Caminar las calles populares es, para él, un método de trabajo: de ahí nacen sus pinturas, murales y rótulos, herramientas visuales y políticas frente a la estética aspiracionista de las grandes ciudades.
Existe una distancia de 1.243 kilómetros entre Chichicastenango, Quiché, en Guatemala y la Ciudad de México. Desde esa distancia, y buscando siempre formas de agrietar las fronteras gracias a las conexiones que la ciencia política, el arte, la gastronomía y la espiritualidad me han permitido, conozco de una forma efímera, pero a la vez profunda, a Gibrán Turón.
Escribo este texto lejos de la institucionalidad, la academia y las formalidades, pero buscando siempre la rigurosidad de la palabra, esa que por mucho tiempo se ha cultivado en el territorio al que pertenezco y que, por ende, procuro honrar al escribir sobre el trabajo de Gibrán. Así que aquí habrá un relato de encuentros y un ejercicio descriptivo, un tanto político y poético, en torno a su trabajo como artista.
A dos mil metros sobre el nivel del mar, en este territorio ancestral del pueblo K’iche’ donde tiene lugar uno de los mercados indígenas más grandes de Mesoamérica, se encuentra Espacio/C, un proyecto dedicado a las exposiciones y microresidencias que acompaña procesos creativos. Desde aquí apostamos por el resguardo de obra y conocimiento, y buscamos la construcción de identidades lejos del deber ser. Es también desde este lugar que nos damos la libertad de conocer y acercarnos a espacios con perspectivas afines. Uno de ellos es La Guerrera.


Este breve episodio se llama conocer a Gerardo Muñoz, quien un día llegó a nuestra casa/espacio en Guatemala y hoy fomenta lazos que generan diálogos con artistas, no solo dentro de su región. Sus gestiones permiten encuentros transfronterizos como este, organizando acercamientos en su casa, donde funciona La Guerrera, para conocer de cerca el trabajo de artistas de toda la república y generar espacios de escucha.
Y como la casa de La Guerrera es un showroom, donde lo que primero que percibes al entrar son esos colores intensos del rosa casi Barragán, verde neón, rojo publicidad, y entre las coordenadas del lienzo bien delimitadas, de pronto un pie, una mano, o un abstracto irreverente que sigue la misma paleta de colores, pues preguntas: ¿quién es?
Y ahí es donde aparece el nombre de Gibrán Turón, un artista joven que, más allá de serlo, lo percibo como un gestor de todas las sensaciones, olores y experiencias humanas cotidianas, aquellas que por la premura del tiempo no todas las personas son capaces de sentir, y mucho menos comunicarlas.
Al conocerle he logrado acercarme a ese espacio íntimo de su libreta de dibujos, acompañados en su mayoría por una serie de subtextos que se articulan como verso libre, poesía, anécdota o quizás un diálogo personal entrecortado. Muchas veces, sin orden, este intenta narrar lo que ve, siente, piensa, observa, o simplemente aquello que se le viene a la mente como un pequeño vestigio de la presencia, un chispazo de memoria visual.


Es para él, caminar, un acto que ralentiza el ritmo implicado en la modernidad y activa nuestro sentido más elemental de observación, ese que apela a la experiencia de la presencia inmediata. Su visión del dibujo recrea esta mirada de una manera dislocada, reapropiando estos momentos en sus bitácoras. A través del humor intrépido, su escritura propone abordar la realidad como un relato honesto e irreverente.
El artista propone la agrimensura estética del paisaje a través de la contemplación y ocupación del mismo. Las referencias que usa para su relato se componen de elementos visuales tomados del cotidiano popular mexicano, aquél que encuentra su semántica propia en las paredes de la calle. Anuncios espectaculares, escritos anónimos y rótulos se mezclan, en sus palabras, de una manera “traviesa”.
Gibrán nos comparte una parte de este proceso a través de la publicación del Archivo Vago, en un panfleto impreso llamado Vagamente (vol. 1, 2, 3 y 3 3⁄4), y que desde 2019 articula las historias detrás de sus dibujos. Este archivo se compone además de fotografías, dibujos y textos poéticos como una apología del ocio y una forma de ocupar el espacio público a través de la mirada, una acción que podría resumirse en su frase: “La vagancia es salud”.

Gibrán tiene una pieza que representa un taxi amarillo (que, hasta hace algunos años, eran distintivos del entonces Distrito Federal), y que en sus puertas lleva escrito «Ni volviendo a nacer«. Una imagen en la que aborda paradójicamente su gusto por los automóviles y, a su vez, un desdén por el mal funcionamiento del sistema de transporte en las ciudades, ya sea Tepic, Guadalajara o CDMX. Independientemente de si al artista le gusten o no los taxis de la ciudad, aquí me parece importante hablar de sus procesos de registro y documentación.
Esta labor que hoy en día se ha pensado desde las naciones originarias para el resguardo y la preservación en el tiempo de los conocimientos y saberes, que si bien es determinante, no debe segmentarse. Conocer a Gibrán me llevó a pensar en algo importante: ¿Quiénes documentan en las ciudades los espacios urbanos, el encuentro de lo mestizo en el barrio y aquellos momentos coyunturales que captan la esencia humana que se vive en el espacio público de las ciudades, como memoria para la posteridad de quienes las habiten?.

Mientras que, bajo las lógicas del desarrollo neoliberal, se sigue pensando la estética de las ciudades desde ese parámetro aspiracionista que busca convertir ciertos espacios en pequeñas “Europas”, en ciudades cosmopolitas o en versiones locales de los rascacielos del norte global, el taxi amarillo de cofre alargado (Nissan Tsuru, modelo 1992) con el rótulo inscrito en sus puertas, o la cortina de acero de una chicharronería que muestra una marrana feliz cocinándose en un cazo de aceite hirviendo, activan otra lectura posible de la ciudad.
Estas imágenes dejan de ser funcionales a una estética del orden y rompen con el imaginario desarrollista y su lógica monocromática. En ese contraste se hacen visibles las necesidades reales de la comunidad, en donde, por ejemplo, parece más importante que los taxis se vean nuevos para el próximo Mundial de Fútbol que cubrir las necesidades de agua de la ciudad.
Por ello resulta importante contar con la mirada callejera de Gibrán, aunque sea a través de un trazo lúcido en medio de la incoherencia que produce la ambición capitalista.


Para Gibrán, en la ciudad “todo habla” desde los ojos de la vagancia: un estado de “no-yo” que transgrede la relación viciada con el recorrido cotidiano. Se trata de un caminar libre, sin justificación, un caminar pausado de reconocimiento aparentemente inútil, una manera poética de recabar la historia de una calle o de un lugar abandonado.
Pero esta práctica empezó como un ejercicio autodidacta desarrollado por el artista para encontrar espacios disponibles donde pintar rótulos o murales en su natal Tepic, Nayarit. Era una época en que la violencia de la Guerra contra el narco (2006–2018) y posteriormente por la pandemia de COVID-19 (2020) se veía reflejada en la imagen deteriorada del espacio público.
Este proceso de documentación se convirtió pronto de una forma de mirar a una de interactuar, una que participa del diálogo en la calle, un espacio en el que encontró un medio libre para su práctica plástica. Para el artista ocurre un momento en que la imagen encontrada en la calle se asimila en su bitácora a través del dibujo, para después transferirse en forma de pintura pública o rótulo.

Invito a revisar su obra como un llamado a reflexionar sobre la presencia de la mirada en el cotidiano de la calle, pero también como un archivo vivo que sale de ella; uno que, como al pasar las hojas de su libreta, mantiene esta secuencia de recorrido libre y de asociación en movimiento. Su bitácora acompaña el transcurrir de los días y nos regala una mirada que desacelera el ritmo en medio de un ambiente que procura lo desechable, lo inhabitable y la gentrificación.
Y, en términos poéticos, lo hermoso de la obra de Gibrán para quienes escribimos es que su arte no está obligado a ser ejemplar, políticamente puro, pedagógico o sublime, sino que puede llevarse en la piel, conservarse en papel o consultarlo en un anaquel o charla en persona.
Gibrán se convierte en un falso médium que quizá solo nos anticipa, a través de su lenguaje, algo que viene o está por develarse; o simplemente nos muestra un espacio mental donde el humor y la poesía sirven como vehículo para acercarnos de otra manera a nuestro entorno, y donde nuestra relación con él surge de la curiosidad y no de la necesidad de consumo ni de la prisa.
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