LA CONSISTENCIA FORMAL DE MARCOS LÓPEZ
La retrospectiva del fotógrafo argentino Marcos López (Santa Fe, 1958) en la Fundación Larivière se organiza como una verificación empírica de consistencia estilística. El recorrido, que reúne más de 200 piezas, propone una evolución a través de la persistencia de un sistema de producción de imágenes que, desde mediados de los setenta, se estabiliza en torno a operaciones reconocibles sobre el color, la escena y el estatuto del referente.
El núcleo histórico de la muestra queda fijado en la serie Pop Latino, iniciada a comienzos de los noventa. El material curatorial insiste en su carácter inaugural dentro de la fotografía argentina reciente. Esa afirmación se sostiene en términos formales. López introduce una saturación cromática que rompe con la tradición local de blanco y negro y con su economía tonal. El fotógrafo argentino crea un régimen de color propio, intenso. La superficie de la imagen queda organizada por sus ya característicos contrastes altos, colores primarios y una iluminación frontal que elimina gradaciones. Este tratamiento aproxima la fotografía a la gráfica publicitaria, aunque el encuadre y la disposición y características de los cuerpos (algunos ciertamente irreales en su sentido más estricto) no se ajuste a la publicidad clásica.


El procedimiento central es la escenificación. No es casual que en todos los cursos y talleres de escritura creativa de Buenos Aires las fotos de López sean usadas como imágenes disparadoras de relatos. Estas no dependen de la captura contingente sino de una construcción previa. Decorados visibles, utilería precaria, fondos artificiales. Por eso es que la referencia a “cartón pintado” no es metafórica. Es el indicio material de una imagen que exhibe su propio artificio. En términos semióticos, el índice fotográfico queda subordinado a una dimensión icónica intervenida. La fotografía de López es una suerte de exhibicionismo de la eficacia de un montaje.
En este punto, la obra se distancia del documentalismo solemne porque las imágenes funcionan como un documento alegórico. Mantienen una relación con lo real, sí, pero mediada por una teatralización de roles claramente distinguibles, propios también del circuito más costumbrista de las artes escénicas argentinas (el grotesco criollo, el sainete).

La sala que reúne las citas a la historia del arte funciona de la misma forma. La versión de la Última Cena, realizada en el contexto de la crisis de 2001, condensa varios niveles de operación. Por un lado, la apropiación de una estructura compositiva canónica. Por otro, su traducción a un contexto doméstico y reconocible. La mesa larga, la distribución de los cuerpos y la centralidad del personaje principal se mantienen. Lo que cambia es el régimen de acciones. En lugar de la suspensión narrativa del original renacentista, aquí los cuerpos están ocupados en una actividad concreta. Comer. Manipular alimentos. La escena pierde su dimensión trascendente y se vuelve familiar. Podríamos reconocer ahí a un tío, un padre, un hermano, los amigos de la familia en el asado del domingo.
No es sólo un juego con la iconografía occidental y cristiana. Afecta la organización de la mirada. En la pintura de Leonardo da Vinci, las líneas de fuga conducen a la cabeza de Jesús. En la fotografía de López, el centro se desplaza (y un poco se desparrama deliberadamente) hacia el cuerpo. La jerarquía simbólica se sustituye por una jerarquía visual basada en la masa y la iluminación. La imagen se vuelve más densa en términos físicos que narrativos.


Este mismo mecanismo se observa en otras obras. En Autopsia, la referencia simultánea a La lección de anatomía del Dr. Tulp y a la fotografía de Freddy Alborta introduce una doble genealogía. La pintura científica y la fotografía de registro político. López reconfigura esto acumulando signos explícitos. Se llena de objetos. La escena pierde ambigüedad y gana en literalidad.
La estrategia de inversión también aparece en Sireno del Río de la Plata. La fotografía altera la relación entre figura y entorno. El fondo deja de ser un paisaje neutro para pasar a ser un campo saturado de residuos. La figura queda absorbida por el espacio.
El pasaje del blanco y negro al color, documentado en la primera sección de la muestra es más que una simple transición técnica. En las imágenes de los años 80, la composición deja anticipar la lógica de la próxima década. Encuadres ligeramente forzados, uso de gran angular, énfasis en la frontalidad. El blanco y negro actuaba antes, si se quiere, como una contención de los signos. Reduce la información visual y concentra la atención en las líneas, su geometría y sus estructuras. Cuando aparece el color desaparece el corsé.


El material autobiográfico incluido en la exposición introduce otro nivel de lectura. La insistencia en el origen doméstico de las imágenes, en la familia, en los objetos cotidianos han ido definiendo el repertorio iconográfico de López. Los bancos de plaza, los perros, los interiores cargados de objetos. Este inventario se repite y, con ello, la continuidad temática refuerza la idea de un sistema semiótico propio.
Las producciones más recientes, realizadas con dispositivos móviles, confirman la autonomía de ese sistema respecto de la herramienta. El efecto visual se mantiene incluso cuando cambia el soporte. O sea, un estilo, que en el caso de Marcos López son una serie de decisiones sobre encuadre, color y composición visual a través de la disposición de elementos.

En términos de teoría de la imagen, la obra de López puede leerse como una tensión entre índice e icono. La fotografía conserva su base indicial, su vínculo físico con lo fotografiado. Sin embargo, esa base queda constantemente intervenida por operaciones de construcción. El resultado es una imagen que no se agota en la referencia, en lo aludido, porque termina por devenir en un nuevo signo o en un signo compuesto. No hay una jerarquía necesaria entre la dimensión material, la escenificación y la cita.
La exposición en la Fundación Larivière ordena este conjunto, aunque sin una narrativa. No lo necesita. La acumulación de series, formatos y procedimientos produce un efecto de repetición bajo control. Otra vez: López ha creado un sistema sumamente propio y estable, y no por ello auto plagiador. Esa economía de recursos es la que explica la persistencia de su obra en el tiempo y su legibilidad inmediata dentro del campo de la fotografía contemporánea.
La exposición Marcos López. Fotografías 1975-2025 puede visitarse en Fundación Lariviére (Caboto 564, La Boca, Ciudad Autónoma de Buenos Aires) hasta el 19 de abril de 2026. Curaduría: Valeria González
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