Skip to content

ANSELM KIEFER: CREPÚSCULO EN TIERRA BALDÍA

“El mes más cruel es abril,
porque nutre lilas fuera de la tierra muerta,
porque mezcla memoria con deseo,
porque agita apagadas raíces con lluvia primaveral…”

El entierro de los muertos, en La Tierra Baldía de T.S. Elliot


A cien de años de su publicación, el poema La Tierra Baldía de T.S. Elliot (1922) aborda la inquietante existencia humana del siglo XX desde la memoria y el deseo. Ambos aspectos fueron fundamentales para las vanguardias históricas, que aspiraban a abrir nuevos caminos más allá de los confines de la modernidad.

La herida del peso de la historia quedó abierta como la tierra baldía y fue, por desgracia, sobrepasada por las experiencias traumáticas del Holocausto y la deshumanización.  ¿Qué quedará de las huellas de este sentir cultural que alguna vez fueron poéticas y elevaron las tesis de la búsqueda del sentido humano?

La perspectiva profundamente oracular del poema La Tierra Baldía ha dejado una marca simbólica que resuena en las artes visuales. En particular, en la creación del artista alemán Anselm Kiefer (1945), uno de los más codiciados actualmente en el circuito del arte europeo, quien ha logrado capturar esta esencia. Cada exposición suya se convierte en un evento significativo, donde sus propuestas desafiantes reinventan la monumentalidad y hacen eco de las profundidades exploradas por Eliot en su obra.

En efecto, Anselm Kiefer, desde la profundidad de su lucidez confrontada con el dolor, revela lo más terrible: aquello que se aprende a través del trauma. Así, el artista fue trazando una cartografía donde remarca zonas de padecimientos, una tierra baldía insistentemente evocada. 

También explora las oscuras profundidades del mar, las diáfanas y angustiantes alturas del cielo. Sobre el fuego sólo quedan sus residuos como cenizas y los cementerios de señas esparcidas. Kiefer interviene en todos estos elementos, dejando patente en su obra solo vestigios oxidados, olvidados.

Hoy, desde una Alemania que dirige los destinos de Europa, Anselm Kiefer observa su patria frontalmente. La ve atravesada tanto por los rizomas de tanta vanagloria nacionalista como de sus constantes fracasos.  Por lo mismo, al enfrentarse con su vida también encara su vulnerabilidad reconstituyendo desde el oficio artístico quizás el acto más íntimo y auténtico: hacerse presente.

Escena de Anselm, 2023. Fotograma de film cortesía de Mongrel Media

La dimensión de los trabajos de Kiefer, todos en gran formato, establecen una épica trágica que contrasta desde nuestra visión microscópica.  Al encarar su producción reconocemos que indica que todo debe ser cooptado por la materia.  Hay una fortaleza del significante frente a la claves minimalistas y conceptuales de la desmaterialización tan en boga en el arte actual. 

Por lo mismo, contrasta con una neoexpresividad exultante que, transmitida a través de sus pinturas, esculturas e instalaciones, exhibe materias no observadas, mezclas exangües que se hacen tridimensionales desde bloques enormes que nos hacen sentir siempre demasiado pequeños.

Por lo tanto, mi experiencia y la de muchos es que al ingresar a una exposición de Kiefer nos adentramos a un espacio fuera de nuestro registro, donde la sacralidad de la materia emerge de una manera dominante. Así, la fuerza del gesto constituye una acción exegética que extrae del reino del silencio contemplativo su fase más conmovedora. 

Es sin duda su puesta en escena artística lo que determina el sello para enfrentar la vanagloria humana: ¿qué hemos hecho que llegamos al abismo del deterioro? Y, ¿cómo el arte nos conmina a ahondar en nuestra materialidad finita?

Escena de Anselm, 2023. Fotograma de film cortesía de Mongrel Media

Entonces, frente a su obra surge como una constante el tema del cuestionamiento sobre qué hace a algo contemporáneo. ¿Cómo distinguimos el arte contemporáneo del arte moderno?  Lo contemporáneo no es lo que enfrentamos en las exigencias frívolas de las redes sociales. Lo contemporáneo es el deseo profundo de enraizarse con el presente. Siempre la experiencia histórica del presente trae en su versión agustiniana todos los presentes: el del pasado, del mismo presente y del futuro.  El presente es deseo, como dice Freud; es conciencia que se reconoce a sí misma en su interioridad desprendida, es vida sin reconocimientos ni pergaminos.

Este es el ejercicio austero realizado por Kiefer, con una hendidura que traspasa los límites de la propuesta encarnada en la historia, más bien como un sabio de la tribu que abre las preguntas para encarar el presente. Sus obras trasuntan más allá de la acumulación de conocimiento pues formulan una sensibilidad desplegada que sale en borbotones como un fluido de conciencia, que hace y rehace por capas la densidad material, una acción épica de pugnas, inquietudes y desasosiegos.

Su obra traduce una lectura original de la tradición del arte y una apertura brutal a su rol en una «sociedad líquida», pues posibilita conservar el pulso de sangre desde el deseo magnánimo de compartir experiencias comunitarias con búsquedas universales.

Sin duda, la interpretación reduccionista de la obra de Kiefer no se limita al contexto de Alemania o Europa, sino que se expande a través del legado del maestro de Kiefer, Joseph Beuys, cuya visión consideraba la vida total como una experiencia artística, sin distinción entre arte y vida. Beuys abogaba por la intervención activa en el presente a través de la ecología, la estética, la política y la ética.

El documental Anselm (Das Rauschen Der Zeit) [2023] dirigido por Win Wenders, que se estrenará el 12 de marzo en streaming, es una exploración de la huella dejada por el arte como un tributo a la vida. Nada supera esta condición categórica; darse cuenta de ello es parte de la obligatoriedad existencial humana.

Filmado en 3D y resolución 6K, está ambientado en el taller del artista en Croissy-Beaubourg, en los alrededores de Paris y, en particular, en el sur de Francia, en Barjac, donde Kiefer ha buscado la utopía artística en vastas hectáreas intervenidas de manera sutil, adaptándose a un paisaje sinuoso y naturalmente teatral.  Así, la espacialidad es intervenida por una temporalidad abatida por sus obras que, abiertas a la naturaleza, son reconstruidas por ella, rematadas en sus efluvios creativos.

Contando con todos los materiales imaginables, Kiefer sitúa la materia como el tema central de su obra, donde el significado no es simplemente un vehículo sino un fin en sí mismo en su práctica. Sorprendentemente, lo vemos ingresar a sus vastos talleres ataviado con mamelucos, como un viejo alquimista, en busca de capturar lo tangible de esta temporalidad a través de una obra en constante evolución y mutación.

Escena de Anselm, 2023. Fotograma de film cortesía de Mongrel Media

El filme como medio artístico destaca el carácter monumental de la obra de Kiefer, tanto en un sentido textual como metafórico. La escena contemplativa del artista frente a sus instalaciones precarias, construidas por él mismo con materiales no convencionales como acero, vidrio, textiles, elementos vegetales, plomo y hormigón, revela la influencia de sus sueños infantiles marcados por el temor y la censura familiar durante la era nazi en Alemania. Esta experiencia traumática no solo se sublima en su obra, sino que, en su alegoría, se transforma en señales de resistencia frente al olvido.

Es importante reconocer que las performances controvertidas realizadas por el artista durante los años 60, en las que hacía el saludo nazi mientras vestía el uniforme de la Wehrmacht de su padre en lugares famosos, generan una carga de culpabilidad que persiste en la conciencia de su generación, nacida después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Parte de este recorrido íntimo se evoca en el filme, donde sus grandes obras se presentan como decorados melancólicos, siempre como telón de fondo.

El filme registra otros aspectos destacables de la producción simbólica de Kiefer, como la importancia que adquieren el libro y los archivos para la continuidad cultural. Este elemento se refuerza mediante las escrituras que acompañan muchas de sus obras, donde las textualidades, al igual que los sedimentos, se superponen, estableciendo capas de significación que murmuran. 

En este sentido, la banda sonora de la película permite escuchar diversos susurros, como el poema de Paul Celan sobre el Holocausto. Esta feliz coincidencia entre un artista que apenas verbaliza y un director como Wenders, que se sirve de sus textos clave para establecer pistas comprensivas, es notable. Desde esta unidad de perspectivas, las textualidades y las palabras se transforman artísticamente en otro significante que busca resonar como ecos orgánicos en medio de la decadencia y la miseria humana.

Uno de los elementos que no se puede soslayar del filme, en consonancia con la fuerza mítica que rodea la obra artística de Anselm Kiefer, es su carácter escatológico. A pesar de las partes descriptivas que muestran el proceso creativo, los gestos expresivos y la incorporación de capas, la cantidad de obras acabadas da la impresión de que fueron creadas desde los límites humanos, en la soledad del confinamiento y dejadas al olvido.

El artista emerge como un demiurgo, no solo como un creador, sino como un pequeño dios que lleva a cabo su proceso creativo con sus propias excrecencias y su sangre, en los márgenes del mundo, para iluminarlo con su obra. La influencia heideggeriana se vislumbra en los retazos de sus monumentos artísticos, que resisten al olvido al revelar la presencia del Ser.

Escena de Anselm, 2023. Fotograma de film cortesía de Mongrel Media

El gesto del derrame pictórico y el proceso tenso de acción, reacción y destrucción de la obra como práctica artística es de una belleza inaudita. Su remate visual con el lanzallamas es espeluznante, como las marcas de una belleza brutal surgida de la destrucción y sus afectos por el arte como vanagloria del pasado. Aquí, esta acción terminal se convierte en un acto de significado profundo y poderoso.

En este sentido, se evoca el sentido mítico de los primeros trabajos de Kiefer sobre el paisaje alemán, la mística ensoñación de Friedrich y su icónico caminante sobre las nubes. Ahora bien, si reconsideramos la obra total de Kiefer no es otra cosa que el eterno retorno de la belleza melancólica extraviada y definitivamente perdida. Por ello, su búsqueda artística se vuelve frenética, convirtiéndose en una acción aparentemente inútil, a pesar de la gran cantidad de energía invertida, culminando en una sensación de vacío. De esta manera, el artista también parece estar buscando su propia desaparición y anhela desvanecerse en el olvido.

Escena de Anselm, 2023. Fotograma de film cortesía de Mongrel Media

Profundizando en esta perspectiva, resulta notable cómo la obra de Anselm Kiefer, al situarse fuera de las convenciones y al desplegar un estilo original, expresa la experiencia desde la intimidad creativa. En su producción, Kiefer enfrenta de manera directa y consciente la culpabilidad compartida y asumida.

Esta idea central se expande con una producción artística clave para comprender los dos últimos siglos, donde la modernidad delineó una utopía racionalista que, paradójicamente, gestó su propia desaparición. En este contexto, la obra de Kiefer constituye un agravio: la inteligencia como sensibilidad desplegada para reparar, el significante como capa de consistencia frente a tanta superficialidad, todo en un momento de desmoronamiento o a punto de sucumbir.

Cada cierto tiempo en Chile, algunas creadoras y creadores observan el daño y, desde la memoria afectiva, construyen una coralidad que trasciende las contingencias y proclama una nueva vuelta más allá de la modernidad, que parece haberse convertido en el paradigma acomodaticio de las escuelas de arte y sus maestros.

En este sentido, aguardamos los nuevos crepúsculos para desentrañar, más allá de la belleza formal de la obra, del montaje o del contenido que, en verdad, poco interesa, la obra que resplandece con verdadero significado. Una obra que dialogue con la historia presente con amplitud, enalteciendo el oficio artístico en lugar de nutrir el escuálido sistema del arte o, peor aún, el arte de consumo. Así, la obra de Kiefer impacta por su reverberación estética, por los destellos de honestidad que revelan experiencias inquebrantables. Este enunciado es ya un crepúsculo, por cierto náufrago, en esta tierra baldía ya tan repleta de incertidumbres y extravíos.


ANSELM (DAS RAUSCHEN DER ZEIT)

2023, documental, 93 min., Alemania.
Dirección: Wim Wenders
Música: Leonard Küßner
Fotografía: Franz Lustig
Distribuyen: DCM, Les Films du Losange

En streaming a partir del 12 de marzo de 2024

Gonzalo Leiva Quijada

Doctor en Historia y Civilización, Post-doctorado por la New York University (NYU). Investigador y académico con una amplia trayectoria en el ámbito del estudio y la valoración de las imágenes como trama de la historia y del patrimonio cultural de Latinoamérica. Con cuatro proyectos Fondecyt dirigidos, nueve proyectos Fondart realizados, 17 libros de autoría y nueve de coautoría editados, 24 artículos de corriente principal, 39 capítulos de libros, 35 proyectos de investigación, 20 curatorías en los principales centros del país, además de dirigir 34 tesis de pre y postgrado, particularmente en el programa del Magister en Historia del Arte UAI.

Más publicaciones

También te puede interesar

Anselm Kiefer en el Pompidou. Una Retrospectiva

El Centro Pompidou presenta una exploración sin precedentes de la obra de Anselm Kiefer, uno de los pintores alemanes contemporáneos más destacados a nivel mundial. Esta retrospectiva, la primera celebrada en Francia en treinta años,…