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HACER DEL ARTE UNA FORMA DE CONOCIMIENTO UNIVERSAL. UNA CARTA DE LUIS CAMNITZER

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Luis Camnitzer, artista y escritor uruguayo, fue uno de los panelistas de CIMAM (Comité Internacional de Museos y Colecciones de Arte Moderno) en el Programa Rapid Response Webinars, titulado Reaching Across Distancing, que tuvo lugar el 25 de junio de 2020. Su intervención en el seminario comenzó con la siguiente carta.


Durante muchas décadas, tuve el hobby de provocar y cuestionar a los museos. Sobre todo, porque parecían permanecer tan sólidos y rigurosos. Inmunes a los ataques, son un blanco tentador para derribarlos conceptualmente. Pero ahora, inesperadamente, se han vuelto vulnerables y desesperados, y los placeres de mi hobby desaparecieron. Siento compasión, incluso preocupación, con la noticia de que dos tercios de los museos del mundo puede que no sobreviva al virus. Esto dice algo sobre mí: los veo como compañeros de crisis en una relación simbiótica más fuerte de lo que creía.

Creo que uno de los problemas que veo es que la categoría «museo» abarca muchos tipos de instituciones, donde todo el mundo utiliza este nombre como quiere. La interpretación más destacada es la del mausoleo con nichos para la posteridad. Esta nos incluye tanto a nosotros, los artistas, que esperamos colgar algo en él, como a los patronos que ponen su nombre en edificios enteros o en salas, ascensores y bancos. Todo esto es un síntoma de que los museos se ven a sí mismos como lugares a los que hemos de ir, dando por sentado que la cultura es una actividad centrípeta, centrada en iconos. Pero si uno ya no puede ir como antes, ¿qué sigue? Ya no hay público que justifique el museo como una casa de espectáculos.

Curiosamente, esto revela lo frágil que siempre ha sido esta definición de museo, cómo ayudó a crear una burbuja del arte que ahora se mantiene unida por una endeble red de hilos financieros. Y peor aún, cómo la industria de las exposiciones no ayuda, sino que es un obstáculo para una buena educación. La carta del MoMA de Nueva York despidiendo a sus educadores autónomos ilustra una creencia imperante: si no hay gente que venga a una exposición, no hay consumo y, por lo tanto, no hay educación.

Parece que este es el momento de reconceptualizar la institución y dejar que otras definiciones y consideraciones pasen a un primer plano. Una de ellas, por supuesto, es que la acción cultural debe ser centrífuga e inclusiva. Esta es la más obvia y la que ya han intentado la mayoría de los museos yendo online. Hasta ahora los resultados son como libros de arte pero con mejoras digitales: una versión erosionada de los iconos conservados en el edificio. La información sobre las obras en propiedad circula y esto aumenta el conocimiento referente al arte, mayormente manteniendo y tal vez ampliando la base de consumidores. Eso sigue el modelo de las bibliotecas, otra institución amenazada, aunque no por el virus sino más bien por Internet. No vas a los libros; los libros llegan a tu casa.

Enviar libros a los hogares no está mal, pero ¿es suficiente? No sé cuántas bibliotecas salen para promover la sabiduría y la comprensión profunda. Cuántas tratan de conectar el conocimiento de la información con la generación de nuevos conocimientos, cuando parecería que esto es lo más natural. Tampoco sé cuántos museos trabajan más allá de mejorar la apreciación del arte y la sofisticación del gusto según el canon hegemónico.

Sea como sea, este parece ser el momento perfecto para hacerlo. Las obras de arte todavía tendrán que estar en depósito sanitario, mantenerse libres de polvo, y servir como referencia mientras se transforman lentamente en especímenes antropológicos y arqueológicos. Mientras tanto, la ausencia de un público físico llevará al arte a redefinirse como lo que realmente es, una metodología para el conocimiento. Por lo tanto, parece ser el momento para que los museos se dediquen a la educación real: para contratar más educadores y no para despedir a los pocos que tienen.

La academia ya está siendo sustituida por cursos prácticos de tecnología y matemáticas. El conocimiento se está reduciendo a disciplinas instrumentales, y disminuyen las artísticas y las humanidades. Por defecto y ausencia, las cuestiones educativas relacionadas con las artes pasarán a ser una responsabilidad del museo. Los museos siempre han querido establecer los estándares del arte y pronto se les dirá: “Muy bien, aquí lo tienes, es todo tuyo». Ahora parece ser el momento perfecto para asumir ese desafío: hacer del arte una forma de conocimiento universal que permita a todos crear, en lugar de sólo memorizar, significados. ¿Cómo podemos enseñar a imaginar más allá de mostrar lo que otros imaginaron?

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Luis Camnitzer

Nacido en Lübeck, Alemania, en 1937, ha sido una fuerza influyente como artista, teórico, profesor y curador durante casi cinco décadas. En 1964 co-fundó el New York Graphic Workshop, junto con otros artistas, la argentina Liliana Porter y el venezolano José Guillermo Castillo. Su trabajo ha sido mostrado en importantes exposiciones e instituciones desde la década de 1960, y a formado parte de numerosas bienales internacionales. Fue el asesor pedagógico para el programa de arte en la educación de la Colección Patricia Phelps de Cisneros entre 2009 y 2013. Respetado crítico y curador, es también frecuente colaborador de revistas de arte contemporáneo como ArtNexus, Bomb y Art in America, entre otras.

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