A mediados de la década de los 80, el artista chileno Juan Castillo (Antofagasta, 1952) abandona Chile, dejando atrás la experiencia junto al Colectivo de Acciones de Arte, CADA, para transitar por distintas ciudades europeas hasta instalarse definitivamente en Estocolmo. Tras pasar algunas décadas ausente de la escena local, Castillo reanuda sus visitas al país durante los últimos años, las cuales han influido directamente en la difusión y posicionamiento de su obra a nivel nacional e internacional, a partir de la proliferación de textos y curadurías. En este sentido, es posible aventurar que su nombre ya pase a formar parte de cierto canon expandido de las artes visuales, el cual valora la investigación transdisciplinaria y, en general, todas las transgresiones en torno a las ideas de obra, autoría y lugar. Como parte de su propia trayectoria de transgresiones, el artista titula Huacherías a una serie de exposiciones realizadas durante el periodo 2015-2018.

“La palabra es una condensación de experiencia infinita”, señala el artista, “la condensación de toda una historia, de una larga experiencia […] Entonces detrás de cada palabra no es solo la palabra sino que es la historia del hombre. Toda la experiencia está condensada ahí. Cada palabra que se inventa es un poema”[1]. La escritura poética y la recopilación de textos a partir de conversaciones y testimonios que el artista realiza con personas en los distintos lugares por donde viaja ocupan un lugar central en la producción artística de Castillo, que pone en interacción con dibujos y videos en sus instalaciones.

Para Castillo el término huacherías, palabra inventada, busca reconocer en cada sujeto al huacho que somos todos, para romper la idea de las identidades fijas y desmontar las construcciones dadas entre identidad cultural y lugar de nacimiento, entre nacionalidad y nacimiento. De esta forma, la huachería agencia con dignidad a los sujetos nómades de la globalización, por medio de este sufijo “-ía”, dando nombre a la potencia emancipadora que magnifica a estos hijos “libres”, emancipados de un origen, tanto familiar, como colonial y nacional. Castillo se apropia de un concepto despreciativo, el huacho, que viene del quechua wak’o –“animal que ha salido de su rebaño”, “sujetos que no poseen bienes”– para voltear su sentido. Se trata de una indagación conceptual sobre el cómo nombrar y cómo nombrarse, en el contexto de sus propios movimientos biográficos que desafían la noción de pertenencia.

Juan Castillo, S/T, 2018,reducción de té, tinta china y pintura en aerosol sobre tela. Cortesía del artista y Galería Isabel Aninat
Juan Castillo, S/T (Frankestein), 2018, reducción de té, tinta china y pintura en aerosol sobre tela. Cortesía del artista y Galería Isabel Aninat

Así como la obra de Juan Castillo atraviesa medios y disciplinas, su biografía recorre también los territorios geográficos: nace en la ciudad de Antofagasta y reside parte de su infancia en la salitrera Pedro de Valdivia; más tarde se traslada a Valparaíso donde realiza estudios de arquitectura, para luego llegar a Santiago donde integra el taller de grabado de Eduardo Vilches en la Universidad Católica; en 1982 traslada su residencia desde Santiago de Chile a Europa, integrando el creciente número de artistas e intelectuales latinoamericanos expatriados de forma forzada o voluntaria producto del contexto local opresivo y aplastante que imponen las dictaduras en la región; en 1986 se instala definitivamente en Suecia, residencia fija que le permite años más tarde el retorno esporádico a Chile para la realización de nuevas alianzas y proyectos.

El viaje no solo constituye aquí un elemento biográfico. El traslado constante brinda una conciencia de movimiento y una metodología de investigación. “Me interesa acercarme, conectarme con los demás, es mi base, mi alimento, me interesa la etnografía, el periodismo, pero no tengo esas profesiones, entonces el diálogo que trato de establecer no parte de allí, sino de la empatía que da la convivencia; voy y me instalo a vivir en los lugares que voy a entrevistar, converso de muchas cosas con los entrevistados, ellos saben de mi trabajo, conocen que les quiero preguntar, dialogamos sobre esto, y aquí comienza lo hermoso que se empieza a inventar una respuesta, surge la creatividad, por supuesto basado en sus experiencias”, escribe Castillo en un correo electrónico que me envía en octubre de 2015.

La recopilación de los relatos de vida heterogéneos que impulsan las huacherías se genera a partir de estancias breves del artista en lugares donde se instala a conversar con grupos de habitantes a partir de preguntas muy generales, tales como “¿cuál es tu sueño”, “¿qué es patria para ti?”, o también, “¿qué es arte para ti?”. La conversación es allí la clave del proceso de investigación y el resultado de obra, que diluye la autoría individual a partir de la publicación de los relatos, por medio de textos, videos y dibujos. Es el viaje el que va vinculando personas y voces reunidas en torno a las mismas preguntas. Estos diálogos interactivos con personas van construyendo un archivo colectivo en el que se montan subjetividades, memorias, vivencias, imágenes y deseos.

Vista de la exposición "Huacherías /Ni Otro/Ni Na", de Juan Castillo, en Galería Isabel Aninat, 2018. Cortesía del artista y Galería Isabel Aninat
Juan Castillo, S/T, 2018, dibujo, tinta china, reducción de té y lápiz grafito s/papel. Cortesía del artista y Galería Isabel Aninat
Juan Castillo, still de video, intervención en la Cordillera de Los Andes, Chile, 2018. Cortesía del artista y Galería Isabel Aninat

Pese a que Castillo nace en la ciudad de Antofagasta a 1.300 km al norte de Santiago, pasó sus años de infancia en la oficina salitrera Pedro de Valdivia en pleno Desierto de Atacama. El salitre configura allí un espacio de tensiones de toda índole, a partir de las ocupaciones de los imperios europeos, las autoridades nacionales y la diversidad cultural, que caracterizó a la llamada “pampa calichera”. Foco de modernidad en pleno desierto, lugar de cruce y contacto, desde 1930 la economía del salitre articula una comunidad multiétnica y multinacional. Hombres y mujeres llegan allí en busca de trabajo y oportunidades, de “una nueva vida”, paradojalmente en lo que es la geografía más árida del planeta. La nacionalidad de los trabajadores estuvo en ese contexto estrechamente asociada a la labor específica que estos desempeñaban en las oficinas: la gran mayoría de los dueños, profesionales calificados y empleados, eran europeos, entre los cuales predominaban los ingleses, los italianos y los alemanes; en cuanto a los obreros, chilenos, peruanos, bolivianos y chinos. No solo cruce de lenguas y nacionalidades, el salitre entrelaza también la historia minera, la historia social y la historia indígena.

“El té es de mi infancia de las salitreras. Había un fantástico té que le regalaban a los pobres de las salitreras (ríe). Y ese recuerdo a mí me ha quedado mucho […] empecé a detenerme lentamente en las manchas que deja el té… llevo muchos años trabajando con el té como pigmento”[2], señala Castillo en una entrevista a propósito de una exposición suya en 2012. En Huacherías /Ni Otro/Ni Na, muestra que acaba de presentar en la Galería Isabel Aninat, en Santiago, el té es utilizado para el dibujo de esta serie de retratos, animales y la escritura que está presente en distintos dispositivos. Lo significativo aquí es que el uso del té se presenta, por una parte, como un anacronismo en el presente actual, un ejercicio de memoria hacia delante, para interrogar no el pasado de las salitreras con sus injusticias y opresiones, sino el presente contemporáneo con todas sus contradicciones culturales y económicas en la globalización. En segundo lugar, por medio de esta materialidad, Castillo monta las memorias individuales y colectivas, entendiendo la cultura como un tejido denso de sentidos siempre construyéndose.

Por medio de su presencia, el té materializa sueños y deseos de personas anónimas, comunes y corrientes, para Castillo, “personas extraordinarias”. “El hecho de que esa gente que está acostumbrada a escuchar los discursos de los otros, se escuche a sí misma y, además, se interese por escucharse a sí misma. La subversión, para mí, está ahí, en ellos, no en mis ‘mensajes’ y se entronca con una idea muy antigua con la que trabajé muchos años, de los años 70 hasta ahora mismo: Te devuelvo tu imagen”.[3]

 


[1] Juan Castillo, Carla Garlaschi y Rodrigo Araya, Ritos de paso/ La aprendiz (Santiago de Chile: Fondart, 2015) 17.

[2] Entrevista con Juan Castillo, disponible en https://vimeo.com/61208849.

[3] Castillo, Garlaschi y Araya, 14-15.

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Francisca García

Nace en Chile en 1980. Es autora y académica, con estudios en la Universidad Católica, Universidad de Playa Ancha de Valparaíso y Universidad de Potsdam en Alemania. Ha escrito sobre literatura y arte chileno y latinoamericano, con énfasis en transmedialidad, poesía visual, experiencias migratorias, escritura de mujeres y archivos decoloniales. Es doctora en Literatura y, actualmente, docente de posgrado en la Universidad Finis Terrae y Universidad Alberto Hurtado.

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