“UNA LUZ”, DE VIOLETTE BULE. UN ACTO DE LIBERACIÓN EN LOS CENTROS PENITENCIARIOS VENEZOLANOS
Todo medio de creación conlleva la invención de un lenguaje, una forma de comunicar y declarar emociones. Este lenguaje, a su vez, permite a quienes lo comparten integrarse a una comunidad que habita en sincronía, guiada por el medio a través del cual se expresan.
A lo largo de la historia, las artes han funcionado como un archivo universal de la experiencia humana. Sin embargo, con la invención de la fotografía, se nos ha otorgado una herramienta capaz de resguardar con mayor exactitud momentos históricos y personales. Como señala Susan Sontag, “la fotografía implica que sabemos algo del mundo si lo aceptamos tal como la cámara lo registra” (2012).
La cámara fotográfica nos ha dado acceso a mundos invisibles, ha capturado momentos trascendentales de la humanidad y civilizaciones remotas, pero también nos ha permitido retratar la cara más cruel del hombre, convirtiéndose en un sistema informativo veraz de lo que ocurre, sin dejar a un lado lo cotidiano y familiar en lo que también se ve involucrada: “ni natural ni creada deliberadamente, la necesidad de fotografías y de fotografiar es, en realidad, el reflejo en la conciencia de los sujetos de la función social a la que sirve su práctica” (Bourdieu, 2003).
La fotografía se ha convertido en un lenguaje universal, una herramienta de integración social que nos conecta con el ojo detrás del lente. La acción de obturar no solo captura un momento: también establece un diálogo que crea vínculos atemporales y plantea interrogantes tanto al espectador como al fotógrafo. El proceso fotográfico existe en el antes, durante y después de la foto, en lo que comunica y nos hace sentir, en ese lenguaje secreto que se origina entre uno o varios individuos alrededor de una imagen fotográfica.

Violette Bule (Venezuela, 1980) hace uso de la fotografía para indagar en problemáticas sociales y políticas, enfocándose en investigar las dinámicas de poder y cómo estas impactan la realidad. Las desigualdades sociales, la migración forzada –de la que es parte–, la identidad y el encarcelamiento son un tema recurrente en su obra. Si bien la fotografía es una de las raíces de su trabajo, Bule también ha explorado otros medios artísticos a lo largo de su carrera.
Entre los años 2010 y 2012, realizó una serie de talleres de fotografía en centros penitenciarios venezolanos, en los que más de 300 reclusos participaron de forma gratuita y voluntaria. Estos talleres les brindaron la oportunidad de utilizar el lenguaje fotográfico como medio de expresión y autoexploración, dando como resultado un archivo con más de 3.000 imágenes creadas por los participantes.
De esta experiencia surgió el fotolibro De la LLECA al COHUE (2023), una publicación editada en colaboración con el historiador venezolano Michel Otayek (1977) que ofrece una mirada profunda a las dinámicas internas de las penitenciarías venezolanas desde la perspectiva de quienes las habitan. El proyecto ahora se expande con una exposición en el Visual Arts Center de la Universidad de Texas en Austin, que, hasta el 7 de diciembre, presenta un conjunto de fotografías, videos y materiales de archivo bajo el título Una Luz: Photography Under Confinement in Venezuela [Una Luz: Fotografía en confinamiento en Venezuela].
Susan Sontag escribió que “las fotografías son un modo de apresar una realidad que se considera recalcitrante e inaccesible, de imponer que se detenga. O bien amplían una realidad que se percibe reducida, vaciada, perecedera, remota” (2012). Estas palabras encuentran resonancia en los archivos curados por Bule y Otayek, donde se revela el día a día de una prisión venezolana, un lugar usualmente oculto para el ojo público. Para los venezolanos, la palabra «cárcel» evoca de inmediato imágenes de horror, marcadas por vejaciones, abusos de poder y la negación sistemática de derechos humanos.

Los centros de reclusión en Venezuela con espacios profundamente deshumanizados, carentes de condiciones básicas de salubridad, donde el hacinamiento extremo y una vulnerabilidad estructural perpetúan un ciclo de violencia y degradación. Estas condiciones han favorecido la consolidación de jerarquías internas, con bandas que ejercen control no solo dentro de las cárceles, sino también fuera de ellas, extendiendo su influencia a la sociedad.
Esto ha suscitado un rechazo por parte de la población hacia las personas privadas de libertad, reforzando la deshumanización de quienes están «del otro lado de la reja». En un país tan convulso como Venezuela, donde las crisis económicas, sociales y políticas ocupan el centro del debate, la mejora de las condiciones en los centros penitenciarios queda relegada como una prioridad menor.
Violette Bule logró integrar el poder de la creación en un entorno tan hostil como las prisiones venezolanas, estableciendo un vínculo de completa horizontalidad con los reclusos. A través del lenguaje fotográfico, les ofreció una herramienta de expresión que permitió transformar la cámara en “una suerte de pasaporte que aniquila las fronteras morales y las inhibiciones sociales, y libera al fotógrafo de toda responsabilidad” (Sontag, 2012). Bule les concedió la libertad de expresarse, les permitió retratar su realidad y, a partir de allí, evidenciar lo transformador que puede llegar a ser el acto de crear en ambientes desfavorecidos.
Si bien Foucault describió la prisión como el «lugar de observación de los individuos castigados», en este contexto, la dinámica se invirtió: los castigados pudieron observar y capturar el mundo que les rodeaba desde su propia perspectiva. Una Luz: Photography Under Confinement in Venezuela es el resultado de acciones profundamente catárticas que dieron voz y visibilidad a hombres y mujeres privados de libertad. A través de sus fotografías, se nos invita a ser testigos de la realidad penitenciaria desde una mirada íntima y personal.
La creatividad nos permite soñar y nos da libertad de ser y de hacer. No sé si la mayoría de las personas que participaron en los talleres de Violette Bule ya cumplieron sus penas, pero sí sé que, por medio de la fotografía, alcanzaron una forma de libertad: la libertad de expresar sus más profundos sentires.

Manuela García: Gracias, Violette, por darle vida a este increíble y valioso archivo visual en esta muestra. Me gustaría comenzar preguntándote cómo fue tu primer acercamiento a los centros de reclusión y de dónde surgió esta idea, considerando que nació de un interés personal, pero sabiendo que existirían muchas limitaciones al momento de desarrollar tu trabajo.
Violette Bule: Gracias a ti, Manuela, por abrir este espacio. En 2010, se organizó un ensayo en el Teatro Teresa Carreño como parte de un proyecto del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela, conocido como La Orquesta Sinfónica Penitenciaria. Fue gracias a mi vecina, Eddiguer Guerrero, quien estaba trabajando en la producción de este ensayo, que me enteré del evento. Inmediatamente le pedí que me permitiera documentarlo, y después de pasar todo el día con la comunidad de privados de libertad, quedé profundamente conmovida e impactada. Ese primer encuentro marcó el inicio de mi interés por desarrollar un proyecto fotográfico dentro de centros penitenciarios.
Insistí de muchas maneras y utilicé diversos medios para conseguir acceso a cinco cárceles, donde impartí estos talleres, que tenían una duración de una semana. Fueron talleres completamente gratuitos y desarrollados sin apoyo institucional, y tardaron dos años en completarse.
Al visitar el primer centro penitenciario en San Juan de Lagunillas (Mérida, 2010), mi idea inicial era invitar a los participantes a conocer la fotografía y, a su vez, hacer un registro fotográfico. Fui con el ímpetu de ser una fotógrafa. Sin embargo, al observar los resultados, comprendí que mi rol no era ser la fotógrafa, sino el puente para que los participantes del taller fueran quienes tomaran las fotos y contaran sus propias historias. Estas imágenes capturaban su manera de percibir el espacio de confinamiento, sus representaciones personales y cómo lograban transformar la hostilidad del entorno en un lugar de fraternidad, creación y aprendizaje. Hoy, esa es una de las mayores lecciones que he aprendido en mi carrera.
Las limitaciones en este caso se convirtieron en una herramienta para maximizar el valor de la oportunidad de esta colaboración. El compromiso fue mutuo. De mi parte, me dediqué a impartir conocimientos sobre la fotografía, y cómo este medio puede ser una herramienta de expresión y desahogo. También incluí sesiones prácticas de fotografía y la preparación de una exposición final de sus resultados en cada centro penitenciario. De parte de ellos, su compromiso se reflejó en la asistencia constante durante toda la semana, el cuidado y la protección que me brindaron dentro de la cárcel, además de la confianza depositada al compartir sus historias y perspectivas conmigo. Este intercambio enriqueció el proceso creativo y formativo para ambas partes.
Mi objetivo inicial con los talleres de fotografía era demostrar su valor como formación vocacional para la reinserción social. Basándome en mi experiencia al dirigir talleres de una semana en cinco prisiones diferentes, preparé una propuesta detallada para un programa permanente de un año que podría implementarse en todo el país. Presenté esta propuesta a las autoridades correspondientes, pero nunca recibí una respuesta.

MG: Si bien las prisiones son lugares de carácter hostil, ¿cómo reaccionaron los participantes del taller a medida que se iban adaptando al uso de la cámara y explorando su instinto creativo?
VB: Estaba profundamente impresionada. Aunque ya había dado clases en otras ocasiones, nunca había encontrado estudiantes tan ávidos de conocimiento. Me impactó el nivel de compromiso y la competencia entre ellos. Se retaban para hacer la mejor foto, tomaban la iniciativa para asistirme, y mostraban una curiosidad genuina por analizar las imágenes de los demás, así como las fotos de publicidad que analizábamos durante el taller. Se notaba una urgencia en cada uno de ellos por mostrarse como seres humanos y no como “monstruos”. Gracias a este proyecto, he sido testigo del poder transformador de la creación en su forma más pura. Puedo afirmar que las fotografías que ellos hicieron son algunas de las mejores que he visto, a pesar de las limitaciones de trabajar con cámaras desechables.
Observar es una tarea compleja que requiere tiempo y dedicación. Sin embargo, el tiempo en la cárcel es vasto y lleno de ocio. Este contexto les otorga a los internos una capacidad única para observar su entorno y traducir la realidad carcelaria en imágenes con una sensibilidad excepcional. Este potencial creativo subraya lo valioso de implementar oportunidades restaurativas dentro del sistema penitenciario disfuncional de Venezuela.
La posibilidad de re-crear y expresarse puede ser una vía de sanación y avance, pero lamentablemente, en las cárceles de Latinoamérica, los sistemas penitenciarios están estructurados de tal manera que solo refuerzan el trauma y la corrupción en una población ya víctima de gobiernos enfermos y estructuras obsoletas. Estas dinámicas perpetúan un ciclo de violencia y marginación, lo que hace aún más urgente la necesidad de cambios profundos en la manera en que se abordan la justicia y la rehabilitación.
Desde el primer día, la confianza entre nosotros se estableció rápidamente, creo que porque ambos estábamos llenando un vacío: ellos, a través de la expresión, y yo, al aprender de sus perspectivas únicas.

Nuestro libro no pretende tener un carácter documental. Las imágenes no buscan presentar la realidad de las cárceles venezolanas; en cambio, este proyecto se enfoca en el valor de la expresión creativa para los hombres y mujeres que viven en confinamiento.
MG: Sé que tanto Michel Otayek como tú tienen una vasta experiencia en el ámbito fotográfico. ¿En qué momento Michel se involucra en el proyecto y cómo surge la idea de realizar el fotolibro De la LLECA al COHUE?
VB: Tuve la fortuna de conocer a Michel en Nueva York, en 2016, durante una ponencia sobre su investigación acerca de la obra y el archivo de la fotógrafa húngaro-mexicana Kati Horna, en la Universidad de Nueva York. Luego lo invité a mi estudio para mostrarle mi trabajo, y lo único que le enseñé durante su visita fue el archivo De la LLECA al COHUE: Fotografía en centros penitenciarios de Venezuela. Ese encuentro marcó el inicio de una colaboración fructífera en torno al archivo, que nos llevó a trabajar juntos para materializar esta publicación.
Nuestro libro no pretende tener un carácter documental. Las imágenes no buscan presentar la realidad de las cárceles venezolanas; en cambio, este proyecto se enfoca en el valor de la expresión creativa para los hombres y mujeres que viven en confinamiento. El título de la exposición, Una Luz, está profundamente vinculado con la fotografía y, a su vez, simboliza la libertad y la luz, en contraste con la oscuridad predominante en esos espacios.
MG: Ahora bien, después de la selección de imágenes que se recopilan en el fotolibro, quedó un amplio material que también guarda todo el poder creativo que surgió en los talleres. ¿Cómo fue reunir nuevamente todos estos archivos para la muestra Una Luz?
VB: Para el Visual Arts Center, Michel y yo diseñamos un sistema de pantallas donde se despliega gran parte del material de archivo. Conceptualicé la sincronización de fotografías, videos y palabras de la jerga penitenciaria. Una Luz evoca la noción de flotar en un archivo compuesto de imágenes y palabras: imágenes estáticas, imágenes en movimiento, palabras escritas y habladas. Este archivo colectivo no tiene categorías temáticas ni jerarquías; las imágenes y palabras se interrelacionan de maneras indeterminadas, lo que permitió reactivar el inconsciente del archivo, dándole nuevas interpretaciones y significados.
Revisitar este material siempre es un proceso renovador. Cada vez que me encuentro con estas imágenes, no solo me hablan del pasado, sino que también me inspiran hacia el futuro y las infinitas posibilidades del arte y la creación. Es un proceso empoderador que invita a seguir explorando.
Presentar este archivo en espacios universitarios siempre fue una meta. La respuesta de la comunidad académica confirmó que nuestro trabajo responde a sus intereses más relevantes: reconsiderar los espacios marginados, integrar nuevas perspectivas sobre la justicia restaurativa y explorar el poder emancipador del arte.
En términos de escala, el espectador recorre imágenes impresas y digitales que varían desde tamaños muy pequeños hasta monumentales. Algunas imágenes invitan a ser observadas de cerca, mientras que otras requieren una distancia mayor. Además, se creó una pieza sonora específicamente para esta exposición, fruto de una colaboración reciente con Mario Herrera, quien participó en uno de los talleres.
En esta instalación, Mario y yo recitamos palabras de jerga carcelaria al unísono. La obra está diseñada para que su significado sea deliberadamente opaco, complementándose con la proyección aleatoria de términos de jerga penitenciaria en las pantallas. Esto invita al espectador a un ejercicio imaginativo, quien intenta descifrar y dar sentido a lo que, en muchos casos, resulta apenas inteligible.
Curatorialmente, Una Luz es un acto de liberación. Después de años confinadas en una pequeña caja que he llevado conmigo desde que dejé Venezuela en 2014, estas imágenes finalmente respiran libremente en un amplio espacio público.

Esperamos que nuestro enfoque en la humanidad y la expresión creativa pueda contribuir de alguna manera a transformar la forma en que pensamos y hablamos sobre los espacios carcelarios
MG: La situación sociopolítica del país está atravesando uno de los momentos más convulsos de este siglo, marcado por el abuso de poder y la constante violación de los derechos humanos, lo cual se ha acentuado en los centros de reclusión debido al aumento de aprehensiones desde el 28 de julio, según las estadísticas del equipo de Foro Penal Venezolano. Sin duda, esta muestra ayuda a entender las vivencias de los privados de libertad, pero ¿hay alguna relación entre el momento actual y la decisión de realizar la muestra este año, especialmente en lo que respecta al ambiente penitenciario del país?
VB: Es una trágica coincidencia que nuestra exposición coincida con un momento de represión política sin precedentes en nuestro país. La represión desatada por el régimen de Maduro tras las elecciones presidenciales del 28 de julio es aterradora. Numerosos detenidos han sido sometidos a tratos inhumanos y torturas, mientras que la decisión del régimen de enviar a muchos detenidos políticos a prisiones comunes, donde se encuentran recluidos junto con criminales comunes, ha generado una indignación pública generalizada.
Esta decisión provocadora y la indignación que ha generado revelan una verdad incómoda: en Venezuela, los detenidos políticos y los presos comunes suelen ser percibidos como categorías diferentes de personas. En el discurso público, los presos comunes suelen ser despojados de la dignidad humana que, por el contrario, se reconoce a los detenidos políticos. Además, las preguntas sobre el propósito del encarcelamiento o su relación con los profundos patrones de desigualdad social y económica son casi inexistentes en el debate público sobre la justicia penal en Venezuela.
Hay una famosa cita de Nelson Mandela que ilustra nuestra situación: «Nadie conoce realmente una nación hasta que ha estado dentro de sus cárceles». Este doloroso momento en Venezuela podría tal vez generar una comprensión más humana sobre el encarcelamiento. Ciertamente, esperamos que nuestro enfoque en la humanidad y la expresión creativa pueda contribuir de alguna manera a transformar la forma en que pensamos y hablamos sobre los espacios carcelarios.

Solo puedo desear que algún día logremos compartir esta exposición en Venezuela
MG: Me gusta que el nombre de la exposición comience con ‘Una luz’, ya que tendemos a asociar el ambiente carcelario con un lugar oscuro, gris, decadente y deshumanizado. ¿Cuánta tristeza puede concentrarse en esas paredes, ¿no? Hace unos días, leyendo a Pascal Quignard, me encontré con una frase que quisiera compartir: “Aún tristes, es bienvenido que las horas escapen del lamento” (2024). Estos archivos, sin duda, representan un escape al lamento, a la privación de libertad y a la monotonía que caracteriza los centros penitenciarios. Se hace la luz para ellos y para ustedes, demostrando lo necesarias que son estas dinámicas en lugares como esos. Por eso, me gustaría saber qué es lo que más rescatas de haber participado en este archivo y de haber podido realizar esta exposición…
VB: Después de haber tenido la oportunidad de expandir este archivo con la solemnidad que merece y de recibir las respuestas de estudiantes y visitantes de la exposición, quienes expresaron sentimientos de alegría y esperanza al contemplar las fotografías realizadas por más de 300 venezolanos privados de libertad, solo puedo desear que algún día logremos compartir esta exposición en Venezuela.
Espero volver a trabajar con diferentes comunidades y aportar mi experiencia para reconceptualizar las instituciones culturales. No veo esto como una elección binaria. Después de vivir como inmigrante por más de 10 años, comienzas a cuestionarte las nociones fijas de hogar, identidad y nación, esforzándote por encontrar un equilibrio entre de dónde vienes, dónde estás ahora y, con suerte, la posibilidad de regresar en el futuro.
Referencias
BOURDIEU, Pierre (2003): Un arte medio. Editorial Gustavo Gili, SA, Barcelona.
FOUCAULT, Michel (2002): Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores, Buenos Aires.
SONTAG, Susan (2022): Sobre la fotografía. Penguin Random House Grupo Editorial, Buenos Aires.
QUIGNARD, Pascal (2024): Las horas felices: último reino XII. El cuenco de plata, Buenos Aires.
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