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HECHIZOS, POR MIENTRAS PARA SIEMPRE

Por Jorge Polanco | Galería Réplica, Valdivia | Instituto de Filosofía, Universidad Austral de Chile (UACH), Valdivia, Chile

En este texto sobre la reciente publicación Hechizos, por mientras para siempre (Palabra Ilustrada, Santiago, 2022), del colectivo de arte Trabajos de Utilidad Pública (TUP), quisiera referirme a tres aspectos o entradas, como si fuera el registro de un diario. Escuché la presentación que hicieron en Santiago Federico Galende y Sergio Rojas; no quisiera reiterar algunas observaciones –interesantes, por cierto- de estos teóricos del arte. El grupo colectivo TUP contiene desde ya una variedad de formas de acercamiento, todas sugerentes y corales, como el mismo libro plasma en la polifonía de las voces recogidas.  

«Hechizos, por mientras para siempre» (Palabra Ilustrada, Santiago, 2022), del colectivo de arte Trabajos de Utilidad Pública (TUP)

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La primera dimensión que salta a la vista, es el humor.  

Hechizos desencadena la risa. Construye una forma de hacer y un modo de operar que, a través del ingenio, intenta solucionar problemas pasajeros que se transforman en permanentes. Es una poética, una invención cotidiana que deslumbra por sus injertos, ensamblajes, aventuras del encuentro y estéticas desopilantes (las pelotas de fútbol, por ejemplo, empleadas como adorno en las rejas). Podríamos decir que los hechizos son ready-mades populares. Desubicados en el régimen urbano y arquitectónico –como la ley del mono-, construyen con sus herramientas soluciones imposibles en la estrategia, pero ingeniosas en la táctica. Cada casa es una galería de hechizos. El humor, decía Pablo Oyarzún sobre Duchamp y el ready-made, consiste en el derrumbe en cámara lenta del sentido.  

Pero aquí solo la mirada –sin leer los textos- despiertan la risotada, el desvarío y un cierto rasgo ruiziano de aquello que se tiende a llamar “lo chileno”. A diferencia de Duchamp, estos artefactos tienden a acelerar la mueca de la risa. Si el humor es pura superficie, pliegue y salto –parafraseo a Deleuze y Bergson-, en este caso se trata de una especie de complicidad. Miramos y nos reconocemos; sabemos que lo hechizo, en la cultura nacional, se convierte en permanente. Y estas soluciones tienen algo de aurático. La historia de la UNCTAD III como una carpa es impresionante; ignoraba que la idea era imitar la manera popular de asentar las tomas. Las carpas, que hoy inundan la Alameda en Santiago, conforman una figura sugerente de pensar en sus diversos momentos. Desde su rasgo celebratorio en las ramadas, los carritos de compra en la venta ambulante, la precariedad de la vida migratoria, hasta las vacaciones hippie, pareciera que se trata de un primer diálogo con la intemperie.  

¿No será la estética una especie de carpa en lugar de una casa?

Pregunta compleja que lleva hacia la filosofía y otro momento del humor. Deliremos: la pregunta por la cosa heideggeriana, sería aquí la pregunta por el hechizo. Nos viene al encuentro, hay una dificultad y es preciso solucionarlo. La coseidad obliga a habitar en la picaresca. Estos ready-made populares no son una metáfora lingüística; implican una solución paradójica. Se ubican en el interregno insólito de “a la vista” y el “útil”, si se quiere. O, dicho en términos marxistas, parece que el hechizo no llega a ser una mercancía. Su valor de uso radica en su “estética” del ingenio –usamos estos términos con pinzas- que no puede capitalizarse. En su mirada desde el arte, el colectivo TUP estaría llevando el hechizo a carácter de cosa. Esta elección implicaría, en la obra de arte, una incidencia de la mano y la mirada; incluso, indica un paréntesis de las garantías de la ubicuidad que convierte a la cosa en artística. Los creadores populares reubican las piezas, ensamblan, consiguen ladrillos, construyen las casas con sus manos y durante toda la vida, pero difícilmente pueden tasarse bajo las reglas de la urbanidad. Conforman una ciudad dentro de otra ciudad; ciudades invisibles que guardan para sí sus nombres y experiencias. Pero están a la vista y poseen su orgullo.  

«Hechizos, por mientras para siempre» (Palabra Ilustrada, Santiago, 2022), del colectivo de arte Trabajos de Utilidad Pública (TUP)

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El segundo aspecto que quisiera señalar es el objeto libro. Hechizos, por mientras para siempre, podría leerse como un compilado de poemas objetos. Ya este “por mientras, para siempre” es una paradoja que despierta la risa y la imagen de algo que pudo crearse fuera de la lógica habitual. Es decir, toma de lo cotidiano los rasgos que llevan a su carácter mágico. Revisten a menudo la destreza de la mano; un artificio creado antes de convertirse en obra, incluso en artesanía (aquí no resulta, creo, la dicotomía entre obra de arte y reproducción técnica). “El gesto que crea ejerce una acción continua sobre la vida interior. La mano lo saca de ahí y lo toca en su pasividad receptiva, lo organiza para la experiencia y la acción”[1], advierte Henri Focillón en su clásico Elogio de la mano.  Es lo que uno puede observar también en las constelaciones entre el arte y la poesía chilena; el recurso de la mano ha implicado una posibilidad de respuesta a los regímenes autoritarios[2]. O, como la poesía de Brossa, cualquier objeto o papelito puede transformarse en un poema, un encuentro con el delirio de lo prefabricado (“Hechizo”, por lo demás, tiene esa connotación ligada a la magia).  Es el ojo del poeta; es decir, del colectivo de arte TUP, el que establece la mirilla lírica de la extrañeza en la familiaridad. Ojo y mano confabulan.

Cuento una historia: en una estadía en la Fundación Brossa, una vez tomé una caja de fósforos que estaba sobre una mesa; la llevaba para encender un cigarro fuera de la Fundación, y me di cuenta al abrirla de que era un poema objeto. Esta precariedad muestra el principio poético de la revuelta brosseana: cualquier cosa podía perder su sentido inicial y convertirse en un poema que disloque el significado. Algo así pasa con el hechizo.

El colectivo TUP bordea la locura; juega con el mal de Diógenes, pero le da un sentido que alborota justamente lo esperado. En todo caso, no es porque sea maravilloso, sino porque pareciera que todo podría transformarse en un surrealismo popular, en una revuelta ruiziana, en un delirio de los materiales y sus junturas. Muchas veces me pregunté por qué el surrealismo no había permeado en Chile, pero quizás mi mirada no había llegado a ver lo que TUP capta en los “objetos”: lo buscaba en la literatura o el arte, y no en los hechizos. La “poética de Bajos de Mena” conforma una táctica de lo popular; sobrevivencia del maestro chasquilla que sabe algo de lo imposible de solucionar en el mundo. No requiere de rúbricas, competencias, planificaciones -y tampoco, por cierto, de voluntad de arte- para jugar con alambres, ruedas, maderas y hasta armas, para llegar a respuestas ingeniosas. “Los objetos son medios, agentes naturales o artificiales, sueltos en el mundo como animales; tan encantadores y fascinantes como ellos”, señala Graham Harman en La teoría de los objetos en Heidegger y Whitehead[3].

Sin embargo, para que estos artefactos -no parrianos, dicho sea de paso- lleguen a nosotros necesitan de una mirada; el libro construye el espacio que sostiene el recorrido por sus figuras, cuya forma puede ser hilada por las y los lectores, gracias a que existe una estela que las une. El fuera de campo del lenguaje chileno, cita de Raúl Ruiz aludida al comienzo del libro, indica una exploración por los relatos laterales o, parafraseando a Jaime Pinos en su lectura de la poesía chilena, por la visión periférica. El libro es así una seña, una bitácora de navegantes, el lugar de una constelación. Apropiaciones o contrahechos, esta poética recuerda a Celan -lo parafraseo libremente- cuando habla de la hechura y la haceduría en sus poemas, pero no en el sentido de su escritura abismante y solitaria, sino en la risa que responde al apocalipsis que añora las formas armónicas, bien logradas y bellas. El libro es así algo que se sobrepasa, algo excedido y circunstancial. Una zona de perplejidad.

«Hechizos, por mientras para siempre» (Palabra Ilustrada, Santiago, 2022), del colectivo de arte Trabajos de Utilidad Pública (TUP)

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A todo este mal de Diógenes, quisiera por último sumar un posible hechizo.

Y si hiciéramos caso a los “intelectuales” de derecha -como Sergio Melnick- y la nueva Constitución fuera un mamarracho, es decir, ¿un hechizo? ¿Cuál sería el problema? Leyendo y mirando este libro, lo sugerí a unos amigos. Me dijeron: ojalá que no. Pero pensando en estas ingeniosas creaciones y revisando las cartas de Diego Portales, quien llama a crear una constitución bien hecha, aunque sostenida en una cultura de élite[4], uno podría preguntarse al revés. ¿Por qué los “intelectuales” de las constituciones tienen que ser los expertos, es decir, conformarse como los estetas de la belleza jurídica? Basta mirar lo que ha pasado con la Constitución de Jaime Guzmán; las ideas de mundo desplegadas por los “sabios” de la república.

Tal vez el estallido en cámara de la Constitución de los ochenta venga enquistado en su perfección neoliberal. ¿Qué sucedería si, a diferencia de Hannah Arendt en Sobre la revolución, la gracia de una Constitución fuera más bien un hechizo? ¿Habría más confianza en las prácticas, en las posibilidades de resolver de otro modo los problemas? ¿Se acabaría el peso de la noche legal?

Un hechizo.

Chile como un hechizo, algo por hacer con los fragmentos y pedazos de una historia que requiere, cada cierto tiempo, ensamblarse. Si fuera así, este libro puede hacernos leer de otro modo las expectativas y las ideas que tenemos de nosotros mismos.


[1] Henri Focillon, Elogio de la mano. Centellas, Navarra, 2021, pág. 83

[2] Ver: http://revistas.uach.cl/index.php/efilolo/article/view/6787 Agradecimientos Fondecyt Iniciación 11190215

[3] Graham Harman. Hacia un realismo especulativo. Ensayos y conferencias. Caja Negra, Buenos Aires, 2019, pág. 26. En su ensayo sobre Bruno Latour, Harman alude a los “cuasi-objetos” como un fenómeno que, en nuestro contexto, lo podríamos relacionar con el carácter singular de los hechizos. Sin embargo, podría distinguirse respecto de aquellos en su carácter precario y, hasta cierto punto, dotados de humor. En el ready-made, Pablo Oyarzún señalaba cómo el humor implica un retardo, una suspensión y el cuestionamiento a la hiperproductividad ontoteológica exigida a la obra de arte. Lo inminente sería ese momento de hesitación de la comprensión y el anestesiamiento de la creación. Si lo interpretamos desde otra perspectiva, el humor ocuparía ese lugar en la superficie que reinscribe estas cosas que no llegan a ser mercancía. El hechizo mantendría en su utilidad una eficacia distinta al uso de útiles de los ready-made al no ingresar en la institución arte; eso hasta ahora que los vemos recogidos en un libro de un colectivo de arte. Quizás habría que sopesar en este aspecto hasta dónde el hechizo mantiene la risotada y, con ello, la fisura de la institución.

[4] Sigo aquí las advertencias de Alfredo Jocelyn-Holt en El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica. Planeta, Santiago de Chile, 1998.

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