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MARÍA ISABEL RUEDA: AL FINAL DEL MUNDO

Al final del mundo: Especulaciones sobre posibilidades de vida entre las ruinas de un mundo que pareciera muerto es la obra con la que María Isabel Rueda (Cartagena en 1972, vive y trabaja en Puerto Colombia) participa en el XI Premio Luis Caballero, un estímulo del Instituto Distrital de las Artes – Idartes. Articulada como un spoken word, conferencia musical e instalación psicosonora, la pieza involucra la palabra, la imagen, el movimiento, la voz, la música, los procesos sonoros, el simulacro y la realidad, el documento y la ficción, los procesos de creación y los actos en vivo, así como las operaciones de montaje de documentos, archivos y ficciones.

Presentada en octubre del año pasado en Mapa Teatro y Artist Breakfast Institute, en Bogotá, Al final del mundo se canaliza a partir de la lectura de un texto base y entabla diálogos con el más allá a través de una mesa parlante guiada por una médium. La acción, manifestada en diferentes formas, invoca espíritus de seres del pasado y del futuro, proponiendo un viaje a través de espejos que producen imágenes en movimiento sin ningún esfuerzo, reflejos fragmentarios por naturaleza que le añaden más fragmentos a un mundo ya roto, produciendo un montaje ilimitado.

Al final del mundo se desplegó en el tiempo y el espacio a través de múltiples vibraciones que se manifestaron mediante el lanzamiento de una publicación, un picnic comunal, lecturas en vivo de libros de ciencia ficción, una lectura colectiva del tarot con los otros nominados al XI Premio Luis Caballero, invocaciones y conversaciones con los espíritus, todas recopiladas en un sitio web que constituye una obra en sí misma.

Lo que conecta todas las cosas es la vibración. Si entiendo cómo funciona la vibración puedo entender cómo funcionan todas las realidades. En la vibración se contiene toda la información de todas las cosas que han sido proyectadas. No hace falta ver, solo tengo que resonar. Todas las cosas tienen las mismas bases vibracionales pero las hablan de formas diferentes. Todas las cosas que existen son distorsiones de una original. Todas las cosas hablan el mismo idioma en diferentes sintonías.

Debemos buscar los patrones que nos unifican a todos, las estructuras básicas que todos los seres compartimos. Somos entidades biológicas que vivimos no separadas en el tiempo y el espacio; alineados podemos empezar a multiplicarnos y fractalizarnos para crear otras opciones de nosotros mismos. 

-María Isabel Rueda

Como estructura base para la construcción de la pieza, la artista usa los finales de libros de ciencia ficción de varias escritoras. La idea es alterar el orden del espacio-tiempo empezando por el final para abrir la posibilidad de construir la trama a partir de un hecho futuro, con el objeto de que el espectador se adentre en la no linealidad del tiempo.

El Caribe colombiano ha sido pionero en la literatura de ciencia ficción, y en el proyecto de María Isabel Rueda han ejercido influencia directa relatos de diversos autores, como José Félix Fuenmayor (Una triste aventura de 14 sabios, 1928), José Antonio Osorio (Barranquilla 2132, 1932), Manuel Francisco Sliger (Viajes interplanetarios en zepelines, 1936), Germán Espinosa (La noche de la Trapa, 1964) y Antonio Mora Vélez (Glitza, 1979). Sin embargo, es curiosa la ausencia de voces femeninas en la construcción caribeña de posibles futuros.

Esta pieza es un proyecto de inclusión de esas voces, que se escuchan vibrando en diferentes latitudes y épocas: Rita Indiana, Mary Shelley, Octavia Butler, Margaret Atwood, Kameron Hurley, Gertrude Barrows Bennett, Virginia Woolf y Ursula Le Guin, por citar a algunas. Los textos, diálogos y banda sonora del proyecto han sido producidos en colaboración con los artistas Carlos Bonil y Tupac Cruz.

Desde hace varios años Rueda viene realizando una práctica que más bien se ajusta a ser contada. Una práctica que esta tan entretejida con su existencia que, al intentar separarla, solo consigue dar una visión incompleta de su trabajo.

Los procedimientos que emplea son muy cercanos a los que todos usamos en la vida diaria. Interconectar personas y entretejer la colaboración, generar vínculos y nuevas conexiones para dar pie a la formación de redes de comunicación entre colaboradores y amigos, son entre otras las acciones que en conjunto le sirven para dar origen a estas comunidades.

Mantenerse vivo para cada especie requiere colaboraciones habitables. La colaboración significa trabajar a través de la diferencia, lo que conduce a la contaminación. Sin colaboraciones, todos morimos. Para sobrevivir, necesitamos ayuda, y la ayuda es siempre el servicio del otro, con o sin intención. Los encuentros son, por su naturaleza, indeterminados y gracias a eso somos transformados de manera impredecible.

-María Isabel Rueda

DRAMA SIN TEATRO

Por Ericka Florez

Las sondas o las vibraciones como la manera en que lo inmaterial circula entre nosotros. Si los artistas somos expertos en la materia, ¿cómo lidiamos con lo inmaterial o qué tipo de materia es lo inmaterial?

En el texto de María Isabel las imágenes no son solo representaciones, son apariciones, vibraciones, reverberaciones. Las imágenes aparecen como sonidos. Nos muestra que las cosas “aparecen” y no “son”. El sonido y la vibración son esa evidencia de cómo lo inmaterial moldea la materia; tal vez la evidencia más contundente para una cultura positivista. En el texto de María Isabel se habla de imágenes que no se pueden tocar o constatar, pero que operan, que tienen un efecto en los cuerpos.

Me conmovió que un ensayo que deconstruye la idea occidental de “mirada” e “imagen” sea escrito por alguien que empezó su carrera en el arte como fotógrafa. Y así inicia su texto: “En 2003 yo vivía en Bogotá cuando tomé unas fotos de vampiras que eran todas mujeres”. Después, el texto sigue hablando de los espejos como tecnología, de la glándula pineal o tercer ojo como tecnología, de la mirada antes de la lengua, del lenguaje: de la capacidad humana de leer vísceras o estrellas.

En el texto se habla de la luz como una materia que guía, que moldea. La luz: esa materia informe que da forma y moldea trayectorias. En el texto, de una manera sutil aparece lo femenino (eran vampiras, y no vampiros). Me hace pensar en Federicci y tantas otras feministas que han señalado que ese campo de lo sutil (de lo informe, de lo invisible, de lo vibratorio) era el campo femenino por excelencia; y era también el campo del saber del cuerpo. El cuerpo femenino como lector de códigos ocultos. Creo que es Federicci quien contaba que antes de la brújula, la gente sabía interpretar las vibraciones del agua, ubicarse a través de ellas –navegar- en plena oscuridad. Ese reino de lo sutil (de las vibraciones) es el reino de lo “leído” por los otros sentidos que no son los ojos.

El texto primero lo oí, durante su conferencia musical; y después lo vi en una publicación -hecha por Relámpago y Jardín Publicaciones- más como una aparición que como una diagramación. En la publicación el texto “aparece”, parece que apareciera y desapareciera entre los caracteres, el texto a veces se diluye entre signos de puntuación, rayitas y palitos, como un código que enloqueció y que sugiere una imagen o constelación. Detrás del texto hay una tabla ouija también hecha con caracteres. En esta publicación la superposición de lo repetido crea un ritmo que se diluye, una imagen posible, más que una imagen delimitada. Y la ouija con sus caracteres que forman otros caracteres de siluetas diluidas insisten en una de las ideas que presenta María Isabel en su texto: “La ouija viene de una palabra en egipcio que significa el ojo que todo lo ve”.

Parafraseo algo que dice en su texto: antes la sociedad no producía evidencias, antes la producción de mímesis –de símbolos- se le llamaba magia; es decir que antes producción de lenguaje y de realidad era en sí mismo un acto mágico. Dice algo así como: antes especular era mirar el firmamento con un espejo.

En el texto de María Isabel dice algo de una comunidad indígena del Perú que no ve constelaciones sino manchas.

Antes, la figura constelación tenía una potencia revolucionaria para mí. Se oponía a esa idea tan occidental de pensamiento arbóreo (todo tiene una única raíz rastreable). El pensamiento arbóreo indica una estructura fija y jerárquica. En cambio, la constelación era la metáfora de la imagen dialéctica, la imagen que no se fija y que es distinta cada vez que se la mira. La imagen como lectura, como posibilidad. Cada imagen se constituye en el momento de ser leída, y por lo tanto no es una esencia (no es una impresión). La imagen y el saber como algo inestable: como algo que más que fijarse, vibra, reverbera.

Aunque parecida a la de la constelación, la figura del rizoma ya me sonaba un poco manoseada. Pero fueron los que propusieron el rizoma los que hablaron en contra del pensamiento arbóreo. Ahora me presentan una figura aún más anárquica: la mancha. Es aún más accidental y aleatoria que el concepto de constelación. Según el texto de María Isabel, esta noción de mancha habla de una constelación que no necesita de la presencia de estrellas para ser identificada, sino que está conformada por espacios vacíos. Que sea la ausencia la que conforma una configuración, es lo contrario a la idea positivista de nuestra noción occidental de estructura (o de imagen).

Esto es una imagen para mí: un modo de funcionamiento. Una imagen no es decorativa como no lo es una metáfora. Una imagen funda una forma de relación sobre la cual se estructura o desestructura una cultura.

Cuando Glissant habló de la noción de “archipiélago” apuntaba a que lo importante no era tanto las islas en su separación autocontenida, si no el océano que las une sin convertirlas en totalidad.

La sonda, la vibración, la onda, la reverberación no es solo la forma del sonido, sino la forma de todo lo inmaterial, y de todo lo que une, de todo lo que demuele los límites. La vibración sería a los cuerpos lo que el mar al archipiélago: es la materia intersticial que no aglutina, une las cosas sin convertirlas en un sistema.

Hace pocos días vi en Instagram una foto de María Isabel con Catalina Lozano, una foto social como cualquier otra. Esa foto me recordó a una que había visto hace una década y pico en la que Catalina era una de esas vampiras de la sábana retratadas por María Isabel. Pero esa foto en Instagram no vino tanto a traerme un pasado sino a anunciarme un futuro: en los próximos días llegarían a mi tanto el texto de María Isabel como el de Catalina, textos profundamente interconectados que hablan sobre lo visible y sobre el problema de nuestro “positivismo” (pero sobre el de Catalina escribo después). Más que en algoritmos que predicen mis elecciones futuras, quiero pensar en la magia del augurio, y en que aquello que miramos nos mira.

Ojalá todos pudieran ver esa increíble conferencia musical de María Isabel y todos sus amigos, y todas las cosas que orbitan en torno a este texto, y esta publicación de Relámpago y Jardín Publicaciones.

MARÍA ISABEL RUEDA. AL FINAL DEL MUNDO: ESPECULACIONES SOBRE POSIBILIDADES DE VIDA ENTRE LAS RUINAS DE UN MUNDO QUE PARECIERA MUERTO

Colaboran Carlos Bonil, Silvie Boutiq, Tupac Cruz, Kirvin Larios, Laura Laurens, Jessica Mitrani, Humberto Navarro, Sandra Rengifo, Andru Suárez, Nina Naranjo, José Sanín, Jerónimo Velásquez, Ana Montenegro, Claudia Tobón alias La Prima, María Teresa Hincapié, Carolina Ponce de León, Jardín, Relámpago, Victor Albarracín, David Medina, y Giuseppe Caputo.

Mapa Teatro, Carrera 7 #23-08 y Artist Breakfast Institute, Calle 22 #12-49, Bogotá.

Programación del 15, 16, 17 y 22, 23, 24 de octubre de 2021.

www.alfinaldelmundo.xyz

Fotografías: Mónica Torregrosa | Cortesía de Idartes. María Isabel Rueda, Al final del mundo. XI Premio Luis Caballero, Bogotá, 2022.

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