Comencé a trabajar con François Bucher (Cali, 1972) en 2015. Su obra La duración del presente. Notas sobre la frecuencia (2013) formó parte de una exposición llamada la Buena Estrella que curé en Madrid ese año, y que tenía como investigación central la idea del artista como antena, como médium, como canal hacia un conocimiento intuitivo. ‘La duración del presente’ es el nombre de uno de los múltiples experimentos en neurofisiología realizados por el científico mexicano de la Universidad Autónoma de México, Jacobo Grinberg-Zylberbaum, quien fundó y dirigió durante años un laboratorio de vanguardia a nivel mundial, en psicofisiología, dedicado al estudio de la consciencia.

Entonces, mis intereses sobre el universo de la conciencia comenzaban a hacerse más profundos, dejando en segundo plano mis investigaciones teóricas, para así adentrarme en un terreno de experiencias. François venía experimentando con la medicina del Yagé o Ayahuasca desde 2008, lo que lo llevó a dar un vuelco crucial en su obra y en su vida, por lo que al momento de conocernos fue muy natural comenzar un diálogo que abría paso a un universo multidimensional, holístico, poético, pero sobre todo de infinitas posibilidades y conexiones.

François Bucher, La duración del presente. Notas sobre la frecuencia, 2012, fotografía digital. Cortesía del artista y Galería Alarcón Criado

Inspirado en la novela ‘Contact’ escrita por Carl Sagan en 1985, y luego hecha película por Robert Zemeckis en 1997, François me propuso un proyecto para ser realizado en las cercanías del observatorio ALMA en el Desierto de Atacama, por lo que rápidamente, en 2016, orientamos nuestras voluntades y viajamos hasta allí. Una vez en Atacama, intentamos -digo así porque el proyecto no pudo realizarse, dadas las misteriosas condiciones en el tiempo y espacio en que nos encontrábamos entonces- llevar hasta allí una pirámide escalonada clásica, de proporciones perfectas, que sería a su vez una traducción directa –a un tamaño completamente diferente– de una cámara fotográfica de fuelle. La construcción fue pensada como una cámara oscura plenamente funcional, de manera que el cielo, la noche, la luna y las estrellas se pudieran enfocar nítidamente sobre el piso de la pirámide, e imprimirse en papel fotosensible. Asimismo, los espectadores podrían entrar y ver proyectada en su propio cuerpo la imagen del cosmos. Lo esencial de esa idea no era tanto el objeto-obra, sino la experiencia ritual del espacio fotográfico, la experiencia de la magia que se hace presente al estar en contacto con el cosmos mediante nuestra propia piel.

François Bucher, Contact. La pirámide, luego de varios giros, se encuentra actualmente instalada en Colombia. Cortesía del artista

Cuento esa anécdota porque ese fue el verdadero origen de un trabajo de investigación, artista-curadora, que hoy se ve materializado en la exposición Contacto: Explorador de ruido cósmico de fondo en Galería Patricia Ready, y que cuenta con múltiples capítulos y obras. Luego de nuestra desafortunada experiencia en Atacama, François comenzó, acompañado de mi profunda voluntad de comprender las derivas de este proyecto, a desenmarañar una serie de acontecimientos, relaciones, experiencias, junto con decodificar mensajes cifrados en el patrón de su propia cotidianeidad, y abrir el acertijo de infinitas relaciones entre su biografía y la novela Contact. Para François esta novela está cifrada, repleta de los conceptos avanzados de un astrofísico (Sagan) que preveía la inmensa reorganización cognitiva que iba a vivir la ciencia de la astronomía cuando su percepción de la dimensión cósmica pasara de lo objetual, espacio-temporal (observar cuerpos celestes), a auscultar patrones en el ruido (escuchar el ruido cósmico de fondo). Sagan entendía que estos desarrollos llevarían a la ciencia a adentrarse en lo impensable: la creación de “representaciones del Tiempo”. Esto implicaba la aparición de una nueva cosmología, más emparentada con las representaciones mitológicas, de las civilizaciones antiguas -en su creación de relatos cifrados de un tiempo antes del tiempo– que con la astronomía clásica. Esta reorganización cognitiva también tenía que ver con buscar a nuestro Otro como se busca a un patrón inteligente, con ese tipo de sensores de orden inmaterial —de aquel que sabe leer las huellas en la arena del cuerpo que atravesó́ el arenal por la noche, no sólo distinguir al animal cuando su cuerpo está presente—.

François Bucher, Seti y el potencial transferido, 2019, serigrafía. Foto: Sebastián Mejía

Una de las obras que abre la exposición es una serigrafía que, de regreso al origen de mi interés por la obra de François, une dos momentos cruciales en la cadena de singularidades de este relato. SETI y el potencial transferido (2019) contiene dos imágenes en una: en la parte baja de la serigrafía da cuenta gráficamente del momento en el que la inteligencia artificial detecta el rastro de patrón inteligente, que se convierte en candidato al descubrimiento de un contacto con el otro. En la parte superior de la serigrafía otra gráfica señala a su vez una anomalía. Se trata del experimento “El potencial transferido” de Jacobo Grinberg-Zylberbaum, un elegantísimo experimento de laboratorio donde se demuestra la telepatía no consciente a partir de electroencefalogramas en el sujeto B, receptor, cuya actividad cerebral registra el instante de shock del sujeto A, cuando este recibe un estímulo visual repentino. El mensaje nos dice que la consciencia es una sola, y se manifiesta en puntos en el espacio, que en últimas son una mera ilusión de separación. Y es en el viaje hacia ese patrón, ultra espacial y ultra temporal donde se descubre la consciencia que puede auto conocerse como consciencia.

Sagan, como todo científico pragmático, para justificar su creencia en la inteligencia extraterrestre sugería que se trataba de una cuestión de probabilidad. ¿Por qué tanto espacio sólo para nosotros?, era su pregunta. François, en cambio, prefiere quedarse en un terreno más difuso, con la mirada puesta en un horizonte de sucesos en el que el dónde y el cuándo se transforman absolutamente, y donde más que viajeros espaciales nos convertimos en viajeros paradójicos en un ahora que es un siempre, y en un más allá́ que está anclado aquí́.

Vista de la exposición "Contacto: Explorador de ruido cósmico de fondo", de François Bucher, en la Galería Patricia Ready, Santiago de Chile, 2019. Foto: Sebastián Mejía
François Bucher, Anisotropía #7 – Big Bang, 2019. Foto: Sebastián Mejía

La exposición cuenta con una serie de obras en las que François utiliza el fenómeno de la anisotropía o polarización, una propiedad de la materia utilizada por los radioastrónomos para poder “bajar” a imágenes la información obtenida por las ondas de los radiotelescopios. Los colores de estas imágenes, que se perciben como tornasolados holográficos, existen gracias a la cristalinidad en los puntos de tensión de uno o varios tipos de polímeros, derivados del petróleo, producto de la anisotropía/polarización de este, por estar colocado entre dos filtros polarizadores. Volviendo al campo de lo anecdótico, o a la idea del artista como canal, como antena receptora de múltiples señales, la polarización en la obra de François viene, como él mismo cuenta, de un sueño donde se le señala en un libro, con el dedo índice, el nombre L.P. Rosen, y luego la constatación de que esa persona es uno de los colaboradores en múltiples ensayos científicos sobre radioastronomía; o viene de un concepto de los indios Yanomami, sobre cómo se sacan al ruedo los espíritus del subsuelo cuando se extraen los hidrocarburos: el ADN de un origen lejano de la madre tierra; o viene de vivir la vida perceptual en relación al ruido mediante el cual se habilita la experiencia apofénica, es decir, que se lee el mundo como un código infinito, o se captan señales débiles del universo y se ausculta su sentido escondido. O viene de una fascinación de niño con el tornasolado de la gasolina sobre el agua; o de un método de navegación tanto de los Vikingos como de los escarabajos; o de la novela Contact de Carl Sagan y sus múltiples pistas sobre el momento en el que los desarrollos de punta en astronomía tornarían la cosmología en una ciencia exacta; o de querer ir al límite de la percepción… que es parte de la universidad que ha cursado con Jacobo Grinberg-Zylberbaum en México o con los taitas-chamanes-, del bajo Putumayo en Colombia. Esa universidad es la que plantea la pregunta sobre cómo se forman las imágenes y los objetos en nuestra consciencia.

Vista de la exposición "Contacto: Explorador de ruido cósmico de fondo", de François Bucher, en la Galería Patricia Ready, Santiago de Chile, 2019. Foto: Sebastián Mejía

Anisotropía #7 – Big Bang, 2019, está basada en la imagen que todos conocimos en la primera página del New York Times hace unos años como aquella que demostraba la confirmación de la teoría del Big Bang. Este es un facsímil en plástico PET termo formado. Dicha imagen, como hemos señalado, fue elaborada a partir de la auscultación del cosmos por la radioastronomía de punta. La obra consiste en un retorno circular a la técnica con la cual se fabricó la imagen científica. Los radiotelescopios escuchan el ruido de fondo del espacio y, al hacerlo, de paso, descubren el ruido del tiempo.

En sintonía con lo anterior se encuentra la obra Cosmic Background Noise Explorer, 2017 un retrato del Universo entero que es, a su vez, un retrato del ruido. Pero ese ruido solo es legible para los exploradores del ruido cósmico de fondo.  Lo que vemos en la serigrafía que forma parte de esta obra es, de nuevo, el producto de la radioastronomía de punta que usa la anisotropía y/o la polarización para conocer la historia y la identidad de las ondas desde su origen.  Lo interesante de esta imagen, señala François, es que aquí no estamos viendo estrellitas de colores sobre un fondo negro del espacio, sino que los sectores de puntos son el propio espacio-tiempo moviéndose como una onda sobre lo que hoy en día llamamos materia y energía oscuras. Es decir, que todo lo que llamamos real se vuelve una ola del mar, y el fondo de ese mar que le da piso a la ola de todo lo que es está en un lugar que no nos es dado a percibir.

Como pieza complementaria a la de la imagen del ruido, tenemos unos auriculares de conchas de mar. El viajero iniciado en el arte de remar por las olas del ruido, continúa François, no se mueve en realidad, es a través del ruido como se conecta y reduce a cero todas las distancias y los tiempos; hace contacto con la entraña del Universo, que tiene, de paso, las mismas proporciones del propio laberinto de su oído, el número áureo Phi.

Vista de la exposición "Contacto: Explorador de ruido cósmico de fondo", de François Bucher, en la Galería Patricia Ready, Santiago de Chile, 2019. Foto: Sebastián Mejía
François Bucher, Cosmic Background Noise Explorer, 2019, conchas, hilo de metal, impresión digital a color. Foto: Sebastián Mejía
François Bucher, Cosmic Background Noise Explorer, 2019, conchas, hilo de metal. Foto: Sebastián Mejía

En esta muestra hay una especial atención en el número pi, que es distinto de Phi, y que es entendido como un “portal dimensional diseñado” de acuerdo con la ciencia ficción plausible de la novela Contact. En pi están las señales débiles que de ser auscultas, revelan un sentido cifrado en lo más sutil, en lo más sencillo y en lo más silencioso. Esta serie de piezas se enfocan en la naturaleza del mensaje recibido por la humanidad de parte de su otro absoluto en dicha novela. PI (8888), 2019 es un esténcil sobre muro, blanco sobre blanco, que muestra parte de la secuencia del número. Sobre éste, Anisotropía #13 Pi, 2019, muestra, bajo el fenómeno antes descrito, la repetición de los números 8 en la misma secuencia. Con ello, François propone que la heroína de la novela tendrá conocimiento de niveles más profundos de este mismo principio, cuando a la encarnación del otro absoluto sea necesario explicarle que hay mega estructuras en el universo, como lo es el portal pi, que fueron construidas por otras inteligencias aún más avanzadas en un tiempo inmemorial y que, además, dejaron mensajes cifrados en esos números trascendentales. Pi sería, de por sí, una estructura diseñada para el viaje interestelar. Una energía latente (femenina) del universo, accesible sólo para la consciencia de el/la iniciado/a en el arte y la técnica de captarla y movilizarla.

François Bucher, Cosmic Background Noise Explorer, 2019, conchas, hilo de metal. Foto: Sebastián Mejía
François Bucher, Cosmic Background Noise Explorer, 2019, conchas, hilo de metal. Foto: Sebastián Mejía

El primer mensaje que ve Ellie (la protagonista encarnada en Jodie Foster) en su búsqueda de vida inteligente se presenta como un eco, un rebote desde la estrella Vega de la primera transmisión terrestre en exceder la capa ionosférica: el discurso del Führer durante la inauguración de los Olímpicos de Múnich (1972), primera transmisión televisada de suficiente poder para atravesar la barrera eléctrica del cielo. Siguiendo el camino de este texto, hay también un primer nivel en las razones de Sagan de crear una ficción en la que la civilización de Vega le hace eco al discurso de Hitler. Ese primer nivel es tecnológico, lo dicho: es la primera transmisión televisada de suficiente poder para atravesar la ionosfera y seguir viajando por el espacio. En relación a este momento, Patrón Sayagata, 2019, una nueva pieza de pared, apenas visible, que muestra la suástica, en patrón repetido, como la matriz de nuestra realidad. Sobre ella, Was Heisst Denken? (¿a qué se le llama pensar? ¿qué nos llama a pensar?), 2018, una imagen periodística de una suástica gigante desenterrada en Hamburgo mientras se realizan excavaciones para construir un centro comercial en 2017.

Para François, viviendo más de 14 años en Alemania, la fotografía es transformada en una imagen alegórica, cargada de significados en el siglo XXI. Aparece esta imagen tremebunda en un tiempo en el que retorna la ideología del odio de la extrema derecha en el mundo entero, por un lado, y cuando, por otro, se descubre más y más el trasfondo realmente esotérico del Nacionalsocialismo. Pero no es solo eso: la imagen encarna el retorno del trauma. Aquello que creíamos bajo tierra, enterrado en un tiempo pasado, vive realmente en el futuro, a la espera de encontrarnos. Esta pieza es metáfora, en un plano espiritual, del trabajo individual que cada uno de nosotros hace, o debería hacer, para salir de los patrones de su propia encarnación, no los de esta vida, sino los traumas heredados, de una a otra generación que, por algún motivo, aguardan por nosotros en cualquiera de los caminos que escojamos tomar en este laberinto que es la vida.

François Bucher, Was Heisst Denken? (¿a qué se le llama pensar? ¿qué nos llama a pensar?), 2018. Foto: Sebastián Mejía

En la novela, Sagan pone de frente un instante ínfimo que está preñado de un tiempo extenso. El segundo que pasa Ellie en la máquina que le ha enviado la civilización de Vega a los humanos para establecer contacto es un instante que contiene un tiempo esotérico, intrínseco, irreducible. Para capturar este evento celeste único, François utiliza la técnica de la solarización o cianotipo que es a su vez la captura de un momento de luz. En Un evento celeste, sin palabras, deberían haber mandado a un poeta, 2017, la cara de Jodie Foster es un híper reflejo: su expresión refleja el asombro del ser humano adentrado a su dimensión poética introspectiva, al percibir los límites del lenguaje que le ha velado el infinito. A su lado, bajo el mismo título, otro cianotipo muestra unos círculos concéntricos que evocan el imaginario de un portal dimensional formado con acetatos de diferentes diámetros superpuestos, de mayor a menor. El cianotipo como retrato de un tiempo cósmico, contenido en el instante de la reacción química, es su par literal y metafórico.

La frase pronunciada por Ellie al momento de su experiencia -“deberían haber enviado un poeta”- pone de manifiesto, no solo el quiebre entre la experiencia científica (inconsistente) y la experiencia humana (inefable), sino la necesidad de la protagonista, en representación de la humanidad, de encontrar una forma metafórica, poética, análoga, de explicar la experiencia mística vivida en su encuentro con el Otro, alias su padre muerto en un viaje en el tiempo. En la exposición, este evento está presente en la pieza de pared Pensé en un laberinto, 2017, que dice: “Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo a los astros”. Una frase de Jorge Luis Borges (1899 – 1986), en el cuento El jardín de los senderos que se bifurcan (1941), que expresa -como si fuera una Matrioshka o muñeca rusa- la naturaleza de la trama del cuento en la cual cada evento contiene la clave de otro evento, ad infinitum.  

Jodie Foster en el film "Contact" (1997).

El sitio del contacto de Ellie, dice François, es una fábula que contiene el ethos de las culturas chamánicas que cifran el reflejo de la bóveda celeste en la forma misma del entramado del techo de su maloca ceremonial; ahí́ mismo encuentran el mapa de un tiempo pluridimensional irreducible a la consciencia vigilante, mecánico-materialista. Se establece/reconoce un régimen de coherencias que, continuando con Borges, es una “esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ningún lado”. Contacto. La Maloca Como Radio Antena Invertida, 2019, es un domo de acero inoxidable hecho especialmente para esta exposición, y en resonancia con la pirámide que dio origen a este proyecto, se encuentra ubicado en el centro de la sala. La Maloca -sitio ceremonial de los indígenas del Amazonas— es una cifra holográfica del domo celeste. Lo que sucede adentro en los linderos de ese reflejo del cielo circunscribe paradójicamente lo eterno; se remonta en el tiempo detrás del tiempo, dialoga con el origen del todo. El domo también es una expresión literal del paso entre dimensiones. Es un levantamiento, de la segunda a la tercera dimensión, a partir de un fractal clásico que parte del uno y va en búsqueda incesante del todo; expresa, en dos palabras, el paso interdimensional.

François Bucher, Contacto plausible. El Universo según José Simón, 2019, video. Vista de la proyección en Galería Patricia Ready. Foto: Sebastián Mejía

“Como es arriba es abajo” constituye la afirmación de los tres grandes planos de la existencia: lo físico, mental y espiritual. Una última pieza que me gustaría mencionar es un video que se encuentra en el auditorio ubicado justo abajo de la sala de exposiciones. Contacto plausible. El Universo según José Simón, 2019, es una entrevista editada en 36 minutos en la que François entrevista a José Simón, quien cuenta haber viajado a Las Pléyades por un portal compuesto de dos simples aros concéntricos, y retorna con una gran cantidad de información. Este hombre dedica una parte de su tiempo a reparar televisores, y otro a sanar personas con sus manos. Lo más importante de su relato es el punto donde nos explica, en pocas palabras, de qué se trata la sanación: “[…] ellos me enseñaron que la sanación es un estado de amor que equilibra lo que nosotros desequilibramos aquí́, o sea, que cuando nosotros nos desequilibramos por alguna circunstancia física, biológica, genética, emocional, entonces la sanación lo que hace es volver a equilibrar esa parte que nosotros hemos desequilibrado… y solamente se puede equilibrar a través del amor […]” El video se complementa con una pieza escultórica del mismo nombre, dos aros concéntricos de medidas exactas, extraídos de la narración de José Simón.

En la novela Contact la civilización de Vega envía los planos de una estructura de círculos concéntricos para que viaje un único ser humano elegido para establecer contacto. El viaje de Ellie —la elegida— es inexistente desde la perspectiva de los observadores en la tierra. Mientras tanto, en la milésima de segundo de su descenso por unos aros concéntricos en movimiento rítmico, ella experimenta un viaje por un agujero de gusano y el encuentro con una expresión de la inteligencia cósmica.


Contacto: Explorador de ruido cósmico de fondo, de François Bucher, estará abierta hasta el 26 de noviembre en la Galería Patricia Ready, Santiago de Chile.

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Carolina Castro Jorquera

Nace en Chile, en 1982. Es curadora, y Doctora en Historia del Arte por la UAM, Madrid. Sus intereses están enmarcados por las relaciones que es capaz de establecer el arte con otras disciplinas como la ciencia y la filosofía, así como también con las diferentes dimensiones de la conciencia humana y su rol en la construcción de la historia y del presente.

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