El secreto es que la basura en la calle significa cultura en guerra y que la cultura callejera pinta “Limpie su calle” en el muro para mantener en orden su propia casa.

Martha Rosler, Secrets from the Street: No Disclosure (1980).

 

Cabrón, la nueva exposición individual de Nicolás Astorga en Sagrada Mercancía (Santiago), es un gimnasio despreocupado por las normas de seguridad y los patrones convencionales de comportamiento. Con esculturas de fierro y concreto, textiles rojos sobre las paredes y sonidos de origen industrial que reproducen la enérgica voz del artista, Astorga construye un lugar capaz de girar en torno al cuerpo del visitante, dándole la posibilidad de modelar su propia figura mientras activa el funcionamiento de las obras.

Desde el título de la muestra, provocativo para los más amargados, se anticipa un encuentro de jergas que no necesitan hablar para entenderse. “Cabrón”, palabra imposible de traducir y difícil de reducir a un único significado, cambia de sentido dependiendo del tono y el contexto donde se emplee. Esta vez denomina una exposición que pareciera devolver su nombre como pregunta: ¿qué y quién es realmente este cabrón? Quizás sólo quien entra, participa y sale de la galería puede llevarse una respuesta personalmente certera a esta pregunta.

De todos modos, podría decirse que Cabrón modifica la imagen limpia y transparente de los gimnasios en un espacio excesivo y crudo. Cuestiones como la hipermasculinidad, estereotipos de belleza y fantasías homoeróticas, implícitas en la estética y práctica de los gimnasios tradicionales, son abiertamente abordadas por el ambiente militar, militante y auto gestionado de esta exhibición.

Vista de la exposición "Cabrón", de Nicolás Astorga, en Sagrada Mercancía, Santiago de Chile, 2019. Foto: Felipe Ugalde
Vista de la exposición "Cabrón", de Nicolás Astorga, en Sagrada Mercancía, Santiago de Chile, 2019. Foto: Felipe Ugalde

La permeabilidad de la exposición se da, en parte, por movilizar símbolos de fácil acceso. Algunos de ellos pueden reconocerse en los cuatro textiles que decoran este gimnasio. En las telas no se desconoce, pero tampoco se inscribe la larga tradición de textiles rojos como signo de riqueza, poder y estatus social (sábanas funerarias, vestimentas reales, túnicas de cardenales, los zapatos de Luis XIV, etc). En cambio, estas telas extendidas en los muros irregulares de la galería se asemejan mucho más a banderas de asociaciones civiles, clubes desfinanciados, barras o pandillas. Por sus particularidades formales, las telas rojas de Cabrón entran en diálogo con el inconfundible rojo de los movimientos vinculados a la izquierda revolucionaria o al anarcosindicalismo que desde las insurrecciones de París en 1871 -la Comuna de París- han hecho uso de la bandera roja -o rojinegra- para identificar su postura ideológica. El rojo, color desafiante y símbolo de la clase trabajadora es también el color de la sangre, de esa sustancia vital y ritual que puede sintetizar los placeres y tormentos de la vida en la tierra.

En los textiles de Nicolás Astorga, la pintura y el bordado de las telas está trabajado en blanco y negro, lo cual permite distinguir inmediatamente las figuras del fondo. Los mensajes y diseños son códigos que remiten al lenguaje de la calle. El más abstracto es un cuadrado blanco con juegos de líneas en su interior. Otro reproduce una sigla, “AG”, bordada en tipografía gótica. Imitando la caligrafía y alfabeto árabe, el artista escribe “habibi” (mi amor) en un tercer textil. Por último, en 1,8 metros de largo se lee “your boy runaway cabrón you’re far from the truth”, enfatizando el “cabrón” del resto de las palabras. Sin duda, el contenido de estos mensajes aborda cuestiones de orden biográfico, pero así como leemos declaraciones de amor en micros, baños o panderetas de la ciudad, los textiles de esta muestra estrechan los lazos entre la esfera privada y la pública, eliminando la frontera artificial que las separa. Paradójicamente, los tapices de la sala expresan la interioridad del artista y la exterioridad de la calle, siendo al mismo tiempo ornamentos e insignias.

Vista de la exposición "Cabrón", de Nicolás Astorga, en Sagrada Mercancía, Santiago de Chile, 2019. Foto: Felipe Ugalde
Vista de la exposición "Cabrón", de Nicolás Astorga, en Sagrada Mercancía, Santiago de Chile, 2019. Foto: Felipe Ugalde

En el caso de las esculturas, también máquinas de este gimnasio, su lugar es el de símbolo. Nada más ni nada menos que un gimnasio artesanal, proyectado por el artista y construido por su padre. Las piezas de Cabrón están ahí para ser habitadas. Las personas que llegan ya no son visitantes, sino practicantes. Es mucho más importante tocar y montarse sobre las piezas, que contemplar la rudeza de estas herramientas hechizas. Una vez que el sistema de poleas y lastres se pone en movimiento, los chillidos de los aparatos se suman al jadeo de los practicantes. La sala se agita con una sensación auditiva ligada a la comunicación paraverbal y sobretodo ligada a la no verbalidad del cuerpo. Esta particular interacción con las obras recuerda la experiencia de Kathy Acker como fisicoculturista y usuaria de gimnasios por más de 10 años. En “Against Ordinary Language: The Language of the Body” (1992), Acker habla sobre un lenguaje sin palabras que emerge en la práctica constante con el cuerpo. Dice, de hecho, que este proceso no puede formar palabras, pues rechaza cualquier descripción verbal de su actividad: “De acuerdo al cliché, los atletas son estúpidos. Significado: son inarticulados”. Y continúa: “El lenguaje hablado de los culturistas hace que este cliché sea real. El lenguaje verbal en el gimnasio es mínimo y casi sin sentido, se reduce a números y algunos sustantivos. ‘Conjuntos’, ‘sentadillas’, ‘repeticiones’… Los únicos verbos son ‘hacer’ o ‘fallar’, los adjetivos y adverbios ya no existen, las oraciones, si eso son, son simples”. (1992: 21).

Cierta parte de Cabrón busca acercarse a ese mismo cliché para desestabilizarlo. Al construir su propio lenguaje, la exposición transmite deseos y maneras de pensar la masculinidad, la homosexualidad y la complejidad de los entramados culturales desde lugares comunes, lugares donde todos alguna vez fuimos o lugares donde todos alguna vez podemos llegar.

En gran medida inspirado por la frase “Fabulous Muscles Take my Breath Away”, escrita por el padre de Danh Vo en las ventanas del Guggenheim, Nicolás Astorga concibe una muestra literal, al alcance de los transeúntes y también de quienes no quieren ser “articulados” en el lenguaje habitual. Así es como Cabrón consigue transar asuntos de dominio público, contenidos que ya no tienen que ver con la distinción entre el territorio estatal y los espacios privados, ni con la propiedad del patrimonio intelectual, sino con un conocimiento abierto, extendido e interpretable que se expresa en los lugares de tránsito humano: en la calle, en el gym, en el club, en las salas de espera.

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Céline Fercovic

Nace en Santiago, en 1992. Estudió Teoría e Historia del Arte en la Universidad de Chile. Ha trabajado en proyectos de arquitectura patrimonial, en investigaciones sobre arte y espacio público y, especialmente, en estudios sobre el impacto simbólico de viejos espacios de ocio de la ciudad hoy abandonados o en franca decadencia. Actualmente escribe sobre arte, oficios, afectos y desperdicios en el proyecto colectivo Art&Crap.